6 de mayo
Blanco

San Juan ante Portam Latinam
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Queriendo nuestra madre la Iglesia honrar la memoria de lo que el evangelista san Juan padeció por Jesucristo, instituyó en este día la fiesta de su martirio.
Cuando el Salvador del mundo se dirigía a Jerusalén para consumar en aquella ciudad su sacrificio, iba conversando con sus apóstoles acerca de lo que en ella había de padecer, pronosticándoles todas las ignominias de su pasión, hasta las más menudas circunstancias. Ya veis, les decía, que subimos a Jerusalén; allí será el Hijo del hombre traidoramente entregado a los ancianos del pueblo, a los doctores, a los magistrados y a los príncipes de los sacerdotes, quienes le entregarán a los gentiles; allí será expuesto a la risa y a la burla del insolente populacho, será escupido, será cruelmente azotado, y en fin será condenado a morir en una cruz; pero después de su muerte resucitará lleno de gloria. Todo este discurso para los apóstoles era un enigma; no entendían palabra de lo que les quería decir, y no acertaban a concebir cómo podían componerse tantas ignominias con tanta dignidad y con tanta grandeza en la persona de su Maestro.
La causa de su ignorancia consistía en aquella dificultad que de ordinario tiene la naturaleza en concebir y estimar las cosas que mira con aversión. Como los discípulos de Cristo aún no habían aprendido a amar las cruces, no le oían de buena gana hablar sobre esta materia, y mucho menos comprendían lo que el Salvador les decía. Gustaban todavía de las honras, y solo pensaba cada uno en el modo de sobreponerse a los otros. Con este espíritu, los hijos del Zebedeo, Santiago y san Juan, se valieron de su madre, para que, como parienta de la santísima Virgen, y como tía del mismo Cristo, le pidiese para ellos algún puesto distinguido en su reino. Bien instruida la buena madre por sus dos hijos, y llevándolos consigo, se presentó ante el Señor; adorole con respeto, y dice el Evangelio que le pidió licencia para hacerle una súplica. Habiéndosela concedido el Salvador, según su bondad ordinaria: Señor, le dijo con la mayor confianza y sencillez, yo os suplico que miréis con particular cariño a estos dos hijos míos, y que, prefiriéndolos a todos los demás discípulos, les concedáis las dos primeras sillas en vuestra gloria.
No le pareció conveniente a Jesucristo responder directamente a la madre, puesto que eran los hijos los que hablaban por su boca; y así, dirigiéndose inmediatamente a los dos hermanos, sin reprenderles por entonces la ambición, se contentó con hacerles visible su ignorancia y grosería. No sabéis, les dijo, lo que pedís; y se conoce bien que hasta ahora no habéis comprendido qué cosa es ser grande en mi reino, cuáles son las primeras sillas de él, qué méritos y con qué grados se ha de ascender a ellas, no habiendo otros que la humillación, las adversidades y los trabajos. Decidme, ¿tendréis valor para beber el amargo cáliz que yo he de beber primero, y para ser bautizados en vuestra sangre, como yo lo he de ser en la mía? En medio de ser todavía los dos apóstoles tan imperfectos y tan groseros como se reconocía por su misma petición, el amor que profesaban a su divino Maestro les dio aliento para responder con toda resolución que estaban prontos a padecer todo cuanto se ofreciese, a su ejemplo y por su servicio; que no tenía más que hacer la experiencia, y vería hasta dónde llegaban sus deseos de sacrificarse por su amor.
Agradó tanto al Salvador esta animosa respuesta, que desde luego les prometió la corona que está preparada para todos los que tienen parte en su cruz y en sus trabajos. Sí, les dijo, vosotros beberéis mi cáliz, y seréis bautizados con el mismo bautismo con que yo lo he de ser. Pero en orden a esas primeras sillas a que aspiráis a los dos lados de mi trono, debo deciros que, si me miráis puramente como hombre, ni me corresponde dároslas, ni, aunque hubiera yo de conferirlas, atendería al favor, al parentesco, al empeño, ni a algún otro humano respeto; esos premios están reservados para aquellos a quienes mi Padre los destina, y a mí solo me toca ponerlos en la posesión de los que este señala, según su virtud y merecimientos.
Se puede decir en algún modo que san Juan, aquel discípulo tan favorecido, tan tiernamente amado del Señor, y al cual él por su parte amaba tan fervorosamente, tardó poco en verificar lo que le había anunciado su divino Maestro, de que bebería su cáliz; porque verdaderamente gustó toda la amargura de él, habiendo padecido su amante corazón todos los dolores del Salvador, de cuyo lado no se apartó ni un solo momento hasta la muerte.
Pero aún debía cumplirse más a la letra la profecía del Señor en orden a san Juan. No bastaba que el discípulo amado padeciese interiormente el martirio del corazón, siendo testigo de los tormentos y de la afrentosa muerte de su celestial Maestro; era menester que tuviese parte en ella más visiblemente; y, hablando con propiedad, hasta después de la venida del Espíritu Santo no le hizo el Salvador participante de su cáliz. Inmediatamente, o no mucho tiempo después, padeció san Juan en compañía de san Pedro cárceles, azotes y oprobios, en la persecución que levantaron los judíos contra los apóstoles después de la muerte de san Esteban. Pero aun esto no fue más que como un preludio de lo que había de padecer, andando el tiempo, bajo el poder y tiranía de los príncipes gentiles.
