lunes, 2 de noviembre de 2026 ✠ La Conmemoración de los Fieles Difuntos

1 de agosto

Blanco

San Pedro ad Víncula

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

*[Falta en el ejemplar digitalizado la primera hoja (págs. 1-2), donde Croiset refería cómo Herodes Agripa, después de degollar a Santiago, mandó prender a san Pedro en los días de los ázimos, con ánimo de presentarlo al pueblo pasada la Pascua (Act. 12, 1-4). El texto se reanuda a continuación.]*

Sobresaltáronse todos los fieles; pero tuvieron más fuerza las fervorosas y continuas oraciones de toda la Iglesia para libertar al príncipe de los apóstoles, que todas las precauciones y toda la malicia del tirano. La noche antes del día en que Herodes había resuelto hacerle comparecer, y entregarle a discreción de sus enemigos, estaba el santo echado y durmiendo sosegadamente entre dos soldados, los cuales, según la costumbre de aquel tiempo, le tenían estrechamente ligadas ambas manos por medio de unas esposas, y al mismo tiempo otros hacían centinela a la puerta de la prisión para que no se escapase; pero nada bastó para embarazar el recobro de su libertad.

Aparecióse el ángel del Señor cercado de un resplandor celestial, que llenó de claridad el lóbrego calabozo, pero sin ser visto de otro que de solo el santo: tocóle en un lado, despertóle, y le mandó que se vistiese cuanto antes. En aquel mismo punto se le cayeron las esposas de las manos sin que los soldados lo advirtiesen. Cíñete la túnica, añadió el ángel, cálzate, toma tu manto, y sígueme. Obedeció prontamente, salió de la prisión, fue siguiendo al ángel, pero todavía dudoso de si era verdad o sueño lo que le pasaba, no pudiendo, a pesar de un suceso tan extraordinario, persuadirse a que no dormía. Pero tardó poco en conocer que no soñaba; porque el ángel, después de haberle sacado de entre los soldados con quienes estaba preso por las manos, le llevó por en medio de los otros que hacían guardia a la puerta, y de allí le condujo a otra que se llamaba *la puerta de Hierro*, y caía a la ciudad, la cual se abrió por sí misma. Todavía no le dejó allí el ángel; acompañóle hasta el fin de una calle larga, y desapareció. Entonces acabó san Pedro de conocer claramente que era realidad lo que le parecía sueño, y exclamó diciendo: *Ahora sé ciertamente que el Señor se dignó enviarme su ángel para que me librase de las manos de Herodes, y burlase la esperanza que tenían los judíos de quitarme la vida.* Esta milagrosa libertad, solicitada por las oraciones de la Iglesia, puesta en ejecución por un ángel enviado de Dios para quitarle las cadenas, es el objeto de las gracias que hoy se rinden al Señor por haber conservado la cabeza visible de su Iglesia.

Para perpetua memoria de tan ilustre maravilla procuraron los fieles hacerse dueños de las cadenas que aprisionaron al santo apóstol; las que se guardan cuidadosamente para trasladar a la posteridad este insigne monumento de una gracia tan singular. Habiendo hecho el viaje de Palestina la emperatriz Eudoxia, mujer de Teodosio el Menor, en el año de 439 con el piadoso fin de visitar la tierra santa, hizo alguna mansión en Jerusalén, y mostró deseo de algunas reliquias. Quiso el patriarca Juvenal contentar su devoción, y le pareció no le podía hacer regalo más precioso, ni que fuese más de su gusto, que presentarle las dos cadenas con que san Pedro había sido aprisionado. Recibiólas la emperatriz con veneración y con gozo; reservó una de ellas para la iglesia de Constantinopla, y regaló la otra a su hija Eudoxia, que dos años antes se había casado con el emperador Valentiniano III. No cabiendo en sí de contento la joven emperatriz con el piadoso regalo, se le mostró luego al papa Sixto III, quien correspondió por su parte mostrando también a la emperatriz otra cadena con que Nerón había tenido aprisionado al mismo santo apóstol antes de sentenciarle a muerte, la cual se conservaba en Roma con mucha veneración. Asegúrase que, habiendo acercado el papa una cadena a otra, al instante se unieron las dos tan perfectamente, que formaron una sola, y parecía obra de un mismo artífice. Con este milagro creció mucho la devoción que ya se tenía a las preciosas cadenas, y la emperatriz Eudoxia, nieta del emperador Arcadio, mandó fabricar en el monte Esquilino una magnífica iglesia en honor del santo apóstol, donde se conservaron las dos cadenas, que ya representaban una sola. Al principio se llamó esta iglesia de Eudoxia, tomando el nombre de su fundadora; después se le dio el de San Pedro Advíncula, y es título de cardenal. Así por las maravillosas curas como por otros milagros que obró Dios al contacto de estas cadenas, se hicieron célebres en todo el universo, y se aumentó mucho la devoción de los fieles.

