domingo, 8 de noviembre de 2026 ✠ V Domingo después de Epifanía (reanudado)

El Purgatorio es dogma de fe, y la secta conciliar lo ha vuelto metáfora

Tres concilios lo definieron, los cristianos rezaban por sus muertos desde el siglo II y Aerio fue tenido por hereje por negarlo. La religión del Vaticano II no lo niega: le ha quitado el lugar, el fuego, el tiempo y el juicio, y ya no se reza por los difuntos.

Léalo también en PDF: El purgatorio y sus lecciones, del P. Remigio Vilariño (1917). Qué es el Purgatorio, qué se padece en él y qué podemos hacer por las ánimas, en un folleto que se lee de una sentada. Descargar el PDF · Presentación del libro

La Iglesia ha definido tres veces que existe el Purgatorio y que a las almas que están en él les aprovechan los sufragios de los vivos: en Lyon (1274), en Florencia (1439) y en Trento (1547 y 1563). La doctrina no nace con esas definiciones. Está en la Escritura, la rezaban los cristianos de los primeros siglos y la sostiene la liturgia romana desde que tenemos textos de ella. Las negaciones que se le han opuesto (la protestante, la griega y la de los historiadores que la creen inventada en el siglo XII) no resisten el cotejo con las fuentes. Quien la ha desmontado desde dentro es la religión nacida del Vaticano II. No la ha negado de frente: ha quitado al Purgatorio el lugar, el fuego y el tiempo, y en los funerales ha suprimido los textos que recordaban el juicio.

Lo que la Iglesia ha definido

Tres concilios y tres papas

La primera formulación solemne la hace Inocencio IV en 1254. Dice que los griegos creen que las almas de los que mueren con pecados veniales, o sin haber cumplido la penitencia, «son purificados después de la muerte y pueden ser ayudados por los sufragios de la Iglesia», y que solo les falta el nombre. Por eso manda que, «de acuerdo con las tradiciones y autoridades de los Santos Padres», también ellos lo llamen purgatorio.1 El dato importa para lo que viene después: en 1254 el Papa da por hecho que la doctrina es común a Oriente y Occidente, y lo único que añade es el nombre.

En 1274, en el II Concilio de Lyon, el emperador Miguel Paleólogo firma la profesión de fe que se le presenta. Dice así: las almas de los que murieron «verdaderamente arrepentidos» y «en caridad», antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia, «son purificadas después de la muerte con penas purgatorias», y para aliviar esas penas «les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, a saber, los sacrificios de las misas, las oraciones y limosnas».2 El Concilio de Florencia repite la fórmula casi palabra por palabra en la bula Laetentur coeli, del 6 de julio de 1439, que firmaron latinos y griegos.3

Entre los dos concilios, Benedicto XII define en la constitución Benedictus Deus (29 de enero de 1336) que las almas que no tienen nada que purgar entran en la visión de Dios inmediatamente después de la muerte, y que las que tienen algo que purgar entran en cuanto han sido purgadas.4 Clemente VI le pregunta en 1351 al católico de Armenia si cree que existe el purgatorio, «al que descienden las almas de los que mueren en gracia, pero no han satisfecho sus pecados por una penitencia completa», y si cree que allí «son atormentadas con fuego temporalmente».5

Trento contra los reformadores

Trento responde a Lutero y a Calvino en tres sesiones. En la VI, la de la justificación, anatematiza a quien diga que al pecador arrepentido se le perdona la culpa y la pena eterna de tal manera «que no queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el otro en el purgatorio».6 En la XXII anatematiza a quien diga que la misa no debe ofrecerse «por los vivos y los difuntos».7 En la XXV, ya en el decreto propio, afirma que la Iglesia, «apoyada en las Sagradas Letras y en la antigua tradición de los Padres», ha enseñado que existe el purgatorio y que las almas detenidas allí «son ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el aceptable sacrificio del altar». Y manda a los obispos que esa doctrina «sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada».8 Pío IV la incluye en la profesión de fe tridentina: «Sostengo constantemente que existe el purgatorio».9

Lo definido, por tanto, es esto: hay un estado de purificación después de la muerte para quienes mueren en gracia con deudas pendientes; ese estado es temporal, y las almas que están en él pueden ser ayudadas por la misa, la oración, la limosna y las indulgencias. Es de fe divina y católica. Lo que los concilios no definieron con la misma solemnidad (que haya fuego, dónde está ese lugar, cuánto dura) lo enseñaban el Catecismo Romano y la teología común, como se verá más abajo. Trento mandó además que se callasen en el púlpito las cuestiones «demasiado difíciles y sutiles» y que se prohibiera lo que «sabe a torpe lucro». La doctrina no necesitaba adornos ni negocio.

