Schneider defiende a la FSSPX con los mismos argumentos que la delatan

El obispo auxiliar de Astana exige trato igualitario para la Fraternidad, asumiendo sin escándalo el ecumenismo y la apostasía que denuncia de palabra.

El obispo Athanasius Schneider concedió el 20 de mayo una extensa entrevista al canal filipino Adrian Milag TV, en la que apeló al Papa León XIV para que autorice excepcionalmente las consagraciones episcopales de la FSSPX previstas para el 1 de julio en Écône. El cardenal Fernández ya tiene preparado un decreto de cisma y excomunión automática para el caso de que dichas consagraciones se lleven a cabo. La situación no puede leerse sin advertir la trampa teológica que encierra el propio argumento de Schneider.

El razonamiento del obispo auxiliar de Astana es el siguiente: León XIV recibió en el Vaticano a Sarah Mullally —primera mujer en ejercer como arzobispa de Canterbury—, oró con ella y prometió trabajar por la «unidad» cristiana. Visitó la Mezquita Azul de Estambul en noviembre de 2025 y la Gran Mezquita de Argel en abril de 2026, descalzándose como gesto de «respeto». Admite de facto a los obispos nombrados por el Partido Comunista chino. Y con todo ello, pregunta Schneider retóricamente: «¿Por qué no puede hacer algunos gestos hacia sus propios hijos?» El argumento parece demoledor. En realidad es una confesión involuntaria.

Cuando Schneider formula esa pregunta, no está denunciando el ecumenismo ni la complicidad con el régimen de Pekín como apostasías que invalidan la autoridad del interlocutor romano. Las está asumiendo como hechos normales del pontificado vigente, como el precio de hacer negocios con la sede que él mismo reconoce como legítima. Su queja no es «León XIV es un apóstata»; su queja es «León XIV es injusto con nosotros». Esa distinción lo dice todo. Schneider reconoce implícitamente a León XIV como Papa verdadero, y al hacerlo convalida cada uno de los actos que enumera como escándalos: el encuentro con Mullally, las mezquitas, Abu Dhabi, el acuerdo chino. No hay coherencia posible entre denunciar el documento de Abu Dhabi —que afirma que la pluralidad de religiones es «expresión de la sabia voluntad de Dios», fórmula que el propio Schneider califica acertadamente como herejía— y al mismo tiempo implorar el reconocimiento del hombre que lo suscribió o hereda su legado.

Aquí reside la función objetiva del llamado «catolicismo tradicional» de este tipo: mantener a los críticos del Vaticano II ligados a su cabeza visible. Cada vez que Schneider o la Fraternidad San Pío X denuncian una herejía conciliar pero acaban pidiendo permiso a Roma, están enseñando a sus fieles que la apostasía es tolerable con tal de permanecer dentro del sistema. Es una tarea mercenaria perfectamente funcional para la secta del Vaticano II: absorber la disidencia, neutralizarla y devolverla al redil con un estatuto canónico. El problema jurídico no es «secundario», como afirma Schneider; es exactamente el nudo de la cuestión, porque de él depende a quién se obedece y a quién se reconoce como autoridad legítima.

Los verdaderos católicos no pueden depositar sus esperanzas en quienes, después de medio siglo de desviaciones evidentes, siguen negociando la fe como si fuera una concesión administrativa. Fidelium animarum salus suprema lex esto. La Iglesia de siempre no necesita permiso de quien la persigue.

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