lunes, 2 de noviembre de 2026 ✠ La Conmemoración de los Fieles Difuntos

12 de septiembre

Blanco

El Dulcísimo Nombre de María

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Siempre fue el mayor recurso de los fieles en sus mayores necesidades la poderosa protección de la santísima Virgen: ni se frustró jamás su confianza en esta Madre de misericordia cuando clamaron a ella en las más apretadas tribulaciones y calamidades. Constantemente experimentó siempre la Iglesia su auxilio y su asistencia, sobre todo contra los más formidables esfuerzos de los enemigos del nombre cristiano; y la institución de esta fiesta será eterno monumento de su protección todopoderosa.

Orgullosos los turcos con los felices sucesos de sus armas contra los imperiales en la campaña de 1683, concibieron y formaron el soberbio intento de dilatar sus conquistas hasta más allá de las márgenes del Danubio y del mismo Rin, amenazando con fiereza a toda la cristiandad; y penetrando por ella con un ejército de doscientos mil combatientes, pusieron sitio a la imperial corte de Viena. Fue general la consternación; y temiendo los pueblos caer en las bárbaras manos de los infieles, quedaron desiertas las ciudades, abandonándolas sus habitadores. Como el emperador no tenía fuerzas suficientes para hacer resistencia al ejército otomano, se vió precisado a retirarse de su corte en compañía de las dos emperatrices, de los archiduques y archiduquesas, tomando el camino de Linz, mientras el príncipe Carlos de Lorena, temiendo ser cortado y envuelto por la muchedumbre, se iba retirando hasta cubrirse con el cañón de la plaza.

El día 14 de agosto abrieron los turcos las trincheras por el lado de la puerta Imperial, y se alojaron en ella a pesar del vivo fuego que hacían los sitiados. Apoderándose después del Tabor, dejaron sitiada la ciudad por todas partes; y poniendo fuego al palacio de la Favorita, quemaron las casas de campo de los grandes en el arrabal de Leopoldstadt, y se llenaron de jenízaros todos los puestos exteriores. Sucedió un funesto accidente, que, envalentonando a los sitiadores, desmayó a proporción el aliento de los sitiados. Prendióse fuego en la iglesia de los escoceses: consumió en breve tiempo aquel soberbio edificio, y llegando las llamas al arsenal, donde estaban los almacenes de pólvora y de municiones, la ciudad iba ya a caer en manos de los turcos; cuando el mismo día de la Asunción, por una visible protección de la santísima Virgen, se paró como de repente el fuego, dando tiempo a que se sacasen las municiones y la pólvora. En vista de tan notorio favor de la Madre de Dios, volvió a animarse el desmayado aliento del soldado y de los vecinos, encendiéndose más la confianza en su poderosa protectora, por más que los turcos hicieron un terrible fuego el día 22 contra el bastión del Danubio. Llovían dentro de la plaza balas, granadas y bombas que echaban a tierra las casas; mas no por eso se acobardaban los vecinos, implorando día y noche en las iglesias la asistencia del cielo, ni los predicadores cesaban de exhortarlos a que, después de Dios, pusiesen toda su confianza en aquella Señora, cuya soberana protección habían experimentado tantas veces.

