lunes, 2 de noviembre de 2026 ✠ La Conmemoración de los Fieles Difuntos

domingo, 30 de mayo de 2027

Verde · domingo menor

Conmemoración: San Félix I, Papa y Mártir

Parable of the Great Banquet
Parable of the Great Banquet, Brunswick Monogrammist, 1525 · Commons · Public domain

San Félix I, Papa y Mártir

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Hoy no se dice su Misa: la del día es la de II Domingo después de Pentecostés, y estos santos se conmemoran en ella con la segunda oración, según las rúbricas del rito tradicional.

San Félix, primero de este nombre entre los sumos pontífices, romano de nacimiento e hijo, según el antiguo Libro de los Pontífices, de un varón llamado Constancio, fué uno de aquellos santos papas del siglo tercero que gobernaron la Iglesia entre persecución y persecución, y de quienes nos queda poco más que el nombre, la sede y la memoria de su celo. Pero ese poco basta para conocer que fué digno sucesor de san Pedro, y que la silla romana, aun en aquellos tiempos oscuros y azarosos, era ya mirada por todo el orbe cristiano como la piedra a que debían arrimarse las demás iglesias.

Muerto el papa san Dionisio a fines del año de 268, fué elegido Félix para sucederle. Encontró la Iglesia turbada en Oriente por la soberbia de Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, hombre más atento al fausto de los magistrados del siglo que a la humildad de un pastor, y que se atrevía a negar que Jesucristo fuese Dios eterno, haciéndole un mero hombre en quien habitaba el Verbo. Juntáronse contra él los obispos de Oriente en Antioquía, le convencieron de herejía, le depusieron, y dieron cuenta de todo por carta sinodal al obispo de Roma y al de Alejandría, como refiere Eusebio en su Historia eclesiástica. Llegó esta carta cuando ya Dionisio había muerto; recibióla, según parece, nuestro santo, y a ella respondió como cabeza de la Iglesia, haciendo suya la causa de la fe que los padres habían defendido.

Obstinóse el hereje, y no quería dejar la casa de la iglesia de Antioquía. Recurrieron entonces los fieles al emperador Aureliano, que se hallaba en aquella ciudad; y es cosa digna de ponderarse que aquel príncipe gentil, sin entender de dogmas, sentenció que la casa se diese a aquellos con quienes estuviesen en comunión, y a quienes reconociesen por escrito, los obispos de Italia y el de Roma. Así, por boca de un pagano, dió testimonio la Providencia de que la señal cierta de la comunión católica era estar unido con la Sede de Pedro; y Pablo fué arrojado con ignominia de la iglesia que había profanado.

De su gobierno en Roma se conserva un rasgo que muestra su piedad para con los mártires. Refiere el Libro de los Pontífices que mandó que se celebrase la misa sobre los sepulcros de los mártires; y la Iglesia guarda todavía la memoria de esta disposición al exigir que todo altar, fijo o portátil, contenga reliquias de mártires, como advierte el abad de Solesmes en su Año litúrgico. De suerte que, cada vez que el sacerdote besa el ara al subir al altar, venera, sin saberlo quizá, la piedad de este santo pontífice, que quiso que la sangre de los que murieron por Cristo estuviese junta con la Sangre de Cristo que se ofrece sobre el altar.

Gobernó la Iglesia cerca de seis años, y murió el de 274. El Martirologio romano le cuenta entre los mártires y dice que recibió la corona en tiempo del emperador Aureliano; y con este título le honra la Iglesia en su misa, que es la del común de los sumos pontífices. Doctos varones, y entre ellos el mismo abad de Solesmes, advierten, sin embargo, que en su tiempo no parece haber habido persecución abierta, y que el martirio pudo atribuírsele por confundirle con otro Félix, mártir sepultado en la vía Aurelia; y que su fiesta se puso el 30 de mayo por yerro de un copista, que leyó junio donde decía enero, habiendo muerto el santo el 30 de diciembre. Fué sepultado en el cementerio de Calixto, entre los papas sus predecesores.

Sea de esto lo que fuere, no le falta al santo pontífice la gloria de haber padecido por Cristo; porque gobernar la Iglesia en aquel siglo de hierro, entre el furor de los perseguidores y la astucia de los herejes, era ya un martirio prolongado; y el que, antes de Nicea, hizo suya la condenación de Pablo de Samosata, que negaba la divinidad del Salvador, bien merece que la Iglesia le salude con las palabras de su misa: *Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella*.

Aprendamos de san Félix el amor a la Silla de Pedro, centro de la unidad católica, cuya autoridad hasta los gentiles reconocían; y la veneración a las reliquias de los mártires, que la Iglesia guarda en sus altares como el tesoro más precioso después del Cuerpo de su Señor. Y pidamos con la Iglesia, en la poscomunión de este día, que el Señor gobierne a su Iglesia, *para que, dirigida con su poderoso gobierno, reciba aumentos de libertad y persevere en la integridad de la religión*.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Vidas de los santos, 30 de mayo; Guéranger, El año litúrgico, 30 de mayo; Eusebio, Historia eclesiástica VII, 29-30; Martirologio romano; Liber Pontificalis; textos de la Misa del día).