miércoles, 23 de septiembre de 2026 San Lino, Papa y Mártir

«La guerra nunca es santa»: Prevost enmienda a Josué, a san Agustín y a Urbano II

De Josué a Lepanto, la Iglesia llamó santa la guerra que Dios manda; negarlo obliga a relativizar la Escritura y a desarmar a las naciones

El 28 de octubre de 2025, en el Coliseo, ante los líderes religiosos reunidos por la Comunidad de Sant’Egidio, Robert Prevost («León XIV») lanzó una frase que desde entonces circula como lema:

«¡La guerra nunca es santa, solo la paz es santa, porque es la voluntad de Dios!»

No fue un exabrupto. El Domingo de Ramos de 2026 predicó en San Pedro «un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento», y añadió que Dios «no escucha la oración de quienes hacen la guerra», aplicándoles Isaías 1,15: «¡Las manos de ustedes están llenas de sangre!». En su mensaje para la Jornada de la Paz de 2026 pidió una paz «desarmada y desarmante», llamó a la disuasión militar «irracionalidad» y denunció que se quiera «bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada».

Es el pacifismo de Tolstói y de Gandhi con sotana blanca. Y tiene un problema de partida: contradice la Escritura.

Dios ha mandado la guerra

«Yavé es un fuerte guerrero; Yavé es su nombre» (Ex 15,3). El Dios de Israel se llama a sí mismo Dominus Deus Sabaoth, Señor de los ejércitos, y no por metáfora. En el Antiguo Testamento manda hacer la guerra una y otra vez, con nombre y apellidos:

  • contra Amalec en Refidim (Ex 17,8-16), y de nuevo por boca de Samuel: «Ve, pues, y hiere a Amalec» (1 Sam 15,3);
  • contra Sehón y Og (Dt 2,24; 3,2) y contra los madianitas (Nm 31,1-3);
  • en la conquista de Canaán: Jericó (Jos 6,2-5), Hai (Jos 8,1-2), los cinco reyes amorreos (Jos 10,8) y los reyes del norte (Jos 11,6);
  • en tiempo de los Jueces: Judá contra los cananeos (Jue 1,1-2), Débora y Barac contra Sísara (Jue 4,6-7), Gedeón contra Madián (Jue 6,14);
  • a David contra los filisteos: «Sube, porque entregaré a los filisteos en tus manos» (2 Sam 5,19).

El Deuteronomio llega a dar un código de guerra (Dt 20). Y la conquista de Canaán lleva el nombre de ḥérem, «anatema»: lo tomado se consagra a Dios. La palabra no es de derecho militar, sino de culto.

San Agustín sacó la consecuencia sin rodeos. Comentando la emboscada de Hai, define las guerras justas como «las que vengan injurias», y añade:

«Sed etiam hoc genus belli sine dubitatione iustum est, quod Deus imperat, apud quem non est iniquitas et novit quid cuique fieri debeat.» «Pero también es justo sin ninguna duda este género de guerra que Dios manda, en quien no hay iniquidad y que sabe lo que a cada cual debe hacerse.» (Quaestiones in Heptateuchum VI, 10)

Santo Tomás razona igual: «Dios es Señor de la muerte y de la vida»; quien mata por mandato de Dios «no peca, como tampoco Dios, cuya orden ejecuta» (S.Th. II-II, q. 64, a. 6, ad 1).

Una guerra mandada por Dios no es solo justa: es santa, porque santo es quien la manda y santo el fin al que la ordena. Decir que «la guerra nunca es santa» es decir que Dios nunca la mandó, o que la mandó sin ser santo. No hay tercera salida.

Las Cruzadas: guerra justa y guerra santa

La Iglesia distinguió siempre la guerra justa de la injusta, con las tres condiciones de santo Tomás (autoridad del príncipe, causa justa, recta intención: II-II, q. 40, a. 1). Pero no se quedó ahí. También predicó guerras santas.

Urbano II convocó la Primera Cruzada en Clermont (1095) y concedió al cruzado la primera indulgencia plenaria. El IV Concilio de Letrán, ecuménico, dedicó su último decreto (Ad liberandam, 1215) a organizar la cruzada. San Bernardo escribió que el caballero del Temple, al abatir al malhechor, «no es homicida, sino —por decirlo así— malicida» (De laude novae militiae III). San Pío V atribuyó la victoria de Lepanto al Rosario e instituyó por ella una fiesta de la Virgen. Las Cruzadas fueron guerra justa, porque recuperaban lo arrebatado y defendían a los cristianos de Oriente, y fueron además guerra santa, porque se hacían por Cristo, bajo su cruz y con los tesoros de la Iglesia.

Esa conciencia duró hasta ayer. En 1794, durante la guerra contra la Convención francesa, el beato Diego José de Cádiz escribió a su sobrino, soldado voluntario, una carta para prepararlo a pelear en «esta guerra justa, piadosa y santa contra los enemigos de Dios, de la Iglesia, del Estado» (El soldado católico en guerra de religión, Écija, 1794). León XIII lo beatificó un siglo después.

Si Prevost tiene razón, Urbano II, Letrán IV, san Bernardo, san Pío V y el beato Diego José se equivocaron. Todos a la vez.

¿Por qué, entonces, contra todo lo que la Iglesia ha creído y enseñado, Prevost y sus predecesores defienden este pacifismo gandhiano? Hay dos razones fundamentales: una doctrinal y otra política.