El día 31 se adelantaron los trabajos de los sitiadores hasta la contraescarpa, acercándose tanto a los imperiales, que unos y otros peleaban ya dentro del foso con las estacas de la empalizada. Apenas era ya más que un prodigioso cúmulo de tierra y piedras Viena, baluarte de la cristiandad, cuando el día de la Natividad de la Virgen, en que los cristianos redoblaron sus oraciones, su fervor, su devoción y sus votos, recibieron, como por milagro, aviso cierto de que les iba a llegar un pronto socorro, con cuya noticia revivió en sus corazones todo su espíritu y todo su valor. Con efecto, al amanecer el segundo día de la octava de la Natividad se vió cubierta de tropas auxiliares toda la montaña de Kahlenberg: vista acompañada del mayor consuelo, que, llenando los pechos de inexplicable alegría, calmó las inquietudes y los sobresaltos. Juan Sobieski, rey de Polonia, acudió el día 12 de setiembre a la capilla de San Leopoldo con el príncipe Carlos de Lorena, donde los dos generales asistieron al santo sacrificio de la misa, la que quiso ayudar el mismo rey teniendo los brazos en cruz por toda ella, menos aquellos breves instantes en que el sacerdote tenía necesidad de su ministerio. Después de haber comulgado, poniéndose bajo la protección de la Madre de Dios, y recibida la bendición, que se echó a todo el ejército, se levantó el monarca con denodado esfuerzo, y dijo en alta voz: «Ahora ya podemos marchar, bajo la protección de la santísima Virgen, con entera seguridad de que no nos negará su asistencia».

Bajó entonces de las montañas el ejército de los cristianos, y se fue avanzando al campo de los turcos, los cuales les hicieron cara y sostuvieron por algún tiempo el combate; pero luego se retiraron a la otra parte del Danubio con tanta precipitación, que dejaron en el cuartel del gran visir el estandarte del imperio otomano y las colas de caballo, que son la insignia de su dignidad, tan inseparables de él, que le acompañan y le preceden aun en presencia de su Alteza. No hubo victoria que costase menos sangre, ni que fuese más completa. Abandonaron los turcos todas sus tiendas, la mayor parte de su equipaje, todas las municiones de boca y guerra, toda su artillería, que ascendía a ciento y ochenta cañones o morteros, y cien mil hombres muertos en el campo de batalla. No pudieron los dos generales seguir el alcance por estar fatigado el ejército cristiano. Veíanse los soldados entrar en la ciudad cargados de botín, y llevando delante de sí manadas enteras de bueyes que los turcos habían dejado en el campo, enriquecidos con sus propios despojos.

Informado de la derrota de los turcos el emperador Leopoldo Ignacio, más ilustre por su esclarecida piedad que por su gran valor y celebrada prudencia, volvió a Viena el mismo día, y mandó cantar el *Te Deum* con toda la solemnidad posible, reconociendo que una victoria tan no esperada era efecto visible de la asistencia del cielo, y singularmente de la palpable protección de la santísima Virgen. Mandó el religioso príncipe que se llevase a la iglesia mayor el estandarte del imperio otomano que se halló en la tienda del gran visir. Era de crines de caballo marino, trabajado a aguja, y bordado de flores a lo arabesco, la manzana de bronce dorado, y el palo todo cubierto de hojas de oro. El estandarte de Mahoma, que siempre se enarbola en medio del campo junto a la tienda del gran visir, era de brocado de oro, fondo encarnado, y bordado todo de plata y verde; los flecos de brocado rojo y plateado, bordados de letras árabes. El asta del estandarte remataba en una manzana de cobre dorado con borlas de seda verde. Este estandarte se envió a Roma, donde fue presentado al papa Inocencio XI, que, bien persuadido de que tan célebre victoria se debía singularmente a la protección de la santísima Virgen, ordenó que la fiesta de su dulcísimo nombre, introducida mucho tiempo antes en varias provincias de la cristiandad, se celebrase de allí en adelante en toda la Iglesia universal, fijándola a la dominica infraoctava de la Natividad.

