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jueves, 24 de febrero de 2039

San Matías, Apóstol

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Matías, que fue escogido en lugar del traidor Judas, fue de la tribu de Judá, y nació en Belén de familia ilustre, no menos distinguida por su calidad y por su riqueza, que por el celo que profesaba a la religión de Moisés. Criáronle sus padres con gran cuidado, instruyéndole en buenas costumbres y en la ciencia de las Escrituras y de la religión. La inocencia de vida con que pasó la juventud, fue una bella disposición para que se aplicase a oír la doctrina de Cristo, luego que se comenzó a manifestar después de su sagrado bautismo. Tuvo la dicha de seguirle, en compañía de los apóstoles, desde el principio de su predicación hasta su gloriosa ascensión a los cielos, y fue uno de los setenta y dos discípulos.

Judas, uno de los doce apóstoles que Jesucristo con particular amor había escogido para favorecidos y confidentes suyos, hizo traición a su Maestro, y con torpísima ingratitud le vendió a sus enemigos. De apóstol pasó a ser apóstata; y añadiendo la desesperación a la perfidia, él mismo vengó su delito, y acabó su desdichada vida con muerte horrible y vergonzosa.

Habiendo resucitado Cristo, quiso dar pruebas sensibles de la verdad de su resurrección por espacio de cuarenta días, y también instruir todavía más particularmente a sus apóstoles y a sus amados discípulos. Aparecíaseles de cuando en cuando, conversaba familiarmente con ellos, y con maravillosa bondad les explicaba los misterios más secretos de la Religión, descubriéndoles todo el plan y toda la economía de la santa Iglesia. Hacía siempre delante de ellos algún milagro, para que advirtiesen que su poder no se había disminuido con la muerte. No eran continuas ni muy frecuentes sus apariciones, y aun algunas veces dejaba pasar muchos días sin manifestarse, para irlos poco a poco desacostumbrando, y que se hiciesen a vivir sin el consuelo de su presencia corporal.

En todas estas visitas los instruía en lo que debían hacer para cumplir con las obligaciones de los cargos y empleos a que los destinaba en su Iglesia. En particular les enseñaba el modo de administrar los sacramentos, de gobernar a los pueblos, y la manera también de portarse ellos mismos. Declarábales una multitud de cosas que en otras ocasiones no había hecho más que indicar, reservando su individual y clara explicación para aquel tiempo. En fin, estando ya para volverse a su Eterno Padre, entre otras muchas instrucciones, les mandó que después de su ascensión a los cielos, ellos se retirasen juntos a Jerusalén, sin salir de allí hasta nueva orden, y que esperasen el cumplimiento de la promesa que el mismo Padre Eterno les había hecho por su boca, de que les comunicaría el mayor don de todos los dones, enviándoles el Espíritu Santo.

Luego que el Salvador subió a los cielos desde el monte de las Olivas en presencia de todos ellos, los sagrados apóstoles se volvieron a Jerusalén con la santísima Virgen, y se encerraron todos en la casa que habían escogido para su retiro. Quedó santificada la casa con las continuas oraciones que hacían todos con un mismo espíritu, estando al frente de aquella apostólica congregación María, madre de Jesús, con algunos parientes cercanos suyos, que según la costumbre de los Judíos se llamaban hermanos, añadiéndose también algunas devotas mujeres, que ordinariamente acompañaban a la Virgen. La pieza más santificada de aquella dichosa casa era el Cenáculo, que fue la primera iglesia de la religión cristiana.

