jueves, 24 de septiembre de 2026 ✠ Ntra. Sra. de las Mercedes

Fulton Sheen: la sotana sin la fe

El obispo que hoy beatifica la Iglesia conciliar escribió que Cristo está «oculto en todas las religiones» y que el buen musulmán se salva «por sus sacramentos». No se torció en 1965: en 1951 ya había dejado de predicar la fe.

Hoy, 24 de septiembre de 2026, el cardenal Tagle, en nombre de León XIV, eleva a los altares en San Luis (Misuri) a Fulton John Sheen, el obispo más famoso que ha dado la Iglesia en los Estados Unidos. Treinta millones de espectadores semanales en los años cincuenta, un Emmy, la capa magna ante la pizarra, las conversiones de comunistas célebres, la Hora Santa diaria durante sesenta años. Pocos nombres gozan de tanto crédito entre los católicos que conservan la fe, y no solo entre los conservadores: hay sitios tradicionalistas, y hasta sedevacantistas, que lo citan como autoridad.

Este artículo sostiene una tesis sencilla, y la sostiene con sus propios textos: Sheen no se torció en 1965. Primero dejó de predicar la doctrina y después encontró en el Concilio la teología que justificaba haber dejado de predicarla. Y por eso es el retrato exacto del obispo medio de la Iglesia conciliar —la sotana de siempre sin la fe de siempre— y el patrono natural de toda la «línea media» que hoy vive de esa misma fórmula.1

Lo que enseñaba

Conviene empezar por lo que Sheen sabía, porque eso es lo que hace grave lo demás.

En 1931 publicó Old Errors and New Labels, con un capítulo que los tradicionalistas reimprimen todavía: «A Plea for Intolerance», alegato por la intolerancia de la verdad frente al error. En sus charlas de radio pedía perdón al pueblo ruso por «esa falsa tolerancia» de Occidente que había ayudado a forjar sus cadenas. En 1948, en Communism and the Conscience of the West, describió la contraiglesia del Anticristo: una Iglesia simia, con todas las notas externas de la verdadera y vaciada de contenido divino.

Y en 1952, en The World’s First Love, dedicó un capítulo a los musulmanes. Con palabras de Belloc: «Si el Islam es una herejía, es entonces la única herejía que nunca ha declinado». Advertía del «muy grave peligro» de que el islam se afirmase sobre un Occidente descristianizado «como una gran potencia mundial anticristiana».

Ese es el Sheen que se recuerda. Pero no es todo el Sheen de antes del Concilio.

El método: dejar de predicar

En ese mismo capítulo de 1952 hay una frase que pasa inadvertida. El islam se convertirá, escribe, «no mediante la enseñanza directa del Cristianismo, sino mediante el advenimiento de los musulmanes a la veneración de la Madre de Dios»; los misioneros «se contentarán con expandir y desarrollar esa devoción».

No es una frase aislada: es un método, y él mismo lo describió. En su autobiografía cuenta así el paso de la radio a la televisión comercial, en 1951:

«El enfoque debía ser diferente. Ya no hablaba en nombre de la Iglesia y bajo el patrocinio de sus obispos. El nuevo método debía ser uno más ecuménico, dirigido a católicos, protestantes, judíos y a todos los hombres de buena voluntad. Ya no era una presentación que hablaba directamente sobre la doctrina cristiana.»2

Y en el mismo capítulo: «Ni una sola vez hubo un intento de lo que podría llamarse proselitismo». Al periodista de Cosmopolitan le dijo en 1952 que en sus sermones televisados no había nada «que no pueda encontrarse en Aristóteles».

El último escalón anterior al Concilio lo sube en agosto de 1958, con Pío XII todavía vivo. En las Jornadas Católicas de la Exposición Universal de Bruselas declara que «las protestas de la Reforma en aquel tiempo tenían razón», que «cada una de las cientos de sectas cristianas tiene alguna fracción, fragmento o pedazo de la verdad divina» y que los protestantes, aunque separados de la roca, «no están separados de Aquel que puso esa roca».3 Siete años antes de Unitatis redintegratio, la teoría de los «elementos de verdad» fuera de la Iglesia ya está en boca del obispo más popular de América.