Dice san Agustín que el hierro de las cadenas de san Pedro era entre los cristianos más estimado que el oro, considerándole santificado por lo que había atormentado al santo apóstol. En fe de eso nos consta por san Gregorio el Grande, que en su tiempo era costumbre muy común enviar por reliquias las limaduras de las cadenas de san Pedro, y que por medio de ellas obraba Dios grandes milagros; siendo el mismo papa el que las limaba para sacar los polvos. El mismo san Gregorio, que hablaba en esto de experiencia propia y de la de sus predecesores, afirma que muchas veces sacaba la lima los polvos sin la menor dificultad; pero que otras, cuando los pedían ciertas gentes, por más que se limase, no había forma de desprenderse ni una sola arena. Las limaduras se engastaban unas veces en cruces, y otras en llavecitas de oro o plata, las que atadas a un cordoncito se descolgaban hasta que tocasen al sepulcro del santo apóstol, y después se traían pendientes al cuello como preservativo contra toda suerte de males y accidentes molestos de la vida. Esto escribía aquel gran pontífice a Childeberto rey de Francia, enviándole una de aquellas llavecitas, guarnecida con las limaduras de las cadenas. Refiérele al mismo tiempo el ejemplar castigo de cierto señor lombardo, que, burlándose de la virtud sobrenatural que se atribuía a ellas, y rompiendo una por menosprecio para sacar el oro en que estaban engastadas las limaduras, al punto se apoderó el demonio de él, y entró en tanto furor, que se quitó la vida por sus propias manos.

El conde Justiniano, sobrino del emperador Justino, y sucesor suyo en el imperio, deseó tener algunas reliquias de san Pedro, después de haberle dedicado una magnífica iglesia, que a sus expensas hizo fabricar en Constantinopla. Envióle el papa Hormisdas un lienzo santificado, esto es, tocado a su santo sepulcro con una llavecita o cruz enriquecida con limaduras de sus cadenas. Los lienzos santificados, como asegura san Gregorio, eran recibidos en todas partes con mucho respeto. Colocábanse como reliquias en las iglesias consagradas a Dios en honor del santo, y obraban los mismos prodigios que si estuviera en ellas el propio cuerpo. Añade también el santo que algunas veces destilaban sangre estos lienzos cuando se cortaban, y que había muchos testigos de esta maravilla.

Hallándose en Italia el año de 969 un conde muy estimado del emperador Otón el Grande, se apoderó de él el demonio con tanta furia, que él mismo se despedazaba con los dientes. Compadecido el emperador del lastimoso estado de su favorecido, mandó que le llevasen al papa Juan XIII, para que le hiciese conjurar. Pero apenas le echaron al cuello la cadena de san Pedro, cuando salió de su cuerpo el demonio dando espantosos alaridos. Quedó tan asombrado de esta maravilla Teodorico, obispo de Metz, y primo hermano del emperador, que, asiéndose fuertemente de la cadena, protestó no la soltaría mientras no le diesen un eslabón; concediéronsele, y es el mismo que hoy se guarda en el monasterio de San Vicente de Metz como preciosa reliquia.

Las cadenas con que san Pedro fue preso en Roma en tiempo de Nerón, desde aquel mismo tiempo fueron singularmente veneradas de los fieles. Hallándose en la prisión san Alejandro, papa y mártir, curó milagrosamente a una señora romana, por nombre Albina; y queriendo esta besar las cadenas en que estaba preso, no se lo permitió el santo pontífice, diciéndole: *Esa reverencia solo se debe a las cadenas de san Pedro; id, haced que os las enseñen, y besadlas con respeto.*

Entre los sermones de san Crisóstomo se halla uno sobre la fiesta de este día que el cardenal Baronio juzga ser de san Proclo o de san Germán, sucesores del santo: *Hic enim dies*, dice el autor, *venerandas ejus catenas manifestas ostendit, et earum adorationem proponit, quibus apostolus devinctus, multiplices ejus, qui est malorum omnium origo, nodos ac machinas dissolvit, et quos diabolus adstrictos tenebat, eos ereptos a morte sempiterna liberavit.* «Este es el día en que se exponen a los ojos y a la veneración de los fieles aquellas venerables cadenas con que fue preso san Pedro, a cuya vista el mismo santo apóstol desata los nudos, y disipa todos los artificios malignos de aquel que es funesto origen de todos los males, y haciendo conseguir gloriosa victoria del enemigo de nuestra salvación, nos libra de la muerte eterna.»

