domingo, 21 de marzo de 2027
Morado · domingo mayor
Conmemoración: San Benito, Abad

San Benito, Abad
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Hoy no se dice su Misa: la del día es la de Domingo de Ramos, y estos santos se conmemoran en ella con la segunda oración, según las rúbricas del rito tradicional.
San Benito, tan célebre en todo el orbe cristiano, luz del desierto, apóstol del Monte Casino, restaurador de la vida monástica en el Occidente, uno de los más ilustres y de los mayores santos de la Iglesia, nació por los años de 480 en las cercanías de Norsia, en el ducado de Espoleto. Su nobilísima casa, una de las más distinguidas de Italia, se hacía respetar en toda ella, así por sus enlaces como por su grande riqueza. El padre, que se llamaba Eutropio, se cree que fue de la casa de los Anicios, y su madre, llamada Abundancia, era condesa de Norsia. San Gregorio, que escribió la vida de nuestro santo, dice que no sin misterio le llamaron Benito, por las grandes bendiciones con que le previno el Señor desde su nacimiento.
Nada hubo que hacer en inclinarle a la piedad, porque las primeras lecciones que se le dieron hallaron ya un corazón formado para la virtud. Desde luego se descubrió en él tan buen ingenio, tan nobles inclinaciones, un natural tan dócil, tales señales de devoción, y tanta disposición para las letras, que a los siete años de su edad le enviaron sus padres a Roma para que se criase en aquella corte a vista del papa Félix II, que también se cree haber sido de la misma familia.
Hizo asombrosos progresos en las ciencias humanas en el espacio de los siete años que se dedicó a ellas; pero fueron mucho más asombrosos los que hizo en la ciencia de la salvación. Ya desde entonces se miraba como especie de prodigio su constancia en la oración, su inclinación al retiro, su circunspección, y las penitencias que hacía en una edad que solo toma gusto a las diversiones y a los entretenimientos.
Pero sobre todo sobresalía en Benito la tierna devoción que profesaba a la Madre de Dios. Venérase todavía en el oratorio de San Benito de Roma la imagen de la santísima Virgen, ante la cual pasaba muchas horas en oración todos los días, y en cuya presencia, según refiere el beato Alano, recibió del cielo extraordinarios favores.
Habiendo observado las licenciosas costumbres de los jóvenes de su edad y de su esfera, y conociendo los grandes peligros a que estaba expuesta su salvación quedándose en el mundo, resolvió buscar seguro asilo a su inocencia en el retiro del desierto. Lleno del espíritu de Dios que le guiaba, salió de Roma siendo de solos quince años, llegó a la aldea de Afilo, y después de haber hecho allí un milagro a favor de su ama, que no había querido separarse de él, logró escaparse de ella secretamente, y por sendas descaminadas se fue a esconder en el desierto de Sublago, a quince leguas de Roma.
Todo conspiraba a infundir horror en aquella soledad: los peñascos escarpados cuyas puntas se escondían a la vista, los precipicios espantosos, y un terreno seco, estéril e infecundo; pero el animoso Benito halló en ella dulces atractivos. Habiéndole encontrado cierto monje, llamado Romano, le preguntó qué buscaba por aquellos desiertos; y respondiéndole Benito que un sitio donde sepultarse en vida para no pensar más que en Dios, admirado Romano, le enseñó cierta gruta abierta en una roca, parecida a una sepultura. En ella se encerró Benito, y Romano le trajo de su monasterio un hábito de monje, cuidando también de traerle algunos mendrugos de pan una vez cada semana.
No se pueden comprender las excesivas penitencias que hizo aquel esforzado joven héroe de la religión cristiana desde los primeros pasos en su penosa carrera. Su ayuno era continuo, su oración casi perpetua; y como si no bastase, para mortificación de aquel cuerpecito tierno y delicado, no tener más cama que la dura peña, ni apenas otro alimento que insípidas y agrestes raíces, se cargó con un áspero cilicio, del que no se desnudó en toda la vida.
Estremecióse el infierno al ver tantas virtudes en el joven solitario; y desde luego empezó el enemigo común a valerse de todo género de artificios para desalentarle. Dio principio a la batalla haciendo pedazos una campanilla pendiente de una cuerda larga, con que Romano prevenía a Benito para que acudiese a recoger los mendrugos de pan que le descolgaba; pero la caridad, que es ingeniosa, halló arbitrio para continuar en su ejercicio. A esto se siguieron ruidos, fantasmas y otras cien estratagemas; y habiéndolas experimentado igualmente inútiles, acudió por último recurso a la tentación más vehemente y también más peligrosa.
Burlábase Benito, lleno de confianza en Jesucristo, de todos los vanos esfuerzos del demonio, cuando la memoria de una doncella que había visto en Roma le vino a la imaginación, le inquietó tanto, y le apuró con tal vehemencia, que para librarse de ella fue a arrojarse a una zarza, y se revolcó en ella, hasta que el extremo dolor de las espinas reprimió del todo los ímpetus del deleite con que el tentador había querido derribarle. Quedó para siempre vencido y avergonzado el espíritu impuro, y premió el cielo la generosa fidelidad de su siervo, concediéndole el singular privilegio de que no volviese a experimentar en adelante semejantes tentaciones.