Preconciliar no quiere decir fiel. El Sheen de los años cincuenta es un conservador de presentación que lleva dentro el método de la religión nueva. Lo que le faltaba era la doctrina que lo justificase. Se la dio el Concilio.

Cristo «oculto en todas las religiones»

Sheen murió en diciembre de 1979. Pocos meses después apareció su autobiografía, Treasure in Clay (en español, Tesoro en vasija de barro). No es una entrevista mal transcrita ni un sermón improvisado: es el balance escrito que dejó de su vida. En el capítulo dedicado a las misiones —él había sido dieciséis años director nacional de la Propagación de la Fe y miembro de la Comisión conciliar de Misiones— escribe:

«Cristo se esconde en todas las religiones del mundo, aunque hasta ahora su rostro permanece oculto como lo fue para Moisés… Siempre he sostenido, en charlas dirigidas a misioneros, que no se trata tanto de llevar a Cristo a los pueblos como de sacar a Cristo de ellos.»4

La misión queda invertida. El misionero ya no lleva lo que el pagano no tiene, sino que extrae lo que el pagano ya posee. Pío IX había mandado a los obispos «arrojar de la mente de los hombres aquella a par impía y funesta opinión de que en cualquier religión es posible hallar el camino de la eterna salvación» (Singulari quadam, 1854; Denz. 1646). El Syllabus condena como error que «los hombres pueden encontrar en el culto de cualquier religión el camino de la salvación eterna» (prop. 16).

«Por sus sacramentos»

La frase siguiente es la más grave del libro, y casi nadie la ha subrayado:

«El buen hindú, el buen budista, el buen confuciano, el buen musulmán se salvan todos por Cristo, y no por el budismo, el islam o el confucianismo, sino a través de sus sacramentos, sus oraciones, su ascetismo, su moralidad, su vida buena.»5

Pongámosla al lado de lo que definió el Concilio de Florencia en la bula Cantate Domino (1442):

«Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no solo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna… y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad» (Denz. 714).

No hace falta interpretar. Florencia enumera lo que fuera de la Iglesia no aprovecha: sacramentos, ayunos, limosnas, oficios de piedad. Sheen enumera aquello por lo que se salvan el hindú y el musulmán: sacramentos, oraciones, ascetismo, moralidad. Es la proposición contradictoria de una definición dogmática, término por término.6

Mahoma y el círculo de 360 grados

En el mismo capítulo: «La plenitud de la verdad es como un círculo completo de 360 grados. Cada religión del mundo tiene un segmento de esa verdad». Pío XI había descrito exactamente esa idea en Mortalium animos (1928): la «falsa opinión que considera todas las religiones más o menos buenas y laudables», y había sentenciado que quien la apoya «abandona por completo la religión divinamente revelada».

Y sobre el islam, el mismo hombre que en 1952 lo llamaba herejía y amenaza anticristiana escribe ahora que los musulmanes «han rechazado a Cristo», pero que eso «puede deberse en parte al escándalo, en aquellos países, de los teólogos en guerra que disputaban sobre la Trinidad y la Unión Hipostática», y que «Mahoma sacó al pueblo de esos conflictos y del politeísmo hacia el reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios». Las «querellas» que ofrece como atenuante son los dogmas de Nicea y Calcedonia. San Juan lo llama de otro modo: «¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo» (1 Jn 2, 22).

El Concilio, «golpe maestro del Espíritu Santo»

Sheen fue padre conciliar y no lo vivió como una prueba. Haber estado presente y haber tomado parte fue, escribe, «una de las grandes bendiciones que el Señor concedió a mi vida». Del capítulo sobre el mundo de Gaudium et spes dice que fue «un golpe maestro bajo la inspiración del Espíritu Santo» que permitió a los obispos «ver la nueva dirección que la Iglesia debe tomar». Celebra que el Concilio siguiera a los obispos americanos en «su acento en la libertad religiosa», la misma que el Syllabus condenaba («Todo hombre es libre en abrazar y profesar la religión que, guiado por la luz de la razón, tuviere por verdadera», prop. 15).

