Dos noticias de esta semana dicen lo mismo con palabras distintas. En Alemania, el nuevo misal podría seguir diciendo en la consagración «por todos», contra el pro multis* del texto latino. En la India, un cardenal permitiría la misa de siempre con una sola condición: que no suponga rechazar el Vaticano II. En la secta conciliar, la misa se toca y se negocia. El Concilio, no.*
«Für alle»: la palabra que Roma pidió cambiar y Alemania no cambia
El 2 de noviembre, la conferencia episcopal alemana abrió la consulta pública sobre la revisión del misal de 1975, que se usa en Alemania, Austria y Suiza. Según Marius Linnenborn, director del Instituto Litúrgico Alemán de Tréveris, la revisión añadirá referencias a las mujeres donde el texto solo habla en masculino y tratará «con cuidado las imágenes de Dios de marcado carácter masculino». Y una votación de los obispos se inclinaría por mantener en la consagración del cáliz «für alle», «por todos», en lugar de «por muchos». Todavía no está decidido. El misal nuevo llegaría en 2033.1
No es una rareza alemana. El Messale italiano de 2020 conservó «per tutti».2 Y en España se dijo «por todos los hombres» durante casi medio siglo: hasta el primer domingo de Cuaresma de 2017, cuando entró en vigor la tercera edición del misal en castellano y se cambió a «por muchos».3 Durante décadas, millones de católicos de lengua española oyeron en cada misa una fórmula que el texto latino del mismo misal no dice.
Lo más revelador es que ni siquiera Roma lo defiende. En 2012, Ratzinger escribió a los obispos alemanes que pro multis debía traducirse «por muchos».4 Su carta no cambió nada.
Lo que la Iglesia enseña sobre «por muchos»
No es una discusión de filólogos. La Iglesia explicó hace cuatro siglos por qué Cristo dijo «por muchos» y no «por todos». Lo hizo en el Catecismo Romano, el catecismo del Concilio de Trento, escrito para que los párrocos enseñaran al pueblo:
«Son palabras muy propias para manifestar el fruto y las ventajas de la pasión; pues si bien es cierto que Cristo padeció y derramó su Sangre por todos los hombres, no todos se aprovechan de ella, sino sólo muchos; y como aquí nuestro Señor sólo hablaba de los frutos de su pasión, que sólo para los elegidos produce frutos de salvación, dijo “por vosotros” […] “y por muchos”.»5
La distinción es exacta. La sangre de Cristo tiene valor suficiente para todos, pero no todos se salvan por ella. Y en la consagración, la Iglesia nombra el fruto de la Pasión, no su suficiencia. Decir «por todos» en ese lugar no es una traducción más libre. Cambia lo que se afirma: pasa del fruto real, que alcanza a los elegidos, a una salvación que alcanzaría a todos. Es la doctrina de la secta conciliar, que no predica la conversión porque ya da a todos por salvados, puesta en boca de Cristo en el momento más sagrado de la misa.
Que la secta conciliar mantenga esa fórmula medio siglo, contra el texto latino de su propio misal y contra el ruego de su propio «papa», no es descuido. Es coherencia: la fórmula dice lo que el Concilio cree.
La condición del cardenal Gracias
El mismo día, el cardenal Oswald Gracias, arzobispo emérito de Bombay, explicó en una entrevista con AdVaticanum qué haría con la misa tradicional: «No estaría a favor de prohibir la difusión de esto, siempre que no indicara un rechazo del Concilio Vaticano II».6 Para él, lo que hay que buscar es un «sano equilibrio».
Desde Roma, el cardenal Roche, prefecto del Culto Divino, lo dijo con menos rodeos: Traditionis custodes no va a cambiar y Summorum Pontificum no va a volver. Y sobre el Concilio: «Si uno rechaza, si uno se resiste, se aleja del centro del catolicismo».7
Uno la permitiría y el otro no, pero los dos ponen la misma condición: la misa de siempre solo se tolera si no pone en duda el Concilio. Y la condición dice mucho. Si la misa tradicional y el Vaticano II expresaran la misma fe, no habría nada que vigilar. La vigilan porque saben que quien reza con la misa de siempre acaba preguntándose por qué se cambió. Es la vieja regla: la ley de la oración establece la ley de la fe.8
La fórmula de la Fraternidad
La condición de Gracias tiene nombre propio: es la fórmula de la Fraternidad San Pío X. La misa de siempre, sí. Críticas a ciertos puntos del Concilio, a veces. Pero el Concilio como tal, aceptado, y su «papa», reconocido.
Mons. Lefebvre firmó los dieciséis documentos del Vaticano II en la clausura del 7 de diciembre de 1965. El 5 de mayo de 1988 firmó con Ratzinger un protocolo que aceptaba el Concilio «a la luz de la tradición», y lo revocó al día siguiente por la presión de los suyos, no por un cambio de doctrina.9 Desde entonces, la Fraternidad negocia con Roma lo mismo que el cardenal Gracias le ofrece hoy, como si fuera una gran concesión: la liturgia de siempre a cambio de no romper con el Concilio.
Por eso la Fraternidad no es la respuesta. Celebra la misa católica, pero la vive como una sensibilidad dentro de la Iglesia conciliar, como una preferencia que la Roma conciliar podría tolerar. Así la reduce a lo que Roche y Gracias dicen que es: una cuestión de gusto, de «equilibrio», de lengua latina. Y la misa no es eso. Es la expresión de la fe que el Concilio abandonó. No se puede conservar el rito y aceptar el Concilio que lo desplazó, porque lo que el rito dice y lo que el Concilio dice no es lo mismo. «Por muchos» y «por todos» no caben en el mismo altar.
Lo que queda
San Pío V lo dejó escrito en Quo primum: el misal que promulgaba podía usarse siempre, en todas partes, y nadie podía obligar a un sacerdote a celebrar con otro.10 No pidió a nadie que, a cambio, aceptara un concilio futuro. La misa no necesita permiso de la secta conciliar, ni una «actitud positiva» hacia el Vaticano II, ni el «sano equilibrio» de nadie. Necesita fe en lo que dice.
Para seguir leyendo: la bula Quo primum tempore y «El fariseísmo de la FSSPX: obedecer desobedeciendo, reconocer negando».
Imagen: elevación del cáliz en una misa tradicional, Washington D. C., 2015. Foto de los Franciscanos de la Inmaculada, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
Notas
Piedrasanta
La novela y los diálogos
La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría
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