León XIV llama «diálogo» a siete siglos de yihad, esclavitud y sangre cristiana

El papa americano reescribe ante las autoridades españolas la conquista islámica de la Península como experiencia de convivencia, silenciando el mayor mercado de esclavos europeos de la historia medieval.

El 6 de junio de 2026, en el Palacio Real de Madrid, el hombre que ocupa la sede de Pedro pronunció ante el cuerpo diplomático y las autoridades civiles españolas un discurso en el que retrató la presencia islámica en la Península Ibérica —711 a 1492— como un espacio de «contacto, conversación y diálogo sobre el significado de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos». Las palabras de Robert Prevost, León XIV, no son un desliz: son el programa modernista aplicado a la historia de España, y los españoles merecen saberlo.

El Papa citó la Escuela de Traductores de Toledo y las ciudades de Córdoba y Toledo como pruebas de aquella supuesta convivencia ilustrada. Lo que omitió es cuánto costó esa «convivencia» en carne, en cadenas y en sangre cristiana. El geógrafo árabe Ibn Ḥawqal, testigo del siglo X, dejó escrito sin pudor alguno qué se exportaba desde Al-Ándalus a los mercados de Oriente: «Entre las más famosas de sus mercancías están los esclavos; hermosas esclavas (jawāri) y esclavos (ghilmān) que son capturados en la tierra de los francos (Ifranja) y Galicia (Jalikiyya, en el norte de España) y también eunucos ṣaqāliba. Todos los eunucos ṣaqāliba sobre la tierra son importados de Al-Ándalus. Porque cuando se acercan al territorio de Al-Ándalus, se castran.» No es poesía de época: es el testimonio directo de la economía de la ocupación. Los campesinos y aldeanos del norte de España, los mismos cuyas tierras León XIV recorre hoy en visita pastoral, eran la mercancía. Estudios históricos documentados recogen que los mercaderes esclavistas del Mediterráneo musulmán abastecieron durante siglos sus mercados con captivos europeos arrebatados mediante razzias sistemáticas sobre territorios cristianos, desde Galicia hasta la Provenza. Se calcula que entre los siglos VIII y XVII más de un millón de europeos fueron reducidos a esclavitud por el mundo islámico, cifra comparable —y en algunas etapas superior— a la trata transatlántica que el mundo occidental lleva décadas expiando. La Reconquista no fue una guerra de agresión, sino la respuesta de siete siglos de una civilización cristiana que no aceptó desaparecer.

Es verdad que existieron traductores, filósofos y eruditos que cruzaron las fronteras del saber. La historia no se reduce a un único color. Pero invocar la Escuela de Traductores ante el cuerpo diplomático de un país para sugerir que aquella ocupación fue sustancialmente un experimento multicultural es falsificar el pasado en beneficio del presente. Es el mismo método que usa la ideología dominante cuando habla de «migración» en lugar de invasión, de «reencuentro» en lugar de conquista. El discurso de León XIV no es historiografía: es política ecuménica disfrazada de erudición.

Que un obispo de Roma —o quien hoy ocupe ese trono— venga a España y no pronuncie una sola palabra sobre los mártires de la ocupación, sobre los mozárabes perseguidos, sobre los niños castrados para los harenes de Córdoba, ni sobre los veintidós siglos de fe que esta tierra ha defendido con la espada y la oración, dice todo sobre la naturaleza de la Roma postconciliar. La Reconquista culminó el 2 de enero de 1492: fue la mayor gesta de la Cristiandad occidental. Llamarla punto de partida para el «diálogo» es una afrenta a los que murieron en Las Navas de Tolosa, en Covadonga, en cada aldea quemada y cada iglesia profanada convertida en mezquita.

Que los católicos que conservan la fe no se dejen engañar por este lavado de historia. Deus vult. La verdad no necesita ser «dialogada»; necesita ser proclamada.

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