Las pruebas

La Escritura

El texto principal es el del segundo libro de los Macabeos. Después de una batalla, Judas Macabeo encuentra bajo las túnicas de sus soldados muertos objetos consagrados a los ídolos de Jamnia. Hace una colecta de dos mil dracmas y la envía a Jerusalén para que se ofrezca un sacrificio por el pecado de los caídos. El autor sagrado aprueba lo que hace: Sancta ergo et salubris est cogitatio pro defunctis exorare, ut a peccatis solvantur, «santo y saludable pensamiento es, pues, rogar por los difuntos, para que sean libres de sus pecados» (2 Mac 12, 46). Rezar por los muertos para que se les perdonen los pecados solo tiene sentido si hay muertos a los que todavía se les pueden perdonar. Los del cielo no lo necesitan, y a los del infierno no les sirve.

Cristo dice que el pecado contra el Espíritu Santo no se perdonará «ni en este siglo ni en el venidero» (Mt 12, 32). San Gregorio Magno e Inocencio IV leen ahí lo mismo: si un pecado no se perdona en el siglo venidero, es que otros sí se perdonan.10 San Pablo escribe que el fuego probará la obra de cada uno, y que aquel cuya obra arda «sufrirá daño; él, empero, se salvará; pero como quien pasa por el fuego» (1 Cor 3, 13-15). Es alguien que se salva, y que se salva pasando por el fuego: ni un condenado ni un santo que entra sin más. Queda además la parábola del deudor que no saldrá de la cárcel «hasta que pague el último cuadrante» (Mt 5, 26), que Tertuliano y San Cipriano aplicaron a las penas del otro mundo.11

Los Padres y las piedras

El epitafio que el obispo Abercio de Hierápolis dictó para su tumba hacia el año 200 termina así: «el que entienda esto y piense lo mismo, ruegue por Abercio».12 Tertuliano escribe hacia el 211, entre las costumbres que la Iglesia guarda por tradición sin que estén escritas: «hacemos ofrendas por los difuntos en el aniversario».13 San Cirilo de Jerusalén explica a los recién bautizados, a mediados del siglo IV, que en la anáfora se reza por los difuntos porque «será de gran provecho para las almas» por las que se ofrece la víctima santa.14 San Juan Crisóstomo es más tajante todavía: «no sin razón fue establecido por los apóstoles que en los venerandos y tremendos misterios se haga memoria de los que murieron».15

San Agustín cuenta en las Confesiones lo que le pidió su madre, Santa Mónica, al morir en Ostia: «Enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis».16 El mismo Agustín distingue en La ciudad de Dios entre los que padecen penas temporales solo en esta vida, los que las padecen solo después de la muerte y los que las padecen en las dos, y habla en el Enchiridion de un «fuego purgatorio».17 San Gregorio Magno lo resume en los Diálogos, a finales del siglo VI: «de algunas culpas leves hay que creer que existe, antes del juicio [final], un fuego purgatorio».18

El primero que lo negó fue tenido por hereje

La prueba de que la doctrina era común la da el primero que la negó. Aerio, presbítero de Sebaste en el siglo IV, enseñó que no había que orar ni ofrecer por los muertos. San Epifanio lo refutó y San Agustín lo incluyó en su catálogo de herejes.19 La negación llevaba la marca de herejía mil doscientos años antes de Lutero.

Lo que pesa aquí es la antigüedad y la universalidad de la práctica, no el número de textos. Calvino lo sabía. En la Institución admite que hace mil trescientos años que se ofrecen oraciones por los difuntos, y lo despacha como una costumbre humana sin mandato de Dios.20 El padre Vilariño, en el folleto de 1917 que hemos reeditado, comenta que para Calvino todos los Padres eran hombres que se equivocaron y solo él quedaba libre de error.21

La liturgia y la razón

El Canon romano, que es anterior a San Gregorio, reza cada día en el Memento de difuntos por los que «nos precedieron con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz», y pide para ellos locum refrigerii, lucis et pacis, un lugar de refrigerio, de luz y de paz. Nadie pide eso para quien ya está en el cielo. La Iglesia tiene un día propio, el 2 de noviembre, para la Conmemoración de todos los fieles difuntos. Benedicto XV autorizó en 1915 que, en toda la Iglesia latina, cada sacerdote celebrara ese día tres misas, una de ellas por todos los fieles difuntos: un privilegio que hasta entonces solo tenían España y Portugal.22

La razón confirma lo que la fe enseña. En el cielo «no entrará cosa manchada» (Ap 21, 27). La justicia de Dios pide que se pague la pena debida, y su misericordia no arroja al infierno a quien murió en caridad. Entre la santidad perfecta y la condenación tiene que haber una purificación. La Escritura da el modelo en la vida presente: Natán le dice a David «el Señor ha perdonado tu pecado», y a continuación le anuncia que el hijo nacido del adulterio morirá (2 Sam 12, 13-14). La culpa queda perdonada y la pena temporal sigue en pie. Es la distinción que Trento definió en el canon 30 de la sesión VI.

