jueves, 9 de julio de 2026 · Feria

El fariseísmo de la FSSPX: obedecer desobedeciendo, reconocer negando.

Ha quedado sobradamente demostrada la hipocresía de la Iglesia conciliar que hoy encabezan Prevost y Fernández. Pero existe una hipocresía gemela, menos denunciada por resultar más cómoda a cierto tradicionalismo, y es la de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Su estructura mental es, literalmente, farisaica: guardar la letra de la sumisión mientras se vacía por completo su sustancia. La reciente consagración de cuatro obispos el 1 de julio, y la carta que la acompañó, son el ejemplo más nítido que se ha visto en años de ese mecanismo.

La carta que se muerde la cola

El 7 de julio, el superior general de la FSSPX, P. Davide Pagliarani, dirigió a Prevost una misiva que comienza, como es costumbre en la Fraternidad, con la fórmula «Santísimo Padre». Louie Verrecchio ha señalado con acierto el contraste entre esa deferencia teatral y los hechos: la carta comienza con el saludo «Santísimo Padre» dirigido al superior general de la Sociedad de San Pío X, el mismo tratamiento que la Fraternidad dispensaba rutinariamente a Bergoglio. Pagliarani lamenta en su carta «el contexto profundamente trágico en que se encuentra la Iglesia universal» y la confusión doctrinal y moral en que está sumida la Iglesia —como si semejante confusión pudiera predicarse de una Iglesia indefectible gobernada por un verdadero Vicario de Cristo—. Y remata su protesta citando pasajes bíblicos sobre pedir pan y recibir piedra, en un tono que Verrecchio describe certeramente como impostado y teatral, propio de un guion declamado más que de una relación filial real entre un hijo y su padre.

Lo decisivo, sin embargo, no es el tono sino la lógica interna. Pagliarani insiste en que la Fraternidad de ningún modo pretende sustituirse a la Iglesia, pero acto seguido explica que consagró a los cuatro obispos precisamente después de que Roma —hasta el propio Prevost y el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe— les negara expresamente el mandato. Ahí está el fariseísmo en estado puro: se pide permiso, lo que supone reconocer la autoridad de quien lo concede o lo niega; y cuando la respuesta no gusta, se actúa exactamente como si esa autoridad no existiera. Es la actitud del fariseo que multiplica genuflexiones ante la Ley mientras la vacía por dentro mediante mil resquicios propios.

Un acto de naturaleza cismática, según sus propios términos

El Instituto Mater Boni Consilii, en su comunicado del 30 de junio, desmonta con precisión escolástica la coartada del «estado de necesidad» que la FSSPX invoca para justificar la consagración sin mandato romano. El argumento es simple y demoledor: si, como sostiene la propia Fraternidad, todos los pontífices posconciliares —incluido Prevost— son verdaderos papas legítimos dotados de infalibilidad y jurisdicción universal, y si el rito nuevo de consagración episcopal y de misa es válido, y si en comunión con ese pontífice gobiernan miles de obispos legítimos, entonces no existe ningún estado de necesidad real que justifique consagrar obispos al margen de la jerarquía que ellos mismos reconocen como legítima. El estado de necesidad que invocan es, dice el Instituto, únicamente el suyo propio, no el de la Iglesia.

De ahí concluyen que la consagración es un acto de naturaleza cismática por partida doble: objetivamente, porque se realiza en comunión con quien ellos mismos reconocen y confiesan en el canon de la misa; y subjetivamente, porque constituye un acto de grave desobediencia —penado con excomunión según su propio derecho canónico— hacia quien reconocen, aunque erróneamente, como Vicario de Cristo. El Instituto lo resume con una fórmula que vale la pena retener: no se puede pedir una autorización, reconociendo con ello la autoridad de quien la concede, para después ignorar sin más su negativa.

Excomulgados por ambas orillas

Y en efecto: la propia neoiglesia conciliar, coherente al menos en esto con sus propios principios, respondió excomulgando latae sententiae a los consagrantes y consagrados, invocando la norma que castiga a todo obispo que consagra a otro sin mandato pontificio. Como documentó Foro Católico, el Dicasterio declaró que Alfonso Ruiz de Galarreta incurrió en excomunión al haber cometido un acto de naturaleza cismática mediante la consagración episcopal de cuatro presbíteros, sin mandato y en contra de la voluntad de Prevost, extendiendo la pena a Bernard Fellay y a los cuatro nuevos obispos. La Fraternidad queda así excomulgada dos veces: por la Iglesia verdadera, en cuanto secta herética y cismática que ha permanecido formalmente adherida al Vaticano II desde su origen; y por la propia secta conciliar a la que ellos mismos reconocen como legítima, precisamente por haberla desobedecido. Es la paradoja perfecta de quien pretende servir a dos señores sin someterse realmente a ninguno.

Una ceremonia de marketing

Porque, en el fondo, de eso se trata la operación. La consagración episcopal de julio no responde a ninguna necesidad doctrinal ni pastoral real —la Fraternidad, como recuerda el propio Instituto Mater Boni Consilii, ya cuenta con obispos consagrados por Williamson y otros que comparten exactamente sus mismas posiciones sobre la legitimidad de León XIV y la validez del rito nuevo—. Su función es otra: proyectar, hacia dentro y hacia fuera, la imagen de una Fraternidad «perseguida» y «fiel», capaz de gestos de firmeza espectaculares que sacian el hambre de resistencia de sus fieles, sin que ello suponga jamás romper el vínculo doctrinal de fondo que los ata a Roma. Es un teatro —la palabra de Verrecchio es exacta— diseñado para retener dentro de la órbita conciliar a quienes, hastiados de la apostasía romana, podrían de otro modo plantearse seriamente la cuestión de la sede vacante. Cada «desafío» ruidoso a Roma renueva la ilusión de una resistencia que nunca cuestiona lo único que importaría cuestionar: si Prevost es Papa.

Esa es la esencia del fariseísmo: cumplir escrupulosamente los signos externos de sumisión —pedir permiso, dirigirse al «Santo Padre», invocar la caridad filial— mientras se practica, en el terreno de los hechos, una desobediencia sistemática que a cualquier católico coherente le exigiría, sencillamente, reconocer que ese permiso nunca debió pedirse a nadie que no fuera un verdadero Papa. La FSSPX no está dividida entre la fidelidad a Roma y la fidelidad a la Tradición: está dividida entre lo que dice creer y lo que hace, y esa división, sostenida durante décadas, tiene un nombre teológico preciso.

Fuentes

  • https://akacatholic.com/masterpiece-theatre-sspx-love-letter-to-leo/
  • https://www.sodalitium.eu/imprudentes-annonces/
  • https://forocatolico.wordpress.com/2026/07/02/fsspx-excomulgados-de-ambas-iglesias-de-la-verdadera-y-de-la-falsa-de-nuevo/

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