Había tres años que Benito vivía en el desierto, más como ángel que como hombre, cuando quiso el Señor darle a conocer al mundo. A legua y media de su gruta, o de su cisterna, habitaba un santo clérigo que en la víspera de Pascua había hecho disponer comida algo más abundante para el día siguiente en honor de tal festividad. Aquella noche se le apareció el Señor en sueños, y le dijo que al otro día buscase a su siervo en el desierto, y le llevase de comer; hízolo así el buen sacerdote, y quedó atónito cuando se halló con un mancebo tan delicado, y vio la espantosa penitencia que hacía. Sin poderse contener, publicó lo que había visto, y esta fue la ocasión de que comenzase la fama de Benito a divulgarse y hacer ruido en el mundo.
Habiendo muerto por este tiempo el abad del monasterio de Vicovarre, entre Sublago y Tívoli, los monjes nombraron a Benito por superior suyo; y aunque se resistió cuanto pudo, alegando muchas razones, no fue oído, y le obligaron a encargarse del gobierno del monasterio. Pero apenas comenzó el santo abad a querer enderezarlos por el camino estrecho de su profesión, cuando se arrepintieron de la elección que habían hecho; negáronle la obediencia, y aun intentaron quitarle la vida con veneno que le echaron en la bebida; mas al tiempo de sentarse el santo a la mesa, echó la bendición, como acostumbraba, y al punto se hizo pedazos el vaso que contenía el veneno.
Conociendo Benito la perversa intención de aquellos monjes, pidió a Dios los perdonase, y, renunciando la abadía, se volvió a retirar a su amada soledad. Mas no estuvo solo mucho tiempo; porque a la fama de su rara santidad concurrió de todas partes tan prodigioso número de gente, con deseo de entregarse a su dirección y gobierno, que solo en el desierto de Sublago fundó doce monasterios, dándoles la regla que acababa de componer, dictada, digámoslo así, por el Espíritu Santo.
Creciendo cada día la reputación de su virtud, venían a verle y a consultarle los más autorizados senadores de Roma. Tertulo le trajo a su hijo primogénito Plácido, de edad de solo siete años, y Equicio le dejó a Mauro, que tenía doce, rogando a Benito que se encargase de educarlos. Aplicóse a ello con tanto cuidado, que en poco tiempo de aquellos dos queridos discípulos suyos hizo dos grandes santos: Plácido derramó su sangre por Jesucristo, y Mauro fue como otro fundador de la religión benedictina en el reino de Francia.
No hay virtud sin persecución. Gobernaba la parroquia inmediata al desierto de Sublago un mal sacerdote llamado Florencio, quien, no pudiendo sufrir tan heroicos ejemplos de virtud, como muda reprensión de los desórdenes secretos de su estragada vida, no contento con desacreditar cuanto podía el nuevo instituto y con perseguir al padre y a los hijos, intentó con diabólicos artificios armar infames lazos a la pureza de los monjes. Juzgó el santo que dictaba la prudencia ceder a la tempestad; y, desamparando el desierto de Sublago, se fue al Monte Casino, donde el cielo le tenía prevenida una mies más abundante, y donde al título de fundador de una religión tan célebre entre todas las que ilustran a la Iglesia del Señor había de añadir el de apóstol.
Habíanse como atrincherado entre las inaccesibles peñas del Monte Casino algunas miserables reliquias del paganismo; allí se adoraba impunemente al dios Apolo, en cuyo honor se conservaba un templo y unos bosques sagrados, a vista de la misma Roma cristiana. Encendido Benito en aquel espíritu que anima y forma los héroes del Evangelio, ataca a la idolatría en sus mismas trincheras, derriba el templo, hace pedazos el ídolo, abrasa los bosques consagrados a las mentidas deidades, levanta sobre las ruinas del templo y del altar dos capillas, una en honra de san Juan Bautista y otra en la de san Martín, y en pocos días convierte a la fe a todos aquellos pueblos.
Armóse, dice san Gregorio, todo el infierno junto para detener las rápidas conquistas de nuestro santo. Espectros horribles, aullidos espantosos, terremotos, amenazas, incendio, granizo, piedra, de todo se valió el enemigo de la salvación, pero de todo inútilmente. Sobre la eminencia de aquella montaña fundó Benito el famoso monasterio de Monte Casino, venerado siempre como solar y centro de aquella célebre religión que brilla tanto en la Iglesia de Dios mil y doscientos años ha, habiendo dado a los altares más de tres mil santos, a las diócesis un número casi infinito de insignes prelados, al sacro colegio más de doscientos cardenales, y a la silla apostólica cuarenta sumos pontífices. Esta es aquella religión ilustre a la que se han visto venir muchos grandes príncipes para buscar el camino seguro de la salvación, y en la que hasta el día de hoy se admiran y se veneran, en las célebres congregaciones de Cluni, de Monte Casino, de San Mauro, de San Vane, de San Columbano (sin que a ninguna cedan las de España), tan grandes ejemplos de virtud, y escritores tan hábiles, tan sobresalientes en todas las ciencias.
