domingo, 4 de abril de 2027
Blanco · domingo mayor
Conmemoración: San Isidoro de Sevilla, Obispo y Doctor

San Isidoro de Sevilla, Obispo y Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Hoy no se dice su Misa: la del día es la de Domingo in Albis (Quasimodo), y estos santos se conmemoran en ella con la segunda oración, según las rúbricas del rito tradicional.
La ciudad de Sevilla y la de Cartagena han estado y están en una justa disputa sobre cuál de las dos ha de hacer suya la dicha de haber sido patria del glorioso san Isidoro. A la verdad, las excelentes prendas de este santo prelado, sus grandes virtudes, su sabiduría portentosa, y el grande nombre que en todos tiempos ha tenido, le han hecho objeto de los deseos piadosos y de las ansias nobles con que cada ciudad le ha pretendido para su honra. Pero lo cierto es que no se sabe hasta ahora en cuál de las dos ciudades nació. Se sabe, sí, que, desterrados sus padres de Cartagena, habitaron en Sevilla, y que esta ciudad, aunque no tuviese la gloria de haber sido la cuna de san Isidoro, tuvo al menos la de haberle dado educación y estudios, de haber admirado sus virtudes, de haberle tenido por prelado cerca de cuarenta años, y últimamente de haber sido honrada con su muerte y enriquecida con su sepulcro. Este grande varón era hermano menor de san Leandro, san Fulgencio y santa Florentina. Sus padres eran descendientes de romanos de una noble e ilustre familia, y a estas prendas apreciables juntaban una piedad sólida. Vióse esto en el cruel destierro que padecieron cuando Leovigildo, protector de los arrianos, comenzó a perseguir a los católicos, pues se vieron precisados a dejar su patria, su casa y sus amigos, sin más delito que por seguir con tesón la verdad del Evangelio. Se hallaban en estos trabajos cuando nació san Isidoro, y a poco tiempo quedó el niño huérfano: sus padres, oprimidos del peso de la persecución, de las incomodidades de un destierro, y de los pesares producidos por la injusticia, perdieron la vida temporal para recibir las eternas recompensas.
Quedó Isidoro al cuidado de Leandro y Florentina, pues Fulgencio era tan joven, que necesitaba más de quien le dirigiese a él que de encargarse de la tutela y dirección de un niño. San Leandro y santa Florentina estaban ya en edad proporcionada para darle educación, y la confianza que de esto tenían sus padres les hiciera morir consolados. En efecto, santa Florentina cuidó con la ternura de madre de la crianza de san Isidoro; y Leandro hacía a un tiempo los oficios de padre, de tutor y de maestro. Estimulaba su atención el contemplar que Isidoro había de ser un varón sumamente recomendable y provechoso para la Iglesia, según daban a entender los prodigiosos anuncios que se habían visto en su infancia viviendo todavía sus padres. Uno de estos fuera que, habiéndole dejado en el jardín el ama que le criaba, para acudir a alguna ocupación o precepto de sus amos, se advirtió que una multitud de abejas entraban en la boca del niño y salían de ella, formando un dulcísimo panal. Santa Florentina, que fue la primera en advertirlo, corrió a llamar a sus padres, hermanos y criados, para que viesen y admirasen un caso tan prodigioso. Al observarle con atención, creció notablemente la admiración de todos, viendo que las abejas que salían de la boca de Isidoro se remontaban tan altas, que, perdiéndose de vista, parecían esconderse en el cielo. Por todo esto conocieron que san Isidoro había de ser muy sabio, y que en sus escritos había de competir una sublime doctrina con una celestial dulzura.
