Diálogo de Piedrasanta. Este diálogo transcurre en la comunidad imaginaria de Piedrasanta — escenario de la novela del mismo título. Más sobre la novela y los personajes →
Sobre el Concilio Vaticano II. Segunda parte del diálogo. Primera parte: 1. La nueva fe · El mismo tema, con todas las fuentes y citas, en el informe sistemático.
2. La secta anticatólica
[La Casa del Peregrino, un domingo de noviembre por la tarde. Ha llovido toda la mañana y las piedras del camino brillan bajo la luz pálida del porche. Dentro huele a leña mojada y a sidra caliente. La chimenea arde con fuerza; Miguel ha echado un tronco grande de roble que tardará horas en consumirse. Están todos otra vez: Elena con los niños mayores en el banco largo, Blanca junto a Elena — el vientre ya se le nota bajo el jersey de lana —, Andrés y Lucía Vidal con Daniel dormido en el regazo de Lucía, Tomás Ortega en su sitio contra la pared, Pedro y Marta Sánchez junto a la ventana — Marta con la costura sobre las rodillas —, y Asunción en el banco del fondo, con las manos cruzadas sobre el regazo. Los niños pequeños juegan con tronquitos cerca del fuego. Esteban ha vuelto — ha asistido a misa en Sombraña esta mañana y ha subido otra vez en el Patrol de Sebas; dormirá arriba como la vez anterior. Ha llegado hace diez minutos, empapado. Se ha secado las manos junto al fuego y se ha sentado frente a Ricardo. No ha traído el maletín esta vez. Solo un cuaderno pequeño en el bolsillo del abrigo.]
ESTEBAN: He pensado mucho en lo que hablamos. Todas las noches. No he podido dejar de darle vueltas. Me dijiste que si los textos del Concilio contradicen definiciones ex cathedra, el Vaticano II no es un concilio ecuménico de la Iglesia. Y me dejaste una pregunta: «¿Y entonces qué es?».
RICARDO: ¿Has encontrado respuesta?
ESTEBAN: No. He buscado en Ratzinger, en De Lubac, en Congar. No he encontrado respuesta. Vengo a que me la des tú.
[Ricardo asintió despacio. La lluvia golpeaba contra los cristales.]
RICARDO: Para responder a esa pregunta tenemos que mirar tres cosas. Primero: si la secta del Vaticano II tiene la fe de la Iglesia Católica. Segundo: si tiene los sacramentos de la Iglesia Católica. Tercero: si tiene la sucesión apostólica de la Iglesia Católica. Si le falta alguna de las tres, no es la Iglesia Católica. Si le faltan las tres, es otra cosa.
I. No tiene la fe católica
ESTEBAN: La fe ya la discutimos la vez pasada.
RICARDO: Sí. Vimos que el Vaticano II enseña que las sectas heréticas son medios de salvación, que los musulmanes adoran al mismo Dios, que los judíos no necesitan convertirse, que el budismo conduce a la iluminación más alta, que todo hombre está unido a Cristo por la Encarnación, y que el hombre es el centro y corona de todas las cosas. Y vimos que cada una de esas proposiciones contradice una definición ex cathedra. El resultado es claro: la secta del Vaticano II no tiene la fe de la Iglesia Católica. León XIII, Satis Cognitum 9: quien rechaza un solo punto de doctrina «en verdad no tiene la fe católica».1 No un punto: la secta del Vaticano II rechaza docenas.
ESTEBAN: (sacando el cuaderno) Concedido, al menos como hipótesis de trabajo. Pero quiero volver a un punto del diálogo anterior que no tuve tiempo de desarrollar. La libertad religiosa de Dignitatis Humanae. Tú dices que contradice el Syllabus. Pero Dignitatis Humanae habla de la libertad civil, no de la libertad doctrinal. No dice que todas las religiones sean verdaderas; dice que el Estado no debe coaccionar en materia religiosa. Es una cuestión de prudencia política, no de dogma.
