lunes, 2 de noviembre de 2026 ✠ La Conmemoración de los Fieles Difuntos

domingo, 11 de julio de 2027

Verde · domingo menor

Conmemoración: San Pío I, Papa y Mártir

German: Hl. Hieronymus in einer Zelle, Parable of the unjust steward
German: Hl. Hieronymus in einer Zelle, Parable of the unjust steward, Attributed to Marinus van Reymerswaele, 1540 · Commons · Public domain

San Pío I, Papa y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Hoy no se dice su Misa: la del día es la de VIII Domingo después de Pentecostés, y estos santos se conmemoran en ella con la segunda oración, según las rúbricas del rito tradicional.

En tiempo del emperador Antonino Pío, hacia la mitad del segundo siglo, terminó gloriosamente su carrera con la corona del martirio el papa san Higinio; y habiendo vacado la sede apostólica tres días, los fieles, cuyo número era ya en Roma muy crecido, los emplearon todos en ayunos y en oraciones, pidiendo a Dios un papa que tuviese las prendas correspondientes para gobernar la Iglesia con toda la santidad, valor, fortaleza y prudencia necesarias en un tiempo en que parece había calmado la persecución de los emperadores gentiles, solo para que los herejes tuviesen más libertad para despedazarla con rabia y con furor. Fueron oídos los clamores de los fieles, y a los tres días fue elegido de unánime consentimiento san Pío, primero de este nombre, cuya virtud y cuyos méritos resplandecían mucho tiempo había en toda la Iglesia. Fue hijo de Rufino, natural de Aquileya, donde le dio su padre una cristiana educación, y después pasó a Roma para perfeccionarse en todas las letras, singularmente en las sagradas y en la ciencia de la salvación.

Hizo en ellas tan asombrosos progresos, que mereció más que ningún otro la estimación y admiración entre los canónigos regulares, clase de eclesiásticos de vida inocente y ejemplar que vivían en comunidad como verdaderos religiosos, porque profesaban con voto cierta regla. Muy en breve fue Pío el modelo y la veneración de todos, sobresaliendo tanto su virtud, su caridad con los pobres, su vivo y fervoroso zelo por la religión, que, en opinión de muchos, le consagró por obispo el papa Higinio, y en cierta manera repartió con él la solicitud pastoral de toda la Iglesia. Nombrado su pastor universal, después que faltó Higinio, dedicó toda la atención al cuidado de su rebaño; sus desvelos y su vigilancia se aplicaron a conservar en toda pureza el sagrado depósito de la fe que tenía a su cuidado, uniendo más y más todas las iglesias particulares con los vínculos de la caridad y de la tradición, y previniendo anticipadamente todo lo que podía ocasionar desunión y cisma.

Los judíos convertidos a la fe se habían empeñado siempre en celebrar la Pascua de Resurrección el día 14 de la luna que entra inmediatamente después del equinoccio de la primavera. Era entre ellos la fiesta más solemne en memoria de su libertad del cautiverio de Egipto; porque el nombre Pascua significa paso, aludiendo al paso del mar Rojo; y también al del ángel exterminador, cuando, viendo manchadas de sangre las puertas de los israelitas, pasó por delante de ellas sin hacerles daño; y al contrario, quitó la vida a todos los primogénitos de Egipto. Todas eran figuras de la redención de los hombres por la sangre del Salvador del mundo y de la Pascua de los cristianos, que es Jesucristo nuestro cordero pascual, el cual fue sacrificado por nosotros. Los apóstoles, instruidos por Jesucristo, fijaron la Pascua de los cristianos para el primer domingo inmediato al plenilunio de marzo en memoria de la Resurrección del Salvador. Pero como los judíos sentían siempre una fuerte propensión a retener las ceremonias judaicas en cuanto les fuese posible, muchos de ellos celebraban la Pascua en el Oriente el día 14 de la luna. Apenas se vio san Pío en la cátedra de san Pedro, cuando expidió un decreto mandando que todas las iglesias del mundo se conformasen con la tradición apostólica, observada en todos tiempos por la Iglesia romana en orden a la celebración de la Pascua para no concurrir con los judíos; y lo mismo confirmaron después muchos concilios.

La paz de que gozaba la Iglesia en tiempo de un emperador que había como suspendido todas las persecuciones, dio lugar a que la fe hiciese maravillosos progresos, y a que el santo papa formase prudentes reglamentos para restablecer en todas partes la disciplina eclesiástica. Prohibió con graves penas que los bienes de la Iglesia fuesen enajenados, ni aplicados a usos profanos, y mandó que se admitiesen a todos cuantos se presentasen para abrazar el cristianismo, sin exclusión ni distinción de judíos y gentiles. Penetrado y lleno de religión, impuso severas penas a los sacerdotes que celebrasen los oficios divinos, u ofreciesen el divino sacrificio negligentemente, dejando derramar o vertiendo por su culpa en el altar la preciosa sangre de Cristo. «Si cayere en el suelo (dice el santo), hagan penitencia por cuarenta días; si en los corporales, por tres; si penetró hasta el primer mantel, por cuatro; por nueve, si llegó al segundo; y por veinte, si caló hasta el tercero. En cualquiera paraje donde cayere, séquese todo lo que estuviere mojado; si esto no fuese posible, lávese con cuidado, o ráspese; y recogiendo todo lo lavado y lo raído, quémese, y échense las cenizas en la piscina.» En esta piadosa menudencia de disciplina se evidencia su zelo en materia de religión y su devoción al sacramento de la Eucaristía. Ordenó también que las vírgenes consagradas a Dios no profesasen hasta los 25 años de edad; y en fin, estaba tanto en todo, que nada parece se escapaba a su vigilancia pastoral.

