domingo, 22 de agosto de 2027
Blanco · doble de II clase
Conmemoración: XIV Domingo después de Pentecostés

El Inmaculado Corazón de María
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Ocho días ha que la Iglesia celebra el triunfo de la santísima Virgen, llevada en cuerpo y alma a los cielos; y para coronar la octava de tan gloriosa solemnidad, quiere hoy que pongamos los ojos, no ya en la gloria exterior de la Reina, sino en aquel Corazón purísimo que fue la fuente de todas sus grandezas. Porque si María subió tan alto, fue porque amó tanto; y la medida de su gloria en el cielo es la medida del amor con que su Corazón ardió en la tierra.
No es nueva esta devoción, aunque sea nueva la fiesta. El mismo Espíritu Santo la enseñó cuando dijo por boca de san Lucas que *María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón*; y otra vez, que *su Madre conservaba todas estas palabras en su corazón*. Allí, como en un sagrario, depositó la Virgen los misterios de la infancia del Salvador; allí recibió la espada de dolor que le profetizó el santo Simeón; allí, al pie de la cruz, acabó de ser traspasada. Cantaron las perfecciones de este Corazón san Ambrosio, san Agustín, san Bernardo, san Buenaventura, san Bernardino de Sena, y las dos grandes monjas santa Gertrudis y santa Matilde; pero hasta el siglo diez y siete fue devoción de almas particulares más que culto público de la Iglesia.
Levantó Dios en aquel siglo a san Juan Eudes, misionero celosísimo de la Normandía, a quien la bula de su canonización llamó padre, doctor y apóstol del culto de los sagrados Corazones; y antes que del de Jesús, lo fue del purísimo Corazón de María. Compuso en su honor oficio y misa, escribió aquel libro que intituló *El Corazón admirable de la santísima Madre de Dios*, y logró que la fiesta se celebrase por primera vez en Autun el año de 1648, de donde se extendió a otras diócesis de Francia. Él mismo declaró lo que en esta devoción se pretende: «En el Corazón santísimo de la Madre de Dios, decía, queremos sobre todo reverenciar y honrar todo el amor y toda la caridad que ella tuvo para con Dios y para con nosotros.» No se adora, pues, un pedazo de carne separado de la persona, sino el corazón de María unido a su persona, como símbolo y asiento de su amor, de sus virtudes y de toda su vida interior.
Fue la Sede apostólica aprobando poco a poco este culto. Pío VI, hallándose cautivo en Florencia el año de 1799, concedió la fiesta a algunas iglesias de la diócesis de Palermo; Pío VII, el año de 1805, hizo nueva concesión a cuantos la pidiesen, y desde entonces se propagó grandemente; y el día 21 de julio de 1855 la sagrada Congregación de Ritos aprobó el oficio y la misa del Purísimo Corazón de María, aunque sin imponerlos a la Iglesia universal. Contribuyó mucho a encender la devoción de los fieles la archicofradía del Inmaculado Corazón de María, Refugio de los pecadores, erigida en la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias de París, que se extendió con rapidez admirable por todo el mundo y fue instrumento de innumerables conversiones.
Estaba reservado al Papa Pío XII dar a esta devoción el lugar que hoy tiene en la liturgia. En medio de la más espantosa guerra que vieron los siglos, el día 31 de octubre de 1942, en el mensaje que dirigió por radio a los fieles de Portugal con ocasión del jubileo de las apariciones de Fátima, consagró la Iglesia y todo el género humano al Inmaculado Corazón de María; y el 8 de diciembre del mismo año, fiesta de la Inmaculada Concepción, renovó solemnemente esta consagración en la basílica de San Pedro, uniéndose a él todas las naciones católicas. Y por decreto de 4 de mayo de 1944 mandó que la fiesta se celebrase en toda la Iglesia el día 22 de agosto, octava de la Asunción, para que los fieles alcanzasen por la intercesión de la Virgen la paz de las naciones, la libertad de la Iglesia, la conversión de los pecadores, el amor a la pureza y la práctica de las virtudes.
Los textos de la misa declaran admirablemente el sentido de la fiesta. El introito convida a acercarnos a este Corazón como a un trono de misericordia: *Adeamus cum fiducia ad thronum gratiae, ut misericordiam consequamur*: Lleguémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para el auxilio oportuno. La colecta enseña que Dios preparó en el Corazón de la bienaventurada Virgen *digna morada del Espíritu Santo*, y pide que, celebrando su festividad, *podamos vivir según el corazón de Dios*. Porque la Concepción inmaculada dispuso aquel Corazón para ser sagrario del Espíritu divino, que lo colmó de gracia y de dones.
La epístola pone en boca de María aquellas palabras de la Sabiduría: *Yo soy la madre del amor hermoso, y del temor, y de la ciencia, y de la santa esperanza; en mí está toda la gracia del camino y de la verdad; en mí toda esperanza de vida y de virtud. Venid a mí todos los que me deseáis.* El gradual y el ofertorio son el cántico de su Corazón agradecido: *Mi alma glorifica al Señor, porque ha hecho en mí cosas grandes el que es poderoso.* Y la secreta pide que el Cordero inmaculado que se ofrece en el altar encienda nuestros corazones con *aquel fuego divino con que inflamó inefablemente el Corazón de la bienaventurada Virgen María*.
Mas lo que principalmente nos descubre este Corazón es el evangelio, tomado de san Juan: *Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre, y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Viendo, pues, Jesús a su Madre y al discípulo que amaba, que estaba allí, dice a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre.* La maternidad de María para con nosotros data de la Encarnación, pero en el Calvario fue solemnemente proclamada por Jesús agonizante; y nunca se sintió María tan madre como cuando, viendo morir a su Hijo, le oyó que nos entregaba a ella. Por eso la antífona de la comunión repite que *desde aquella hora el discípulo la recibió por suya*: no hay alma que pueda pretextar su indignidad para quedarse lejos de un Corazón que nos adoptó a tan alto precio.
¿Qué nos queda, pues, sino corresponder a tanto amor? Si la Virgen nos dio su Corazón, justo es que le demos el nuestro, para que ella lo purifique, lo santifique y en él establezca el reino de su Hijo. A esto se ordena la consagración que tantos santos aconsejaron, y señaladamente san Luis María Grignion de Montfort; y esto es lo que pide la poscomunión cuando ruega que, *por la intercesión de la bienaventurada Virgen María, cuya solemnidad del Corazón Inmaculado hemos celebrado, librados de los peligros presentes, alcancemos los gozos de la vida eterna*. Imitemos la pureza de aquel Corazón, su humildad, su recogimiento, su conformidad con la voluntad divina; y quien así lo honrare, bien puede esperar que la Madre de misericordia no le desampare en la hora de la muerte.
Explicación de la fiesta redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Guéranger, El año litúrgico, 22 de agosto; Butler, Vidas de los santos, 22 de agosto; Catholic Encyclopedia, art. «Devotion to the Heart of Mary»; AAS 34 (1942) 313-319 y 345-346, citado por Butler; decreto de la S. C. de Ritos de 4-V-1944; textos de la Misa del día).