En el Elíseo llama «auténticos logros» a los derechos del hombre y a la libertad religiosa; al día siguiente se detiene en silencio ante la escalera de los Carmes, donde en 1792 degollaron a los sacerdotes que se negaron a jurar la Revolución
El 25 de septiembre, en el Palacio del Elíseo, ante Macron, las autoridades del Estado y el cuerpo diplomático, Robert Prevost («León XIV») pronunció su primer discurso en suelo francés. Tiene cuatro frases que conviene leer despacio. Las cito del texto oficial publicado por la Santa Sede:
«A los célebres pensadores del Renacimiento, y luego del Gran Siglo, sucederían los de la Ilustración; con ellos, entonces, Francia aportó al mundo auténticos logros; entre ellos, el reconocimiento de los «Derechos Humanos» inscritos en la naturaleza de la persona humana, en particular el de la libertad religiosa».
«La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud».
«El cristiano que participa en la vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria».
«Una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí».
Son cuatro piezas de un mismo programa: la Ilustración trajo la libertad religiosa, el lema de la Revolución es evangélico, el cristiano no hace proselitismo y el Estado laico es aceptable si deja hablar a las religiones. Ninguna es nueva: todas están en Dignitatis humanae (1965). Lo nuevo es decirlas en París, ante el heredero de la República que las impuso con la guillotina.
Lo que dijo Pío VI de esa libertad
La Iglesia no tuvo que esperar dos siglos para juzgar la Declaración de Derechos del Hombre. La juzgó en caliente. El 10 de marzo de 1791, Pío VI escribió a los obispos franceses de la Asamblea Nacional la carta Quod aliquantum:
«El efecto obligado de la Constitución decretada por la asamblea es aniquilar la religión católica y, con ella, la obediencia debida a los reyes. En orden a esto se establece como un derecho del hombre que vive en sociedad esta libertad absoluta que no solo asegura el derecho de no ser inquietado en cuanto a sus opiniones religiosas, sino que otorga además esta licencia de pensar, de decir, de escribir e incluso de hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda sugerir la imaginación más desordenada; derecho monstruoso que parece, a la asamblea, resultar de la igualdad y de la libertad, naturales a todos los hombres».
Lo que Prevost llama «auténtico logro», Pío VI lo llama «derecho monstruoso». Y no lo condena por un exceso en su aplicación, sino en su raíz: porque se hace derivar de «la igualdad y la libertad», las mismas palabras que Prevost encuentra inspiradas por el Evangelio.
No es una voz aislada. Pío VII, en Post tam diuturnitas (1814), llamó «herida mortal» a la libertad de cultos de la Carta de Luis XVIII, porque con ella «se confunde la verdad con el error». Gregorio XVI, en Mirari vos (1832), llamó «delirio» a la libertad de conciencia. Pío IX la condenó en Quanta cura y en el Syllabus (1864), cuya proposición 55 reprueba la tesis de que «la Iglesia debe estar separada del Estado, y el Estado de la Iglesia». Y cuando Francia convirtió la separación en ley, en 1905, san Pío X respondió con Vehementer nos (1906): es «una tesis absolutamente falsa y un error pernicioso».
Esa es la doctrina católica sobre el Estado laico, de Pío VI a Pío X, sin una sola fisura. En ella no existe la «justa laicidad». Existe el reinado social de Cristo, que Pío XI proclamó en Quas primas (1925) precisamente contra el laicismo, al que llamó «la peste de nuestra época».
El cristiano que no convierte
La frase del proselitismo parece una defensa de los católicos, y es otra cosa. Prevost no dice que el cristiano tenga derecho a convertir a Francia; dice que no se le debe acusar de intentarlo. El supuesto es que el proselitismo sería reprochable, y que el católico se gana su sitio en la plaza pública demostrando que no amenaza a nadie con la verdad.