Y a quienes se resistieron les reserva este juicio:

«Siempre que hay un derramamiento del Espíritu Santo, como en un Concilio General de la Iglesia, hay siempre una exhibición de fuerza añadida del anti-Espíritu o de lo demoníaco… Si un Concilio General no provocara turbulencia, casi podría dudarse de la acción de la Tercera Persona de la Trinidad.»7

El razonamiento se cierra sobre sí mismo: la resistencia al Concilio prueba que el Concilio viene del Espíritu Santo. En 1978, cuando una fiel de Kansas le pregunta por una capilla de la Fraternidad San Pío X, Sheen le responde que la reforma de Pablo VI no introdujo «cambios doctrinales», que la misa «simplemente pasó del latín a la lengua vernácula» y que debe apartarse cuanto antes de esa «secta cismática».8 A Montini, en 1969, lo había llamado «el Papa epifánico», con quien «se cierra una puerta de la historia» y «entramos en una era nueva».

Rochester: la kipá, el sábado y el seminario

En octubre de 1966 Pablo VI lo nombra obispo de Rochester. Allí la doctrina se hace práctica.

El Código de Derecho Canónico de 1917 es terminante: «En modo alguno es lícito a los fieles asistir activamente o tomar parte en las funciones sagradas de los acatólicos» (c. 1258 §1); quien lo hace espontáneamente y a sabiendas «es sospechoso de herejía» (c. 2316).

En la sinagoga, «por derecho»

El 30 de enero de 1967, tres semanas después de tomar posesión, Sheen entra por primera vez en su vida en una sinagoga, el Temple B’rith Kodesh, y habla ante unas 2.500 personas. El diario diocesano publica la foto con este pie: «El obispo Sheen fue el único en llevar la kipá… La costumbre de la kipá no se observa generalmente en las sinagogas judías liberales». El presidente del consejo judío local y el rabino le regalan una menorá.9

Tres semanas después vuelve al mismo templo para clausurar un coloquio con el rabino Marc Tanenbaum, del American Jewish Committee. El diario diocesano recoge sus palabras: «Esto significa para nosotros hoy que en esta sinagoga Dios es adorado por derecho, mediante una lectura y una ley que Dios mismo dio». Y: «hermanos llamados por el mismo Dios».

El Concilio de Florencia, en la misma bula, enseña que las prescripciones de la Ley mosaica «cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo» y que después de promulgado el Evangelio «sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse»; y «denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado» (Denz. 712).

Pero hay algo más grave que el culto. Cristo dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Y a los judíos que lo rechazaban: «Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre» (Jn 8, 19). Quien rechaza al Hijo no conoce al Padre, porque no hay otro acceso a Él. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y quien niega a Cristo no lo tiene: «Todo el que niega al Hijo tampoco tiene al Padre» (1 Jn 2, 23). A qué Dios se dirige hoy el culto de la sinagoga, que rechaza a Cristo, es para nosotros un enigma. Sheen, en cambio, dice compartirlo: «hermanos llamados por el mismo Dios»; «tenemos el mismo Dios, y somos su pueblo».10

El servicio de sábado

El 2 de febrero de 1968, viernes por la noche, Sheen asiste al servicio ordinario del sábado en la congregación Mount Neboh de Manhattan, predica desde el púlpito judío y recibe un premio de «hermandad». La agencia judía JTA lo registró como la primera vez en la archidiócesis de Nueva York que un prelado católico se dirigía a los fieles «desde un púlpito judío en el sábado hebreo». Hay foto de agencia: Sheen, en hábito coral, de pie entre dos oficiantes con el manto ritual, mientras el cantor eleva la copa.11

No es la asistencia pasiva a un funeral por razón de cargo que el c. 1258 §2 tolera. Es la participación activa, en el rito que Florencia declara incompatible con la fe de Cristo.

El seminario

En septiembre de 1967 anuncia la integración de su seminario diocesano, St. Bernard’s, con la Colgate Rochester Divinity School, bautista, y con Bexley Hall, episcopaliana. El objeto, según su carta: que los seminaristas lleguen «a conocer los elementos de bondad y de verdad que poseen otras religiones». Ese mismo curso contrata a un profesor laico, autor de un libro sobre Teilhard de Chardin, para un curso que, en palabras de su carta pastoral, «contrastará el fondo escolástico tradicional y el fondo teilhardiano de las verdades dogmáticas».12

El c. 1366 §2 del Código mandaba enseñar en los seminarios la filosofía y la teología «según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico». Sheen, doctor por Lovaina y premio Cardenal Mercier de filosofía, pone a Teilhard a su lado.

