viernes, 24 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

lunes, 29 de agosto de 2039

La Degollación de San Juan Bautista

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Siempre se celebró en la Iglesia con solemnidad la Degollación de san Juan Bautista; esto es, la fiesta que se solemniza el día de hoy en honor de su martirio. Antes del sexto siglo se llamaba esta fiesta la Pasión de san Juan. También se le daba el nombre de Nacimiento del Precursor, como aun hoy se da el de nacimiento á la gloria al día en que los santos mártires consumaron su martirio; pero desde san Gregorio el Magno acá conservó siempre el nombre de Degollación de san Juan Bautista la fiesta cuya historia vamos á referir.

Habíase retirado el Bautista al desierto desde su niñez, y en él había pasado cerca de veinte y cinco años, entregado á los rigores de la más austera penitencia. Era su vestido una especie de cilicio, compuesto de ásperas pieles de camello, que ceñía al cuerpo con una correa ó cinto de cuero. Sustentábase de langostas, alimento bastante común de la gente pobre en Palestina, y añadía un poco de miel silvestre de gusto muy desabrido, y de aquella que se encontraba en los bosques.

A los veinte y nueve años de su edad, y veinte y ocho de Jesucristo, el décimoquinto del imperio de Tiberio César, le sacó el Espíritu Santo del desierto, y le mandó que predicase en las riberas del Jordán la doctrina y el bautismo de la penitencia. Entonces fue cuando aquel primer pregonero del Salvador, aquel hombre concebido por milagro, aquel admirable solitario y aquel precursor del Mesías recibió la orden de cumplir con su encargo, y de ejercer el ministerio para el cual había sido enviado.

Desde luego metió gran ruido en toda la Judea el nuevo predicador. Concurrían de todas partes á ver y á oir aquel hombre milagroso, declarándose muchos por discípulos suyos; exhortaba á unos, bautizaba á otros, y persuadía á todos á que hiciesen penitencia, porque se acercaba el reino de los cielos. Desamparaba la gente las ciudades por oir al nuevo predicador. Solamente los fariseos y los saduceos, hombres sin ley y sin piedad, se obstinaban en no venir á pedirle el bautismo con muestras de humildad y de contrición. Como no era aceptador de personas, clamaba contra el vicio y contra el desorden, sin excepción de clases ni de condiciones; era su zelo vivo, pero discreto, y su doctrina sana y santa.

Mientras san Juan Bautista instruía de esta manera á los pecadores, el Salvador de todos ellos, el Justo y el Santo por excelencia, quiso también ser bautizado por su mano; sin duda para proporcionarle esta ocasión de ser el primero que le anunciase al pueblo. Vino, pues, el Salvador desde Nazaret al Jordán, y se presentó para ser bautizado como todos los demás. No le había visto san Juan á lo menos desde su infancia; pero en aquel mismo instante recibió una luz superior que le dió á conocer que aquel hombre que le pedía el bautismo era el Mesías prometido. Penetrado íntimamente su espíritu de veneración y de respeto, rehusaba bautizar al que sabía que era su Salvador y su Dios, que venía á quitar los pecados del mundo. ¡Pues qué, Señor, exclamó, tú vienes á mí! ¡tú quieres que yo te bautice, cuando yo debo ser el bautizado por ti! Jesucristo solo le respondió que así lo debía hacer para cumplir toda justicia. Con motivo de las maravillas que acompañaron á este acto de humildad del Salvador, le publicó san Juan por el verdadero Mesías, dándole á conocer á sus oyentes.

Poco después de esta acción, el zelo del Bautista dio ocasión á su prisión y á su muerte. Ya había tiempo que Herodes, por sobrenombre Antipas, hijo del viejo Herodes, llamado el Grande, en cuyo reinado había nacido Jesucristo, vivía escandalosamente amancebado con Herodías, mujer de su hermano Felipe, que, abandonando descaradamente á su marido, quería pasar como casada con su cuñado. Predicaba san Juan vivamente contra este escándalo, animado siempre de un generoso zelo. Ofendióse Herodes, atizando el fuego Herodías, quien, no pudiendo sufrir las fuertes declamaciones de aquel hombre santo, solicitaba continuamente á Herodes para que le hiciese callar. Tiranizado el monarca de su infame pasión, mandó prender al santo precursor, y le hizo asegurar en el castillo de Maqueronta.