Las negaciones del Purgatorio caen ante las fuentes

Está en la Escritura, y en la de todos los cánones

Lutero sostuvo que «el purgatorio no puede probarse por Escritura Sagrada que esté en el canon», y León X lo condenó en la bula Exsurge Domine, del 15 de junio de 1520.23 Para sostenerlo, los reformadores sacaron del canon los libros de los Macabeos. Pero esos libros están en el canon que leían los concilios de Hipona (393) y Cartago (397), en el que confirmó Florencia y en el que definió Trento en su sesión IV. Aunque se les negara la inspiración, seguirían siendo testigos históricos de que los judíos rezaban por sus muertos siglo y medio antes de Cristo; y Cristo, que corrigió a los fariseos en tantas cosas, no les corrigió esa. Quedan además Mt 12, 32 y 1 Cor 3, 15, que están en todos los cánones. Y la objeción se vuelve contra quien la hace, porque el principio de que solo vale lo escrito tampoco está escrito.

No quita nada a la Cruz: la aplica

Calvino llamó al Purgatorio «invención mortífera de Satanás» que «hace vana la cruz de Cristo»: si Cristo lo pagó todo, no queda nada que pagar.24 Confunde el precio con su aplicación. La Cruz satisface por todos los pecados del mundo, y aun así nadie se salva sin el bautismo, sin la fe ni sin la penitencia. Que Cristo lo pagara todo no quita que Dios pida al perdonado que expíe, como se lo pidió a David. El Purgatorio no añade nada a la Cruz: la aplica a quien murió en gracia pero con deudas, y los sufragios que lo alivian, la misa ante todo, sacan de ella su fuerza. Negarlo es lo que lleva a la justificación sin penitencia, y por eso Trento lo dejó escrito en el canon de la justificación.

El buen ladrón no prueba que nadie se purifique

Se citan las palabras de Cristo al buen ladrón, «hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43), y las de San Pablo, «preferimos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor» (2 Cor 5, 8), como prueba de que el alma del justo va directamente al cielo. La Iglesia no ha dicho nunca que todos pasen por el Purgatorio. Benedictus Deus define que las almas en las que no había nada que purgar entran inmediatamente en la visión de Dios. Una promesa hecha a una persona concreta, en la Cruz y por boca de Cristo, no prueba nada sobre los demás. Y lo de San Pablo es un deseo, no una regla sobre el destino de cada alma.

No nació en el siglo XII: nació entonces la palabra

El medievalista Jacques Le Goff sostuvo en El nacimiento del Purgatorio (1981) que el sustantivo purgatorium aparece hacia 1170-1180, y con él, la creencia en un tercer lugar.25 El dato del nombre es exacto. Lo que no se sigue es que la cosa naciera con el nombre. Hay ofrendas por los difuntos en Tertuliano hacia el 211, un fuego purgatorio en San Agustín y en San Gregorio, y Aerio aparece como hereje en el siglo IV por negar los sufragios. Inocencio IV reconoce en 1254 que los griegos creían en la purificación aunque no la llamaran por ese nombre. San Pío X calificó de imprudencia poner en duda que los primeros siglos conocieran el dogma del purgatorio.26 Le Goff confunde la historia de una palabra con la historia de una fe: es el método historicista, que hace nacer la doctrina el día que nace el sustantivo.

Los griegos rezan por sus difuntos

Los griegos separados no niegan el estado intermedio: rezan por sus difuntos en la liturgia. Lo que rechazan es el fuego y la idea de una pena que se satisface. Marco de Éfeso defendió esa postura en Florencia y fue el único obispo griego que no firmó la unión. El decreto no les impuso la palabra fuego: habló de «penas purgatorias» y les exigió lo esencial, la purificación y los sufragios.27 Los griegos firmaron, y luego la mayoría se desdijo. Su posición es la de quien practica el sufragio sin aceptar la doctrina que le da sentido, porque, si no hay pena que satisfacer, no se ve qué alivia la oración.

El abuso no anula la doctrina

Que hubo abusos con las indulgencias es cierto, y fue Trento quien los cortó: mandó prohibir lo que «sabe a torpe lucro» como «escándalos y piedras de tropiezo». El abuso de una cosa no la anula. Si la anulara, habría que suprimir también los sacramentos, que más de una vez se han vendido.

