jueves, 11 de febrero de 2027
Blanco · doble mayor

Aparición de Ntra. Sra. de Lourdes
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
No celebra hoy la Iglesia un misterio nuevo, sino la confirmación que el Cielo quiso dar a un misterio antiguo. Cuatro años antes, el 8 de diciembre de 1854, el papa Pío IX había definido solemnemente, en la bula *Ineffabilis Deus*, que la santísima Virgen fué preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción. Burlábase el siglo, hinchado de su ciencia, de lo que llamaba novedad de los teólogos; y he aquí que la misma Madre de Dios, en una gruta olvidada de los Pirineos, vino a decir de sí lo que el Vicario de su Hijo había declarado: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Por eso la colecta de la Misa no nombra primero la aparición, sino el privilegio: «Oh Dios, que por la inmaculada Concepción de la Virgen preparasteis una digna morada para vuestro Hijo».
Era el jueves 11 de febrero de 1858. Tres niñas pobres de Lourdes, Bernardita Soubirous, de catorce años, hija de un molinero arruinado, su hermana María Antonia y una amiga, Juana Abadie, salieron a recoger leña a orillas del Gave, junto a los peñascos de Massabielle. Bernardita, enfermiza y asmática, se había quedado atrás, descalzándose para vadear un arroyo, cuando oyó un ruido como de ráfaga de viento; alzó los ojos y vió en un nicho de la gruta, sobre unas zarzas, a una joven vestida de blanco, ceñida de una banda azul, con un rosario colgado del brazo. Arrodillóse la niña, sacó su rosario y comenzó a rezarlo; y la aparición pasaba también las cuentas, sin mover los labios, hasta que, acabados los misterios, sonrió y desapareció.
No halló Bernardita crédito ni en su casa: su madre pensó que sería algún alma del purgatorio y le prohibió volver. Volvió, sin embargo, con otras niñas y con agua bendita, y, rociando la visión, le dijo: «Si vienes de parte de Dios, acércate». El 18 de febrero habló la Señora por vez primera, en el dialecto de la comarca: le pidió que viniese a la gruta durante quince días, y añadió: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro». Siguieron las apariciones, con concurso cada vez mayor de gente, entre las burlas de unos y las amenazas del comisario de policía y del procurador imperial, que la interrogaron con dureza y le mandaron no volver más. La Señora, entre tanto, le encargaba orar por los pecadores, y tres veces repitió: «¡Penitencia, penitencia, penitencia!».
El 25 de febrero mandóle la aparición beber de la fuente y lavarse en ella. No había allí fuente alguna; escarbó la niña con las manos en el barro, al fondo de la gruta, y brotó un hilo de agua turbia, que a los pocos días manaba clara y abundante, y no ha cesado de manar. Advierte Butler que aquel día era el viernes de la segunda semana de Cuaresma, en cuya Misa se leía el Evangelio de la piscina probática de Jerusalén, cuyas aguas, movidas por el ángel, sanaban a los enfermos. El 2 de marzo pidió la Señora que los sacerdotes le edificasen allí una capilla y que se viniese en procesión; y el cura de Lourdes, varón recio y desconfiado, recibió fríamente a la mensajera y exigió que la Señora dijese su nombre.
Llegó, en fin, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación. Preguntóle Bernardita tres veces quién era; y la Señora, juntando las manos y alzando los ojos al cielo, respondió en el habla de aquella tierra: *Que soy era Immaculada Councepciou*, «Yo soy la Inmaculada Concepción». Refiérese que repetía la niña por el camino aquellas palabras que no entendía, para no olvidarlas, y así las llevó al párroco, que quedó sin réplica. La última aparición, la décima octava, fué el 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen.
Las pruebas no se tomaron a la ligera. El obispo de Tarbes, monseñor Laurence, instituyó una comisión que examinó durante más de tres años a la vidente, a los testigos y las curaciones; y en 1862 declaró que los fieles podían con razón tener por cierta la aparición. Diéronse desde entonces a la gruta peregrinaciones sin número, se levantó sobre la roca la basílica que la Señora había pedido, y se estableció junto al santuario una oficina de comprobaciones médicas, abierta a médicos de cualquier nación o creencia, para que ninguna curación se publicase como milagro sin examen. Por lo que hace a la vidente, todo su proceder desmiente la sospecha de engaño: nunca añadió circunstancia nueva a su primer relato, nunca sacó provecho alguno, y en 1866 se escondió en el convento de las Hermanas de la Caridad de Nevers, donde, entre enfermedades y humillaciones, murió el 16 de abril de 1879, diciendo el Avemaría. Pío XI la beatificó en 1925 y la canonizó el 8 de diciembre de 1933.
León XIII concedió oficio y Misa propios de la aparición, y el santo papa Pío X, en 1907, extendió la fiesta a toda la Iglesia, fijándola en este día. Pío XII, al cumplirse el primer centenario, dirigió al orbe católico su encíclica *Le pèlerinage de Lourdes*, de 2 de julio de 1957, en que recuerda que el mensaje de la gruta es, ante todo, llamamiento a la oración y a la penitencia.
Los textos de la Misa están escogidos con admirable propiedad. El Introito canta la ciudad santa, la nueva Jerusalén, «que descendía del cielo, de parte de Dios, ataviada como una esposa engalanada para su esposo». La Epístola, del Apocalipsis, muestra «una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas». El Gradual parece describir la misma gruta de Massabielle: «Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven; paloma mía, que anidas en los agujeros de la peña, en las hendiduras de la cerca»; y el Tracto aplica a María el elogio de Judit: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú el honor de nuestro pueblo». El Evangelio es el de la Anunciación, con el saludo del ángel a la llena de gracia; y la Comunión, del salmo 64, recuerda la fuente milagrosa: «Visitaste la tierra y la regaste copiosamente». Pide la Iglesia en la Secreta y en la Poscomunión la salud del cuerpo y del alma, por intercesión de la Virgen inmaculada; y no se olvide que el orden de esas palabras no es casual. Las curaciones de los cuerpos fueron en Lourdes el reclamo; la conversión de los pecadores, el fin. Quien va a la gruta a pedir la salud y vuelve sin ella, pero confesado y arrepentido, no ha perdido el viaje.
Explicación de la fiesta redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Vidas de los santos, 11 de febrero; Guéranger, El año litúrgico, 11 de febrero y Santa Bernardita; Enciclopedia Católica, art. «Lourdes»; textos de la Misa del misal).