Indignáronse todos contra aquella injusticia; pero contentándose con detestarla, concurrían siempre á oirle predicar en su prisión con la misma libertad y con el mismo zelo. Aun el mismo Herodes no podía dejar de estimarle ni de irle á ver algunas veces á pesar de Herodías; pero el santo lo mismo le contemplaba en la cárcel que le había contemplado en el desierto, y no cesaba de repetirle que no le era lícito retener la mujer de su hermano. Este generoso zelo encendió en el corazón de Herodías un odio tan implacable contra el Bautista, que solo se pudo extinguir en su inocente sangre. No dándose por satisfecha con verle preso, determinó desembarazarse de aquel molesto ofensor quitándole la vida.

Presentósele una ocasión muy favorable con motivo de celebrarse los días de Herodes, en que este príncipe tenía prevenido un soberbio festín, á que estaban convidados los grandes de su corte, los oficiales de sus tropas y los principales de toda Galilea. Tenía Herodías una hija del marido que había abandonado; llamábase Salomé, y era joven, hermosa, bizarra, muy á propósito para embelesar con su despejo y con su gala. Danzaba sobre todo primorosamente. Entró Salomé en la sala del festín extraordinariamente ataviada, y comenzó á danzar en presencia de Herodes y de todos los convidados mientras estaban sentados á la mesa. Agradó tanto al rey y á todos los circunstantes, que, arrebatado Herodes del gusto y de la pasión, le dijo que pidiese cuanto se le antojase, jurando á vista de todos se lo concedería, aunque le pidiese la mitad de su corona.

Inmediatamente corrió Salomé adonde estaba su madre para consultar con ella lo que pediría. Volvió prontamente á entrar en la pieza del convite, y pidió á Herodes que le diese en un plato la cabeza del Bautista. Contristóse Herodes al oir semejante petición, y aun manifestó su enfado; pero acordándose del juramento, y en atención también á los convidados, que, habiendo sido comprendidos en las vehementes declamaciones del santo precursor contra los pecadores y los disolutos, no sentirían mucho verse libres de aquel importuno fiscal, el impío rey, por la más injusta y más bárbara flaqueza, dio orden á uno de sus guardias que, pasando á la prisión, le trajese la cabeza del Bautista.

Fué al punto obedecido; y aquel santo, que toda la vida había vivido más como ángel que como hombre; aquel digno precursor del Redentor, cuyo nacimiento había llenado al mundo de gozo, y cuya santa vida había sido su admiración, vio con serenidad que se le acercaba la muerte, gozoso de anticiparse por el martirio á la dolorosa que había de padecer el Salvador, á cuyo nacimiento también se había anticipado. Algunos son de sentir que Jesucristo se halló milagrosamente á su muerte, como se halló presente á la de san Estéban. Pero sea lo que fuere de esta opinión, el oficial le cortó la cabeza, y en una fuente se la presentó á Herodes, quien luego mandó se entregase á la danzarina, y esta regaló con ella á su madre. Dice san Jerónimo que Herodías se quitó un agujón del pelo con que picó la lengua de la santa cabeza en venganza de las reprensiones que le hacía viva. De esta manera, la vida del hombre mayor entre todos los nacidos fue el premio y la recompensa de la gracia y el donaire de una desenvuelta bailarina.

Pero no tardó la divina Providencia en vengar la muerte de san Juan. Empeñado Herodes en una desgraciada guerra con Aretas, rey de los Árabes, que se quiso despicar de la afrenta recibida en la persona de su hija, á quien había repudiado por casarse con Herodías, perdió una gran batalla, cuyo infortunio los judíos mismos atribuyeron á la muerte del Bautista. Pocos años después le privó de sus estados el emperador Calígula, y le desterró á León de Francia juntamente con Herodías; en cuya ciudad murieron ambos consumidos de miseria. Añade Nicéforo que su hija Salomé, habiéndose caído en un río helado, y quedando con la cabeza fuera del hielo, se degolló á sí misma por los movimientos que hizo con los pies para libertarse.

Sucedió la muerte de san Juan el año 31 de Jesucristo, y á los 32 del mismo Bautista. Sus discípulos tuvieron modo de apoderarse del santo cuerpo, y le dieron sepultura en una ciudad de Samaria llamada Sebaste. Pusieron aparte la cabeza; y habiéndose encontrado en tiempo del gran Constantino, fué llevada á Constantinopla con pompa y solemnidad, de donde con el tiempo se trasladó á Occidente, venerándose en Roma la mayor parte de ella. Muchas iglesias de Italia y Francia poseen parte de sus reliquias. Las más considerables se adoran en Malta, en León, en Puy, en Viena del Delfinado, en Turín, en Venecia; y la iglesia del palacio de San Chaumont, en el Leonés, conserva una considerable parte de una quijada.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.