Sesenta y un años de Nostra Aetate 4, peldaño a peldaño.
El 28 de octubre de 1965, Pablo VI promulgó la declaración Nostra Aetate. Su punto 4 trata de los judíos. Sesenta años después, el 29 de octubre de 2025, Prevost le dedicó una audiencia general. Dijo que aquel texto fue, «por primera vez en la historia de la Iglesia», un tratado doctrinal sobre las raíces judías del cristianismo y que representa «un punto de no retorno en el plano bíblico y teológico».1
Tiene razón en las dos cosas. Es la primera vez, y no hay vuelta atrás. Lo que sigue es la escalera que llevó desde la oración por la conversión de los judíos hasta la tesis de que no necesitan convertirse para salvarse. Cada peldaño se apoya en el anterior, y el primero está en el Concilio.
Lo que la Iglesia rezaba y enseñaba
Cada Viernes Santo, la Iglesia rezaba por los judíos con estas palabras:
«Oremos también por los pérfidos judíos, para que Dios nuestro Señor quite el velo de sus corazones, a fin de que también ellos reconozcan a Jesucristo nuestro Señor. […] Dios omnipotente y eterno, que no apartas de tu misericordia ni aun a la perfidia judaica, oye los ruegos que te dirigimos por la ceguera de aquel pueblo, para que, conocida la luz de tu verdad, que es Cristo, salgan de sus tinieblas.»
Perfidus es el que falta a la fe. En latín significa «desleal», «traidor», «de mala fe», que es el sentido que la palabra conserva en las lenguas modernas, y también «infiel», «el que no tiene fe». Las dos cosas convenían al pueblo que había recibido las promesas y rechazó al Mesías prometido. Pero la oración no se quedaba en el reproche: pedía lo único que se puede pedir para quien no cree, que crea. Benedicto XIV lo explicó en 1751. Dijo que la Iglesia no reza en vano «por los judíos obstinadamente incrédulos, para que Dios levante el velo que cubre sus corazones».2 Cuando en 1928 la asociación Amici Israel pidió que se cambiara la oración, el Santo Oficio, bajo Pío XI, suprimió la asociación. En el mismo decreto condenó el odio contra el pueblo judío.3 Las dos cosas iban juntas: caridad con las personas y ninguna concesión sobre su incredulidad.
La doctrina estaba definida. El Concilio de Florencia (1442) enseña que las prescripciones de la Ley de Moisés cesaron con la venida de Cristo. Quienes después del Evangelio siguen observando la circuncisión y el sábado son «ajenos a la fe de Cristo» y no pueden salvarse «a no ser que alguna vez se arrepientan de esos errores» (Dz 712). Y añade que nadie fuera de la Iglesia católica, «no solo paganos, sino también judíos», puede alcanzar la vida eterna (Dz 714). Pío XII lo repitió en 1943: en la cruz, «la Ley antigua quedó abolida» (Mystici Corporis, n. 29).
La escalera
1959. Se quita una palabra. A los cuatro meses de su elección, Roncalli suprime perfidis y perfidiam en la oración del Viernes Santo.4 De momento, la oración sigue pidiendo que los judíos reconozcan a Cristo.
1965. Desaparece la conversión. Nostra Aetate 4 dice que los judíos «son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación», y que no se los ha de presentar «como reprobados de Dios ni malditos». La cita es de San Pablo (Rom 11,28-29), pero mutilada. El versículo empieza así: «En cuanto al Evangelio, son enemigos por causa vuestra». El Concilio se queda con la segunda mitad. Y donde la Iglesia pedía la conversión, la declaración pone que la Iglesia «espera el día, que solo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz». La palabra conversión no aparece. La sustancia de todo lo que vino después ya está aquí.5
1970. Se reza por su fidelidad a la alianza antigua. El misal de Pablo VI cambia el objeto de la oración. Ya no se pide que reconozcan a Cristo: «Oremos también por el pueblo judío, el primero a quien habló el Señor nuestro Dios, para que acreciente en ellos el amor de su nombre y la fidelidad a su alianza». Se reza para que el judío sea mejor judío.6
1980. La fórmula. En Maguncia, Wojtyła habla del encuentro entre el pueblo de Dios «de la Antigua Alianza, jamás revocada por Dios», y el de la Nueva.7 Hebreos había dicho que la Antigua Alianza estaba «anticuada» y «a punto de desaparecer» (Heb 8,13). Pío XII, que quedó abolida en la cruz. Wojtyła dice que nunca fue revocada.
