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domingo, 18 de septiembre de 2039

San José de Cupertino, Confesor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san José de Cupertino, admirable en la Iglesia de Dios por lo prodigioso de sus éxtasis y no menos por lo profundo de su humildad, uno de aquellos santos á quienes el Señor quiso levantar de lo más ínfimo del mundo para confusión de la sabiduría humana. Nació el día 17 de junio del año 1603 en Cupertino, villa de la Pulla, en el reino de Nápoles, entre Brindisi y Otranto; y, por singular disposición de la Providencia, vino á la luz no en el abrigo de una casa, sino en un pobre cobertizo arrimado á ella, porque en aquella misma hora se embargaba el hogar paterno por deudas. ¿Quién no admirará que el que había de remontarse sobre las cabezas de los hombres comenzase su carrera reclinado, como el Salvador, en la humildad de un establo?

Fueron sus padres Félix Desa, carpintero honrado pero cargado de deudas ajenas que él mismo había fiado, y Francisca Panara, mujer de piedad sólida y de severa entereza, que crió al niño en el santo temor de Dios. Creció José enfermizo de cuerpo y, á los ojos del mundo, corto de entendimiento; en la escuela apenas aprendía, y hasta en el oficio de zapatero salió inútil; de suerte que, por su aire distraído y por andar siempre con la boca entreabierta, le pusieron los suyos el apodo de «boquiabierto». Mas lo que los hombres tenían por torpeza no era sino el primer apuntar de aquel espíritu que, ya desde niño, se hallaba embebido en Dios, arrebatado el corazón hácia el cielo mientras los ojos quedaban clavados en la tierra.

No fué fácil ni llano el camino de su vocación, que el común enemigo procuró atravesarle por todas partes. Pidió á los diecisiete años ser recibido entre los franciscanos conventuales, y fué desechado; entró después con los capuchinos de Martina, y á los ocho meses le despidieron por inhábil, pues, arrebatado de continuo en sus éxtasis, dejaba caer la vajilla. Parecía cerrada para él toda puerta; pero nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Fué al fin admitido como criado en el convento de Santa María de Grotella, junto á su patria, encargado de cuidar la mula; y allí edificó de tal modo á los religiosos con su enmienda, que hubieron de recibirle por novicio. Profesó el año 1626, y fué consagrado sacerdote el 18 de marzo de 1628.

Cosa fué de particular providencia el modo con que llegó al altar quien tan poco había podido en los estudios. Refiérese que, en el examen para el diaconado, abrió el obispo el Evangelio al acaso, y vino á caer en el único pasaje que José tenía bien sabido: «Bienaventurado el vientre que te llevó»; y que en el del sacerdocio, satisfecho el prelado de los que le precedían, suspendió las preguntas sin llegar á interrogarle. Así quiso el Cielo que aquel á quien la humana enseñanza había cerrado sus puertas fuese instruido por la ciencia infusa de la gracia. ¿Qué son, delante del Señor, los quilates que el mundo estima, sino paja que se lleva el viento?

Ordenado ya sacerdote, resplandeció en él una virtud que, más que sus mismos prodigios, le hace grande á los ojos de quien sabe pesar la verdadera santidad: una humildad heroica, que recibía los desprecios como merecidos, y una obediencia tan rendida que solía llamarla «un cuchillo con que se degüella la voluntad propia». Añadía á esto una penitencia extremada, ayunos á pan y agua, cilicios; y era confesor de rara luz, á quien se atribuía el don de penetrar los corazones. Toda su devoción se cifraba en dos amores: el de la santísima Virgen, á quien llamaba su Madre del cielo y atribuía cuanto en él había de bueno, y el del Santísimo Sacramento, en cuya presencia se abrasaba su alma.

Porque es de saber que fué san José de Cupertino, entre todos los santos, el más señalado por el don de las levitaciones. Al oír un nombre sagrado, al mirar una imagen devota, y sobre todo en la Misa, al llegar á la consagración, lanzaba un grito agudo y se elevaba por los aires arrebatado; y tal era el rapto, que ni las agujas con que le punzaban ni las luces que le acercaban le hacían volver en sí. Refiere la tradición, apoyada en los Bolandistas y en el Breviario, que, viendo un día á unos obreros que no lograban levantar una pesada cruz de misión, voló el santo por los aires, tomó el madero y le asentó en su hoyo sin esfuerzo alguno. Fenómenos son estos que la Iglesia, en su tiempo, examinó con no poca severidad.

Créese asimismo que asistió á su Misa el príncipe Juan Federico de Brunswick, luterano, y que, resistiéndosele la sagrada Hostia dura como piedra al partirla, la dividió al fin llorando y arrebatado por los aires, atribuyéndolo á la dureza de los corazones presentes; con lo cual, y con ver sus éxtasis, se movió aquel príncipe á abjurar la herejía. Cuéntase también que, retándole cierto hombre soberbio, que le motejaba de impío y de hipócrita, á que le curase sus llagas, respondió el santo con admirable mansedumbre: «Todo cuanto has dicho de mí es enteramente verdad»; y, haciendo la señal de la cruz, le dejó sano.

No le faltó al siervo de Dios la prueba, que es el sello con que la Providencia acrisola á los suyos. Como el concurso de los devotos levantase tumultos, fué llamado á juicio por el Santo Oficio en Nápoles; mas, hallado inocente, dispuso la Santa Sede que se le apartase á conventos de estrecha clausura, en Asís primero y finalmente en el de Osimo, en las Marcas, donde vivió recogido, celebrando la Misa en un oratorio interior. Aun allí, contra su deseo de esconderse, se le convertían las celdas en santuarios de peregrinación, que no hay poner debajo del celemín la luz que Dios quiere sobre el candelero. Levitó una vez, según se refiere, en presencia del papa Urbano VIII, el cual declaró que, si el fraile moría en su pontificado, él mismo daría testimonio de sus maravillas.

Llegó por fin la hora dichosa de su tránsito. Cayó enfermo de calenturas en septiembre de 1663, habiendo antes anunciado su muerte; y, al oír la campanilla del santo Viático, se elevó por los aires una vez más, como quien salía ya al encuentro de su Señor. Dió su alma al Criador el día 18 de septiembre de aquel año, á los sesenta de su edad, con nombres de la Virgen y con ansias de unirse á Cristo en los labios. Preciosa fué en los ojos del Señor la muerte de su santo.

Confirmó Dios su santidad con nuevos prodigios, y la Iglesia, tras madurísimo examen, le puso en los altares: beatificóle Benedicto XIV, gran canonista, el año 1753, y le canonizó Clemente XIII el 16 de julio de 1767. Descansa su cuerpo, venerado de los fieles, en el santuario de Osimo. Aprenda el cristiano de esta vida cuánto puede la gracia en un corazón humilde; que quien se abate hasta el polvo por amor del Señor, ese es el que el Señor levanta hasta el cielo.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).