domingo, 7 de febrero de 2027
Morado · domingo mayor
Conmemoración: San Romualdo, Abad

San Romualdo, Abad
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Hoy no se dice su Misa: la del día es la de Domingo de Quincuagésima, y estos santos se conmemoran en ella con la segunda oración, según las rúbricas del rito tradicional.
Nació san Romualdo en Ravena por los años de 936. Era su casa ducal, y aun en su tiempo se dejaba distinguir con mucho lustre entre la principal nobleza de Italia. Como criado nuestro Romualdo entre las delicias de una casa opulenta, fácilmente se estrelló contra los ordinarios escollos de la juventud. Al regalo y a la ociosidad se siguió bien presto la disolución. Iba a precipitarse en la perdición, arrastrado del amor a los deleites, e impelido con la fuerza del mal ejemplo, cuando la Providencia le detuvo en medio del precipicio; y queriendo formar de él un modelo de santidad, se sirvió de un caso bien funesto para el logro de sus altos designios.
Sergio, su padre, hombre ambicioso y violento, tuvo con un deudo suyo cierta diferencia, que quiso terminar por las bárbaras leyes del duelo. Desafió a su contrario, y llevó por segundo a su mismo hijo. Cayó muerto el pariente a manos de Sergio y a vista de Romualdo, quien quedó tan pesaroso del suceso, aunque no había tenido en él más parte que una asistencia involuntaria, que se resolvió a hacer fervorosa penitencia de este delito.
Retiróse al monasterio de san Apolinario de Clase, a una legua de Ravena, donde por espacio de cuarenta días se entregó a varios ejercicios de mortificación en satisfacción de su pecado. A los principios no fue su intención permanecer en aquel retiro por más tiempo; pero la providencia del Señor lo ordenó de otra manera.
Conversaba familiarmente Romualdo con un religioso lego, hombre devoto y sencillo, el que le representaba un día el peligro que corría su salvación si volvía a engolfarse en el borrascoso mar del mundo; y como no ganase terreno hacia el fin que deseaba en aquel corazón ocupado todavía de las vanidades y pensamientos mundanos, le dijo de repente con su simplicidad acostumbrada: ¿Qué me darías tú si te hiciese ver clara y distintamente con los ojos del cuerpo a nuestro buen patrono san Apolinario? Sorprendido Romualdo al oír una proposición tan no esperada: Yo te juro, le respondió, que como lo hagas, al punto me meto fraile. —Pues has de velar toda esta noche en la iglesia, le replicó el piadoso lego. Consintió Romualdo; y estando los dos en oración, hacia la media noche vio de repente a san Apolinario, vestido de pontifical, cercado de resplandores, que con un incensario en la mano iba incensando todos los altares de la iglesia; y concluida esta religiosa función, desapareció. Quedó atónito Romualdo, y sintiendo en el mismo punto trocado su corazón, se postró delante del altar de la santísima Virgen, y todo deshecho en lágrimas, prometió hacerse religioso. Así refiere esta historia el bienaventurado san Pedro Damiano.
Apenas amaneció, cuando Romualdo pidió con instancia el hábito monástico en pleno capítulo. Los monjes, que tenían bien conocido el genio de su padre, no se atrevieron a recibirle desde luego, temiendo alguna violencia; pero al cabo venció su perseverancia.
A los veinte años de su edad abrazó la regla de san Benito. Comenzó, no a correr, sino a volar por el camino de la perfección. Los más ancianos se admiraban al ver su humildad, su obediencia, su mortificación, su devoción fervorosa. No contaba más que tres años de monje, y ya parecía varón consumado en la vida espiritual; pero el ardiente celo que mostró por la observancia de algunas reglas, que había como abrogado la relajación, le hizo odioso a los tibios y a los imperfectos. Mirábanle como a reformador importuno; y pasó tan adelante la persecución, que se vio precisado a buscar en otra parte asilo más seguro a su fervor y a su celo.
Retiróse, con licencia de sus superiores, a una soledad de los estados de Venecia, donde vivía un ermitaño llamado Marino, en cuya sencillez y severidad encontró con que contentar su humildad, y satisfacer el ardiente deseo que tenía de hacer penitencia.
Rezaba todos los días el Salterio en compañía de su nuevo director; y como al principio erraba casi todos los versos, Marino, para corregirle, le daba un golpe con una vara en la oreja izquierda. Sufriólo Romualdo por mucho tiempo sin hablar palabra, hasta que un día le dijo con mucha humildad, que si le parecía, podría en adelante castigarle en la otra oreja, porque iba perdiendo el oído de esta. Admiróse Marino viendo la paciencia de su discípulo, y en lo sucesivo le trató con menos severidad.