Creciendo cada día en Roma el número de los cristianos por el zelo y por las fatigas apostólicas del santo pontífice, consagró las Termas Novacianas en honor de santa Pudenciana, y por las súplicas de su hermana santa Práxedes, enriqueciendo esta nueva iglesia con preciosos dones y celebrando en ella muchas misas. «No sé si te acuerdas (escribe a Justo, obispo de Viena), que, antes que salieses de Roma, nuestra hermana Euprepia hizo donación de su casa a la Iglesia: en ella nos juntamos ahora con los pobres de Jesucristo (así llama a los presbíteros y al clero), y celebramos el santo sacrificio de la misa. Por lo demás deseo saber lo que ha ocurrido desde que partiste a Viena, y si ha hecho fruto tu predicación del Evangelio.» La data de esta epístola es del año 106.

En otra que escribió al mismo, le dice de esta manera: «Por la carta de los mártires que me entregó Átalo, he tenido noticia con indecible gozo mío de la gloriosa victoria que consiguieron del infierno esos héroes cristianos, y del valor con que nuestro amado hermano Vero triunfó de los enemigos de Jesucristo, derramando su sangre por la gloria. Pues eres sucesor de este ilustre mártir en la silla episcopal, sé también heredero de sus virtudes, y haz todo lo posible para llenar dignamente tan santo y tan sagrado ministerio. Cuida mucho de los cuerpos de los santos mártires, como los apóstoles cuidaron del de san Esteban; visita frecuentemente a los santos confesores que están en las cárceles; confírmalos más y más en la fe, tanto con tus palabras como con tus ejemplos; procura que los presbíteros y los diáconos te honren más como a ministro de Jesucristo que como a su superior; por lo demás, Dios me ha dado a entender que se acerca mi fin; suplícole no me olvides en el sacrificio del altar.» Hállanse estas epístolas con sus decretos en la colección de los concilios.

Durante el pontificado de san Pío, fue combatida la Iglesia de Dios por muchos herejes, a quienes el santo pontífice persiguió y anatematizó con una fuerza y con un vigor verdaderamente apostólico, auxiliado poderosamente de san Justino el filósofo, que a la sazón vivía en Roma; y con licencia del santo papa tenía escuela abierta de virtud, el cual por el mismo tiempo compuso aquella famosa apología en favor de los cristianos, que hizo callar y confundió vergonzosamente a los gentiles. El enemigo de la Iglesia que dio más ejercicio a la vigilancia del santo pastor fue el heresiarca Valentín, que también se hallaba entonces en Roma, y hacía grandes progresos en el error abusando de su extraordinario talento. Era de vivo ingenio, lleno de fuego, muy culto, de modales desembarazados, airosos y de un singular atractivo: su elocuencia suspendía y enamoraba; pero sobre todo engañaba al vulgo su continua afectación de reforma y una bien estudiada exterioridad de virtud. Fácilmente descubrió san Pío la malignidad y el veneno de todos aquellos artificios, como las extravagancias de aquel solemne embustero. Fulminó contra él todas las censuras de la Iglesia; persiguióle, y no paró hasta exterminar una secta que aniquilaba la religión, destruyendo todos los principios de la moral cristiana.

No dio menos ejercicio a su zelo y a su vigilancia el heresiarca Marción. Era de Sinope en el Ponto Euxino, hijo de un padre muy cristiano, que, habiendo enviudado, se hizo sacerdote, y después fue obispo. A los principios hizo Marción profesión de virtuoso, amando la pobreza y el retiro; pero convencido de haber violado a una doncella, fue separado de la Iglesia por su mismo padre; pasó a Roma, donde con toda su máscara de virtud y de austeridad no pudo conseguir ser admitido a la comunión de los fieles; y despechado, abrazó la herejía de Cerdón, añadiendo muchas impiedades a las de este hediondo heresiarca; de suerte que, habiendo ido a Roma san Policarpo, y encontrádole Marción en la calle, le preguntó: «¿No me conoces?». «Sí, respondió Policarpo, conózcote muy bien por hijo primogénito de Satanás.» Este impío procuraba disfrazarse con las apariencias de arrepentido y devoto, con lo que engañó a muchos sencillos y a algunas mujeres simples; pero el santo pontífice descubrió sus embustes, confundióle, excomulgóle, y le puso en paraje donde no pudiese hacer daño.

A una vida tan ejemplar, acompañada de tan heroicas virtudes, y a un zelo tan fervoroso y tan digno de uno de los más santos sucesores de san Pedro, era muy correspondiente que se siguiese la gloria del martirio para coronar sus trabajos apostólicos. Logróla en fin; pues, aunque el emperador Antonino no persiguió a los cristianos en su reinado, pero como subsistían en su vigor los antiguos edictos contra la Iglesia, se aprovechaban de ellos los ministros en las ocasiones. El apostólico zelo y el invencible vigor del santo pontífice contra los enemigos de Jesucristo excitaron su odio, y encendieron su furor y su venganza. Fue delatado por cristiano y por el más mortal enemigo de los dioses del imperio ante los magistrados gentiles; arrestáronle, y después de haber padecido mucho en la prisión, tuvo la dicha de perder la vida por la fe de Jesucristo. Sucedió su preciosa muerte el día 11 de julio del año 165, a los nueve años, cinco meses y veinte y siete días de su pontificado, según el cardenal Baronio, y en el mismo día celebra la Iglesia su fiesta.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.