A la verdad, después del santo nombre de Jesús, era muy justo que se celebrase también el nombre de María, el cual, siendo tan respetable a los mismos ángeles, no debía serlo menos a todos los hombres. Ni el cielo ni la tierra, oh bienaventurada Virgen María (exclama san Francisco), conocen otro nombre después del de tu querido Hijo, de quien reciban los fieles mayores gracias, en quien depositen mayor confianza, ni de quien reciban mayor dulzura que de tu santísimo nombre: *Post singulare illud dilecti Filii tui, o Maria, non aliud nomen caelum et terra nominat, unde tantum gratiae, tantum spei, tantum suavitatis piae mentes accipiant*. Dichoso aquel que respeta, que ama tu santo nombre, oh Virgen santa (exclama san Buenaventura). Sostendrále tu favor en todos sus trabajos, y producirá en él copiosos frutos, regados con las vivas aguas de la gracia del Redentor. *Beatus qui diligit nomen tuum, Maria; gratia tua animam eius confortabit, tamquam fontibus irrigatum, in eo fructum propagabit*. ¡Oh augusto nombre de María! (añade el mismo santo), ¿cómo puede dejar de ser tu nombre gozosísimamente celebrado, pues no es posible pronunciarle sin grande utilidad del mismo que le pronuncia? *O celeberrimum nomen Mariae! Quomodo posset nomen tuum non esse celebre, quod etiam nominari non potest sine nominantis utilitate?* ¡Qué glorioso, qué admirable es este nombre, oh Virgen pura!, pues los que le invocan con devoción y confianza ni se asustan ni dan lugar al temor en la hora de la muerte. *Gloriosum et admirabile est nomen tuum: qui illud retinent, non expavescent in puncto mortis*. ¡Qué paz, qué abundancia de gracias disfrutan los que honran sin cesar tu santo nombre! *Pax multa observantibus nomen tuum, Mater Dei*.

Es de tanta virtud este nombre, dice el sabio Idiota, Raimundo Jordán, abad de Celles, es de tanta excelencia, que el cielo le aplaude, la tierra se regocija, y los ángeles saltan de gozo siempre que le pronuncian: *Tantae virtutis et excellentiae est hoc nomen, ut caelum rideat, terra laetetur, angeli congaudeant, cum Maria nominatur*. Sí por cierto (añade este venerable varón), toda la santísima Trinidad te dió este respetable nombre, para que al oírle doblen la rodilla todas las potestades del cielo, de la tierra y del infierno: *Dedit tibi, Maria, tota Trinitas nomen, ut in nomine hoc omne genu flectatur caelestium, terrestrium et infernorum*. A la verdad, dice san Bernardo, ningún otro nombre podía convenir mejor a la Madre de Dios que el de María; ni era posible hallar otro que mejor explicase su grandeza, su dignidad y su excelencia. *Nomen Virginis Mariae, quod interpretatum maris stella dicitur, et matri Virgini convenienter aptatur*. Es María aquella hermosa y brillante estrella que alumbra elevada sobre el espacioso mar del mundo: *Ipsa est praeclara et eximia stella, super hoc mare magnum et spatiosum necessario elevata*. Ella es la que guía a los que navegan engolfados en este proceloso mar. Lo mismo es perder de vista esta estrella que exponerse a la funesta necesidad de desviar del rumbo, dar en escollos, y correr a un lastimoso naufragio: *Ne avertas oculos a fulgore huius sideris, si non vis obrui procellis*.