[Ricardo se sirvió un vaso de agua. Bebió un trago largo.]
RICARDO: Lee la proposición 78 del Syllabus, Esteban. Condenada por Pío IX: «En la era actual, ya no es conveniente que la religión católica sea la única religión del Estado, con exclusión de todos los demás credos».2 Eso es exactamente lo que Dignitatis Humanae 2 afirma. Y no es una cuestión doctrinal abstracta: es precisamente la libertad civil de culto público. El Syllabus condena la proposición de que el Estado debe tolerar civilmente los cultos falsos. Dignitatis Humanae dice que el Estado debe tolerarlos. La distinción «civil/doctrinal» que tú haces no existe en el Syllabus. Pío IX condena la tolerancia civil, no solo la tolerancia doctrinal.
ESTEBAN: Pero el contexto histórico…
RICARDO: Y Pío IX no es el único. Quanta Cura, del mismo Pío IX, 1864, condena «por Nuestra autoridad apostólica» — fíjate en la fórmula — la proposición de que «la libertad de conciencia y de culto es un derecho propio de cada hombre, que debe ser proclamado por ley en toda sociedad bien constituida».3 Y Dignitatis Humanae 2 dice textualmente: «La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa… El derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana».4 Misma proposición. Pío IX la condena «por Nuestra autoridad apostólica». Pablo VI la aprueba «por la potestad apostólica». ¿Quién tiene razón?
ESTEBAN: (en voz baja) Ratzinger intentó reconciliarlas…
RICARDO: Ratzinger no las reconcilió. Las declaró irreconciliables. En Principles of Catholic Theology, 1982, escribió textualmente: «Dignitatis Humanae representa una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-Syllabus». Y añadió: «No se puede volver al Syllabus».5 Es el propio artífice de tu «hermenéutica de la continuidad» quien admite la ruptura. No la reconcilia: la justifica. Dice que hacía falta romper con Pío IX. ¿Y tú vienes a decirme que hay continuidad?
[Esteban cerró el cuaderno. Marta levantó la vista de la costura un instante y volvió a su labor.]
RICARDO: Primera nota: la secta del Vaticano II no tiene la fe de la Iglesia Católica. Pasemos a la segunda: los sacramentos.
II. No tiene los sacramentos
RICARDO: Sacrosanctum Concilium — la constitución sobre la liturgia — es el primer documento aprobado por el Concilio. Es también el más operativo: no se limita a enseñar; ordena destruir. Escucha lo que dice. Artículo 21: «Los elementos sujetos a cambio deben cambiarse con el paso del tiempo».6 Artículo 34: «Los ritos deben irradiar una rica sencillez».7 Artículo 40: puede surgir «una necesidad apremiante de una adaptación más radical de la liturgia».8 Artículo 14: «La participación plena y activa de todo el pueblo es el fin que hay que considerar antes que nada».9 ¿Lo oyes? La liturgia debe simplificarse, adaptarse, cambiar. Y el criterio es la «participación activa» del pueblo: la eficacia de la Misa depende del sujeto, no del sacramento.
[El tronco de roble crepitó. Tomás Ortega se descruzó de brazos y se inclinó hacia delante.]
ESTEBAN: Pero el Concilio no abolió la Misa tridentina. Solo pidió una reforma.
RICARDO: San Pío V, Quo Primum, 1570: «Será ilegal en adelante y para siempre cantar o leer Misas de acuerdo con cualquier fórmula que no sea este Misal».10 En adelante y para siempre. Ningún Papa puede revocar lo que otro Papa definió a perpetuidad. Pero además, el Concilio de Trento, sesión 7, canon 13, dice con anatema: «Si alguno dice que los ritos aprobados y utilizados en la Iglesia Católica en la administración solemne de los sacramentos pueden ser desdeñados u omitidos… o cambiados por otros nuevos por cualquier pastor de la Iglesia: sea anatema».11 ¿Lo oyes? Anatema contra quien cambie los ritos aprobados. Y Sacrosanctum Concilium ordena cambiarlos. ¿Quién tiene razón? ¿Trento o el Vaticano II?
