El presbítero polaco Wojciech Grygiel, profesor de la Universidad Pontificia Juan Pablo II de Cracovia y miembro de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), declaró recientemente, en entrevista con el divulgador tecnológico Maciej Kawecki, que el alma —definida de fide en el Concilio de Vienne (Clemente V, 1311-1312, DH 902) como forma verdadera y por sí misma del cuerpo humano— podría no ser sino una propiedad emergente de la actividad neuronal. Es una frase que, tomada en apariencia como una boutade de sobremesa científica, contiene en realidad la estructura entera del modernismo, tal como la denunció san Pío X en Pascendi Dominici Gregis. Merece la pena desplegarla en sus cuatro momentos, porque cada uno conduce inexorablemente al siguiente, hasta desembocar allí donde nunca se confiesa que se quería llegar: el ateísmo.
1. La ciencia como verdad misma: la sierva ocupa el trono
En la teología católica, la ciencia física —el conocimiento de las causas segundas, de la materia y sus leyes— ha sido siempre ancilla theologiae, sierva de una sabiduría superior que la juzga y la ordena a fines que ella misma no puede ni formular ni alcanzar. El modernismo invierte esta jerarquía sin decirlo abiertamente: no niega un dogma tras otro, sino que desplaza el criterio último de verdad desde la Revelación divina hasta el estado presente de las ciencias naturales. Grygiel expone él mismo esta inversión con notable candor cuando afirma que las «imágenes del mundo» (obrazy świata) que sostienen la formulación de los dogmas son intercambiables en la medida en que estén, según sus propias palabras, «mejor motivadas por los logros de las ciencias». Es decir: la verdad revelada no juzga a la ciencia; la ciencia juzga —y cuando lo cree oportuno, corrige— la verdad revelada. La verdad de la Revelación queda así sometida al último descubrimiento científico de turno: la sierva ha subido al trono, y la que era reina ha sido reducida a una «imagen» cultural, revisable, caduca.
2. De la Revelación divina al descubrimiento humano: el caso de la pena de muerte
Esta inversión tiene una consecuencia que a menudo pasa inadvertida y que, sin embargo, es la más grave de todas: si la verdad de fe debe ajustarse cada vez que cambia el estado del saber humano, entonces esa verdad ya no es, en sentido propio, revelada. Deja de ser algo que Dios comunica de una vez para siempre a su Iglesia, depositado y custodiado, para convertirse en algo que el hombre descubre progresivamente, exactamente igual que la ciencia experimental va descubriendo los secretos de la naturaleza mediante ensayo, corrección y superación de hipótesis anteriores. La religión deja así de ser obra de Dios que se revela al hombre, para convertirse en obra del hombre que va descubriendo a Dios —o, más exactamente, que va descubriendo aquello que él mismo decide llamar «Dios» en cada estadio de su progreso cultural.
Grygiel proporciona él mismo el ejemplo perfecto de este mecanismo cuando defiende, en su blog, la corrección introducida por Bergoglio en el Catecismo sobre la pena de muerte como un caso legítimo de «desarrollo doctrinal». Adviértase el procedimiento: una doctrina sostenida sin fisuras durante veinte siglos, apoyada en la Escritura, en los Padres y en el Magisterio ordinario y universal, se declara superada no porque haya surgido una razón teológica nueva, sino porque ha cambiado la sensibilidad contemporánea —la misma lógica, trasplantada del terreno moral al terreno metafísico, que le permite después sugerir que el alma podría «evolucionar» hasta disolverse en el cerebro. Si ayer la Iglesia conciliar pudo «descubrir» que la pena de muerte es ilícita cuando antes no lo era, ¿por qué no podría «descubrir» mañana que el alma inmortal es una construcción cultural superable? El mecanismo es idéntico: la doctrina ya no desciende de Dios verticalmente, sino que asciende del hombre horizontalmente, en un progreso indefinido cuyo motor ya no es la fe sino la ciencia y la cultura de cada época.
3. No la ciencia en general, sino la mera ciencia físico-experimental
Pero conviene precisar todavía más el diagnóstico, porque el error de Grygiel no consiste en absolutizar «la ciencia» sin más, sino en absolutizar un sector muy concreto y muy limitado del saber humano: la ciencia físico-experimental, la que mide, cuantifica y opera sobre la materia. Ni la metafísica, ni la filosofía del ser, ni por supuesto la teología, entran dentro de ese método; y sin embargo es ese método reducido el que Grygiel erige, de hecho, en tribunal de todo lo real. La consecuencia es matemáticamente inevitable: si la única verdad que cuenta es la que puede verificarse mediante el instrumental de la neurociencia —electroencefalogramas, patrones de activación cortical, correlatos neuronales—, entonces todo aquello que por su propia naturaleza escapa a ese instrumental queda, de hecho, condenado a la irrealidad. Y el alma humana, precisamente porque es de naturaleza espiritual —simple, no extensa, no localizable en ningún tejido—, es por definición inasible para un escáner cerebral. De ahí que Grygiel, preguntado qué ocurriría con el alma en caso de daño cerebral, no supiera responder: dentro de su propio marco, la pregunta no tiene respuesta posible, porque ha reducido de antemano el criterio de realidad a lo que un microscopio o un electrodo pueden registrar. Lo espiritual no es negado explícitamente; simplemente deja de tener sitio en el mapa.
4. La raíz última: si el espíritu no cabe, tampoco cabe Dios
Y aquí llegamos al fondo del asunto, el que verdaderamente importa señalar. Si el espíritu no tiene cabida porque no es objeto de la ciencia físico-experimental, entonces Dios —que es Espíritu purísimo, no un objeto entre los objetos del mundo, no una entidad localizable ni medible por ningún instrumento— tampoco puede tener cabida en esa misma visión de las cosas. No hace falta que Grygiel lo declare expresamente, ni falta hará jamás en estos casos: basta con que el método adoptado excluya de raíz toda realidad no cuantificable para que Dios quede, de hecho, expulsado del mapa de lo real, relegado como mucho a metáfora, símbolo cultural o «imagen del mundo» superada, de la misma manera exacta en que el alma ha quedado relegada a subproducto neuronal. En el fondo de todo cientificismo teológico —por piadoso, prudente y académico que se presente— late siempre esta misma estructura atea, aunque revestida de vocabulario cristiano y aunque su portador vista sotana y celebre en rito tridentino. Por eso san Pío X, con una lucidez que un siglo después sigue siendo profética, definió el modernismo como síntesis de todas las herejías: porque no destruye la fe artículo por artículo, sino que le arrebata primero el suelo metafísico donde la fe entera puede sostenerse en pie.
Frente a esto, la Tradición perenne de la Iglesia conserva, intacto, el único criterio capaz de nombrar las cosas por su nombre: el que definió en Vienne que el alma racional es forma per se et essentialiter del cuerpo humano, bajo pena de herejía para quien lo niegue o dude; y el que enseñó siempre que la ciencia natural, buena y útil en su orden, jamás puede erigirse en jueza de lo que Dios ha revelado, sencillamente porque Dios no está sujeto a microscopio.
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categorías: Modernismo, Alma, Herejes, Magisterio, Ateísmo
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