lunes, 2 de noviembre de 2026 ✠ La Conmemoración de los Fieles Difuntos

11 de octubre

Blanco

La Maternidad de la Bienaventurada Virgen María

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Entre todas las grandezas con que el Señor quiso adornar a la santísima Virgen, ninguna hay que se pueda comparar con la de ser Madre de Dios. De ella, como de su fuente, nacen todas las demás: por ella fué concebida sin mancha, por ella llena de gracia, por ella asunta en cuerpo y alma a los cielos; y tan alta es esta dignidad, que para medirla, dicen los santos, sería menester comprender antes al mismo Dios a quien María dió la carne. Esta es la fiesta que hoy celebra la Iglesia: no un suceso de la vida de la Virgen, sino el privilegio que es raíz de todos sus privilegios, y la verdad de fe que la Iglesia defendió contra la primera gran herejía que se atrevió a negárselo.

Gobernaba la sede de Constantinopla, hácia el año de 428, Nestorio, hombre de elocuencia y de severidad aparente, pero hinchado de su propio juicio. Comenzó a predicarse en aquella ciudad, con su aprobación y después por su misma boca, que no debía llamarse a María Madre de Dios, *Theotocos*, sino solamente madre de Cristo; como si en el Salvador hubiese dos personas, una divina y otra humana, y la Virgen hubiese dado a luz sólo al hombre, al cual se habría juntado después el Verbo como quien habita en un templo. Escandalizóse el pueblo fiel, que desde siempre invocaba a María con aquel dulcísimo nombre; porque bien entendía que, si María no es Madre de Dios, tampoco el que nació de ella es Dios, ni el que murió en la cruz es Dios, ni es divina la sangre que nos redimió.

Levantó Dios contra el error a san Cirilo, patriarca de Alejandría, varón de doctrina eminente y de celo invencible, que escribió a Nestorio para apartarle de su novedad, y dió cuenta de todo al romano Pontífice san Celestino. Juntó éste un sínodo en Roma el año de 430, condenó la doctrina de Nestorio y encargó a Cirilo que, en nombre de la Sede apostólica, le intimase la retractación bajo pena de deposición. Y como el hereje se obstinase, el emperador Teodosio el Joven convocó un concilio general en la ciudad de Éfeso, donde una piadosa tradición quiere que la Virgen hubiese morado con el apóstol san Juan.

Reuniéronse los Padres, en número de cerca de doscientos, en la iglesia dedicada a la misma Virgen María, y el día 22 de junio del año de 431, presidiendo san Cirilo en lugar del Papa, condenaron y depusieron a Nestorio, que había rehusado comparecer. Es cosa célebre lo que refiere el mismo san Cirilo en carta a su clero: que el pueblo de Éfeso, que había esperado desde la mañana hasta la noche el fallo de los obispos, al saber que la Madre de Dios quedaba vindicada, prorrumpió en aclamaciones y alabanzas, y acompañó a los Padres hasta sus posadas con antorchas encendidas, mientras las mujeres iban delante quemando perfumes. Llegados después los legados de Roma, confirmaron lo hecho; y uno de ellos, el presbítero Felipe, dejó dicha aquella sentencia que la Iglesia ha guardado como oro: que san Pedro, príncipe y cabeza de los apóstoles, vive y juzga hasta el presente y siempre en sus sucesores.

La fe que se confesó en Éfeso es la que resume el primero de los anatematismos de san Cirilo: «Si alguno no confiesa que Dios es según verdad el Emmanuel, y que por eso la santa Virgen es Madre de Dios, pues dió a luz carnalmente al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema». No porque la Virgen engendrase la divinidad, que es eterna y no tiene madre, sino porque el que nació de ella es una sola persona, la del Verbo, verdadero Dios y verdadero hombre; y la madre lo es de la persona, no de una naturaleza sola. Esta es la fe que confesamos cada vez que, tras la salutación del ángel, repetimos: *Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores*.

Para perpetuar la memoria de aquel triunfo, el papa Sixto III, sucesor de Celestino, hizo adornar con mosaicos el arco de la basílica de Santa María la Mayor en Roma, que aún hoy se conserva como monumento de la divina Maternidad proclamada en Éfeso. En muchas iglesias particulares se honraba ya de antiguo este misterio con fiesta propia; y Benedicto XIV la concedió en 1751 al reino de Portugal y sus dominios, de donde pasó a otros lugares. Mas no era fiesta de toda la Iglesia, ni tenía día fijo.

Hízola universal el papa Pío XI por la encíclica *Lux veritatis*, dada en Roma el día de Navidad de 1931, al cumplirse quince siglos del concilio de Éfeso; mandó restaurar a sus expensas los mosaicos de Sixto III, y señaló para la nueva fiesta el día 11 de octubre, con Misa y Oficio propios. Enseña allí el Pontífice que María, por el hecho mismo de haber dado a luz al Redentor del género humano, es también en cierto modo madre benignísima de todos nosotros, a quienes Cristo quiso tener por hermanos. Y declaró además otro fin de la fiesta: que, bajo el patrocinio de la Reina de los cielos, tan venerada en el Oriente, todos los fieles pidiesen a Dios la vuelta de los cristianos orientales separados a la unidad de la Iglesia y al Padre común, a cuyo juicio se sometieron todos los Padres de Éfeso, aclamándole por guarda de la fe.

La Misa de este día lo dice todo con las palabras de la Escritura. El introito canta la profecía de Isaías: *He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel*, esto es, Dios con nosotros. La oración confiesa que *verdaderamente la creemos Madre de Dios*, y por eso esperamos ser ayudados por su intercesión. La epístola aplica a María las palabras de la Sabiduría: *Yo soy la madre del amor hermoso, y del temor, y de la ciencia, y de la santa esperanza*. Y el evangelio la muestra buscando con dolor al Niño perdido en Jerusalén y hallándole en el templo, donde aquel Hijo que es Dios *estaba sujeto a ellos*. ¿Qué mayor gloria para una criatura que mandar, como madre, al que manda en los cielos?

Saquemos de esta fiesta dos frutos. El primero, una fe firme y sin componendas en el misterio de la Encarnación, que no admite que se rebaje a María para no ofender a los que la desconocen; pues quien le niega el título de Madre de Dios, niega con él la divinidad de su Hijo, y así lo entendieron los Padres de Éfeso. El segundo, una confianza de hijos: porque si Dios quiso tener a María por madre, y en la persona de san Juan nos la dió por madre a nosotros desde la cruz, no hay pecador tan perdido que no pueda acudir a ella con la seguridad de ser oído. Digámosle, pues, con la Iglesia: *Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte*.

Explicación de la fiesta redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Vidas de los santos, 11 de octubre; Guéranger, El año litúrgico; Denzinger 112-113 y 2271; encíclica Lux veritatis de Pío XI, 1931).

Próxima vez en el calendario: lunes, 11 de octubre de 2027.