ESTEBAN: Trento habla de los ritos esenciales, de la materia y la forma…
RICARDO: Trento dice «los ritos aprobados y utilizados en la Iglesia Católica». No dice «la materia y la forma»: dice «los ritos». Todo el rito. Y Pío VI, en Auctorem Fidei, condenó como «temeraria, ofensiva para los oídos piadosos, insultante para la Iglesia» la mera proposición de simplificar los ritos.12 Lo que Sacrosanctum Concilium ordena, Auctorem Fidei lo condena. Pero hay algo peor.
ESTEBAN: ¿Peor?
RICARDO: Seis liturgistas protestantes participaron activamente en la elaboración del nuevo Misal. Raymond George, metodista. Ronald Jasper, anglicano. Massey Shepherd, episcopaliano. Künneth y Brand, luteranos. Max Thurian, calvinista de Taizé. Pablo VI los recibió en audiencia el 10 de marzo de 1970 y les agradeció su trabajo: «Os habéis esforzado particularmente en darle más espacio a la Palabra de Dios, a fin de que la lex orandi concuerde mejor con la lex credendi».13 El Santo Sacrificio de la Misa fue reformado con la ayuda de herejes. Dime, Esteban: ¿cuántos protestantes participaron en la redacción del Misal de San Pío V?
[Silencio. La lluvia arreció. Pedro se levantó y cerró mejor la ventana.]
ESTEBAN: Ninguno, evidentemente.
RICARDO: Y el resultado fue un rito que Trento, sesión 7, canon 8, declara que confiere la gracia ex opere operato — por la obra realizada, no por la participación subjetiva de los fieles.14 El nuevo rito, en cambio, depende de la «participación activa» del pueblo. Es una inversión completa del principio sacramental.
[Marta levantó la vista de la costura. Blanca se pasó la mano por el vientre sin darse cuenta.]
RICARDO: Pero no solo destruyeron la Misa. Destruyeron el sacerdocio. En 1968, Pablo VI promulgó la constitución apostólica Pontificalis Romani, que cambió el rito de ordenación sacerdotal.15 Cambió la forma esencial: las palabras que hacen válida la ordenación. ¿Sabes por qué eso es grave?
ESTEBAN: ¿Por qué?
RICARDO: Porque León XIII, en la bula Apostolicae Curae de 1896, declaró las ordenaciones anglicanas «absolutamente nulas y completamente vanas».16 ¿Por qué eran nulas? Porque los anglicanos habían cambiado la forma del rito de ordenación. Habían eliminado toda referencia explícita al sacerdocio sacrificial. Y León XIII definió que un cambio en la forma esencial invalida la ordenación. Ahora bien: el nuevo Pontificalis Romani de Pablo VI hizo lo mismo. Cambió la forma. Si la forma anglicana era inválida por haber sido alterada, la nueva forma de Pablo VI es igualmente dudosa. Y si las ordenaciones son dudosas, los sacerdotes son dudosos. Y si los sacerdotes son dudosos, las Misas que celebran son dudosas. Y si las Misas son dudosas, los sacramentos son dudosos. La cadena es completa: Sacrosanctum Concilium destruyó la liturgia. El Pontificalis Romani destruyó el sacerdocio. Sin sacerdocio válido, no hay Misa válida. Sin Misa válida, no hay sacramentos.
[Pedro Sánchez, desde la ventana, se pasó la mano por la cara. Nadie habló durante un momento.]
RICARDO: Segunda nota: la secta del Vaticano II no tiene los sacramentos de la Iglesia Católica. Pasemos a la tercera: la sucesión apostólica.