Son frecuentes en este inquieto mar las tempestades; está sembrado de escollos; no hay puerto donde se pueda anclar al abrigo de los vientos; ninguno que no esté expuesto a furiosos huracanes; si quieres librarte del naufragio, *respice stellam, voca Mariam*: mira a esta estrella, invoca sin cesar el nombre de María. Si las desgracias te atropellan, si las adversidades te combaten y medio te derriban, si los adversos acasos de esta vida van como a sumergirte y ahogarte, mira a esa estrella, invoca el santo nombre de María. *Si adversitates tribulationum te iactent, et superantes te quasi prosternant, invoca Mariam*. El nombre de María, decía san Antonio de Padua, llena de gozo y de consuelo a cuantos le pronuncian con devoción y con respeto. Es más dulce al paladar que la miel, más grato al oído que la más armoniosa melodía, más delicioso al corazón que el júbilo más exquisito. *Nomen Virginis Mariae, mel in ore, melos in aure, iubilus in corde*. Después del dulcísimo nombre de Jesús, dice el célebre Alano de Císter, uno de los más ilustres ornamentos de la universidad de París, ¿qué otro nombre debe ser más frecuente en la boca de los fieles que el de María? Por tanto, con mucha razón se compara a un suavísimo óleo derramado, cuya fragancia se difunde por todas partes. *Cuius nomen praeconizatur in mundo, nisi Virginis huius? Cuius laus celebratur in ore populi fidelis, nisi Virginis Mariae? Unde eleganter fama et gloria nominis eius oleo effuso comparatur*. Aún adelanta más san Anselmo la veneración de este santo nombre. Muchas veces, dice, se consigue la gracia y la misericordia con más prontitud invocando el nombre de María que invocando el nombre de Jesús: *Velocior est nonnumquam salus memorato nomine Mariae, quam invocato nomine Iesu*. Luego que se pronuncia el nombre de María, dice el sabio Pedro Blesense, hinca la Iglesia la rodilla, y lo mismo es pronunciarle que renovarse en los pueblos la devoción. *Ecclesia, audito nomine Mariae, genua terrae infigit, quia prae nominis reverentia quasi mare confragosum sonant vota populorum*.

Desde el principio de la religión cristiana, desde los primeros tiempos de la Iglesia, se acostumbraron piadosamente los fieles a no separar los augustos nombres de Jesús y de María, no invocando el uno sin el otro desde aquellos felices siglos del primitivo fervor. Nunca envejeció en la Iglesia la religión. Así como los verdaderos cristianos de nuestros tiempos profesan al Hijo el mismo amor y el mismo respeto, así también profesan a la Madre la misma ternura y la misma veneración. Por eso andan juntos de ordinario estos dos santísimos nombres en el corazón y en la boca de los cristianos. Por eso con alguna proporción se puede decir de María lo que dice san Pablo del Verbo encarnado en sus entrañas: que María es tanto más superior a las celestiales inteligencias, cuanto el nombre que se le concedió en señal de su grandeza es para nosotros prueba concluyente de su mayor distinción: *Tanto melior angelis, quanto differentius prae illis nomen hereditavit*. Dice san Pedro Crisólogo que el nombre de María significa en latín señora: *Maria latine domina nuncupatur*. Por ser la Soberana de los ángeles y de los hombres, se llama por excelencia nuestra Señora, siendo esta prerrogativa especial suya, de suerte que así la apellida la Iglesia y todas las naciones. En todas ellas retiene este nombre el mismo carácter de grandeza y de soberanía, pues en todas significa nuestra Soberana, así como, hablando de su Hijo, significa nuestro Soberano el nombre de nuestro Señor.

San Bernardo, que no malogra ocasión de manifestar los ardores y los tiernos afectos de su corazón para con esta Madre de bondad y de misericordia, aludiendo al sonido y significado de su nombre, como también a lo mucho que sirve a los navegantes la estrella que llaman del Norte, siendo ella la que dirige sus rumbos, explica elocuentemente lo mucho que debemos esperar de la asistencia de María, profesando tierna y afectuosa devoción a su santo nombre. *Et nomen Virginis Maria*. ¡Oh, y qué admirablemente conviene este santo nombre a la santísima Virgen María! Este nombre, dice, además de significar reina, señora y soberana, significa también estrella del mar: *Quod interpretatum maris stella dicitur*. Es María aquella resplandeciente, aquella brillante, aquella célebre estrella de Jacob, cuya luz baña a todo el mundo, cuyo resplandor se eleva hasta el mismo cielo, penetra los abismos, y derramando sus benignas influencias sobre toda la tierra, calienta los corazones más que los cuerpos, fomenta las virtudes, y deseca el vicio hasta dejarle sin vida.