1986. «Hermanos mayores». En la sinagoga de Roma, el 13 de abril, Wojtyła dice que la religión judía no es «extrínseca», sino en cierto modo «intrínseca» a la nuestra, y llama a los judíos «hermanos predilectos» y, «en cierto modo», «hermanos mayores».8
1992. Al catecismo. El Catecismo conciliar recoge la fórmula: «la Antigua Alianza no ha sido nunca revocada» (n. 121).
2001-2002. Se dice en voz alta. El cardenal Walter Kasper, presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, declara en Nueva York (1-V-2001) que «la vieja teoría de la sustitución desapareció con el Concilio Vaticano II». En Boston, en noviembre de 2002, lo concreta: reconocer la universalidad de la redención de Cristo «no significa que los judíos, para salvarse, tengan que hacerse cristianos».9 Ese mismo año, una comisión de los obispos conciliares de Estados Unidos publica Reflections on Covenant and Mission. Dice que las campañas para convertir a los judíos «ya no son teológicamente aceptables».10
2008-2009. Dos intentos de freno, y la vuelta atrás. Ratzinger escribe una oración nueva para el misal de 1962 que vuelve a pedir que los judíos reconozcan a Jesucristo, «Salvador de todos los hombres». Ante las protestas judías, Kasper explica en L’Osservatore Romano que eso no supone ninguna misión «dirigida e institucionalizada» a los judíos.11 En 2009 los obispos de Estados Unidos corrigen el documento de 2002. Ante nuevas protestas, en octubre retiran las dos frases de la corrección que más molestaban.12
2013. «No los incluimos». Bergoglio, en Evangelii gaudium: la Alianza del pueblo judío con Dios «jamás ha sido revocada». Y añade: «Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios» (n. 247). «Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza» (n. 249).13
2015. La renuncia a la misión. La Comisión de Kasper, ya presidida por Kurt Koch, publica Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Afirma que «la Iglesia católica no realiza ni apoya ninguna misión institucional específica dirigida a los judíos». Y que los judíos participan en la salvación de Dios es «teológicamente indiscutible». Cómo puede ser eso sin confesar a Cristo es, dice, «un misterio divino insondable». El documento advierte que no es magisterio, sino una «reflexión».14 Pero lo publica la Santa Sede y nadie lo ha corregido.
2018. «Ni prevista ni necesaria». Ratzinger, ya retirado, escribe en Herder Korrespondenz: «Una misión a los judíos no está prevista ni es necesaria». El mandato misionero es universal, dice, «con una excepción».15
2025. «Punto de no retorno». Prevost, en la audiencia del 60.º aniversario, abre con el diálogo de Cristo y la samaritana y lo propone como modelo de «diálogo interreligioso». No cita lo que Cristo le dijo a ella: «Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos» (Jn 4,22). Ni lo que vino después: «Yo soy, el que habla contigo» (Jn 4,26). Del judaísmo dice que la declaración fue un «punto de no retorno». De Cristo como único Salvador, nada.16
Lo que eso niega
La tesis de que los judíos no necesitan convertirse no es una opinión pastoral discutible. Contradice la predicación de los Apóstoles, que fue, antes que a nadie, una predicación a los judíos.
- San Pedro, el día de Pentecostés, a «toda la casa de Israel»: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo» (Hch 2,36-38).
- San Pedro ante el Sanedrín, es decir, ante las autoridades del judaísmo: «No hay salvación en ningún otro, pues no se ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo por el cual podamos ser salvos» (Hch 4,12).
- Cristo a los fariseos: «Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24).
- San Pablo: «El deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es que se salven» (Rom 10,1). Y los ramos desgajados volverán a injertarse «si no permanecen en la incredulidad» (Rom 11,23).
La Iglesia empezó predicando a los judíos: «Era necesario que se os anunciara primero a vosotros la palabra de Dios» (Hch 13,46). Una estructura que declara que no hay que anunciársela, o que es la única «excepción» al mandato de Cristo, no ha corregido un exceso de la Iglesia antigua. Ha abandonado la predicación apostólica.
Florencia define que el judío que sigue la Ley después del Evangelio no se salva si no se arrepiente. Los dones y la llamada dice que su participación en la salvación es «teológicamente indiscutible». Las dos proposiciones no pueden ser verdaderas a la vez. Y quien contradice una definición dogmática no es la Iglesia que evoluciona: es el que está fuera.
Por qué «judaización»
No es solo que la estructura conciliar diga que el judío se salva sin Cristo. Es que ha adoptado el punto de vista del judaísmo sobre sí mismo. Reza para que el judío sea fiel a su alianza. Llama «hermanos mayores» a quienes rechazan a Cristo. Ratzinger habla de «dos modos de interpretar las Escrituras», como si la lectura que niega que Jesús sea el Mesías fuera una lectura legítima del Antiguo Testamento. Y el judaísmo de hoy no es la religión de Moisés y los profetas. Es el rabinismo del Talmud, que se formó después de Cristo y contra Cristo.
San Pablo reprendió a San Pedro en Antioquía por algo mucho menor: «¿Cómo obligas a los gentiles a judaizar?» (Gál 2,14). La secta conciliar no obliga a nadie a circuncidarse. Hace algo más grave: enseña que la alianza que Cristo cumplió y abolió sigue dando la vida a quien lo rechaza. San Juan dio nombre a esa posición: «¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo» (1 Jn 2,22).
Sesenta y un años después, Nostra Aetate 4 no se ha desviado de nada. Ha llegado adonde llevaba.
Imagen: la Iglesia, coronada, con la cruz y el cáliz, y la Sinagoga, con los ojos vendados (2 Cor 3,15-16: «cuando se conviertan al Señor, el velo será quitado»). Vaciados de las estatuas de la catedral de Estrasburgo (h. 1230), Victoria and Albert Museum. Foto de 14GTR, CC0, vía Wikimedia Commons.
Notas
Piedrasanta
La novela y los diálogos
La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría
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