Cómo lo ha vaciado la secta conciliar

Sin lugar, sin fuego y sin tiempo

La secta conciliar no ha negado el Purgatorio de frente, ni le hacía falta. Le ha quitado una a una las notas que lo hacían reconocible.

El lugar. Wojtyła, en la audiencia del 4 de agosto de 1999: «Este término no indica un lugar, sino una condición de vida».28 El Catecismo Romano de San Pío V enseña, en cambio, que bajo el nombre de infiernos hay varios lugares, y que uno de ellos es el «fuego del purgatorio, con el qual son atormentadas las ánimas de los justos por tiempo determinado».29 Clemente VI habla de un purgatorio al que las almas «descienden». Wojtyła no matiza esa enseñanza: dice lo contrario.

El fuego. Ratzinger, en la encíclica Spe salvi (30 de noviembre de 2007): «Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo».30 Frente a esos teólogos recientes están San Agustín, San Gregorio Magno, el Catecismo Romano y la pregunta de Clemente VI a los armenios: si creen que las almas «son atormentadas con fuego temporalmente». Ratzinger se queda con los recientes, y al convertir el fuego en una metáfora del encuentro con Cristo hace desaparecer la pena de sentido.

El tiempo. En el mismo número escribe que no se puede calcular «con las medidas cronométricas de este mundo la “duración” de este arder que transforma». La Iglesia había enseñado que la pena es temporal, que dura «por tiempo determinado», y sobre esa duración se apoyaba toda la práctica de los sufragios: los treintanarios, las misas gregorianas, las indulgencias de tantos días. Si la duración no se puede medir, las misas por un difunto tienen poco a lo que aplicarse.

Todos salvados, nadie por quien rezar

El golpe más hondo no está en la definición del Purgatorio, sino en lo que la rodea. El 1 de noviembre de 1993, en el cementerio romano del Campo Verano, Wojtyła dijo que el sacrificio de Cristo abraza a todos los difuntos del orbe, «dondequiera se encuentren depositados sus restos», y aplicó a todos, «vengan de donde vengan», el texto del Apocalipsis sobre los que «han lavado sus vestiduras» en la sangre del Cordero. Al año siguiente escribió que la salvación es «un hecho consumado».31 Si todos están salvados, el infierno está vacío y el Purgatorio se queda en una antesala breve y segura. El sufragio deja de ser una obra de misericordia urgente y pasa a ser un recuerdo afectuoso. Tres décadas después, una parroquia de Bermeo lo pone por escrito en un cartel junto al retablo de las Ánimas: aquella talla «corresponde a una manera de pensar de “tiempos pasados”», y el visitante debe confiar en que todos sus seres queridos «viven felices junto a Dios».

Los funerales sin juicio

La liturgia ha seguido el mismo camino. Bugnini, que dirigió la reforma de Montini, cuenta en sus memorias que de las exequias se quitaron textos «familiares e incluso queridos» como el Libera me, Domine y el Dies irae, y «otros que insistían demasiado en el juicio, el temor y la desesperación».32 El Dies irae salió de la misa de difuntos y quedó como himno opcional en la Liturgia de las Horas de la última semana del año litúrgico.33 Lo que se suprimió es justamente lo que mantenía la doctrina a la vista: que hay un juicio, que el difunto puede necesitar perdón y que la Iglesia lo pide por él. El resultado lo conoce cualquiera que vaya a un funeral en una parroquia de la secta: el difunto «ya está en el cielo», nadie habla de purificación y las misas por los difuntos han ido desapareciendo.

Rezar por los muertos es confesar la fe

La existencia del Purgatorio y el valor de los sufragios son de fe. Lo dicen la Escritura, los Padres desde Abercio y Tertuliano, la liturgia romana y tres concilios ecuménicos. Ninguna de las negaciones resiste el cotejo. La protestante saca libros del canon y se apoya en un principio que la Escritura no contiene. La griega quiere conservar el sufragio sin admitir la pena. La historicista confunde la fecha de una palabra con la fecha de una fe. Quien negó los sufragios, Aerio, quedó catalogado como hereje desde el siglo IV.

La novedad del siglo XX ha sido otra: la religión nacida del Vaticano II ha conservado la palabra y le ha quitado el lugar, el fuego y el tiempo. A eso ha sumado la idea de que todos se salvan y unos funerales sin juicio. El resultado práctico es el que buscaba Lutero: ya no se reza por los muertos. Rezar por ellos es una obra de misericordia y una confesión de fe.

Léalo también en PDF: El purgatorio y sus lecciones, del P. Remigio Vilariño (1917). Qué es el Purgatorio, qué se padece en él y qué podemos hacer por las ánimas, en un folleto que se lee de una sentada. Descargar el PDF · Presentación del libro

Notas

De la editorial
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