Hallándose de vuelta del monte Olívete, subieron todos al Cenáculo, por ser el lugar donde celebraban sus juntas, y en una de ellas resolvieron llenar la plaza vacante en el colegio apostólico por la apostasía y funesta muerte del infelicísimo Judas. Aun no habían recibido visiblemente al Espíritu Santo; pero Pedro, como príncipe de los apóstoles, vicario de Jesucristo y visible cabeza de su Iglesia, obraba ya inspirado del mismo Espíritu divino; y tocándole arreglar todas las cosas, y dar providencia en todo, se levantó en medio de los discípulos, en número de casi ciento y veinte, que ya tenían la costumbre de llamarse hermanos entre sí, por la estrechísima y santísima unión de la caridad fraternal que los enlazaba, y les habló de esta manera:

Venerables varones y hermanos míos: Ya llegó el tiempo de cumplirse el oráculo que el Espíritu Santo pronunció en la Escritura por boca del profeta rey, tocante a Judas, que vendió a su maestro y nuestro, y no tuvo vergüenza de servir de guía a los que le prendieron y le quitaron la vida como a un malhechor. Bien sabéis que era apóstol como nosotros, llamado a las mismas funciones que nosotros: pero con todo eso pereció miserable y desgraciadamente. No ignoráis que después de los hurtos y de los sacrilegios que cometió en la administración de su oficio, y después de su infame traición, se ahorcó desesperado; que cayendo en tierra boca abajo el infeliz cadáver, reventó por medio arrojando las entrañas; que de esta manera entregó su alma al demonio, abandonando el campo que se había comprado con el dinero que se le dio por precio de su delito, después que él mismo había restituido desesperadamente este dinero. Toda Jerusalén fue testigo de este lance, habiéndose hecho tan público, que, para conservar la memoria, se dio al campo el nombre de Haceldama, que en hebreo significa tierra de homicidio y campo de sangre.

Esta es aquella tierra maldita, aquella heredad de los malos, que desea David se convierta en triste desierto, de manera que ninguno la habite ni la cultive, y que el que había de ser su poseedor, maldito de Dios y de los hombres, pierda el obispado, y deje su lugar a otro. Dejóle Judas; es menester no tardar en colocar en él un sucesor de conocido mérito, que sea tan capaz de esta dignidad como Judas era indigno; porque el Señor quiere que esté completo el número de sus apóstoles, y que haya en la Iglesia doce príncipes del pueblo, como ha habido hasta aquí doce cabezas en las doce tribus de Israel. Para ejecutar, pues, cuanto antes la voluntad del Señor, es necesario escoger entre los que estamos presentes uno que juntamente con nosotros pueda dar testimonio cierto de la Resurrección de Jesús, y que para ser mejor creído, sea uno de los que siempre le acompañaron en sus viajes desde que fue bautizado por Juan, hasta el día en que nos dejó para subir al cielo; que haya oído sus instrucciones, y que haya sido testigo de sus milagros.

Deliberóse en la junta sobre quién había de ser el escogido; y habiendo hecho oración a Dios, pasaron todos a votar. Repartiéronse los votos entre dos, ambos sujetos muy recomendables entre los discípulos: el primero era José, llamado Bársabas, que por su particular virtud había merecido el nombre de Justo; el segundo era Matías; pero no habiendo más que una silla vacante, y no sabiendo a cuál de los dos habían de preferir, porque ambos eran muy dignos y muy beneméritos, volvieron a orar con nuevo fervor, haciendo a Dios esta oración: Vos, Señor, que conocéis los corazones de los hombres, dadnos a entender a cuál de estos dos habéis escogido para que entre en lugar del traidor Judas, sucediéndole en el ministerio y en el apostolado, de que él abusó para irse al infierno que merecía.

Oyó el Señor benignamente la oración de los fieles; según la costumbre de los Judíos, se echaron suertes entre los dos concurrentes, poniéndoles delante una caja o un vaso cubierto con su tapa, donde estaban las cédulas; y la mano invisible de Dios condujo la suerte de manera que cayó en Matías, e hizo de él el duodécimo apóstol. Elevado ya a la dignidad del apostolado, recibió con sus colegas la plenitud del Espíritu Santo en el día de Pentecostés; y como era ya tan estimado de toda la nación, así por la pureza de sus costumbres como por la nobleza de su sangre, hizo maravilloso fruto con los celestiales dones que había recibido, convirtiendo a la fe gran número de Judíos, y haciendo muchos milagros.