Aún no se había acabado el nuevo monasterio, cuando fue menester levantar otros muchos. En este tiempo fue cuando san Benito compuso, o a lo menos perfeccionó, aquella santa regla cuya prudencia, sabiduría y perfección alaba tanto san Gregorio, habiendo merecido no solo la aprobación, sino el respeto de toda la Iglesia.
Movida santa Escolástica, hermana de san Benito, así de los grandes ejemplos de virtud como de las maravillas que obraba el Señor por medio de su santo hermano, determinó dejar el mundo, y, encerrándose con otras doncellas en un monasterio distante algunas leguas de Monte Casino, vino a ser, con las instrucciones de nuestro santo, la fundadora en el Occidente y el modelo de la vida monacal para las mujeres.
No es fácil referir ni todo lo que hizo Benito en los trece o catorce años que vivió en el Monte Casino, ni todos los prodigios que se dignó Dios obrar por su ministerio. No solo poseía el don de milagros, sino que lo comunicaba a sus monjes; como lo experimentó san Mauro, caminando sobre las aguas para ir a sacar de peligro al joven Plácido.
De todas partes concurrían tropas de gente a venerarle. Deseando Totila, nuevo rey de los godos en Italia, conocer a un hombre de quien publicaba la fama tantas maravillas, vino a verle; pero al mismo tiempo, para probar si estaba dotado del don de profecía que tanto se celebraba, mandó a un caballerizo suyo que se vistiese de los adornos reales y de todas las insignias de la majestad. Mas luego que Benito le vio con aquel equipaje, le dijo con dulzura: «Deja, hijo mío, esas insignias que no te convienen, y no te finjas el que no eres». Asombrado Totila de la maravilla, corrió a arrojarse a los pies del santo, a los que estuvo postrado hasta que Benito le levantó; y habiéndole reprendido el santo respetuosamente los horribles estragos que había hecho en Italia, le pronosticó cuanto le había de suceder por espacio de nueve años, exhortándole a convertirse, y diciéndole que al décimo año iría a dar cuenta a Dios de toda su vida. Verificó el suceso toda la profecía del santo, y, procediendo Totila en adelante con mayor moderación y humanidad, no cesaba de publicar la virtud del siervo de Dios.
Siendo san Benito la admiración de todo el mundo, y respetándole los sumos pontífices, los emperadores y los reyes como el asombro de su siglo, vivía en el monasterio como si fuera el último de los monjes. Solo se valía de su autoridad para ejercitarse en los oficios más humildes, y para exceder en mucho la austeridad de la regla. No obstante que el Señor parece había puesto debajo de su dominio a todo el infierno, y que la misma muerte le obedecía, era con todo eso humildísimo, teniéndose por el más mínimo de todos los monjes, y acreditando con su proceder que así lo creía. Pronosticó el día de su muerte, y se dispuso para ella con nuevo fervor y ejercicios de penitencia. Seis días antes mandó abrir la sepultura; en fin, el sábado antes de la dominica *in Passione*, a los 21 de marzo del año 543, siendo de solos sesenta y tres años no cumplidos, pero consumido de los trabajos y mortificaciones, lleno de méritos, y logrando el consuelo de ver extendida su religión en Sicilia por san Plácido, en Francia por san Mauro, en España y Portugal, en Alemania y hasta en el mismo Oriente por otros discípulos suyos, rindió tranquilamente el espíritu en manos de su Criador en la misma iglesia del Monte Casino, a donde se había hecho conducir para recibir el santo Viático.
En el mismo punto que expiró, dos monjes que vivían en dos monasterios muy distantes vieron un camino de luz muy resplandeciente, que daba principio en el Monte Casino y terminaba en el cielo; y al mismo tiempo oyeron una voz que decía: «Este es el camino por donde Benito, siervo amado de Dios, subió a la gloria». El cuerpo del santo estuvo por algunos días expuesto a la veneración de sus hijos y de todo el pueblo, y después fue enterrado en la sepultura que él mismo había mandado abrir, donde se conservó hasta el año 580, en que fue destruido el monasterio del Monte Casino por los lombardos, como lo había profetizado el mismo santo, quedando sepultadas entre sus ruinas aquellas preciosas reliquias. Dícese que el año 660, habiendo pasado a visitar el Monte Casino san Aigulfo por orden de san Momol, segundo abad del monasterio de Fleuri, llamado hoy San Benito sobre el Loira, tuvo la dicha de desenterrar aquel tesoro, y, trayéndolo a Francia, lo colocó en su monasterio, donde se adora con singular veneración, honrando cada día el Señor las sagradas reliquias con innumerables milagros.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.