III. No tiene la sucesión apostólica
ESTEBAN: (tras una pausa larga) Todo lo que dices tiene una lógica interna. Pero choca contra un muro: la infalibilidad. Si Pablo VI fue Papa legítimo, los documentos del Concilio fueron promulgados por la autoridad suprema de la Iglesia. Y la Iglesia no puede enseñar herejía.
[Ricardo se inclinó hacia delante. Las llamas del roble ardían lentas y profundas.]
RICARDO: Ahora llegamos al centro. Escucha con cuidado. Cada documento del Vaticano II empieza con la fórmula: «Paulo, obispo, siervo de los siervos de Dios, juntamente con los Padres del Sagrado Concilio». Cada documento termina con la fórmula: «Por la potestad apostólica que nos ha sido conferida por Cristo… aprobamos, decretamos y establecemos». Y el breve In Spiritu Sancto, del 8 de diciembre de 1965, ordena que todo sea «religiosamente observado por todos los fieles», con cláusula de que los decretos «permanezcan y continúen firmes, válidos y eficaces».17 Son exactamente las mismas fórmulas que usaron los decretos de Florencia, Letrán V y Trento. Si Pablo VI fue Papa, los documentos del Vaticano II son infalibles.18
ESTEBAN: Pero contienen herejías.
RICARDO: Exacto. Y ahí está el silogismo. Si Pablo VI fue Papa legítimo, los documentos son infalibles. Pero los documentos contienen herejías. Luego Pablo VI no fue Papa legítimo.
ESTEBAN: (alzando la voz) ¡Eso es sedevacantismo!
RICARDO: Eso es lógica, Esteban. No puedes escapar del silogismo. O los documentos no contienen herejías — y vimos que sí las contienen —, o Pablo VI no fue Papa. No hay tercera opción. La «hermenéutica de la continuidad» es un intento de forzar la primera premisa; pero ya vimos que no se puede reconciliar lo irreconciliable. El propio Ratzinger lo admitió.
[La lluvia amainó un poco. Se oyó un perro ladrar en la distancia.]
RICARDO: Y mira la comparación textual, Esteban, porque es aplastante. Pío IX, Quanta Cura, 8 de diciembre de 1864, condena «por Nuestra autoridad apostólica» la libertad religiosa como derecho civil. Pablo VI, Dignitatis Humanae, 7 de diciembre de 1965, aprueba «por la potestad apostólica» la libertad religiosa como derecho civil. Misma fórmula de autoridad suprema. Contenido exactamente contradictorio. Ambas no pueden ser infalibles. Luego uno de los dos no fue Papa.19
ESTEBAN: (con esfuerzo) Ricardo… rechazar un concilio ecuménico es cisma. Es separarse de la Iglesia. Si rechazas el Vaticano II, te pones fuera de la Iglesia.
RICARDO: Te repito lo que te dije la vez anterior. Yo no rechazo que un concilio ecuménico pueda ser infalible. Al contrario: lo afirmo. Y precisamente porque lo afirmo, sostengo que un documento que contiene herejías contra definiciones ex cathedra no es un documento de un concilio ecuménico. No soy yo quien se pone fuera de la Iglesia al rechazar las herejías: es quien las enseña.
[Esteban miró al fuego. El tronco de roble se partió por la mitad con un crujido largo.]