«Eran estas cadenas, añade el mismo, el más bello ornamento del santo apóstol, que triunfaba de alegría viéndose oprimido con ellas: *His catenis Apostolus ornabatur; his exultans ac gestiens se oblectabat.* La Iglesia, aquella casta esposa de Jesucristo, se honra y se adorna con estas cadenas como con un rico collar y preciosa corona, que la hace más brillante a los ojos de su divino Esposo: *His et nunc sanctissima ac pura Christi sponsa Ecclesia, tanquam splendido monili, ac velut corona quadam decorata ad dexteram sui sponsi partem assistit.* En todo tiempo, pero singularmente en este día, tengamos gran veneración a estas cadenas; toquémoslas con confianza; besémoslas con respeto: *Has, inquam, catenas hodierno die amplexamur; has reverenter veneramur, et colimus.* A la verdad sería muy justo reverenciar con mucha devoción, no solo estas sagradas cadenas, sino todo lo que sirvió al uso de aquel santo apóstol, vicario de Cristo en la tierra, intérprete fiel de sus secretos, órgano de su voluntad y oráculo de los fieles: *Deceret certe, deceret non solum catenas quae manus illas adstrinxerunt, magnopere venerari, sed etiam indicia omnia, ad quae apostoli membra accesserunt, singulatim amplecti ac revereri, et in illis singulis diem festum ac panegyrim venerari.*»

Refiere después el modo de que se valió la divina Providencia para conservar a la posteridad estas preciosas cadenas. Dice que, habiéndose quedado en la cárcel las cadenas con que estaba preso el santo apóstol, algunos guardias, que se convirtieron a vista del prodigio de su milagrosa libertad, tuvieron cuidado de recogerlas, y con gran secreto se las entregaron a los fieles de Jerusalén, los cuales dejaron este escondido tesoro a sus descendientes, y estos le conservaron con el mayor sigilo, hasta que, abolido el paganismo, se hallaron con libertad para venerar públicamente aquellas santas reliquias. *Ipsi Herodis ministri, quibus divinae cognitionis lumen effulserat, clam sustulerunt, et apud ipsos velut thesaurum quemdam eas conservarunt: quod sero a patre suo, ut dicitur, traditum, et de catenis illis narratum sibi quisque acceperat, posteris suis deinceps tradebat, et tuto in loco catenas illas servabat, etc.*

«¡Oh, y si me fuera lícito, continúa el mismo santo, ver aquel calzado y aquella ropa que el ángel mandó se vistiese: *illa certe apertis ulnis exciperem, et amplecterer*; seguramente no dejaría de estrecharla reverentemente entre mis brazos, de aplicarla a mi corazón, y de adorarla como preciosa reliquia. *Tu vero, o Petre, Christi Ecclesiae petra et firmamentum, summe apostolorum vertex... qui catenas has instar scelerati alicujus hominis pertulisti, et curationum fontem illas reddidisti, tu, quaeso, adesto hodie misertus nostri, et hoc in loco spiritu venerare*: y tú, oh Pedro, piedra fundamental de la Iglesia de Jesucristo, su apoyo, y príncipe de los apóstoles, que llevaste estas cadenas como si fueras un facineroso, y con tu contacto las convertiste en fuente de milagrosas curas, ten misericordia de nosotros, y compadecido de nuestras miserias, favorécenos hoy con tu poderosa protección.»

Si la sombra de san Pedro, dice san Agustín (*Serm.* 2), fue tan saludable, ¿cuánto más lo serán las cadenas con que fue aprisionado? ¡Oh dichosas cadenas, que os convertisteis en coronas! ¡oh bienaventurados grillos, y qué dignos sois de nuestro respeto!

Esta festiva memoria de san Pedro Advíncula se fijó al día primero de agosto, en que se celebra la dedicación de su iglesia, con cuya festividad se intentó desterrar los profanos regocijos que en tal día acostumbraban los gentiles en memoria de la impía consagración del templo del dios Marte.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público; el primer párrafo, entre corchetes, es suplemento del editor sobre Act. 12, por faltar la primera hoja en el ejemplar digitalizado.