Reims borra a Juana de Arco: la santa incómoda para el Nuevo Orden

La ciudad francesa suprime el nombre de la Doncella de Orleans de su festividad más emblemática, rebautizada en 2025 como «Reims, la Epopeya Legendaria».

Las otrora llamadas Fiestas Juánicas de Reims han celebrado este fin de semana su edición de 2026 sin que el nombre de Santa Juana de Arco figure ya en la denominación principal del evento. Desde 2025, la ciudad promociona las celebraciones bajo el rótulo genérico «Reims, l’Épopée Légendaire», desplazando a un segundo plano la referencia explícita a la santa que durante décadas dio razón de ser a la festividad. El cambio no es casual, y sus causas van más allá de una mera reestructuración del programa turístico.

Las autoridades municipales arguyen que la nueva denominación amplía el relato histórico del evento para abarcar ocho siglos de coronaciones reales en Reims, desde Juana de Arco hasta Carlos X. Es verdad que la santa sigue presente en la gran parada histórica junto a Carlos VII, San Luis y Blanca de Castilla, y que la web oficial del turismo remés la menciona expresamente. Ahora bien, que Juana de Arco «siga presente» no es la cuestión. La cuestión es que su nombre ha sido retirado del frontispicio de una fiesta nacida para ella. El concejal de la UDR Stéphane Lang lo ha denunciado abiertamente, acusando al alcalde Robinet de una voluntad política deliberada de distanciar a la ciudad de su figura. Cabe señalar también que, en rigor, Juana de Arco fue canonizada el 9 de mayo de 1920 por Benedicto XV, y fue Pío XI —no Benedicto XV, fallecido en enero de 1922— quien la proclamó patrona secundaria de Francia ese mismo año.

Pero ¿qué tiene de tan molesta Santa Juana de Arco para el poder contemporáneo? Dos cosas, fundamentalmente. Primera: su patriotismo sin ambages. Juana es la madre de Francia, la forjadora de su identidad nacional, la que condujo al delfín Carlos hasta la catedral de Reims para que fuera coronado rey el 17 de julio de 1429, restaurando la legitimidad del reino. Ese patriotismo resulta hoy profundamente subversivo para el discurso del Nuevo Orden Mundial, que construye su proyecto sobre la disolución de las patrias, las fronteras y las identidades nacionales. Un pueblo enraizado en su tierra, en su historia y en su fe no es fácilmente gobernable desde una tecnocracia supranacional. Segunda: Juana alcanzó sus fines mediante la guerra justa. La doctrina perenne de la Iglesia —que el modernismo posconciliar arrincona con estudiada cobardía— siempre ha enseñado que la guerra, siendo un mal, puede ser justa y necesaria cuando se ejerce en legítima defensa. Para un poder que aspira al monopolio mundial de la fuerza, esta doctrina es intolerable: necesita pueblos mansos, desarmados de espíritu, sin familia, sin patria y sin nada por lo que alzarse. Juana de Arco es la antítesis exacta de ese ideal del súbdito global.

No es la primera vez que el aparato cultural progresista opera de esta manera: mantener la forma vaciando el contenido, conservar la estatua pero silenciar el nombre, tolerar la recreación histórica pero extirpar la referencia religiosa y patriótica que le da sentido. Es el mismo método que aplica la Roma posconciliar con la liturgia, con los santos y con el dogma: aparentar continuidad mientras se destruye la sustancia. La Doncella de Orleans fue quemada viva en Ruan el 30 de mayo de 1431; hoy se intenta quemarla de nuevo, esta vez en el fuego lento del olvido institucionalizado.

Que los católicos de Francia —y de toda Europa— no permitan que esa llama se apague. Sancta Joanna de Arc, ora pro nobis.

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