viernes, 30 de octubre de 2026 · Viernes después de Nuestro Señor Jesucristo, Rey Abstinencia

Asís, cuarenta años después: la paz sin Cristo

El mensaje de Prevost al encuentro de Sant’Egidio, frase a frase.

El 27 de octubre de 2026 se cumplían cuarenta años de la Jornada de oración por la paz que Wojtyła convocó en Asís en 1986. La Comunidad de Sant’Egidio reunió allí, del 25 al 27, a 384 representantes de 53 países bajo el lema «Paz desarmada y desarmante». Los cristianos rezaron en la basílica inferior de San Francisco; judíos, musulmanes, hindúes, budistas y los demás, cada uno en su espacio y según su rito, y al final todos se reunieron en la plaza ante la basílica.1 En la procesión de la oración cristiana iba la «arzobispa» anglicana de Canterbury, Sarah Mullally, junto a los cardenales conciliares Koch y Zuppi.2

Prevost tenía que presidir la jornada final. Convaleciente de una operación de pulmón, mandó un videomensaje.3 Son 813 palabras. La palabra «paz» sale diecisiete veces. Cristo, ninguna: ni Jesús, ni Señor, ni Evangelio, ni cruz, ni pecado, ni salvación, ni conversión. La única frase de la Escritura es una bienaventuranza, citada sin decir quién la pronunció. Gloria.tv lo resumió en dos palabras: «sin Cristo».4

Lo que dice el mensaje

El texto se apoya en tres autores: Wojtyła, Bergoglio y el propio Prevost, que se cita a sí mismo cuatro veces con Magnifica humanitas. Añade el Catecismo de 1992. No hay un solo texto anterior a 1958. Sus tesis son estas:

  • Asís 1986 mostró «el vínculo intrínseco que une una auténtica actitud religiosa con la viva sensibilidad por la paz», y el camino recorrido desde entonces ha sido «largo y fiel» y «muy fructífero».
  • El «espíritu de Asís» es «el rechazo a la legitimación religiosa de la guerra, un espíritu de mediación y diálogo, una experiencia contemplativa».
  • «No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!»
  • El camino de Asís es «ante todo, el camino de la oración», y «¡nunca se reza en vano!».
  • «La oración es una escuela de diálogo con Dios, con las personas y con todas las criaturas.»
  • Ante la tumba de san Francisco, con los líderes de todas las religiones, «¡vivir como hermanos y hermanas ya es posible!».
  • La paz debe ser «el ideal común de los pueblos, la estrella que guía todas nuestras decisiones, el criterio que desenmascara la injusticia».5

Primera desviación: la oración de los infieles llega a Dios

Prevost habla a los líderes de religiones que, mientras él hablaba, rezaban por separado a sus dioses, y los budistas a ninguno. A todos les dice que el camino común es la oración y que «nunca se reza en vano». Y concluye: «¡que nuestras oraciones obtengan de Dios la paz!». Ese «nuestras» incluye la oración del imán, la del rabino y la del monje budista.

La Escritura dice lo contrario. «Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6), y lo que se pide al Padre se pide «en mi nombre» (Jn 16,23). «Vosotros adoráis lo que no conocéis» (Jn 4,22). «Todos los dioses de las gentes son demonios» (Sal 95,5, Vulgata), y «lo que sacrifican los gentiles, a los demonios lo sacrifican y no a Dios» (1 Cor 10,20). Trento enseña que todo beneficio se obtiene de Dios «por su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que es el único Redentor y Salvador nuestro» (Dz 984). La oración dirigida a un ídolo no es una oración más débil: es un acto contra el primer mandamiento.

Que cada religión rece en su sitio no lo arregla. Los organizadores presentaron la separación como garantía contra el sincretismo,6 pero el sincretismo no está en el lugar, sino en la tesis. Pío XI condenó en 1928 los congresos que invitan «a los infieles de todo género» porque están fundados en «la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables». Quien los favorece, añade, «se aparta totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium animos, 3). El Código de 1917 prohíbe a los fieles tomar parte activa en el culto de los acatólicos (c. 1258). Prevost no solo toma parte: declara ese culto camino de paz y asegura que no es en vano.

La oración como «diálogo con todas las criaturas»

La definición es nueva. Para la Iglesia, la oración es «elevación del entendimiento a Dios» y petición «a Dios» de lo conveniente (Santo Tomás, II-II, q. 83, a. 1, ad 2, con San Juan Damasceno). Se reza a los santos solo como intercesores ante Dios por Cristo. La oración no es un diálogo con las personas, y menos con «todas las criaturas»: eso suena a Laudato si’, no al Padrenuestro. Al convertir la oración en «diálogo» horizontal, se puede predicar a todas las religiones a la vez sin preguntar a quién rezan.

