«Querido hermano»: Prevost abraza a Constantinopla mientras condena a la FSSPX

Tras la misa de San Pedro y San Pablo, Prevost bajó a la tumba del Apóstol con la delegación ortodoxa y reservó su calidez para la apostasía ortodoxa, no para los católicos que al menos intentan permanecer en la verdadera fe.

Terminada la misa de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo del 29 de junio, Prevost, alias León XIV, descendió a la tumba del Apóstol acompañado del Metropolita Emmanuel de Calcedonia, enviado por el Patriarca Bartolomé de Constantinopla. Al día siguiente, en audiencia oficial, llamó a Bartolomé su «muy querido hermano» y pidió que Pedro y Pablo sostengan «nuestro camino de comunión», invocando la oración de Cristo por la unidad de Juan 17. El gesto, cordial y calculado, retrata con precisión qué clase de fraternidad cultiva Roma hoy — y para quién la reserva.

Una fraternidad de apostatas

Porque conviene preguntarse con quién comulga espiritualmente esa «comunión» que Prevost invoca. Los ortodoxos son, doctrinalmente, apóstatas graves. Su negativa obstinada al Filioque — la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, dogma irrenunciable desde Toledo y confirmado en Occidente durante más de un milenio — no es un matiz litúrgico: es una cristología anticatólica que arrastra, camuflado pero real, el mismo instinto subordinacionista que alimentó a los arrianos frente al Concilio de Nicea. Y a esa apostasía sobre la Trinidad se suma otra, más amplia: el rechazo en bloque de todos los concilios católicos del último milenio — Florencia, Trento, Vaticano I… — que los deja fuera de la unidad doctrinal que dicen profesar.

Y sin embargo, es precisamente por esa apostasía que Prevost llama a los ortodoxos llama «querido hermano». Y no es difícil entender por qué: la camarilla que hoy ocupa Roma, encabezada por Prevost, comparte con Constantinopla la misma indiferencia práctica ante la definición dogmática y el mismo gusto por una «unidad» sin verdad. Son, en el fondo, apóstatas de la misma cepa — solo que unos llevan mitra bizantina y otros sotana romana.

El contraste que Roma no quiere nombrar

Ese mismo gesto explica, por contraste, el rechazo incondicional que esa Roma de Prevost reserva a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Mientras Constantinopla recibe abrazos y tumbas compartidas sin haber cedido un ápice en su apostasia global, la FSSPX — que aparentemente sostiene la Misa de siempre, la doctrina perenne y la condena del modernismo — sigue sin respuesta a sus peticiones más elementales. La razón es sencilla y no es teológica, es de instinto: los lefebvrianos, aun no siendo católicos del todo bajo la actual disciplina canónica, se parecen demasiado a la Iglesia de siempre. Y eso, para quien ha hecho de la ambigüedad doctrinal su programa de gobierno, resulta más incómodo que un cisma declarado de mil años.

Ahí está la clave de esta secta que ocupa Roma: se abraza con calidez a quien niega el dogma desde fuera, y se ignora con displicencia a quien lo defiende desde dentro. No es incoherencia — es coherencia perfecta con una eclesiología donde la verdad ya no organiza la caridad, sino que una supuesta tolerancia ha sustituido a la verdad.

Y frente a este circo en el que todos son apostatas o cómplices de la apostasía, el católico que quiere permanecer fiel a su Salvador y a su santa Iglesia, solo le queda permanecer en la doctrina de siempre, a pesar del rechazo, la soledad y la persecución, implorando a Dios la perseverancia hasta el fin.

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