Habiendo sucedido Domiciano en el imperio a su hermano Tito, el año 81 del nacimiento de Cristo, fue el segundo emperador que empleó todo su poder en procurar destruir el reino del mismo Cristo, y en borrar del mundo hasta la memoria del nombre cristiano; y como no era inferior en crueldad al mismo Nerón, aún fue más sangrienta que la primera esta segunda persecución que excitó contra la Iglesia. Hallábase a la sazón nuestro santo en Éfeso, donde había fijado su residencia por la comodidad de atender más fácilmente al gobierno y a las necesidades de las iglesias de Asia, que había fundado el mismo apóstol. Ya había padecido muchos malos tratamientos de los gentiles; y aunque era grande la veneración que generalmente profesaban todos a su persona, no por eso le eximió de la persecución. Fue desterrado de Éfeso, y poco tiempo después conducido a Roma, donde, cargado de prisiones y encerrado en un horrible calabozo, rebosaba de alegría viéndose en vísperas de dar su sangre y su vida por su amado y dulcísimo Maestro.
Informado el emperador de las circunstancias y carácter de este cristiano héroe, quiso verle; y san Juan se presentó ante el trono del tirano con aquella majestuosa modestia, y con aquel aire de agrado, de santidad y de dulzura que se había siempre admirado en nuestro apóstol. Contribuía también su avanzada edad a hacerle más respetable; y el emperador quedó como sorprendido a la vista de aquel venerable anciano. Preguntole acerca de su religión, y las respuestas que le dio le hicieron admirar su intrepidez y grandeza de alma. Es necesario, le dijo el emperador, que renuncies una religión cuya doctrina es enemiga de los placeres y deleites de los sentidos, cuyos dogmas son incomprensibles por misteriosos, y que te pases a la nuestra, donde acabarás en paz tus dilatados días. Horrorizado el apóstol al oír semejante proposición, lleno de una santa indignación, y animado de aquel generoso zelo que avivaba y encendía cada día más y más el tierno amor a Jesucristo: «No creas, oh emperador, le respondió, que tus promesas ni tus amenazas me hagan titubear; no hay más que un solo Dios, y ese es aquel a quien yo sirvo y adoro; mi mayor dicha será derramar toda mi sangre por él, y hace mucho tiempo que suspiro por este glorioso sacrificio».
Quedó el emperador por un rato como cortado y suspenso al ver la entereza y la noble osadía de aquel venerable anciano; pero duró poco esta suspensión de su crueldad, porque, volviendo luego en sí, mandó que al instante fuese arrojado el santo en una tinaja de aceite hirviendo, para que perdiese la vida en este tormento.
Escogiose para teatro una gran plaza cerca de la puerta Latina, llamada así porque se salía por ella a los pueblos del Lacio, o país latino, que hoy se dice la campaña de Roma. En medio de ella se colocó una gran caldera, o tinajón lleno de aceite, que se asentó sobre una grande hoguera. Concurrió el senado y la mayor parte de la ciudad al ruido de este espectáculo, movidos todos aún más de las noticias que tenían de la reputación, ancianidad y grandeza de corazón de nuestro santo. Fue ante todas cosas despojado y cruelmente azotado el apóstol, según las leyes de los romanos, que ordenaban este suplicio a todos los condenados a muerte. Cuando el santo cuerpo estuvo todo rasgado y todo ensangrentado al rigor de aquella espesa lluvia de golpes, le metieron en el tinajón, o caldera de aceite hirviendo; pero el Señor, que solo quería darle la gloria del martirio, como se lo había prevenido, pero no quería permitir que los hombres acortasen una vida tan preciosa, y de que todavía tenía necesidad su santa Iglesia, renovó en favor de su amado discípulo el milagro de los tres niños en el horno de Babilonia; porque el aceite hirviendo se convirtió en un baño dulce y benéfico que le refrigeró, cerró y cicatrizó sus heridas, y las llamas se volvieron contra los ministros que las atizaban fomentándolas con sucesivos materiales. Este milagro, tan evidente y tan sensible, no podía dejar de producir su efecto. Quedaron atónitos todos los circunstantes, y muchos de ellos se convirtieron; y el mismo emperador, cuando le refirieron el suceso, se mostró tan admirado, que se contentó con enviar desterrado a nuestro victorioso apóstol a la isla de Patmos, en el mar Egeo, llamada hoy Patino o Palmosa, donde estuvo hasta la muerte de Domiciano; y en ella fue donde Dios le reveló los admirables y escondidos misterios del Apocalipsis. Así se cumplió la profecía de Cristo, de que bebería el cáliz de su pasión; y por eso los antiguos, con toda la Iglesia, le dan el título de mártir, pudiendo decirse de él con san Agustín: «No faltó Juan al martirio, sino que el martirio le faltó a Juan. No padeció hasta morir; pero Dios, que tenía bien comprendido el templo de su corazón, conoció que era capaz de mucho más, y toda la tierra lo conoció también. Los tres mancebos fueron arrojados en el horno para que fuesen reducidos a ceniza, y salieron del horno vivos: ¿diráse por eso que no fueron mártires? Si consideramos las llamas, no fueron consumidos; pero si consideramos sus corazones y sus voluntades, fueron coronados».
Sucedió este milagro por los años de 91 del Señor; y queriendo los cristianos honrar la memoria del martirio y triunfo de san Juan, edificaron desde los primeros siglos una hermosísima iglesia bajo su advocación en el propio sitio donde fue echado en el aceite hirviendo, la que es visitada con gran concurso de los fieles el día 6 de mayo, en el cual, como se ha dicho, celebra la Iglesia la memoria de su martirio. Por mucho tiempo fue de precepto esta fiesta en varias iglesias de Francia, y también lo fue en Inglaterra desde el siglo doce hasta el cisma; después del cual se contentaron los ingleses con hacer memoria de ella en el calendario de su nueva liturgia, tristes reliquias de su antiguo catolicismo, hoy enteramente extinguido, que debieran abrirles los ojos para conocer sus errores, y para desengañarse de su funesto y lastimoso extravío.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.