En esta persuasión tomó san Leandro con tanto esmero la educación y enseñanza de su hermano Isidoro, que procuraba su instrucción sin perdonar diligencia ni trabajo. No correspondía a este el suceso, porque Isidoro se manifestó en sus primeros años tan sumamente rudo, que obligó a su hermano a suplir con el castigo lo que juzgaba falta de aplicación, o tal vez desatención a sus lecciones. Isidoro, que veía los disgustos que le ocasionaba el estudio, se creyó incapaz de adelantar en las letras; y, para evitar las reprensiones y castigos de su hermano, abandonó la casa. Salióse de la ciudad de Sevilla, y caminó a la ventura; pero la Providencia, que guiaba sus pasos, le llevó a la orilla de un pozo, no lejos de la ciudad, donde se sentó a descansar del camino. El brocal era de piedra, y estaba como surcado del roce de la soga; y las canales de madera en que se echaba el agua tenían varias hendiduras. Miraba Isidoro esto, y no podía adivinar la causa, hasta que, viniendo una mujer a sacar agua, se la explicó diciendo que el continuado golpe del agua había hecho las grietas o hendiduras en las canales, y el continuado roce de la soga los hoyos de la piedra. Reflexionando Isidoro sobre esta explicación, hizo para sí este discurso: «Si el agua y la soga, sin embargo de ser unas materias tan blandas, hacen tanta impresión en la dureza del leño y de la piedra con la continuación, luego no hay cosa que se resista a la firmeza y constancia de nuestras resoluciones». Este discurso fue como una inspiración de Dios, para que conociese que con la aplicación podría vencer las dificultades que hasta entonces había tenido; y así se volvió a su casa con la firme resolución de hacer cuanto le mandase su hermano.
Este, como instruido en todas las ciencias sagradas y profanas, quiso que su hermano las aprendiese todas según su capacidad. Como se aplicaba al estudio con más gusto y aplicación de lo que solía antes, comenzó a hacer tan notables progresos, que era ahora la facilidad tanta cuanta habían sido primero la dificultad y la rudeza. Dedicóse a adquirir un profundo conocimiento de la lengua latina, averiguando todas sus propiedades, sus raíces y derivaciones. Las lenguas santas no le merecieron menos atención, considerándolas como una llave para entrar en el secreto de la divina sabiduría. Pero en lo que más se aventajó, según atestiguan san Braulio y san Ildefonso, fue en una elocuencia tan vencedora, y en una gracia en el decir tan llena de atractivos y dulzura, que sabios e ignorantes estaban igualmente gustosos pendientes de sus palabras.
A esta energía y facundia en el decir añadía un profundo conocimiento de las materias filosóficas y sagradas, como lo manifiestan sus escritos. Aunque no se sabe de cierto cuáles fuesen los empleos de su juventud, se dejan conocer de su precisa asistencia al lado de su hermano san Leandro, de quien dependía, de las operaciones y trabajos de este, y de las dignidades que ocupó. Sábese, pues, que san Leandro, deseoso de apartarse de aquel mar de desasosiegos en el que viera naufragar a sus padres, se hizo religioso en un monasterio de Sevilla; pero que, sobresaliendo en virtud y ciencia entre todos sus coetáneos, fue luego ensalzado a la prelacía de aquella ciudad. Sábese que, combatiendo valerosamente la herejía arriana, mereció ser perseguido por el rey Leovigildo, acérrimo sectario y defensor de ella; y que, habiendo a su persuasión abrazado abiertamente la religión católica el mismo hijo del rey, san Hermenegildo, y retirádose a Sevilla con su esposa Ingunda, huyendo de la crueldad y tiranía de su padre, hizo el santo un penoso viaje a Constantinopla con el fin de obtener del emperador auxilios a favor del príncipe y de la religión. Sabemos que, frustradas sus esperanzas, y corriendo tan adversa la fortuna para Hermenegildo, que, echado de Sevilla, fugado a Córdoba y preso por su desapiadado padre, vino últimamente a perder el reino y la vida, nuestro santo arzobispo, a más de ser participante de todas las amarguras que debía producir tan desastrada suerte, hubo de experimentar los golpes de la venganza del rey. Y aunque no expresa san Gregorio de Tours, quien nos dejó escrita su vida, qué género de trabajos padeció, sabemos que tuvo que vivir mucho tiempo desterrado; y el haber pedido a san Gregorio el Grande una exposición del libro de Job, y haber condescendido a esta súplica el santo padre, dejan pensar cuáles serían las persecuciones y miserias que padecería san Leandro, cuando necesitaba de la saludable medicina con que el sumo pastor de la Iglesia procuró suavizárselas y hacérselas llevaderas, en el nombre de aquel Dios a quien el santo Job bendecía humildemente en medio de sus trabajos.
Pues en todas estas grandes obras de san Leandro, y en todos los cuidados de su pastoral oficio, debemos suponer que tuvo gran parte su hermano san Isidoro. Desde niño le había tenido en lugar de padre, y a san Leandro debía su educación y todos sus estudios: no hay que dudar que en su compañía ejercitaría la rigurosa disciplina del monasterio y todas las virtudes austeras propias del estado religioso; que participaría igualmente de todas las adversidades y trabajos del destierro; y, en una palabra, que san Isidoro, en los años últimos de la vida de su hermano, sería un cooperador suyo, que le ayudase a llevar las pesadas y sublimes cargas de prelado, de pastor, de maestro y de sacerdote. Aunque los escritores antiguos de su vida guardan, según dijimos, un profundo silencio sobre todas sus acciones hasta el punto en que fue colocado en la cátedra de Sevilla, la razón y buen juicio exigen que a las reflexiones hechas se les dé alguna más fe y autoridad que a las de una conjetura.