Segunda desviación: «no existe ninguna guerra santa»

Prevost ya lo dijo en el Coliseo, el 28 de octubre de 2025, en la clausura del encuentro de Sant’Egidio del 60.º aniversario de Nostra Aetate.7 En Asís lo repite con la frase de su encíclica: «luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma» (Magnifica humanitas, 223).

La Iglesia enseñó otra cosa durante siglos:

  • Clermont (1095): a quien marchara a Jerusalén «por sola devoción, para liberar a la Iglesia de Dios», el viaje se le computaba como penitencia completa (can. 2).8
  • Letrán IV (1215), concilio ecuménico, cerró sus constituciones con el decreto de cruzada Ad liberandam, que otorga indulgencia plenaria a quienes tomen la cruz.
  • León X, en la bula Exsurge Domine (1520), condenó entre los errores de Lutero esta proposición: «Batallar contra los turcos es contrariar la voluntad de Dios, que se sirve de ellos para visitar nuestra iniquidad» (prop. 34, Dz 774).
  • Santo Tomás: los fieles de Cristo hacen la guerra a los infieles, no para obligarles a creer, sino para que no impidan la fe de Cristo (II-II, q. 10, a. 8).
  • San Pío V atribuyó la victoria de Lepanto (1571) a la Virgen, y la fiesta del Rosario del 7 de octubre nació para conmemorarla.

La guerra justa por la fe no es el terrorismo, y la Iglesia nunca confundió una cosa con la otra. Prevost sí las confunde. Pone en el mismo saco la cruzada, que los concilios premiaban con indulgencias, y la bomba del yihadista, y condena las dos «en nombre de la religión», un genérico que vale para el islam igual que para la Iglesia. Esa es la tesis condenada en Mortalium animos: que hay un género «religión», con muchas especies más o menos buenas, cuya esencia es la paz.

Tercera desviación: la paz sin el Príncipe de la paz

Para el mensaje, la paz es «la estrella que guía todas nuestras decisiones» y «el criterio que desenmascara la injusticia». Es decir, ocupa el lugar que corresponde a Cristo y a la verdad. Y el Dios al que se dirige es un «Dios, dador de paz» sin Hijo, el mismo que pueden invocar el musulmán y el judío.

La Escritura no conoce esa paz. «Él es nuestra paz» (Ef 2,14). Cristo pacificó todas las cosas «por la sangre de su cruz» (Col 1,20). «Mi paz os doy; no como la da el mundo» (Jn 14,27). «No hay paz para los impíos» (Is 48,22). Y el mismo Cristo advierte: «No he venido a traer paz, sino espada» (Mt 10,34). Pío XI resumió la doctrina en un lema, «la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Ubi arcano, 1922), y en Quas primas (1925) enseñó que no hay paz entre los pueblos mientras individuos y naciones nieguen el reinado de Cristo.

Prevost cierra con Mt 5,9: «Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios». Pero se es hijo de Dios por el bautismo y la fe, «a todos los que le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Arrancada de Cristo, la bienaventuranza se convierte en lo contrario: hijos de Dios por pacifistas, no por creyentes.

Cuarta desviación: la fraternidad sin bautismo

«¡Vivir como hermanos y hermanas ya es posible!», dice a los líderes de todas las religiones reunidos ante la tumba de san Francisco. Somos hermanos de los que tienen el mismo Padre, y solo tienen a Dios por Padre los que han renacido del agua y del Espíritu: «todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Gál 3,26). San Pío X condenó en 1910, en Notre charge apostolique, la fraternidad universal construida al margen de la fe de Cristo, que era el programa de Le Sillon. Y san Francisco, al que Prevost convierte en patrono de este diálogo, cruzó a Egipto en 1219 para predicar a Cristo al sultán, no para rezar en espacios separados. Por eso se ofreció a entrar en el fuego.9

No empieza en Prevost

Nada de esto es invención del mensaje. Nostra Aetate (1965) dice que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero» (n. 2), y funda la fraternidad universal en que «no podemos invocar a Dios, Padre de todos» si no nos conducimos fraternalmente con todos (n. 5). Wojtyła lo escenificó en 1986, y el 22 de diciembre de ese año lo llamó ante la Curia «una catequesis inteligible para todos» de lo que el Concilio había promovido.10 Bergoglio lo firmó en Abu Dabi en 2019,11 y Prevost lo puso en su encíclica: el «espíritu de Asís», promovido por Wojtyła y continuado por Bergoglio «en el diálogo con el Gran Imán de al-Azhar» (Magnifica humanitas, 223).

Prevost le da las gracias a ese camino por haber sido «largo y fiel». Es fiel, en efecto, pero a Nostra Aetate, no a Cristo. Lleva cuarenta años en Asís sin nombrarlo, y este mensaje tampoco lo nombra.

Imagen: Giotto, San Francisco ante el sultán (la prueba del fuego), capilla Bardi, Santa Croce (Florencia), h. 1325. Dominio público. Sobre la escena, nota 11.

Notas

De la editorial
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