13 de mayo
Blanco

San Roberto Belarmino, Obispo, Confesor y Doctor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
San Roberto Belarmino, uno de los mayores defensores que ha tenido la Iglesia católica contra la herejía de estos últimos siglos, martillo de los protestantes, maestro de la fe del pueblo sencillo y gloria de la Compañía de Jesús, nació en Montepulciano, ciudad de la Toscana, a 4 de octubre del año de 1542. Fueron sus padres Vicente Belarmino y Cintia Cervini, de noble familia venida a menos, hermana esta del papa Marcelo II; y la piadosa madre, que había de tener en la vocación de su hijo más parte que el padre, cuidó de criarle en el santo temor de Dios y en una tierna devoción a la santísima Virgen.
Dió el niño muy presto muestras de un ingenio nada común: sabía de memoria a Virgilio, componía con facilidad versos latinos, y se lucía en las disputas públicas con admiración de sus paisanos. Pero no corrían en él la ciencia y la virtud por caminos distintos; y cuando tenía diecisiete años escribía de él el rector del colegio de la Compañía en Montepulciano que era el mejor de sus discípulos, y que no estaba lejos del reino de los cielos. Venciendo con ayuda de la madre la resistencia del padre, entró en 1560 en la Compañía en Roma, y estudió en el Colegio Romano.
Toda su vida padeció una salud quebradiza, y toda su vida trabajó como si fuera robusto. Enseñó humanidades en Mondovì del Piamonte y estudió teología en Padua; y de allí le envió san Francisco de Borja a Lovaina, donde las novedades del canciller Miguel Bayo sobre la gracia y la libertad comenzaban a inficionar la Universidad. Siete años estuvo en aquella ciudad. Predicaba en latín, y era de tan corta estatura que subía a un banquillo para que el auditorio le viese; pero decían sus oyentes que le resplandecía el rostro y que sus palabras parecían inspiradas. Ordenado sacerdote en Gante en 1570, fué el primer jesuita que ocupó cátedra en Lovaina, y explicando la *Suma* de santo Tomás refutó los errores de Bayo con tanta caridad, que jamás nombró a su adversario.
Vuelto a Roma en 1576, se le confió la nueva cátedra de controversias del Colegio Romano; y de aquellas lecciones nacieron los grandes volúmenes de sus *Controversias*, o *Disputas sobre los puntos controvertidos de la fe cristiana contra los herejes de este tiempo*. Fué tal su erudición que muchos herejes no podían creer que fuese obra de un solo hombre, y decían que el nombre de Belarmino encubría una junta de jesuitas. Tres siglos después la llamaba el historiador Hefele la más completa defensa del catolicismo que se había publicado.
Entre todas las verdades que defendió, ninguna con más empeño que la autoridad del Romano Pontífice, cabeza visible de la Iglesia y sucesor de san Pedro, contra los que la llamaban tiranía del Anticristo. En los libros *Del Romano Pontífice*, después de probar la monarquía de Pedro y su perpetua sucesión en la Sede romana, se pregunta el santo doctor si un papa hereje puede ser depuesto. Tiene por probable y fácil de defender la opinión de que el papa no puede caer en herejía; pero, por no ser cierta, examina lo que se ha de responder si cayese, y concluye (lib. II, cap. 30): «La quinta opinión, que es la verdadera, es que el papa hereje manifiesto deja por sí mismo de ser papa y cabeza, así como deja por sí mismo de ser cristiano y miembro del cuerpo de la Iglesia; por lo cual puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Esta es la sentencia de todos los Padres antiguos, que enseñan que los herejes manifiestos pierden al punto toda jurisdicción». Y da la razón: el que no es cristiano no puede ser papa, porque no puede ser cabeza de aquello de que no es miembro; y sería, dice, miserabilísima la condición de la Iglesia si se viese obligada a reconocer por pastor a un lobo que manifiestamente la devasta.
No se encerró por eso en los libros. Presidió la comisión que preparó la edición revisada de la Vulgata mandada por el concilio de Trento, que salió con su prefacio bajo Clemente VIII; y siendo padre espiritual del Colegio Romano, dirigió en el camino de la perfección a san Luis Gonzaga, a quien asistió en su muerte y a cuyos pies quiso ser enterrado, porque, decía, fué en otro tiempo mi hijo espiritual. Por mandato del mismo Clemente VIII compuso sus dos catecismos, la *Doctrina cristiana breve* y su *Declaración* más copiosa, escuela de la fe de innumerables niños y rudos durante siglos.
Creóle cardenal Clemente VIII en 1599, muy contra su voluntad, en premio, dijo el Papa, de su ciencia sin igual. No mudó la púrpura su modo de vida: comía como los pobres, y daba a los necesitados hasta los tapices de sus aposentos, diciendo que las paredes no tienen frío. Nombrado en 1602 arzobispo de Capua, aquel hombre de estudios se hizo de repente pastor celosísimo: predicaba sin cesar, visitaba su diócesis, enseñaba él mismo el catecismo a los niños y ponía en ejecución los decretos de Trento. A los tres años le llamó a Roma Paulo V, y renunció la sede para servir a la Santa Sede en casi todas las congregaciones. Defendió los derechos de la Iglesia contra la república de Venecia y contra Jaime I de Inglaterra, que exigía a los católicos un juramento contra la potestad del Papa; y sostuvo que el Sumo Pontífice tiene sobre los príncipes cristianos una potestad indirecta en lo temporal, por razón de lo espiritual, doctrina tan desabrida a los regalistas que el Parlamento de París hizo quemar su libro.
En sus últimos años dejó la controversia por la contemplación, y escribió aquellos libros espirituales tan estimados, la *Subida de la mente a Dios* y el *Arte de bien morir*, que fué el último. Cuando sintió cercano el fin, obtuvo licencia para retirarse al noviciado de San Andrés, en el Quirinal, y allí, entre los novicios, murió con la muerte de los justos el 17 de septiembre de 1621, a los setenta y ocho años de su edad, el mismo día de la fiesta de las Llagas de san Francisco, que a petición suya se había extendido a toda la Iglesia. Beatificóle Pío XI el 13 de mayo de 1923, que es el día en que hoy celebramos su fiesta; canonizóle en 1930, y el año siguiente le declaró Doctor de la Iglesia universal.
La oración de la Misa dice que Dios adornó a su pontífice y doctor Roberto con admirable erudición y virtud *para rechazar las asechanzas de los errores y defender los derechos de la Sede apostólica*, y pide que crezcamos en el amor de la verdad y que *los corazones de los que yerran vuelvan a la unidad de la Iglesia*. El evangelio le aplica las palabras del Salvador: *Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo*; y la poscomunión recuerda que, encendido en el ardor de la caridad, *se entregaba sin cesar por la Iglesia*.
Aprendamos de este santo doctor que no hay caridad verdadera sin verdad, ni celo provechoso sin humildad. ¿Quién defendió con más fuerza la fe, y quién trató con más mansedumbre a los que la combatían? Pidámosle un amor firme a la doctrina de la Iglesia, tal como la recibimos de nuestros padres, y aquella fidelidad a la Sede de Pedro que no se funda en el nombre de quien la ocupa, sino en la fe que ella ha de custodiar.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Vidas de los santos, 13 de mayo, «San Roberto Belarmino, arzobispo de Capua y cardenal, doctor de la Iglesia»; san Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, lib. II, cap. 30, según la traducción inglesa de R. Grant conservada en la Biblioteca; Enciclopedia Católica, art. «St. Robert Francis Romulus Bellarmine»; textos de la Misa del día).