Diálogos en Piedrasanta
Diálogo en dos partes. Esta es la segunda parte; conviene empezar por la « primera parte.
[Blanca ha vuelto con una fuente de castañas y una jarra de vino caliente con canela. Se ha hecho de noche del todo; por la ventana solo se ve el reflejo del fuego sobre el cristal y, detrás, la nieve. Algunos de los que escuchaban se han ido a sus casas a cenar; quedan los de siempre, más apretados ahora en el círculo de la lumbre. Esteban ha dejado a un lado su libro y se calienta las manos en la taza. Retoma él, más sereno que antes, como quien ha decidido jugarse la partida en serio.]
ESTEBAN: Me dejaste antes con una frase fuerte: que la Iglesia no ha cambiado, que ha cambiado quien habla en su nombre. Pero antes de esa pelea, que ya veo por dónde va, te debo una respuesta honrada: aunque me has llenado la pared de soldados santos, yo sigo sintiendo que el pacifismo es lo más cristiano que hay. Gandhi, Luther King, Dorothy Day, Tolstói… gente que cambió el mundo sin una gota de sangre. ¿Me vas a decir que todo eso es herejía?
RICARDO: Te voy a decir algo más incómodo: te voy a decir de dónde sale, históricamente, eso que tú sientes como lo más cristiano. Y no sale del Evangelio, Esteban. Sale de los enemigos del Evangelio. Acuérdate de la frase de Amerio que te dije al final, la de «vena maniquea y tintura herética». No era un adorno. Es la historia. Repasemos quiénes han negado, a lo largo de los siglos, que la guerra pueda ser lícita. Y fíjate si encuentras un solo santo entre ellos.
Los primeros fueron los maniqueos, contra los que escribió Agustín. ¿Y qué eran los maniqueos? Dualistas: creían en dos dioses, uno bueno y uno malo, y atribuían el Antiguo Testamento —con sus guerras, su Dios «de los ejércitos»— al dios malo. Por eso rechazaban la guerra: porque rechazaban al Dios que la mandó. Después, en la Edad Media, los cátaros o albigenses: otra vez dualistas, otra vez rechazo del Antiguo Testamento, y —cito a la enciclopedia— «la guerra y la pena capital eran absolutamente condenadas» por ellos. La Iglesia los condenó en el concilio de Letrán. Luego, en la Reforma, los anabaptistas, que rechazaban a la vez el juramento, la autoridad y el servicio militar; tanto, que hasta los propios luteranos los condenaron en la Confesión de Augsburgo, defendiendo contra ellos «las guerras justas» y el deber del cristiano de servir como soldado. Y de los anabaptistas salen los cuáqueros, que «niegan absolutamente todas las guerras exteriores… bajo cualquier pretexto». Y al final de la fila, tu Tolstói, que negaba la Iglesia, la divinidad de Cristo y los sacramentos, y predicaba la no resistencia al mal, y al que el propio sínodo ruso apartó de la comunión. Esa es tu genealogía, Esteban. Maniqueos, cátaros, anabaptistas, cuáqueros, Tolstói. No hay un Padre de la Iglesia, no hay un Doctor, no hay un concilio. Hay una cadena de herejes.
ESTEBAN: Eso es una falacia. Que una idea la hayan tenido herejes no la hace falsa. También los herejes creían en Dios.
RICARDO: Tienes razón en la lógica, y te lo concedo: que lo diga un hereje no basta para condenarlo. Pero fíjate en lo que tienen en común esos herejes, porque ahí está la clave, y no es casualidad. Casi todos negaban o despreciaban el Antiguo Testamento. Y esto no es un detalle: es el centro de todo. Porque aquí llegamos a lo que te he ido aplazando toda la tarde, Esteban, y ahora hay que mirarlo de frente. ¿Te acuerdas de lo que dijiste, dos o tres veces, casi sin darte cuenta? Dijiste que el Dios guerrero del Éxodo era una «imagen tosca de un pueblo primitivo». Dijiste que las páginas del exterminio de Canaán «nos cuesta leerlas hoy». ¿Sabes lo que estabas haciendo cuando decías eso?
ESTEBAN: Contextualizar. Leer la Biblia con criterio histórico.
RICARDO: No. Estabas repitiendo a Marción.
[El padre Raita levantó la vista. Esteban frunció el ceño.]
ESTEBAN: ¿Marción?