Como quiera que sea, san Isidoro llegó a tener tanta fama y concepto por sus virtudes y sabiduría, que, habiendo sido Dios servido de llevarse para sí al santo arzobispo san Leandro, por los años del Señor de 599, fue elegido para sucederle en aquella grande prelacía por unánime consentimiento del clero y del pueblo. Todos conocían que nadie era capaz de llenar el hueco que había dejado san Leandro, prelado tan respetable por todas sus circunstancias, sino su hermano san Isidoro, en quien advertían una santa inocencia de costumbres, junta con una sabiduría celestial. Colocado en la cima de tan sublime dignidad, comenzó a esparcir resplandores a manera de un sol luciente que alumbra y vivifica a todos con la brillantez de sus luces. Su fama se extendió con tanta rapidez, no solamente en su diócesis, sino por toda España, que de toda ella concurrían a recibir sus instrucciones y a participar de su admirable sabiduría. Competía con esta su prudencia, su castidad, su constancia, su justicia y su modestia. Todas las virtudes de un obispo, todas las cualidades de un padre y todas las prendas de un maestro se hallaban como en su centro en san Isidoro. No había ejercicio de caridad ni obra piadosa en que no tuviese parte. En todo lugar, a toda hora traía su corazón empleado en aquella santa devoción cuya regla primera y única, según san Pablo, es la caridad; pero principalmente sentía un indecible consuelo en la consideración de la pasión de Jesucristo.
Intentando imitar a este divino Maestro, de tal manera arreglaba sus acciones, que cuanto tenían de ásperas y severas para su persona, otro tanto tenían de dulces y agradables para sus súbditos. Tenía siempre presente aquella sentencia de san Agustín que aconseja al prelado que solicite más bien ser amado por la blandura de su trato que temido por el rigor de sus correcciones. Así san Isidoro procuraba ejercitar con sus súbditos más bien el oficio de padre que el oficio de superior. Ocupábase continuamente en la lección y meditación de las santas Escrituras; y, para disponer el espíritu a su inteligencia, le purificaba con el ayuno, y le encendía con la oración. Su mesa, además de ser templada y parca, no se abastecía sino de manjares ordinarios, poco distintos de los que pudiera usar un mero religioso. Pero al paso que consigo mismo usaba de una escasez que excedía los términos de una moderada templanza, era para los demás sumamente generoso, y frecuentemente profuso. La encendida caridad que abrasaba su corazón le hacía mirar a sus prójimos como a hermanos, como a hijos, y con todos los títulos y respetos capaces de excitar la ternura. Por esta causa hacía suyas todas sus penas o alegrías; y había hecho en sí una naturaleza de alegrarse con los que se alegraban, llorar con los que se afligían, y socorrer con largas limosnas a los que veía con alguna necesidad o miseria. Pero en medio de la diversidad de afectos de que era poseído su corazón, según lo exigía la suerte próspera o adversa de sus súbditos, mantenía siempre un semblante alegre y risueño, con el cual mitigaba las penas a los afligidos y aumentaba la alegría en los venturosos.
