1 de julio
Blanco

La Preciosa Sangre de Nuestro Señor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Entre todos los misterios de nuestra redención, ninguno nos habla con voz tan elocuente del amor de Dios como la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, *que habla mejor que la de Abel*; porque la de Abel clamaba venganza, y ésta clama misericordia. Con ella fuimos rescatados, *no con oro ni plata corruptibles*, como dice san Pedro, *sino con la preciosa sangre de Cristo, como de cordero inmaculado*. Por eso, aunque la Iglesia la adora el Viernes Santo al pie de la cruz y la recibe cada día en el altar, ha querido consagrarle una fiesta propia, para que los fieles venerasen con solemne culto el precio de su salvación.
Es esta Sangre digna de adoración, y no de cualquier honra; porque, perteneciendo a la sagrada humanidad del Salvador, está unida hipostáticamente a la persona del Verbo, como enseñan los teólogos siguiendo al concilio de Trento, que llama al cuerpo y a la sangre de Jesucristo partes de Cristo Señor. Y cuán copiosa fué su efusión lo declaró el papa Clemente VI en la bula *Unigenitus Dei Filius*, del año de 1343: que el Salvador, inmolado inocente en el altar de la cruz, *no la derramó en una gota pequeña, que, sin embargo, por su unión con el Verbo, hubiera bastado para la redención de todo el género humano, sino copiosamente como un torrente*, de suerte que desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza no se hallaba en él parte sana. De este derramamiento sobreabundante, añade el Pontífice, adquirió para la Iglesia un tesoro infinito, cuya dispensación encomendó a san Pedro y a sus sucesores.
La devoción a la preciosa Sangre es tan antigua como la Iglesia: los apóstoles san Pedro, san Juan y sobre todo san Pablo hablan de ella a cada paso como de la fuente de nuestra redención, y las vidas de los santos están llenas de ella. Antes de ser fiesta universal, la celebraban ya algunas iglesias particulares: el año de 1582 se concedió a la archidiócesis de Valencia, en España, el rezo de un oficio de la Sangre de Cristo, y en 1747 obtuvo la misma gracia la diócesis de Sarzana, en Toscana. A principios del siglo XIX se otorgó el privilegio de esta fiesta a la congregación de misioneros fundada por san Gaspar del Búfalo, que fué el gran apóstol de esta devoción en Italia.
La extensión a toda la Iglesia fué fruto de una tribulación. En noviembre de 1848 la revolución, triunfante en Roma, obligó al papa Pío IX a huir a Gaeta, en el reino de Nápoles. Al año siguiente, en los días mismos de la fiesta de los santos apóstoles, las armas francesas recobraban la ciudad, y el 2 de julio, fiesta de la Visitación, se daba por acabada la empresa. Y el Pontífice, todavía desterrado en Gaeta, el 10 de agosto de 1849, quiso dar gracias al Jefe invisible de la Iglesia instituyendo para todo el orbe la fiesta de la preciosa Sangre, recordándole, como dice Dom Guéranger, que por esta Iglesia había derramado toda su Sangre. Señalóla para el primer domingo de julio; el papa san Pío X la fijó en el primer día de este mes, que desde entonces está como consagrado a la Sangre del Redentor; y Pío XI, con ocasión del jubileo que celebró por el décimonono centenario de la Redención, la elevó al rito doble de primera clase.
Toda la Misa de este día es un cántico a la Sangre del Cordero. El introito repite el cántico de los ancianos del Apocalipsis: *Digno eres, Señor, de recibir el libro y de abrir sus sellos; porque con tu sangre nos has rescatado para Dios de todas las tribus, y lenguas, y pueblos y naciones*. La oración confiesa que el Padre *quiso ser aplacado con la sangre* de su Hijo unigénito, y pide que veneremos su precio de tal modo que seamos defendidos por su virtud de los males de la vida presente y gocemos de su fruto en los cielos.
La epístola, tomada de la carta a los Hebreos, opone a los sacrificios de la antigua ley el del nuevo Pontífice: *no con sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino con la suya propia, entró una vez en el santuario, habiendo obtenido una redención eterna*; y si la sangre de los animales santificaba la carne, *¿cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de las obras muertas para servir al Dios vivo?* El evangelio nos lleva al Calvario, donde, muerto ya el Señor, *uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua*. De aquel costado abierto, enseñan los Padres, nació la Iglesia, como Eva del costado de Adán dormido; y de él manan los sacramentos, el agua del bautismo y la sangre de la Eucaristía.
Por eso el ofertorio recuerda con san Pablo que *el cáliz de bendición que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo*; la secreta pide que renovemos sobre los altares *la aspersión de la sangre que habla mejor que la de Abel*; y la poscomunión, tomando la imagen de Isaías, da gracias porque *hemos sacado con gozo las aguas de las fuentes del Salvador*, y ruega que su sangre sea para nosotros *fuente de agua que salta hasta la vida eterna*.
¿Qué fruto sacaremos de esta fiesta? El primero, un vivo aborrecimiento del pecado, que costó tal precio; porque quien peca con advertencia, dice el Apóstol, *pisa al Hijo de Dios y tiene por inmunda la sangre del testamento*. El segundo, una confianza sin límites en la misericordia divina; pues si una sola gota bastaba para redimir a todo el género humano, ¿qué pecador habrá tan perdido que no pueda lavarse en aquel torrente? El tercero, una devoción tierna al santo sacrificio de la Misa y a la sagrada comunión, donde esta misma Sangre se ofrece cada día al Padre y se nos da por bebida. Digamos, pues, con la Iglesia, al recibirla: *¿Qué daré yo al Señor por todos los beneficios que me ha hecho? Tomaré el cáliz de la salud e invocaré el nombre del Señor*.
Explicación de la celebración redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Vidas de los santos, 1 de julio; Guéranger, El año litúrgico, Fiesta de la Preciosa Sangre; Enciclopedia Católica (1911), art. «Precious Blood»; Denzinger 1954, D-550 (Clemente VI, Unigenitus Dei Filius, 1343); Concilio de Trento, ses. XIII, c. 3).
Próxima vez en el calendario: jueves, 1 de julio de 2027.