En 1968 un ministro protestante predica en las misas dominicales de su catedral. En 1969 Sheen predica en el oficio de la Tercera Iglesia Presbiteriana: las diferencias entre confesiones son «meras riñas de enamorados». En 1972 declara en Houston que votará por el ingreso de la Iglesia en el Consejo Nacional de Iglesias. En 1973, ante tres mil personas en un mitin interconfesional: «Cristo está en toda la gente y no solo en ciertas denominaciones».13

Teilhard y Buckley

En 1967 publica Footprints in a Darkened Forest. En el capítulo sobre el origen del hombre da la evolución por hecho y escribe que, dentro de cincuenta años, cuando se hayan apagado las disputas sobre el vocabulario «desafortunado» de Teilhard, este «aparecerá, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, como el genio espiritual del siglo XX».14 Pío XII había reprobado en Humani generis (1950) a quienes dan la evolución por demostrada «con temerario atrevimiento», y todo el sistema que Teilhard representa. Sheen lo pone junto a los dos grandes doctores místicos de la Iglesia.

El 6 de enero de 1970 William F. Buckley lo entrevista en su programa Firing Line. Le pregunta si decir «no puedo creer en la divinidad de Cristo» es motivo de excomunión. Sheen responde:

«No. La Iglesia no excomulgaría a un hombre por decir eso. No sería una afirmación verdadera, pero no sería excomulgable.»15

El Código de 1917 castigaba con excomunión ipso facto a todo apóstata, hereje o cismático (c. 2314); y la divinidad de Cristo es el primer artículo de la fe. En la misma entrevista Sheen celebra que el Concilio pasara «de la rigidez de la excomunión al paciente soportar las ofensas» y lamenta que la Iglesia anterior hubiera tenido «una especie de monopolio sobre Dios», un «capitalismo teológico monopolista».

«El cambio no estaba en mí»

En esa entrevista hay una frase que resume el caso mejor que cualquier comentario. Hablando de sí mismo, Sheen dice:

«En realidad, el cambio no estaba en mí; el cambio estaba en lo de fuera.»

Tiene razón, y esa es la acusación. El Sheen de 1980 no se retracta expresamente del Sheen de 1931 o de 1952; simplemente escribe lo contrario, y el cambio se presenta como madurez. En su autobiografía se arrepiente de haber predicado contra el comunismo en Río de Janeiro («desearía no haber dicho nada sobre el comunismo») en presencia de «ese apóstol de los pobres, el arzobispo Helder Câmara». El hombre que había hecho del anticomunismo su tarjeta de visita cierra su vida canonizando al principal obispo de la «Iglesia de los pobres».

No hubo conversión porque no hacía falta. El método ya estaba desde 1951; el Concilio solo le dio nombre.

El retrato del obispo medio

Sheen no es Küng ni Schillebeeckx. Nunca escribió un tratado negando un dogma. Conservó la sotana, la capa, el rosario, la Hora Santa, el lenguaje de la cruz y del pecado. Por eso importa. El modernismo que describió San Pío X en Pascendi no se presenta como negación, sino como reinterpretación: conserva las fórmulas y cambia lo que significan. Sheen es ese patrón hecho biografía, y tiene cuatro rasgos que se reconocen en el obispo medio de la Iglesia conciliar:

  1. La forma sin la doctrina. La piedad exterior intacta y la doctrina de la salvación sustituida. El fiel ve la sotana y no lee el capítulo de las misiones.
  2. El método antes que el dogma. Primero se deja de predicar la doctrina para no ofender; después se descubre que no hacía falta predicarla, porque el otro ya la tenía.
  3. La obediencia como único criterio. «Allí donde está Pedro, está la Iglesia», encabeza el capítulo de sus audiencias papales; y de ahí concluye que quien no acepta la reforma de Montini es una «secta cismática» y que la resistencia al Concilio es «lo demoníaco». La obediencia desligada de la fe es lo que permitió a miles de obispos consagrados con el rito de siempre aplicar sin objeción la religión nueva.
  4. La ruptura sin retractación. Nada se desdice; todo se reescribe. La continuidad de la persona oculta la ruptura de la doctrina.

