31 de octubre
Morado

Vigilia de Todos los Santos
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Las grandes solemnidades de la Iglesia no se celebraban antiguamente sin una víspera de preparación, a que se dió el nombre de vigilia, porque los primeros fieles la pasaban velando en oración hasta el día siguiente. Esta piadosa costumbre, mudada con el tiempo en ayuno y en oficio propio, es la que hoy observa la Iglesia en la víspera de Todos los Santos: no es fiesta, sino preparación para la fiesta; y por eso se reviste el sacerdote de morado, color de penitencia, se omite el *Gloria in excelsis*, y la Esposa de Jesucristo, antes de entrar en el gozo de la Iglesia triunfante, se reconoce todavía desterrada y peregrina sobre la tierra.
El origen de esta vigilia va unido al de la misma fiesta. Ya los mártires más ilustres tenían en Roma sus basílicas, donde cada año se celebraba el aniversario de su glorioso tránsito; pero no cabían en el calendario todos los que habían derramado su sangre por Jesucristo, ni todos los justos que reinan con él en el cielo. Erigió el papa Gregorio III, hácia el año de 732, una capilla en la basílica de San Pedro en honra del Salvador, de la santísima Virgen, de los apóstoles, de los mártires, de los confesores y de todos los justos; y Gregorio IV, pasando a Francia el año de 835, mandó que la fiesta de Todos los Santos se celebrase solemnemente en la Iglesia universal el día primero de noviembre, con edicto del emperador Ludovico Pío. Refiere el P. Croiset que aquel día era antes de ayuno, y que desde entonces se anticipó el ayuno a la víspera: de suerte que, para honrar a los santos con alegría, quiso la Iglesia que sus hijos se dispusiesen primero con la mortificación.
Fué por muchos siglos día de ayuno con abstinencia de carnes en todo el orbe católico; y el Código de Derecho Canónico promulgado por Benedicto XV el año de 1917 lo conservó expresamente, mandando en el canon 1252 que se guardasen ayuno y abstinencia juntos en las vigilias de Pentecostés, de la Asunción de la Madre de Dios, de Todos los Santos y de Navidad; salvas las dispensas e indultos que en cada nación concedía la Sede apostólica. Si la vigilia cae en domingo, día en que no se ayuna, se anticipa al sábado, y en él se dice también la misa de la vigilia.
Los textos de la misa están tomados en su mayor parte del común de los mártires, como quien junta en un solo obsequio a toda la corte celestial. El introito canta ya la gloria que mañana se ha de celebrar: *Judicant sancti gentes*, Los santos juzgarán a las naciones y señorearán a los pueblos, y el Señor reinará con ellos eternamente. La oración pide que el Señor multiplique sobre nosotros su gracia, y que, pues nos anticipamos a la gloriosa solemnidad de los santos, los sigamos también con alegría en la santa profesión de la fe; y la secreta ofrece los dones del altar por la súplica de todos los santos, «cuya solemnidad venidera anticipamos».
La epístola, del capítulo quinto del Apocalipsis, pone a la vista el espectáculo que ha de llenar la fiesta del día siguiente: el Cordero como inmolado en medio del trono, los cuatro animales y los veinticuatro ancianos postrados ante él, con cítaras y con copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos, cantando el cántico nuevo: Digno eres, Señor, porque fuiste muerto, y nos redimiste para Dios con tu sangre de toda tribu y lengua y pueblo y nación; y la voz de millares de ángeles que repiten: Digno es el Cordero que fué muerto de recibir la virtud y la divinidad, la sabiduría y la fortaleza, la honra, la gloria y la bendición. Allí está el término de todos los santos; y allí está el precio que los hizo santos, que es la sangre del Cordero.
El evangelio, del capítulo sexto de san Lucas, refiere cómo el Salvador, bajando del monte con sus discípulos, se detuvo en un llano rodeado de un gran gentío venido de Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, y cómo salía de él una virtud que sanaba a todos; y levantando los ojos hácia sus discípulos, les dijo: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios; bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados; bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Este es el camino por donde fueron todos los que mañana veneramos: ninguno llegó a la gloria sino por la pobreza de espíritu, por la mortificación y por las lágrimas. La comunión, del libro de la Sabiduría, acaba de consolar al alma: Las almas de los justos están en la mano de Dios, y no llegará a ellas el tormento de la muerte; a los ojos de los insensatos pareció que morían, mas ellos reposan en paz.
«Hoy, escribe Dom Guéranger, se presenta la Iglesia ante nosotros con libreas de penitencia, reconociendo que no pasa de ser una desterrada. Ayunemos y oremos con ella.» ¿Qué somos, en efecto, sino caminantes de un mundo en que todo pasa y marcha aprisa a la muerte? Cada año nos acercamos al término; y el que hoy ayuna con la Iglesia militante para honrar mañana a la triunfante, se dispone para ser contado él mismo, con la gracia de Dios, en el número de aquellos bienaventurados.
La reforma de las rúbricas que mandó publicar Pío XII el año de 1955 suprimió esta vigilia, con otras muchas del año; pero el misal que aquí se sigue, anterior a aquella reforma, la conserva con su misa propia, como se observó en la Iglesia durante tantos siglos.
Explicación de la vigilia redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Croiset, Año Cristiano, 1 de noviembre, sobre el origen de la fiesta y el ayuno anticipado a la víspera; Guéranger, El año litúrgico, 31 de octubre; Lefebvre, Misal diario y vesperal, 31 de octubre; Código de Derecho Canónico de 1917, c. 1252 §2; textos de la misa del propio sanctoral).