RICARDO: Marción, el hereje del siglo segundo, el primero al que la Iglesia echó de su seno por esto exactamente. Marción enseñaba que el Dios del Antiguo Testamento —el Dios justiciero, el Dios de las guerras, el Dios que manda y castiga— no era el verdadero Dios, sino un dios inferior, vengativo. Y que el Dios bueno, el Padre de Jesús, solo se reveló en el Nuevo Testamento, todo dulzura y mansedumbre. Por eso Marción tiró a la basura el Antiguo Testamento entero. Rompió con Roma hacia el año 144, y la Iglesia lo condenó. ¿Y qué estás diciendo tú, Esteban, cuando dices que el Dios guerrero era una etapa tosca que Jesús vino a superar con la mansedumbre? Estás diciendo lo mismo. Estás partiendo a Dios en dos: el Dios de las guerras, que ya no vale, y el Dios de la paz, que es el bueno. Eso tiene nombre, y el nombre es herejía, condenada hace mil ochocientos años.
ESTEBAN: Yo no tiro el Antiguo Testamento. Lo leo como revelación progresiva.
RICARDO: Entonces atiende, porque te voy a poner en un aprieto del que no se sale con «revelación progresiva». Aquí está el argumento, y es el corazón de todo lo que llevamos hablado. Tú dices: toda guerra es injusta, matar en la guerra es siempre malo, es intrínsecamente contrario al Evangelio. Bien. Pero las guerras de Israel —la conquista de Canaán, el exterminio de los pueblos, las campañas de Josué, de David, de los Macabeos— no las hizo Israel por su cuenta. Las mandó Dios. Lo dice la Escritura cien veces: «como Yavé, tu Dios, te lo ha mandado.» Entonces, de dos, una. O Dios mandó algo intrínsecamente malo —y entonces Dios no es bueno, o no es Dios—, o esas guerras no eran malas —y entonces es falso que toda guerra sea injusta—. No hay tercera salida. Si tú mantienes que toda guerra es mala, estás diciendo que el Dios que las mandó es malo. Y entonces el Antiguo Testamento no es palabra del Dios verdadero. Y entonces eres Marción. El pacifismo absoluto, llevado hasta el final, no puede mantener que el Antiguo Testamento esté inspirado por Dios. Por eso todos tus antepasados —maniqueos, cátaros— lo tiraban: porque eran coherentes. Tú quieres quedarte el Antiguo Testamento y el pacifismo a la vez, y no se puede. Una de las dos cosas se cae.
[Esteban se quedó callado un buen rato. Tomó la taza, bebió, la dejó. Tomás miraba a uno y a otro sin pestañear.]
ESTEBAN: Es… un argumento serio. No te lo voy a negar. Nunca lo había visto así de crudo.
RICARDO: Es que es crudo, Esteban. Y mira lo que defiende la Iglesia frente a eso, porque es dogma, no opinión mía. El Concilio de Trento recibió los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento «con igual afecto de piedad», y dio la razón: «puesto que un solo Dios es autor de ambos.»1 Un solo Dios, un solo autor, los dos Testamentos. El Concilio Vaticano —el primero, el de verdad, el de 1870— definió que los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento «tienen a Dios por autor.»2 Y León XIII, en una encíclica que es de las grandes, dijo que «es absolutamente ilícito restringir la inspiración a solo algunas partes de la Sagrada Escritura, o conceder que el autor sagrado se haya equivocado.»3 ¿Lo oyes? No se puede cortar la Biblia y quedarse con la mitad amable. El Dios que inspiró el Sermón de la Montaña es el mismo que mandó a Josué tomar Jericó. Y si las dos cosas son palabra de Dios, entonces la mansedumbre evangélica y la guerra justa no se contradicen: se completan. Lo que tú llamas contradicción es solo que no has entendido ni una ni otra.
ESTEBAN: Déjame entonces ir a mi terreno fuerte, porque me queda. Aunque tengas razón en la doctrina antigua, la Iglesia hoy enseña otra cosa, y eso no me lo puedes negar. Pacem in Terris dijo que en la era atómica es un absurdo pensar que la guerra sea un medio apto para reparar la justicia. El Concilio condenó la guerra y pidió mirarla «con mentalidad totalmente nueva». Y la Fratelli Tutti, que tengo aquí subrayada, dice que ya no se sostienen los criterios de la guerra justa. Tres Papas, Ricardo. ¿Tú, un laico, vas a enmendar la plana a tres Papas?