RICARDO: Paulo IV, constitución apostólica Cum ex apostolatus officio, 1559: «Si algún obispo, arzobispo, patriarca, primado, cardenal, o incluso Romano Pontífice, antes de su promoción o elevación, o después de ella, se hubiere desviado de la fe católica o caído en alguna herejía… la promoción o elevación es nula, inválida y sin efecto».20 San Roberto Belarmino: «Un Papa manifiestamente hereje cesa por sí mismo de ser Papa y cabeza, así como cesa por sí mismo de ser cristiano y miembro del cuerpo de la Iglesia».21 San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia: «Si incluso el Papa, como persona privada, cae en herejía, cesa en el momento del Pontificado».22 Canon 188 §4 del Código de Derecho Canónico de 1917: «Si el clérigo defecciona públicamente de la Fe Católica» — pérdida automática del oficio.23
ESTEBAN: (en voz muy baja) Son actos personales…
RICARDO: Son actos del que dice ser Vicario de Cristo en la Tierra. Y no son actos aislados. Son la aplicación sistemática de los documentos del Concilio. Juan Pablo II besó el Corán ante las cámaras del mundo — un libro que dice: «Quienes dicen que Alá es uno en trinidad han caído ciertamente en la incredulidad».24 En Asís, en 1986, reunió a 160 religiones para «orar juntas por la paz». En la basílica de San Francisco se retiró el Santísimo Sacramento del altar y se colocó una estatuilla de Buda.25 Ratzinger fue a la Mezquita Azul de Estambul y se detuvo en oración junto al imán, mirando hacia La Meca.26 Francisco firmó en Abu Dabi que «la diversidad de religiones es una sabia voluntad divina» — no que Dios la tolera: que Dios la quiere.27 Y en Singapur dijo textualmente: «Todas las religiones son caminos que conducen a Dios».28 E introdujo el ídolo amazónico Pachamama en los jardines del Vaticano.29 Y en Lund, con los luteranos, dio «gracias por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma» — acción de gracias por la herejía de Lutero.30 Los actos no traicionaron el Concilio: lo aplicaron.
[Marta dobló la costura sobre sus rodillas y escuchó. Tomás Ortega miraba al suelo con los brazos cruzados.]
RICARDO: Y fíjate en lo que esto significa para la sucesión apostólica. Si los ocupantes de la sede de Pedro no son Papas legítimos — porque son herejes manifiestos —, entonces los obispos que nombraron no fueron nombrados por una autoridad legítima. Y si esos obispos no son legítimos, las ordenaciones que realizaron son dudosas. Esto cierra el círculo con lo que acabamos de ver sobre los sacramentos: por un lado, el nuevo rito de ordenación es dudoso en su forma; por otro, los que ordenan carecen de jurisdicción legítima. La cadena de sucesión apostólica está rota por los dos extremos.
ESTEBAN: ¿Y la indefectibilidad? Las puertas del infierno no prevalecerán…
RICARDO: Contra la Iglesia. No contra los hombres que ocupan la sede. La Iglesia es indefectible; sus miembros no. Un papa hereje no destruye la Iglesia: se destruye a sí mismo. La Iglesia permanece. Como permaneció cuando hubo tres papas simultáneos en el Cisma de Occidente. Como permaneció en cada sede vacante. El teólogo Dorsch lo explica: «La Iglesia, durante un breve período… o incluso durante muchos años, permanece privada de su cabeza. Su forma monárquica de gobierno permanece, aunque de manera diferente».31
IV. ¿Cómo fue posible? La infiltración
[Silencio largo. Se oía solo el crepitar del fuego. Andrés Vidal se acercó al fuego con las manos extendidas.]
ESTEBAN: Pero si todo esto es verdad… ¿cómo es posible? ¿Cómo pudo la Iglesia entera apostatar? ¿Que la inmensa mayoría de los obispos del mundo aceptaran un concilio herético? Eso no pasa de la noche a la mañana.
RICARDO: No pasó de la noche a la mañana. Fue un proceso de siglos. Una infiltración lenta y sistemática, sobre todo en los seminarios y las universidades. San Pío X lo vio. En 1907 publicó la encíclica Pascendi y el decreto Lamentabili, que identificaron el modernismo como «la síntesis de todas las herejías» y condenaron sus doctrinas punto por punto.32 En 1910 impuso el juramento antimodernista: todo sacerdote, todo profesor de seminario, todo religioso debía jurar antes de recibir las órdenes que rechazaba las doctrinas condenadas por Pascendi.33 ¿Y sabes qué pasó? Los infiltrados juraron. Juraron y traicionaron. Y la prueba está en los nombres de los hombres que redactaron los documentos del Concilio.
