martes, 27 de octubre de 2026 ✠ Vigilia de los Santos Simón y Judas, Apóstoles

Prevost, cofrade de la capilla anglicana de Windsor

El ocupante de Roma acepta la hermandad espiritual de la iglesia que fundó Enrique VIII.

El 23 de octubre de 2026 se cumplía un año de la visita de Estado de Carlos III a la Santa Sede. Ese día, el deán y los canónigos de Windsor anunciaron que León XIV, es decir, Robert Prevost, había aceptado el título de Papal Confrater, «cofrade papal», del Colegio de San Jorge. El nombramiento tenía la aprobación del rey y el apoyo de la «arzobispa» de Canterbury, Sarah Mullally.1 Los canónigos lo presentan como «un signo visible de comunión espiritual, amistad ecuménica y fraternidad cristiana». Junto al título va un sitial con su nombre en el coro de la capilla. El arzobispo conciliar de Westminster, Richard Moth, desea que Prevost pueda «ocupar su sitio» en él algún día.2

Un intercambio de hermandades

El título es la contrapartida de otro. El 23 de octubre de 2025, en la basílica de San Pablo Extramuros, Carlos III fue recibido como Royal Confrater, «cofrade real», de la abadía benedictina, con la aprobación de Prevost. Se sentó en un sitial con sus armas y el lema Ut unum sint. Aquella misma mañana había rezado con Prevost en la Capilla Sixtina, en el primer rezo público conjunto de un ocupante de Roma y un monarca inglés desde la Reforma. Junto a ellos estaba el «arzobispo» anglicano de York, Stephen Cottrell, y cantaban los coros de la Sixtina y de la capilla de San Jorge.3 El sitial del rey ya está instalado en San Pablo; el de Prevost se descubrirá en Windsor. Para este otoño está prevista además otra ceremonia en la capilla, en la que el rey dedicará un icono en mosaico del Cristo de Cefalú, regalo de Prevost.4

Según el palacio, es el primer intercambio de honores religiosos entre un papa y un monarca británico en casi quinientos años. La fecha es exacta. Lo que interrumpió el intercambio hace cinco siglos fue el cisma, y lo que lo reanuda es la apostasía de Roma.

Qué es la capilla de San Jorge

La capilla de San Jorge no es un monumento neutro. Es la capilla de la Orden de la Jarretera, una royal peculiar: depende directamente del monarca, que es a la vez «gobernador supremo» de la Iglesia de Inglaterra. Su colegio de canónigos celebra a diario el culto anglicano. En su cripta está enterrado Enrique VIII, el rey que en 1534 se proclamó cabeza de la Iglesia en Inglaterra para casarse con Ana Bolena contra la sentencia de Clemente VII. Bajo su autoridad subieron al cadalso Juan Fisher y Tomás Moro, y tras ellos, durante siglo y medio, cientos de mártires católicos que se negaron a reconocer al rey como cabeza de la Iglesia o a renunciar a la Misa.

Ser «cofrade» de una comunidad religiosa no es un cargo honorífico vacío. En la tradición monástica, la confraternitas es la carta de hermandad por la que un bienhechor queda asociado a las oraciones y buenas obras de la casa. Es participación en lo sagrado. Los canónigos de Windsor lo dicen sin rodeos: «comunión espiritual».

Lo que la Iglesia manda

La Iglesia católica no ha dejado esta cuestión en la penumbra.

  • La comunión en lo sagrado. El Código de 1917 dice que «en modo alguno es lícito a los fieles asistir activamente o tomar parte en las funciones sagradas de los acatólicos» (c. 1258 § 1). Y declara sospechoso de herejía a quien, espontáneamente y a sabiendas, toma parte in divinis con los herejes (c. 2316).5 Si eso vale para un fiel en un funeral, más vale para quien acepta un puesto fijo en el coro de una capilla herética, con su nombre en el sitial.
  • Las órdenes anglicanas. León XIII declaró en 1896 que las ordenaciones hechas en rito anglicano «han sido y son absolutamente inválidas y totalmente nulas» (Apostolicae curae, Dz 1966). El deán y los canónigos que confieren el título son laicos revestidos. La «arzobispa» que lo apoya ni siquiera eso.
  • La única unidad posible. Pío XI condenó en 1928 la idea de una unión de las confesiones que no sea la vuelta de los disidentes a la única Iglesia (Mortalium animos). En 1949, bajo Pío XII, el Santo Oficio mandó que en el trato con ellos no se calle ni se esconda «con palabras ambiguas» que la única unión legítima es «el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo» (instrucción Ecclesia catholica).6

El lema del sitial del rey, Ut unum sint, es la oración de Cristo en la Última Cena (Jn 17, 21). Pero Cristo pide la unidad de los suyos en la verdad, «santifícalos en la verdad» (Jn 17, 17), no una hermandad de sitiales entre la Iglesia y una secta que mató a sus fieles. Es también el título de la encíclica de Wojtyła de 1995, y en ese sentido conciliar hay que leerlo aquí.

No es un gesto de Prevost

Infovaticana advierte que siguen abiertas las diferencias sobre la autoridad del papa, el sacerdocio, los sacramentos y la ordenación de mujeres, y que el gesto no hace avanzar las cuestiones doctrinales.7 Pero el gesto sí resuelve una cuestión doctrinal. Proclama que se puede estar en «comunión espiritual» con la Iglesia de Inglaterra sin que esta vuelva. Eso es lo que Unitatis redintegratio enseñó en 1964, cuando dijo que las comunidades separadas no carecen de significación en el misterio de la salvación (n. 3). La sustancia ya estaba en el Concilio. Wojtyła la escenificó en Canterbury en 1982, arrodillado junto a Robert Runcie, y Prevost la reviste de un título y un sitial.

Moth lo llama «un signo de esperanza». Lo es, pero para la secta conciliar: es la prueba de que ya no se distingue de aquello de lo que la Iglesia se separó con la sangre de los mártires de Tyburn.

Imagen: Prevost y Carlos III en el Vaticano, 23-X-2025. Foto de Ben Dance / FCDO, Open Government Licence v3.0, vía Wikimedia Commons.

Notas

De la editorial
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