RICARDO: Ahora llegamos a donde te dije. Y te voy a contestar, pero primero deja que te quite el truco de encima, porque hay trampa en cómo lo planteas. Tú me dices «Pacem in Terris, el Concilio, la Fratelli Tutti» como si fueran la voz de la Iglesia de siempre. Y no lo son. Son la voz de una cosa que empieza con Juan XXIII y el Concilio Vaticano Segundo. Yo no enmiendo la plana a la Iglesia: yo digo que esos textos ya no son la Iglesia, porque contradicen lo que la Iglesia enseñó siempre, y la Iglesia no puede contradecirse, porque la asiste el Espíritu Santo. Cuando un documento de 1965 dice lo contrario de lo que dijeron Agustín, Tomás, Trento y todos los Papas hasta Pío XII, el que está equivocado no es Tomás. Es el documento de 1965. Hay que elegir, Esteban. O la Iglesia se equivocó durante mil novecientos años y acertó hace sesenta, o acertó durante mil novecientos años y lo que falla es lo de hace sesenta. Yo sé de qué lado está el peso: del lado de los siglos, los Doctores, los concilios y los santos. No del lado de una novedad de anteayer.
ESTEBAN: Pero eso es ponerte tú por encima del Papa.
RICARDO: Es ponerme debajo de la Tradición, que es lo que el Papa también tiene encima. El Papa no es el dueño de la fe; es su guardián. No está para inventar doctrina nueva, sino para custodiar la recibida. El día que «un papa» enseña lo contrario de lo que la Iglesia definió, la pregunta no es «¿cómo obedezco esta novedad?», sino «¿es de verdad la Iglesia quien me habla aquí?». Y fíjate qué limpio se ve justo en este tema. Tu Pacem in Terris no dice una herejía aislada: dice exactamente lo que decían los maniqueos y Tolstói, que la guerra ya no puede ser un instrumento de justicia. Tu Fratelli Tutti jubila la guerra justa, que es jubilar a Agustín y a Tomás. ¿Y sabes lo que de verdad jubila? Mira el otro caso gemelo, que aclara todo: la pena de muerte. El mismo hombre que dice que ya no hay guerra justa ha declarado «inadmisible» la pena de muerte, que el Antiguo Testamento manda, que san Pablo reconoce en la autoridad que «no en vano lleva la espada», y que la Iglesia admitió siempre. Pena de muerte y guerra justa: los dos casos en que el quinto mandamiento permitía dar muerte con justicia. Los dos caen a la vez, de la misma mano. Eso no es desarrollo de la doctrina, Esteban. Es demolición. Y el que demuele lo que la Iglesia construyó no edifica la Iglesia: construye otra cosa con el mismo nombre.
[Blanca, sin levantar la vista de la costura, dijo en voz baja: «Ricardo.» Él respiró, bajó el tono.]
RICARDO: Tienes razón, Blanca. Esteban, no te lo digo para escandalizarte ni para que te vayas. Te lo digo porque lo creo y porque te respeto bastante como para no darte la versión dulce. Y mira que el aviso lo dieron los buenos Papas, los de antes. Pío XII, en plena posguerra, cuando todos lloraban los horrores de la guerra, tuvo el valor de avisar contra el falso pacifismo: que la paz a cualquier precio, la que aborrece la guerra por su atrocidad y no por su injusticia, lo único que hace es allanarle el camino al agresor.4 Eso es de Pío XII, el último Papa antes del Concilio. El verdadero amor a la paz no es rendirse: es querer la justicia tanto que estás dispuesto a defenderla.
ESTEBAN: Concédeme entonces una cosa, porque quiero entenderte de verdad, no solo discutir. Si tú tienes razón en todo esto —si la doctrina es tan firme, tan antigua, tan sellada por los santos—, ¿por qué ahora? ¿Por qué este empeño, justo en nuestro tiempo, en convencer a todo el mundo de que toda guerra es mala y de que defenderse es de bárbaros? ¿A quién beneficia eso?
RICARDO: Esa, Esteban, es la pregunta más inteligente que has hecho en toda la tarde. Y la respuesta no es bonita. Piénsalo conmigo, despacio, como un problema, no como una conspiración. ¿Qué es lo que impide que un poder se haga absoluto sobre los hombres? Dos cosas, sobre todo. Primera: que los hombres pertenezcan a algo más pequeño y más querido que ese poder —una patria, una nación, una tierra, una bandera por la que están dispuestos a dar la cara—. Y segunda: que los hombres tengan el derecho y la voluntad de defenderse, con las armas si hace falta. Un pueblo con patria y con armas es un pueblo difícil de esclavizar. Ahora dime: si alguien quisiera construir un poder único sobre toda la tierra, sin fronteras, del que no se pudiera escapar… ¿qué dos cosas necesitaría destruir primero?
ESTEBAN: (despacio) Las patrias… y la capacidad de defenderse.