Por este tiempo vino a visitar a nuestro santo Pedro Urséolo, dux de Venecia, y por su consejo se resolvió a renunciar aquella dignidad que había usurpado, teniendo alguna parte en el asesinato de Candiano su predecesor. Habiendo pues salido secretamente de Venecia en compañía de Gradénigo, su íntimo amigo, se juntaron con Romualdo y con Marino, y en virtud de lo que anteriormente habían conferenciado, todos cuatro se embarcaron para Cataluña, y llegaron al monasterio de san Miguel de Cusan. Romualdo y Marino dejaron en él a Urséolo y Gradénigo bajo la disciplina de Guerino, abad del mismo monasterio, y se retiraron a un desierto no distante de la abadía, donde en poco tiempo concurrieron muchas personas deseosas de servir a Dios en aquella soledad. Viose precisado Romualdo, a quien ya miraba Marino como maestro, a encargarse de su gobierno, sacrificando la repugnancia que tenía a mandar; pero solo se sirvió de la autoridad de superior para satisfacer el ardiente deseo que tenía de hacer una vida más penitente y mortificada. Al perpetuo retiro juntó el ayuno más riguroso; dormía poco, y el tiempo que no empleaba en la oración le dedicaba a la lección de libros espirituales y al trabajo manual.
El cuidado que tenía en moderar en los otros las demasías en la penitencia daba bien a entender que solamente era austero para consigo mismo. Era muy celoso de la disciplina regular; pero su celo iba siempre acompañado de prudencia y discreción. Mientras él se aplicaba a imitar las mayores penitencias de los solitarios de oriente, cuyas vidas leía continuamente, tenía gran cuidado de que su ejemplo no moviese a sus súbditos a imprudentes excesos o demasías. Pero todas sus grandes penitencias no bastaron a librarle de molestísimas tentaciones, que le dieron bien que padecer en aquella soledad. Ejercitáronle mucho los demonios; pero todos sus esfuerzos no fueron sino materia de nuevos triunfos, y solo sirvieron de acrisolar su pureza y de perfeccionar su virtud.
Ocupado Romualdo en estos ejercicios, supo que Sergio, su padre, a quien Dios había dispensado la gracia de salir del mundo y entrar en religión, rendido a las sugestiones del enemigo, estaba resuelto a dejar la religión para volverse al mundo. Al punto dejó su soledad, voló a Italia, y de tal manera supo manejar aquel genio terco e inconstante, que, habiéndole confirmado en la vocación, tuvo el consuelo de verle morir santamente en el ejercicio de la penitencia.
Luego que se supo en Italia que Romualdo estaba en ella, acudieron a él de todas partes para entregarse a su dirección y gobierno. Fueron tantos los nuevos discípulos, que se hubieron de fundar muchos monasterios. Él se vio precisado a encargarse del gobierno del de Bain, no lejos de la ciudad de Sasina. La exacta observancia de la disciplina que estableció le hizo intolerable a muchos monjes imperfectos, que, no pudiendo sufrir las mudas pero eficaces reprensiones que les daba el ejemplo de su abad, no pararon hasta arrojarle del monasterio. Sintió Romualdo tanto este indigno tratamiento, que resolvió no mezclarse más en el cuidado de la salvación de los otros, y de atender únicamente en adelante al cuidado de la propia. Mas Dios le dio a entender que este disgusto era amor propio, y que era tentación lo que parecía virtud; pues este era justamente el lazo que el diablo le había armado con aquellas rebeldías.
Sin embargo, se retiró en el marjal de Comaquio, desde donde pasó a un montecillo en las faldas del Apenino, y después se fue a esconder en la isla de Perea; pero eran inútiles las diligencias que hacía para ocultarse, porque en todas partes le perseguían los fieles. Fue menester toda la autoridad del emperador Otón III, y un precepto formal y expreso del arzobispo de Ravena, para que se rindiese a las eficaces súplicas de los religiosos del monasterio de Clase, que le habían nombrado por su abad. Pero apenas quiso restituir a su debida observancia la disciplina monástica, cuando se arrepintieron los mismos que le habían elegido, y al cabo le obligaron a renunciar el empleo.
Al mismo tiempo que sus discípulos se resistían a sus saludables instrucciones, no queriendo aprovecharse de sus consejos, hacía en otros puntos conversiones portentosas. El conde Olivan, movido de las palabras de Romualdo, dejó el mundo, y tomó la cogulla de san Benito en el monasterio del monte Casino. Un noble alemán, llamado Tham, siguió el ejemplo del conde. Habiéndose desgraciado la ciudad de Tívoli con el emperador, reconcilió a los vasallos con el soberano; y habiendo este quitado la vida al senador Crescencio, violando la fe de su palabra imperial, le obligó a ir a pie descalzo desde Roma a la iglesia de san Miguel en el monte Gargano, haciendo pública penitencia, y dando ejemplar satisfacción de su pecado.
