lunes, 2 de noviembre de 2026 ✠ La Conmemoración de los Fieles Difuntos

23 de junio

Morado

San Juan Bautista
San Juan Bautista, Francisco Pacheco, 1608 · Commons · Public domain

Vigilia de San Juan Bautista

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Entre todos los santos que venera la Iglesia, fuera de la santísima Virgen, de ninguno celebra el nacimiento temporal sino del glorioso Precursor; porque, como dice san Bernardo, celebra la vida y la muerte de los demás porque fueron santos, pero festeja el nacimiento de san Juan Bautista porque fué santo el mismo nacimiento y origen de una santa alegría. Y siendo esta solemnidad, desde los primeros siglos, una de las mayores del año después de las fiestas del Señor, quiso la Iglesia que los fieles se dispusiesen a ella con un día de vigilia, como se disponen a la Navidad y a Pentecostés.

Llamábase vigilia, en los primeros tiempos, la noche que precedía a las fiestas, la cual pasaban los fieles juntos en la iglesia, en oraciones, salmos y lecciones de la Escritura, hasta la Misa solemne del día; costumbre que san Jerónimo y san Agustín alaban y defienden. Mas como con el tiempo se introdujesen desórdenes en aquellas reuniones nocturnas, los obispos las fueron suprimiendo, y en su lugar quedó el ayuno del día antecedente; y el Oficio y la Misa de la vigilia pasaron a celebrarse de día, de donde la víspera de las fiestas mayores conservó el nombre de vigilia.

Es la de san Juan de las más antiguas y señaladas. El concilio de Agde, el año de 506, cuenta su Natividad entre las fiestas principales después de la Pascua, la Navidad, la Epifanía, la Ascensión y Pentecostés; y el sínodo de Seligenstadt, el de 1022, llegó a mandar para prepararse a ella un ayuno de catorce días, aunque esta disposición particular, como advierte el P. Croiset, tuvo poco efecto. Durante muchos siglos fué día de ayuno; y si el Código de Derecho Canónico de 1917, mitigando la antigua disciplina, ya no la cuenta entre las vigilias de ayuno obligatorio, que reduce a las de Navidad, Pentecostés, la Asunción y Todos los Santos, la Iglesia le conserva su Misa propia, con ornamentos morados y sin *Gloria*, en señal de la penitencia con que antiguamente se guardaba.

Toda la Misa de este día mira al nacimiento que se espera. El introito pone en boca del ángel las palabras dichas a Zacarías en el templo: *No temas, Zacarías, pues tu oración ha sido bien despachada; y tu mujer Isabel te dará un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; porque será grande en la presencia del Señor, y será lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre*. La epístola es la vocación del profeta Jeremías, que la Iglesia aplica con razón al Precursor: *Antes que yo te formara en el seno materno te conocí; y antes que tú nacieras te santifiqué*. Porque Juan, según la fe constante de los Padres, fué santificado en las entrañas de Isabel cuando ésta oyó la salutación de María, y saltó de gozo en presencia de su Señor aún no nacido.

El gradual resume su oficio con las palabras del evangelista: *Hubo un hombre enviado de Dios que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz*. Y el evangelio refiere por extenso la aparición del ángel a Zacarías, sacerdote del turno de Abía, y a su mujer Isabel, *justos ambos a los ojos de Dios*, ya ancianos y sin hijos, a quienes se anuncia el que había de *ir delante del Señor con el espíritu y la virtud de Elías*, para prepararle un pueblo perfecto. Esta página, dice Dom Guéranger, es el comienzo del Evangelio, la primera palabra de la buena nueva de nuestra salvación.

La oración de la Misa pide que la familia de Dios *camine por la vía de la salvación; y, siguiendo las exhortaciones del bienaventurado Juan Precursor, llegue segura hasta aquel a quien anunció*, nuestro Señor Jesucristo. Este es todo el fruto de la vigilia: no detenernos en el siervo, sino dejarnos conducir por él al Señor, como él mismo quiso, diciendo que convenía que Cristo creciese y que él menguase. Y la poscomunión, con hermosa propiedad, pide que *aquel que predijo que había de venir, nos lo alcance propicio*.

Las hogueras con que de antiguo se celebra en muchos pueblos la noche de san Juan, y de que ya hace memoria san Bernardo según refiere el P. Croiset, son como un eco popular de aquella alegría que el ángel prometió: *muchos se alegrarán en su nacimiento*. Pero el cristiano ha de encender otro fuego: el de la penitencia que Juan predicó y el del deseo de Cristo que él anunció. Dispongámonos, pues, en este día con algún ayuno voluntario, ya que la Iglesia, como madre piadosa, no nos lo impone, y con un examen sincero de la vida, para que el Precursor encuentre en nosotros camino preparado para el Señor.

Explicación de la celebración redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Croiset, 24 de junio (antigüedad de la vigilia, concilio de Agde, Seligenstadt); Guéranger, El año litúrgico, Vigilia de san Juan Bautista; Enciclopedia Católica (1912), art. «Eve of a Feast»; Código de Derecho Canónico de 1917, c. 1252).

Próxima vez en el calendario: miércoles, 23 de junio de 2027.