Es el mismo supuesto de la nota vaticana del 16 de septiembre, que declara que el proselitismo «ya no tiene sentido» en la aldea global. Y el católico que acepta ese trato ha dejado de serlo en lo que importa: Cristo mandó enseñar a todas las gentes (Mt 28, 19), no pedir sitio entre ellas. Lo que Prevost pide a Macron no es que reine Cristo, sino que se tolere a sus fieles en una sociedad abierta a todas las religiones. Es lo mismo que pide la masonería francesa, con una sola diferencia de matiz: la logia quiere la religión fuera de la escuela, y Prevost la quiere dentro, dialogando con el Estado.
Cuando aquí se dice que Prevost defiende un programa masónico, no se afirma que pertenezca a ninguna logia: de eso no hay prueba. Se afirma algo que está a la vista. El lema, la libertad de cultos y el Estado neutral son el programa que la masonería impuso en Francia a partir de 1789, y él lo presenta como fruto del Evangelio.
Los mártires que no juraron
Al día siguiente, Prevost visitó el Instituto Católico de París y se detuvo en silencio ante la escalera de los Carmes. Allí, el 2 de septiembre de 1792, una partida armada montó un juicio de pega: llamaba uno a uno a los sacerdotes presos y les ofrecía la vida a cambio de jurar la Constitución Civil del Clero. Los que se negaron fueron degollados. Pío XI beatificó en 1926 a 191 víctimas de aquellas matanzas de septiembre.
El juramento que rechazaron era la aplicación eclesiástica de los principios que Prevost elogió en el Elíseo: la Iglesia sometida a la nación, los obispos elegidos por los ciudadanos, Roma reducida a un vínculo de cortesía. Pío VI condenó la Constitución Civil del Clero en la misma carta Quod aliquantum. Los mártires de los Carmes murieron por creer lo que decía Pío VI; sus verdugos actuaban en nombre de lo que hoy dice Prevost.
Lo mismo vale para las dieciséis carmelitas de Compiègne, guillotinadas el 17 de julio de 1794 y beatificadas por san Pío X en 1906. El fiscal Fouquier-Tinville las acusó de «fanatismo», y cuando una de ellas le preguntó qué entendía por esa palabra, respondió: «Vuestras creencias infantiles y vuestro estúpido apego a las prácticas religiosas». La monja se volvió hacia sus hermanas: «Como veis, nos condenan por nuestra religión». Es la escena que Bernanos llevó al teatro en Diálogos de carmelitas. Aquel «fanatismo» es lo que hoy se llama proselitismo, y el cristiano que lo profesa es, para el fiscal de entonces y para el discurso de ahora, una «amenaza para la unidad de la patria».
No se puede elogiar el día 25 los principios de la Revolución y llorar el 26 a sus víctimas sin escoger entre unos y otras. Los mártires escogieron: murieron por no aceptar lo que Prevost llama «auténticos logros». Rezar ante su escalera después de ese discurso no es honrarlos, sino apropiarse de su sangre para adornar el programa de sus verdugos. Y hoy ha dicho misa en la plaza de la Concordia, la antigua plaza de la Revolución, donde el 21 de enero de 1793 guillotinaron a Luis XVI.
La Iglesia de siempre tiene en los altares a los que no juraron. La Iglesia conciliar ha jurado.
Fuentes
- León XIV, discurso en el Palacio del Elíseo, 25 de septiembre de 2026 (texto oficial en español).
- Pío VI, carta Quod aliquantum a los obispos de la Asamblea Nacional, 10 de marzo de 1791. Traducción española en Marcel Lefebvre, Le destronaron.
- Pío VII, carta Post tam diuturnitas al obispo de Troyes, 1814 (ibid.).
- Gregorio XVI, Mirari vos, 15 de agosto de 1832; Pío IX, Quanta cura y Syllabus, 8 de diciembre de 1864, prop. 55; san Pío X, Vehementer nos, 11 de febrero de 1906; Pío XI, Quas primas, 11 de diciembre de 1925.
- Sobre los mártires de los Carmes: Omnes y martyrsde1792.com.
- Sobre las carmelitas de Compiègne: Butler, Vidas de los santos, 17 de julio.
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