No puedes ignorar, seas quien fueres (continúa el mismo santo), que, mientras vives en este mundo, navegas en un borrascoso mar, combatido perpetuamente de las tempestades, llevándote a todas partes la violencia de las olas. *Ne avertas oculos a fulgore huius sideris, si non vis obrui procellis*: no desvíes los ojos de este resplandeciente astro, si no quieres ser sumergido en las borrascas. *Si insurgant venti tentationum*, si soplaren furiosos los vientos de las tentaciones; *si incurras scopulos tribulationum*, si fueres ya como a estrellarte contra los escollos de las tribulaciones y de las adversidades, levanta los ojos a esta estrella, invoca el nombre de María: *Respice stellam, voca Mariam*. Si te consume el fuego de la cólera; si el maligno espíritu de la avaricia te devora; si el orgullo excita en tu corazón peligrosas tempestades; si la concupiscencia te pone a riesgo de padecer triste y miserable naufragio: *Si iactaris superbiae undis, si carnis illecebra naviculam concusserit mentis*, recurre a María, *respice ad Mariam*. Si te conturba el horror de tus pecados; si tu conciencia se estremece a vista de su gravedad y de su número; si el temor de los terribles juicios de Dios te induce a desesperación, y a vista de él desmaya en tu corazón la confianza, *cogita Mariam*, pon la consideración en María: este santo nombre sosegará tus sobresaltos, y despertará tu confianza y tu amor. *In periculis, in angustiis, in rebus dubiis*: en todos los peligros de la vida, en todos los tropiezos de esta peligrosa carrera, en los negocios espinosos, en los más azarosos accidentes, *Mariam cogita, Mariam invoca*, acude a María, invoca a María; no se caiga de tus labios este santo nombre, y esté perpetuamente grabado en el centro de tu corazón: *Non recedat ab ore, non recedat a corde*. Ten por cierto que, mientras no pierdas de vista a María, no te descaminarás: *Ipsam cogitans, non erras*; mientras estés debajo de su protección, no tienes de qué temer: *Ipsa protegente, non metuis*; y una dichosa experiencia te enseñará que con mucha razón tiene el nombre de María, es decir, de Madre de misericordia, de estrella del mar, de Señora y refugio de pecadores: *Et sic in temetipso experieris quam merito dictum sit: Et nomen Virginis Maria*.

Llenad, oh divina María, llenad toda la extensión de este magnífico nombre. Seáis honrada en el cielo, reverenciada en la tierra, y respetuosamente temida en el infierno. Reinad después de Dios sobre todo lo que está debajo de Dios; pero sobre todo reinad en mi corazón. Vos seréis mi consuelo en mis trabajos, mi fortaleza en mis desmayos, mi consejera en mis dudas. Sólo con pronunciar el nombre de María se animará toda mi confianza, y se encenderá todo mi amor. ¡Ojalá pudiera yo grabar profundamente este santo nombre en todos los corazones! ¡Oh, si le pudiera grabar en la boca de todos los mortales, moviéndolos a todos a que me ayudasen a celebrarle! María: ¡oh nombre con cuya dulce invocación ninguno debe desesperar! María: ¡oh nombre tantas veces combatido, pero siempre victorioso, siempre triunfante! María: ¡oh nombre siempre grato, siempre dulce, siempre saludable a mi alma!, nombre que me serena en mis temores, que me anima en mis desalientos, que me sostiene en mis empresas. Pronunciaréle todos los días de mi vida, y siempre que le pronuncie, irá acompañado con el sagrado nombre de Jesús. El Hijo me recordará a la Madre, y la Madre me recordará al Hijo. Jesús, María: esto es lo que mi boca repetirá mil veces en la hora de la muerte. Jesús, María: esto es lo que no dejará de repetir interiormente mi corazón cuando no puedan los labios pronunciarlo. Me repetirán hasta mi último suspiro este nombre de Jesús y este nombre de María; y hasta el último suspiro serán para mí dos nombres de confianza, de ternura, de bendición y de salvación eterna. Así sea.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.