Por qué lo beatifican

La Iglesia conciliar no beatifica a Sheen a pesar de su imagen tradicional, sino gracias a ella. Su causa demuestra al católico dudoso que se puede tener todo: la estética de antes sin la fe de antes; la capa magna y Cristo «oculto en todas las religiones»; la Hora Santa y el servicio del sábado en la sinagoga.

Ese éxito alcanza incluso a los medios tradicionales. Se cita al Sheen de 1948 que anunciaba la contraiglesia sin advertir que él mismo acabó siendo uno de sus obispos. Se venden sus libros preconciliares sin leer su autobiografía. El volumen de literatura favorable es enorme, pero no pesa más que un solo documento: el capítulo de las misiones de Treasure in Clay, puesto al lado de la bula Cantate Domino.

El patrono de la línea media

Todo lo anterior cabe en una fórmula, y la fórmula no es solo de Sheen. Es la de toda una franja de la Iglesia conciliar que se presenta como su ala sana: ciertos obispos de aire tradicional, movimientos y organizaciones como el Opus Dei, las parroquias «conservadoras» y los medios que las acompañan. Es la línea media.

Su rasgo común es el de Sheen: se conserva la forma tradicional y se entrega el contenido. El rosario, las devociones de siempre, las peregrinaciones, la adoración, las celebraciones solemnes, la sotana y el latín en las ocasiones señaladas; todo eso se mantiene, y se mantiene con esmero. Pero detrás de ese formato devocional está entero el Vaticano II: el ecumenismo, que trata a las sectas como «hermanos separados» con su parte de verdad; la renuncia a evangelizar, que llama «proselitismo» a la predicación de la fe; el sincretismo práctico, que reza junto a quienes rechazan a Cristo y los declara hijos del mismo Dios; la libertad religiosa, la misa nueva recibida como «mera traducción», la obediencia a Roma como único criterio de verdad.

Es la misma operación que Sheen hizo en su persona: la sotana sin la fe. Y es más eficaz que el modernismo abierto, porque el fiel que se escandalizaría ante una misa con guitarras no se escandaliza ante una capa magna, y el católico que huye de un teólogo progresista se queda tranquilo con un obispo que reza el rosario. La forma tranquiliza; el contenido pasa.

No es casual que Sheen viera en Wojtyła a «uno de los mayores Pontífices de todos los tiempos» ni que contara como la cima de su vida el abrazo que se dieron en la catedral de San Patricio el 2 de octubre de 1979: el gran comunicador de la televisión reconoció a su igual.16 Wojtyła había sido actor de verdad —en el Teatro Rapsódico de Cracovia, durante la ocupación— y nunca dejó de serlo: los gestos histriónicos, los brazos abiertos a la multitud, el perfil siempre ofrecido a la cámara, una puesta en escena de inspiración más hollywoodiense que litúrgica. En los dos, la liturgia se volvió espectáculo, y la sotana, vestuario.

Por eso la beatificación de hoy es algo más que el reconocimiento de un predicador famoso. Sheen va a ser el patrono de la línea media: el santo que la estructura conciliar ofrece a quienes quieren seguir sintiéndose católicos de siempre sin dejar de pertenecer a la religión nueva. Su vida es la prueba que ellos necesitan de que ambas cosas son compatibles.

No lo son. Fulton Sheen fue consagrado obispo en 1951, con el Pontifical de siempre, por nombramiento de Pío XII. No es un producto de la reforma: es un obispo católico que se pasó con armas y bagajes a la religión nueva. Quien sostiene la contradictoria de una definición dogmática es hereje, y no es la Iglesia la que ha cambiado. Los que hoy lo elevan a los altares —por decreto de Bergoglio, firma de León XIV y mano de Tagle— canonizan a uno de los suyos. Lo coherente es eso. Lo incoherente sería que los católicos lo aplaudieran.


Notas

De la editorial
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