ESTEBAN: Los peritos del Concilio.
RICARDO: Exacto. El principal de todos: Yves Congar, dominico. Pablo VI dijo de él que fue «el teólogo que más había trabajado en la elaboración de los textos del Vaticano II». Participó en Lumen Gentium, Gaudium et Spes, Dei Verbum, Dignitatis Humanae, Nostra Aetate, Unitatis Redintegratio, Ad Gentes y Presbyterorum Ordinis. ¿Sabes qué le había pasado antes del Concilio? Pío XII lo exilió sucesivamente a Jerusalén, Cambridge y Estrasburgo. Humani Generis lo condenó en 1950 por «imprudente irenismo».34 ¿Y sabes a quién admiraba Congar? A Lutero. Dijo textualmente: «Uno de los mayores genios religiosos de toda la historia. Lo equiparo con San Agustín, Santo Tomás de Aquino o Pascal».35
ESTEBAN: Eso no invalida los textos que escribió…
RICARDO: Espera. Congar inventó los términos clave del Concilio: «Pueblo de Dios», «Hermanos separados», «Elementos de Iglesia» en las sectas heréticas.36 Expresiones que no existen en el Magisterio anterior. Y tras el Concilio, admitió lo que significaban. Dijo: «El Concilio ha dicho otra cosa» respecto a Mystici Corporis. Y: «Lumen Gentium rechazó expresamente expresarse en términos de Mystici Corporis».37 Es el propio autor quien admite la ruptura.
[Asunción cabeceaba en el banco del fondo. Elena escuchaba con las manos quietas sobre la mesa.]
RICARDO: Segundo: Henri de Lubac, jesuita. Error fundamental: la confusión entre el orden natural y el sobrenatural. Sostuvo que «la gracia se le debe a la naturaleza humana», negando su carácter gratuito.38 Condenado por Humani Generis en 1950. ¿Y qué hizo en el Concilio? Trabajó con Karol Wojtyla — el futuro Juan Pablo II — en la redacción de Gaudium et Spes.39 El mismo documento que dice que «por su encarnación el Hijo de Dios se unió de alguna manera a todo ser humano». El error de De Lubac — la gracia se le debe a la naturaleza — se convirtió en el artículo 22 de Gaudium et Spes: todo hombre, por naturaleza, está ya unido a Cristo.
ESTEBAN: ¿Y los demás?
RICARDO: Karl Rahner, jesuita: se le había prohibido escribir a finales de los años cincuenta. Marie-Dominique Chenu, dominico: apartado de la docencia en 1942. Y el propio Juan XXIII fue apartado de la docencia en el Seminario Lateranense en 1925 por sospecha de modernismo.40 Todos condenados. Todos rehabilitados por el Concilio. Todos convertidos en los arquitectos de la nueva religión.
RICARDO: El P. Garrigou-Lagrange — el tomista más importante de la época — pronunció el veredicto sobre la teología de estos hombres antes del Concilio: «¿A dónde va la nueva teología? Vuelve al modernismo. Sería incluso más que una herejía: sería la apostasía completa».41
[El fuego iluminaba la cara de Ricardo. La lluvia había cesado. Un viento frío bajaba de las montañas.]
RICARDO: ¿Lo ves, Esteban? No fue espontáneo. No fue un error de buena fe. Hombres condenados por la autoridad de la Iglesia juraron el juramento antimodernista, esperaron, y una generación después redactaron los documentos del Concilio. Los peritos son la prueba. El Concilio no fue un accidente: fue el golpe final de una infiltración de siglos.
V. Es una secta
[Silencio largo. Se oía solo el crepitar del fuego. Asunción se había quedado dormida en el banco del fondo.]
ESTEBAN: (con la voz quebrada) Si todo lo que dices es verdad… si la secta del Vaticano II no tiene la fe de la Iglesia, ni sus sacramentos, ni la sucesión apostólica… entonces ¿dónde está la Iglesia?