Retiróse san Romualdo a Parenzo en la provincia de Istria, donde fundó un monasterio; nombró un abad de su satisfacción que le gobernase, y en él se recluyó por espacio de tres años. En este largo encerramiento enriqueció el Señor aquel fervoroso espíritu con nuevas y abundantes gracias. Diole una perfecta inteligencia de la sagrada Escritura, comunicóle el don de profecía, y le añadió el de lágrimas tan copiosas, que se vio precisado a no decir misa en público.
Todo abrasado en el purísimo fuego del amor divino, se le oía exclamar muchas veces cada día: ¡Oh mi dulce Jesús! ¡Oh Dios de mi corazón! ¡Oh amable Salvador mío! ¡Oh dulzura inefable de los santos! ¡Oh delicia de las almas puras! ¡Oh dulce Jesús, objeto y fin de todos mis deseos!
Pero al fin fue preciso dejar aquella dulce soledad para ir a fundar un monasterio en Orvieto. Allí tuvo noticia del glorioso martirio de su amado discípulo san Bonifacio, apóstol de Rusia, y encendido con el ardiente deseo de derramar su sangre por amor de Jesucristo, resolvió pasar a Hungría. Ya tenía la bendición y aun la misión del sumo pontífice, cuando Dios, que le preparaba otro género de martirio menos sangriento, pero no menos cruel, y que le tenía destinado para fundador de una nueva familia religiosa en su santa Iglesia, permitió que cayese malo en el camino, y que por este accidente se volviese al monasterio de Orvieto. Pero como no le dejasen respirar los muchos que cada día le buscaban, se retiró secretamente a un monasterio colocado en la cima del monte de Sitria. Aquí fue donde padeció la más horrible calumnia que podía atreverse a su venerable ancianidad, sufriéndola por espacio de seis meses sin despegar sus labios, ni tomar otra satisfacción que de sí mismo en la rigurosa penitencia; y durante este penoso ejercicio de paciencia y de humildad compuso una exposición de los salmos, que se guarda hoy en la Camándula, escrita de su mano.
Verdaderamente causa admiración que un solo hombre pudiese hacer tantas fundaciones; pero la más célebre de todas fue la que hizo en Camáldoli de Toscana, sitio famoso en los valles del Apenino. Aquella vehemente inclinación que tenía a la soledad le movió a elegir este desierto. Quedóse un día dormido cerca de una fuente, y vio en sueños una escala que, fijada en tierra, llegaba con la parte superior al cielo, y reparó que sus religiosos, vestidos de blanco, iban subiendo por ella. Despertó el santo, y no creyendo que el sueño fuese sin misterio, escogió a algunos de los discípulos suyos más fervorosos, y les dio el hábito blanco con nuevas constituciones. Este fue el principio de la religión Camandulense, que hace más de seiscientos años florece en el campo del Señor, y conserva el día de hoy todo el fervor de aquel primitivo espíritu que recibió de su santo fundador, y ha dado tantos santos a la Iglesia.
Sintiendo Romualdo que se iba acercando ya el día de su dichoso tránsito, se retiró a su monasterio de Val de Castro, donde veinte años antes había pronosticado que había de morir. Allí fabricó una celdilla con un oratorio para encerrarse en ella y guardar silencio hasta la muerte; y aunque cada día iban creciendo sus achaques, no por eso se acostó en más cama que en el duro suelo, ni se dispensó en sus ayunos y demás penitencias ordinarias. En fin, sabiendo que había ya llegado el día en que el Señor le quería premiar tantos trabajos, mandó salir de la celda a los dos monjes que le asistían, con orden de que no volviesen a entrar hasta el día siguiente. Conociendo lo que podía ser, le obedecieron con violencia, pero se quedaron a la puerta de la misma celda para observar lo que pasaba. Gastó el santo algún tiempo en oraciones vocales; pero como los monjes no le oyesen prorrumpir en sus acostumbrados afectos de amor de Dios, ni en sus ordinarios suspiros, entraron en la celdilla, y hallaron que acababa de expirar. Murió, como afirma san Pedro Damiano, que escribió su vida quince años después de su dichoso tránsito, a los ochenta años de su edad. Fueron tantos los milagros que obró así en vida como después de su muerte, que, creciendo en todas partes la opinión de su santidad, obtuvieron sus monjes licencia del papa para erigir un altar sobre su sepultura a los cinco años después que murió. Hallóse el santo cuerpo casi tan sano y tan entero como el mismo día que le habían enterrado. Desde el año de 1032 se celebró solemnemente su fiesta con autoridad de la santa sede el día 19 de junio, que era el de su dichoso tránsito. El de 1466, cuatrocientos treinta y cuatro años después de la primera traslación, se volvió a hallar entero el santo cuerpo; pero, su fiesta concurriendo con la de los santos Gervasio y Protasio, el papa Clemente VII la fijó al día siete de febrero, que fue el de la referida primera traslación.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.