Entre los objetos que más arrebataron su pastoral atención, fue uno el cuidado de la educación de los jóvenes que se habían de consagrar al ministerio del altar; y, tanto para examinar su vocación como para que pudiesen adquirir los conocimientos y ciencia necesaria, les fundó fuera de Sevilla un magnífico colegio, donde vivían retirados del bullicio y resguardados de los peligros del mundo, siendo esta la primera idea de los seminarios conciliares. En este colegio, verdadero semillero de ciencia y de virtud, se formaron aquellos varones consumados de que tanto necesitaba la Iglesia para contrastar la herejía arriana. En él aprendieron las ciencias san Ildefonso, arzobispo de Toledo, y san Braulio, obispo de Zaragoza, uno y otro de los más santos y sabios obispos que ha tenido España, y aun toda la universal Iglesia. Tan admirables efectos era capaz de producir la celestial prudencia y activo celo con que san Isidoro cuidaba de abastecer su colegio de todos los medios necesarios para hacerle útil a la Iglesia y al Estado. Sabía que la raíz de la relajación que se advertía en todas las clases del clero consistía en la ignorancia de las letras sagradas; y que esta misma ignorancia en los fieles hacía que se dejasen persuadir fácilmente de la herejía, no sabiendo cómo responder a sus sofismas. «La misma ignorancia de las sagradas Escrituras», dice el Cerratense, «era el origen de la corrupción de costumbres que se advertía en los clérigos y en los religiosos, y la que fomentaba el partido de los arrianos». Para oponer un muro fuerte a todos estos males fundó aquel colegio. Como el santo no podía enseñar en todas las clases, ni sus cuidados pastorales le permitían ejercitar muchas veces el magisterio, hacía exquisitas diligencias para averiguar en dónde estaban los maestros de mayor sabiduría y virtud; y, hallados, los traía a su colegio a fuerza de ruegos y con el atractivo de grandes recompensas. De esta manera logró llenar a España de aquellos grandes hombres que formaron su verdadero siglo de oro.
El celo pastoral de nuestro santo no se contenía en los estrechos límites de su colegio de Sevilla: atendía a la educación y buen régimen de los monasterios, cuidando de que la juventud fuese instruida en la sana doctrina y en las ciencias provechosas para el servicio y esplendor de la Iglesia. Ponía en esto tanta eficacia, que, no contento con excitar a los prelados con santas amonestaciones y con su ejemplo, usaba del artificio piadoso de regalar a los jóvenes religiosos, dándoles libros, y otras veces dineros con que pudiesen subvenir a sus pequeñas necesidades. Los conventos de vírgenes los miraba como jardines amenos en que el Esposo celestial tiene todas sus delicias. Velaba sobre su recogimiento, promovía su observancia, cuidaba de su manutención y de sus intereses.
Su caridad y su celo se extendieron también a toda la Península: quiso predicar en ella la palabra de Dios de una manera apostólica, peregrinando de ciudad en ciudad, y edificó muchos y hermosos monasterios. En el año de 610 vino a Toledo con su hermano san Fulgencio y otros varios obispos, y fue el primero a suscribir el famoso decreto del rey Gundemaro, en el que se reconocía a la iglesia de Toledo por metrópoli de toda la provincia cartaginense. Para reformar los abusos que se habían introducido en la disciplina eclesiástica, y asimismo para afirmar el dogma, dispuso un concilio provincial, que se tuvo en Sevilla en el año de 619. En él se ve una muestra del celo de este santo prelado y de su grande sabiduría. Había venido en aquel tiempo a Sevilla un siro que decía ser obispo, al cual san Braulio le da el nombre de Gregorio. Este tal negaba dos naturalezas en Cristo terminadas por una sola personalidad, creyendo además que la divinidad era pasible. Contra este engañado obispo disputó san Isidoro públicamente, oponiéndole tantas y tan sólidas razones, deducidas de las Escrituras y de los padres, que el miserable competidor tuvo que darse por vencido, confesando verdadera la doctrina que san Isidoro defendía. Pero los títulos penúltimo y último del concilio segundo de Sevilla son los testimonios más auténticos de su celo pastoral y de su grande sabiduría y prudencia. San Braulio, en la primera carta a san Isidoro, hace mención de otro sínodo, y de un tal Sinthario, que en él fue condenado; pero de este hecho no tenemos más noticia que la que resulta de esta carta. No sucede así con el concilio cuarto de Toledo, el cual presidió el santo como más antiguo en el año de 633. En este concilio manifestó la grande autoridad que le habían granjeado sus muchos años, su grande sabiduría y sus continuados trabajos en beneficio de la Iglesia. Se cree que, así como el concilio tercero de Toledo fue dispuesto por san Leandro, así también el concilio cuarto lo fue por san Isidoro, porque en presencia de este prelado, ¿quién sería el que tuviese aliento para intentar sobresalir en aquellas sublimes cualidades de ciencia, prudencia y virtud necesarias para la dirección de un concilio? Sin embargo, se sabe que el santo estaba sumamente débil de fuerzas y quebrantado de salud; y como por esta razón suplicó a san Braulio que viese y corrigiese el libro de las *Etimologías*, se conjetura también que este santo tuvo mucha parte en la formación de los cánones y decretos de aquel concilio.