[Ricardo hizo una pausa. Miró a Esteban, que tenía los ojos fijos en el fuego.]
RICARDO: Recapitulemos. Hemos visto tres notas. Primera: la secta del Vaticano II no tiene la fe católica — niega dogmas definidos ex cathedra, desde la salvación exclusiva en la Iglesia hasta la condena de la libertad religiosa. Ratzinger mismo admitió la ruptura. Segunda: no tiene los sacramentos — destruyó la liturgia, fabricó un misal nuevo con la ayuda de protestantes, y cambió el rito de ordenación, haciendo dudoso el sacerdocio. Tercera: no tiene la sucesión apostólica — los ocupantes de la sede son herejes manifiestos y, según la doctrina unánime de los teólogos, un hereje no puede ser Papa. Si le faltan las tres notas, no es la Iglesia Católica. Es una secta. Peor que cualquier secta protestante, porque se disfraza de Iglesia Católica. Ya vimos que Pablo VI le puso nombre en el discurso de clausura del Concilio: «la religión del hombre que se hace Dios».42 Es la secta del anticristo.
[Nadie se movía. Hasta los niños estaban callados.]
RICARDO: Y quien se adhiere a ella está fuera de la Iglesia y fuera de la salvación. Eugenio IV, Concilio de Florencia: «Ninguno de los que están fuera de la Iglesia Católica — no solo paganos, sino también judíos, herejes y cismáticos — pueden participar de la vida eterna, sino que irán al fuego eterno».43
[Esteban no respondió. El cuaderno estaba cerrado sobre la mesa.]
RICARDO: Pero la Iglesia Católica no ha muerto. No puede morir. La Iglesia subsiste donde siempre ha subsistido: en la fe de siempre, en los sacramentos de siempre, en la Misa de siempre. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.44 No prevalecerán. Pero fíjate que Cristo no dijo «las puertas del infierno no lo intentarán». Dijo que no prevalecerán. Están luchando. Han logrado apoderarse de los edificios, de las catedrales, de los seminarios, de las universidades. Han logrado que la mayor parte del mundo crea que la secta del Vaticano II es la Iglesia Católica. Pero no han prevalecido. Porque la Iglesia no son los edificios. La Iglesia es la fe.
ESTEBAN: (después de mucho tiempo) ¿Y qué se hace?
RICARDO: Se guarda la fe. Se reciben los sacramentos de sacerdotes que ofrecen la Misa de siempre, la Misa de San Pío V, la que dijo San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino y el cura de Ars. Se reza el Rosario. Se crían los hijos en la fe católica, la de antes del Concilio, la de los mártires. Y se espera. Porque la Iglesia no muere. No puede morir. «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».45 Cristo no dijo «hasta el Vaticano II». Dijo hasta el fin del mundo.
[Esteban se quedó mirando el fuego hasta que el tronco de roble se consumió y solo quedaron las brasas. Nadie se movió durante un rato largo. Fuera, el cielo se había despejado; las estrellas brillaban frías sobre los tejados de piedra de Piedrasanta. Fue Elena la primera en levantarse — subió a los niños dormidos uno por uno, con Miguel cargando a los más pequeños. Lucía envolvió a Daniel en su abrigo y salió con Andrés sin decir nada. Tomás Ortega se despidió de Ricardo con un gesto. Pedro y Marta se levantaron despacio, apoyándose el uno en el otro; Marta recogió la costura y ayudó a Asunción a ponerse de pie. Blanca esperó junto a Ricardo. Cuando se quedaron solos los tres, Ricardo puso la mano en el hombro de Esteban. «Arriba está preparado», dijo. «Mañana hablamos.» Esteban asintió sin levantar la vista de las brasas. Ricardo y Blanca salieron a la noche y cruzaron la plaza despacio, ella apoyada en él. Esteban subió las escaleras de la Casa del Peregrino y se quedó un rato en la ventana de la habitación, mirando las estrellas sobre el valle, antes de apagar la luz.]