El «Solstitium» de las Diablesses de Sarrià, con fondos públicos y junto a una iglesia, revela hasta dónde ha llegado la podredumbre institucional y eclesiástica.
El Ayuntamiento de Barcelona patrocina, en torno al solsticio de verano, un espectáculo llamado Solstitium organizado por las «Diablesses i Diables de Sarrià» en la plaza contigua a la parroquia de Sant Vicenç, en el barrio de Sarrià. El acto incluye un cuentacuentos de adoctrinamiento infantil sobre la bruja «Teia», un «vermut feminista» y un aquelarre con fuego. La noticia, en sí misma, es menor. Lo que no es menor es lo que revela.
Conviene decirlo con claridad: esto no es una noticia; es un síntoma. Un síntoma de que la llamada democracia liberal no es el gobierno del pueblo sino el gobierno de una casta política que financia con el dinero de todos —incluido el de los católicos— actos de provocación anticristiana. Nadie votó que sus impuestos sufragaran aquelarres frente a iglesias. Nadie fue consultado. La soberanía popular es, en la práctica, una frase hueca que sirve de pantalla a quienes manejan los presupuestos municipales y las subvenciones a las entidades de «cultura popular». Cuando el pueblo real, el católico y creyente, osa protestar, se le acusa de intolerancia. Cuando el ayuntamiento financia la evocación del demonio junto a un templo, se llama «patrimonio» y «tradición». Mundus inversus.
El segundo síntoma es la ceguera moral de una sociedad que ya no distingue el bien del mal. Se presenta a la bruja Teia —figura legendaria de Vallvidrera— como heroína perseguida, y a los payeses que la temían como los verdaderos malvados. El relato es el de siempre: la transgresión es virtud, la fe es opresión. Los niños a los que se adoctrina esta tarde aprenderán que la brujería es encantadora y que quienes la reprobaron eran bárbaros. Esto no es folclore inocente; es catequesis invertida, pedagogía del mal disfrazada de cultura festiva.
El tercer síntoma —y el más grave para quien aún se llame católico— es el silencio de la jerarquía. Cuando en octubre de 2019 se practicó el ritual de la Pachamama en el mismo Vaticano, con el asentimiento de quien ocupaba la Sede, quedó claro que la institución romana postconciliar no tiene autoridad moral para protestar por un aquelarre municipal. Una secta que venera ídolos amazónicos en los jardines vaticanos no puede escandalizar ante un correfoc feminista en Sarrià. La «tolerancia religiosa» del Vaticano II no es neutralidad; es rendición. Lex orandi, lex credendi: dime lo que adoras y te diré en qué crees. Por eso la «iglesia» del Vaticano II calla, y por eso el ayuntamiento actúa con total impunidad.
Que cada católico de recto juicio no normalice este estado de cosas ni lo acepte como inevitable. La fe no se defiende con votos a partidos que luego traicionan, sino con la práctica fiel de los sacramentos, la oración y el testimonio público. Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.
Fuentes:
- Diari el Jardí – Primera edición del Solstitium (18 de junio)
- Diari el Jardí – Segunda edición del Solstitium (15 de junio)
- Vatican News – Programa oficial viaje apostólico de León XIV a España
- Beteve – La leyenda de la Teia: contexto histórico
- Eix Sarrià – Plaça del Consell de la Vila
- Conferencia Episcopal Española – Agenda del viaje papal