Como quiera que sea, san Isidoro llegó a un estado de gloria y de fama en toda la Iglesia, que su nombre bastaba para dar autoridad a cualquiera asamblea. Los multiplicados escritos que habían salido de su fecunda pluma habían extendido su opinión por toda la tierra. En ellos veían un hombre consumado en las ciencias sagradas y profanas, sin que a su vasta comprensión se negasen las flores de las letras humanas y los adornos de la erudición. La *Colección de cánones antiguos y legítimos*, el prefacio que la precede, el *Tratado de varones ilustres*, y otras varias obras, cuyo catálogo puede verse en el libro quinto de la *Biblioteca* de D. Nicolás Antonio, prueban que la sabiduría y extensión de conocimientos de este santo prelado fueron proporcionadas a su heroica santidad. Con uno y otro ilustró la iglesia de España, y se labró unos merecimientos tan grandes, que era justo fuese ya a gozar de las eternas recompensas que le eran debidas.
Conoció el mismo santo que se llegaba ya el fin de sus días y el término dichoso de sus gloriosas tareas. Dispúsose para él doblando sus ejercicios piadosos y repartiendo más cuantiosas limosnas a los pobres. En esto fue tal su esmero, que en el espacio de más de seis meses anteriores a su dichoso tránsito comenzaba este caritativo ejercicio al salir el sol, y no lo interrumpía hasta la noche, sino el tiempo necesario para reparar sus fuerzas con un moderado alimento. Viendo que le iban faltando las fuerzas, y que se acercaba por momentos la última hora, a causa de que una calentura continua iba poco a poco acabando su vida, mandó llamar a los dos obispos sufragáneos suyos, para hacer en su presencia la ceremonia de la penitencia, según la costumbre de aquel tiempo. Llegados que fueron Juan y Epacio, mandó que le llevasen desde su celda a la basílica de San Vicente Mártir. Esta traslación fue solemnizada con un piadoso e innumerable concurso que acudió de todas partes a ver a su prelado y recibir sus últimas amonestaciones. Los pobres concurrían en tropas, abatidos los semblantes y los ojos cubiertos de lágrimas, manifestando su dolor con gemidos y voces lastimeras. Los clérigos, los religiosos y todas las gentes, tanto nobles como plebeyas, de Sevilla llenaron la catedral, en donde no se oía más que los gemidos y sollozos con que manifestaban su pena por la próxima falta de su pastor y de su padre. Los ojos más indiferentes estaban anegados en llanto, y los pechos más duros se deshacían en amargura.
Llegado a la iglesia, mandó que le pusiesen junto al cancel del altar, y que hiciesen salir a las mujeres, para recibir la penitencia en presencia solamente de los hombres. En este estado recibió el cilicio de mano de uno de los dos obispos, y pidió al otro que le cubriese de ceniza; y, levantando las manos al cielo, hizo su confesión de esta manera: «Vos, Dios mío, que conocéis los secretos de los humanos corazones, y os dignasteis perdonar los pecados a aquel publicano que, hiriendo su pecho, los confesaba contrito; vos, Señor, que os dignasteis resucitar a Lázaro después de cuatro días muerto y corrompido, colocándole en el seno del patriarca Abrahán, recibid, Señor, en esta hora mi confesión, y apartad vuestros ojos de los innumerables pecados que contra vos he cometido; ni os acordéis de los delitos de mi juventud. Vos, Dios mío, no establecisteis la penitencia para los justos que nunca os ofendieron, sino para mí, que soy pecador, y os ofendí más veces que arenas tiene el mar. Vos, Señor, sabéis que desde el punto que subí a la prelacía de esta santa iglesia, no por mis méritos, sino por vuestra misericordia, y tuve sobre mis hombros esta dignidad, que es más antes carga que honor, no he dejado de pecar, antes bien conozco que me he afanado en multiplicar mis faltas. Pero vos, Señor, dijisteis que en cualquiera tiempo que el pecador se convirtiera de sus errados caminos entregaríais al olvido todos sus pecados. Por tanto, teniendo presente vuestro precepto, clamo a vos, Señor, con toda confianza, sin embargo que no soy digno de levantar los ojos al cielo por la multitud de mis pecados. Recibid esta humilde oración mía, y conceded a un pecador el perdón que os pide; porque si los cielos no están limpios en vuestra presencia, ¡cuánto menos lo estaré yo, que he bebido las iniquidades como si fuesen agua!».