RICARDO: Exactamente. Las naciones y la legítima defensa. Las dos cosas que la doctrina católica protege. Porque la patria, Esteban, no es un capricho: santo Tomás enseña que amarla es parte de la virtud de la piedad, la misma que debemos a los padres, y va con el cuarto mandamiento.5 León XIII dijo que defender la patria es un deber natural, ordenado bajo el amor a la Iglesia.6 Y la legítima defensa, ya lo vimos, no es solo un derecho: puede ser un grave deber. Pues bien: ¿qué predica hoy el mundo, desde todos los altavoces a la vez? Que las naciones son cosa del pasado, que las fronteras son egoísmo, que el patriotismo es poco menos que racismo, que hay que caminar hacia una «autoridad mundial». Y a la vez: que toda guerra es mala, que defenderse es violencia, que lo evangélico es no resistir. ¿Ves cómo encaja? Un pueblo desarmado por dentro, convencido de que defenderse es pecado y de que su patria no vale nada, es un pueblo dócil. Manso como un cordero camino del matadero. Y a ese cordero lo conduce quien quiera.
ESTEBAN: Eso es una lectura muy oscura. ¿No estarás viendo un plan donde solo hay buena voluntad mal entendida?
RICARDO: Puede que en muchos solo haya buena voluntad mal entendida; en ti, por ejemplo, lo creo. Pero las ideas tienen dueños y tienen efectos, los quieras o no. No hace falta imaginar a nadie frotándose las manos en una sala oscura. Basta mirar a quién le conviene el resultado. Hubo un obispo francés, Delassus, que ya hace más de un siglo señaló entre las armas de la conjuración contra la cristiandad dos que iban siempre juntas: «el internacionalismo y el pacifismo».7 Juntas, Esteban. El que disuelve las patrias y el que desarma las conciencias trabajan para el mismo amo. Y el padre Castellani lo dijo con una frase que no se me olvida: la unión de todas las naciones en un solo imperio mundial no puede hacerse sino por Cristo o contra Cristo.8 Si no la hace Cristo, la hará el Anticristo. Y el imperio del Anticristo necesita corderos, no soldados. Por eso te digo que no es casualidad que justo ahora, justo cuando se habla más que nunca de gobierno mundial, se predique más que nunca que defenderse es pecado. La torre de Babel, Esteban, se construye con hombres que han olvidado por qué peleaban sus padres.
[Hubo un silencio largo. El fuego chasqueó. Tomás, desde el suelo, fue el que habló, en voz baja, casi para sí.]
TOMÁS: Entonces san Miguel sigue haciendo falta.
RICARDO: (sonriendo) Sigue haciendo falta, Tomás. Más que nunca. Por eso León XIII mandó rezarle después de cada misa: porque vio venir esto. La batalla del cielo no se ha acabado; se libra ahora en la tierra, y cada hombre tiene que elegir bando. Lo que no puede hacer un cristiano es convencerse de que no hay batalla, porque esa es justamente la mentira que más le conviene al dragón.
ESTEBAN: (tras un momento, con media sonrisa cansada) No me has convertido, Ricardo. Que quede claro. Sigo creyendo en la paz, y me sigue pareciendo que vosotros tenéis el gatillo demasiado a mano.
RICARDO: No quiero convertirte esta noche, Esteban, ni con el gatillo a mano. Solo quiero que te lleves tres cosas a casa, y que las rumies. Una: que la guerra justa no es un invento de curas belicosos, sino doctrina que está en la Escritura desde la batalla de san Miguel hasta la espada que Cristo manda comprar, y que la firmaron los Padres, los Doctores y los santos con su sangre. Dos: que el pacifismo absoluto, el que dice que toda guerra es mala, no puede sostenerse sin tirar medio Antiguo Testamento, y que por eso lo defendieron siempre los herejes y nunca los santos. Y tres: que cuando te digan que defenderte es de bárbaros y que tu patria no vale nada, te preguntes, como te has preguntado antes con esa cabeza que Dios te ha dado, a quién beneficia que te lo creas. La paz verdadera, la que trae Cristo, no es la paz del rebaño domesticado. Es la paz que viene después de la victoria sobre el mal. Pax es el fin de la guerra, decía Agustín, pero una guerra hay que librarla. Hasta en el cielo la hubo.
[Esteban guardó por fin su libro en la bolsa. El padre Raita se levantó despacio, le puso una mano en el hombro y le dijo algo en voz baja que los demás no oyeron, y Esteban asintió. Afuera había dejado de nevar. Sobre la pared del fondo, la estampa de San Miguel seguía con la espada en alto, recogiendo en la hoja el último resplandor del fuego.]
(Esta es la segunda parte del diálogo. La conversación arranca en la « primera parte.)