Primera razón: desautorizar la Escritura

La razón doctrinal es la misma que en la pena de muerte. La Biblia legitima las dos cosas: la pena de muerte («quien derrame sangre de hombre, por mano de hombre será derramada la suya», Gn 9,6; la autoridad «no en vano lleva la espada», Rom 13,4) y la guerra mandada por Dios. Inocencio III exigió a los valdenses que se reconciliaban confesar que la potestad secular «puede ejercer sin pecado mortal el juicio de sangre» (1208; Denz. 425). En 2018 la Iglesia conciliar reescribió su catecismo para declarar la pena de muerte «inadmisible». Ahora le toca a la guerra.

Si la pena de muerte y la guerra son intrínsecamente malas, la Escritura que las manda queda en entredicho, y para salvarla hay que relativizarla. La fórmula ya está escrita, y no la escribió Prevost. El Vaticano II concede que los libros del Antiguo Testamento «contienen también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos» (Dei Verbum 15). Ratzinger lo desarrolló en 2010 al tratar las «páginas oscuras» de la Biblia:

«La revelación se acomoda al nivel cultural y moral de épocas lejanas y, por tanto, narra hechos y costumbres como, por ejemplo, artimañas fraudulentas, actos de violencia, exterminio de poblaciones, sin denunciar explícitamente su inmoralidad; esto se explica por el contexto histórico.» (Verbum Domini 42)

Es exactamente el argumento: aquello era malo, pero se ajustaba a la mentalidad de una sociedad ruda. Solo que lo que ahí se llama «inmoralidad» es lo que Dios mandó. La verdad de la Escritura queda reducida a verdad relativa, válida para su época.

La Iglesia católica enseña lo contrario. Trento recibe con igual piedad los dos Testamentos, «puesto que un solo Dios es autor de ambos» (ses. IV). León XIII declaró «absolutamente ilícito» restringir la inspiración a ciertas partes de la Escritura o conceder que el autor sagrado se haya equivocado (Providentissimus Deus, 1893). Quien separa un Dios guerrero del Antiguo Testamento de un Dios pacifista del Nuevo repite a Marción. Y quien niega que la guerra pueda ser lícita está en la línea de los maniqueos, a los que respondió san Agustín, y de los cátaros, a los que condenó Letrán IV.

Segunda razón: un rebaño sin fronteras

La segunda razón es política. La estructura conciliar ya no predica el Evangelio sino la Agenda 2030, y su objetivo es el gobierno mundial. Para llegar a él hay que disolver las naciones, y para disolverlas hay que abrir las fronteras (de ahí el estribillo de los «pobres migrantes», que en la práctica ampara la invasión musulmana de Europa) y desarmar la voluntad de defenderlas.

Tampoco esto empieza con Prevost. Gaudium et Spes reconoce la legítima defensa de los gobiernos solo «mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces» (n. 79), es decir, como régimen provisional. Y el número 82, bajo el epígrafe «Prohibición absoluta de la guerra», da la receta completa:

«Debemos procurar con todas nuestras fuerzas preparar una época en que, por acuerdo de las naciones, pueda ser absolutamente prohibida cualquier guerra. Esto requiere el establecimiento de una autoridad pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para garantizar la seguridad.»

Pacifismo y gobierno mundial van en el mismo párrafo. La guerra se prohíbe a las naciones para que solo pueda ejercer la fuerza una autoridad universal. Cuando Prevost denuncia a quienes quieren «bendecir el nacionalismo», no hace más que aplicar el Concilio.

La doctrina católica es la opuesta. Santo Tomás pone el amor a la patria dentro de la virtud de la piedad, junto al que se debe a los padres (II-II, q. 101, a. 1). León XIII enseña que la ley natural obliga a amar y defender la patria en que nacimos (Sapientiae christianae, 1890). Pío XII recordó en su primera encíclica que las naciones no rompen la unidad del género humano, sino que la enriquecen (Summi Pontificatus, 1939).

Un pueblo convencido de que ninguna guerra es santa ni justa, y de que defender sus fronteras es pecado de nacionalismo, es un rebaño a las puertas del matadero. Un pueblo sin hombres dispuestos a defender con su sangre la tierra de sus padres es un pueblo muerto. Por eso la Iglesia mandó rezar al pie del altar, hasta que la reforma lo suprimió: «San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla».


Para la doctrina completa, véase el diálogo ¿Existe la guerra justa? (I): la espada que Dios pone en la mano y su segunda parte.

Fuentes

  • Prevost, discurso en el Encuentro por la Paz de Sant’Egidio, Coliseo, 28-X-2025 (Vatican News); homilía del Domingo de Ramos, 29-III-2026 (vatican.va); mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1-I-2026 (vatican.va).
  • San Agustín, Quaestiones in Heptateuchum VI, 10 (PL 34); santo Tomás, S.Th. II-II, qq. 40, 64 y 101.
  • Concilio de Trento, ses. IV; Inocencio III, profesión de fe de los valdenses (Denz. 425); IV Concilio de Letrán, const. 71; León XIII, Providentissimus Deus y Sapientiae christianae; Pío XII, Summi Pontificatus.
  • San Bernardo, De laude novae militiae; beato Diego José de Cádiz, El soldado católico en guerra de religión (Écija, 1794).
  • Examinados como objeto, no como autoridad: Vaticano II, Gaudium et Spes 79-82 y Dei Verbum 15; Ratzinger, Verbum Domini 42 (2010); catecismo conciliar, n. 2267 (reforma de 2018).
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