Habiendo concluido esta devotísima y tierna oración, que aumentó el dolor y las lágrimas de todos los concurrentes, recibió de mano de los obispos el cuerpo y sangre de Jesucristo, testificando con profundos gemidos de su corazón su indignidad y las inauditas misericordias del Señor. Después pidió perdón a todos los circunstantes, diciendo: «Ruégoos, oh sacerdotes de mi Dios, y a vosotros, oh congregación del clero y pueblo, que dirijáis al Señor vuestras oraciones por este infeliz pecador, que, ya que no es digno por sus méritos de alcanzar perdón de Dios, logre por vuestra intercesión los efectos de la divina misericordia; perdonadme, aunque no lo merezco, todo aquello en que os haya ofendido, si acaso he despreciado a alguno por odio, si le he apartado de la unión de caridad con corazón impío, si acaso he perjudicado a alguno con algún consejo, o le he hecho daño llevado de la ira; perdonadme, pues en este instante os pido misericordia, y me arrepiento de mis delitos». A estas voces correspondieron todos los circunstantes pidiendo a Dios con grandes gemidos que le perdonase; y, habiendo el santo perdonado también las deudas pecuniarias que algunos le debían, habló estas palabras: «Vosotros, santos obispos de mi Dios, y todos cuantos estáis presentes, os ruego y pido que guardéis mutuamente la más fervorosa caridad, no volviendo mal por mal; no queráis ser chismosos en el pueblo, para que así ni el enemigo antiguo encuentre en vosotros que castigar, ni el lobo rapaz en quien ensangrentar sus garras; sino antes bien el divino Pastor os ponga alegremente sobre sus hombros para conduciros a su rebaño».
Habiendo hecho esta devotísima confesión, mandó distribuir entre los pobres todo el dinero que le había quedado, y solicitó entre tanto que todos los circunstantes le diesen el ósculo de paz. Mientras se hacía esta ceremonia, decía a los circunstantes: «Si me perdonáis de todo corazón todo aquello en que hasta ahora os he ofendido, también el omnipotente Criador os perdonará todos vuestros delitos, de tal manera, que el agua sagrada que ha de recibir hoy el pueblo os sirva para remisión de vuestros pecados, y este ósculo de paz sea un testimonio eterno de nuestra reconciliación». Concluidas estas venerables y augustas ceremonias, le volvieron a llevar a su habitación, en donde, a los cuatro días después de haber recibido la penitencia, murió santamente como había vivido. Sucedió su tránsito el día 4 de abril del año 636, habiendo gobernado la cátedra de Sevilla por espacio de cerca de cuarenta años con rectitud, integridad, celo y todas las virtudes que hacen grande y recomendable a un obispo.
Apenas murió, recibió aun de los hombres el justo premio de los aplausos; porque no solamente san Braulio y san Ildefonso hicieron su elogio aclamándole sabio y santo, sino que el concilio octavo nacional, celebrado en Toledo diez y siete años después de su muerte, no dudó proclamarle con los sobrenombres más distinguidos: «Doctor egregio de nuestro siglo; nuevo honor de la Iglesia católica; posterior en edad a los demás doctores, pero nada inferior en la doctrina; el más sabio que produjeron los últimos siglos, y cuyo nombre debe pronunciarse con reverencia»: tales fueron los elogios con que le condecoraron los padres de aquel concilio. Imitáronlos en los siglos posteriores Isidoro Pacense, Elipando, el papa León IV y todos cuantos llegaron a tener conocimiento de lo sublime de su santidad y de la vasta extensión de su doctrina. Su cuerpo fue sepultado en Sevilla, donde permaneció hasta el reinado de Fernando el Grande, primero de Castilla. Este rey, tan guerrero como piadoso, quiso enriquecer la corte de León con algunas sagradas reliquias. Para este efecto, habiendo tratado primero con el rey moro de Sevilla Benavet que le concediese el cuerpo de la virgen y mártir santa Justa, envió al obispo de León Alvito, acompañado de Ordoño, obispo de Astorga, y del conde Munio, con una buena partida de soldados. Propuesta su embajada, e ignorando todos el sitio donde descansaban las reliquias de la santa mártir, se aplicaron a la oración: de ella resultó que san Isidoro se apareció al venerable Alvito, le indicó el lugar donde descansaba su cuerpo, y le insinuó que hiciese su traslación, la cual se verificó con gran pompa, magnificencia y repetidos milagros, en el año de 1063; por todo lo cual sea Dios bendito. Amén.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.