En el repartimiento que los apóstoles hicieron de todo el universo, para ir a llevar las luces de la fe y del Evangelio, tocó a san Matías el reino de Judea. El abrasado celo que desde luego mostró por la conversión de sus mismos nacionales, le obligó a padecer muchos trabajos, a exponerse a grandes peligros, a sufrir grandes persecuciones, y finalmente a coronar su santa vida con un glorioso martirio. Corrió casi todas las provincias de Judea anunciando a Jesucristo, confundiendo a los enemigos de la fe, y haciendo en todas partes conversiones y conquistas.

Dice san Clemente Alejandrino ser constante tradición que san Matías fue con particularidad gran predicador de la penitencia, la que enseñaba no menos con el ejemplo de su penitentísima vida, que con los discursos que había aprendido de su divino Maestro. Decía que era menester mortificarse incesantemente, combatir contra la carne, tratarse con rigor, hacerse eterna violencia reprimiendo los desordenados deseos de la sensualidad, llevando a cuestas la cruz, y arreglando la vida por las máximas del Evangelio. Añadía que esta mortificación exterior, aunque tan necesaria, no basta si no está acompañada de una fe viva, de una esperanza superior a toda duda y de una caridad ardiente. Concluía de esto que ninguna persona, de cualquiera edad o condición que fuese, estaba dispensada de esta ley, y que no había otra teología moral.

Hizo san Matías gran fruto en toda Judea, teatro de sus trabajos y espacioso campo de su glorioso apostolado. Muchos años hacía que este gran apóstol no respiraba más que la gloria de Jesucristo y la salvación de su nación, corriendo por toda ella predicando con valor y con asombroso celo, confundiendo a los Judíos, y demostrándoles con testimonios irrefragables de la sagrada escritura, que Jesucristo, a quien ellos habían crucificado, y que había resucitado al tercero día, era el Mesías prometido, verdadero hijo de Dios, y en todo igual a Dios su padre.

No pudiendo sufrir los jefes del pueblo judío verse tantas veces confundidos, irritados también por otra parte de la multitud de conversiones que hacía, y de los milagros que obraba, resolvieron acabar con él. Refiere el libro de los condenados, esto es, el libro donde se tomaba razón de todos los que habían sido ajusticiados en Judea, desde la resurrección del Señor, por haber violado la ley de Moisés, como san Esteban, los dos Santiagos y san Matías; refiere dicho libro que nuestro santo fue preso por orden del pontífice Ananías, y que habiendo confesado a Jesucristo en plena asamblea, y demostrado su divinidad y su calidad de Redentor del género humano con textos claros de la Escritura y con hechos innegables, a los que no tuvieron que responder, fue declarado enemigo de la ley, y como tal sentenciado a ser apedreado.

Llegado el santo al lugar del suplicio, se hincó de rodillas, y levantando los ojos y las manos al cielo, dio gracias al Señor por la merced que le hacía de morir por defender su santa Religión; hizo una oración por todos los presentes y por toda su nación, la que concluida, fue cubierto de una espesa lluvia de piedras. Añade el mismo libro que no pudiendo sufrir este género de suplicio los Romanos que gobernaban la provincia, contuvieron el furor de los que le apedreaban, y hallando al santo medio muerto, le cortaron la cabeza.

Sucedió el martirio de san Matías el día 24 de febrero, aunque no se sabe precisamente en qué año. Su sagrado cuerpo, según la más constante tradición, de la que no tenemos motivo sólido o a lo menos convincente para separarnos, fue traído a Roma por santa Elena, madre de Constantino, y hasta hoy se venera en la iglesia de santa María la Mayor, la más considerable parte de sus preciosas reliquias. Asegúrase que la otra parte de ellas se la dio la misma santa emperatriz a san Agricio, arzobispo de Tréveris, quien las colocó en la iglesia que hasta hoy tiene la advocación de san Matías.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.