jueves, 24 de febrero de 2039
San Matías, Apóstol
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Act. 1, 15-26)
Léctio Actuum Apostolórum In diébus illis exsúrgens Petrus in médio fratrum, dixit - erat autem turba hóminum simul, fere centum vigínti -: Viri fratres, opórtet impléri Scriptúram, quam prædíxit Spíritus Sanctus per os David de Juda, qui fuit dux eórum, qui comprehendérunt Jesum: qui connumerátus erat in nobis, et sortítus est sortem ministérii hujus. Et hic quidem possédit agrum de mercéde iniquitátis, et suspénsus crépuit médius: et diffúsa sunt ómnia víscera ejus. Et notum factum est ómnibus habitántibus Jerúsalem, ita ut appellarétur ager ille, lingua eórum, Hacéldama, hoc est ager sánguinis. Scriptum est enim in libro Psalmórum: Fiat commorátio eórum desérta, et non sit, qui inhábitet in ea: et episcopátum ejus accípiat alter. Opórtet ergo ex his viris, qui nobíscum sunt congregáti in omni témpore, quo intrávit et exívit inter nos Dóminus Jesus, incípiens a baptísmate Joánnis usque in diem, qua assúmptus est a nobis, testem resurrectiónis ejus nobíscum fíeri unum ex istis. Et statuérunt duos, Joseph qui vocabátur Bársabas, qui cognominátus est Justus, et Matthíam. Et orántes dixérunt: Tu, Dómine, qui corda nosti ómnium, osténde, quem elégeris ex his duóbus unum, accípere locum ministérii hujus et apostolátus, de quo prævaricátus est Judas, ut abíret in locum suum. Et dedérunt sortes eis, et cécidit sors super Matthíam, et annumerátus est cum úndecim Apóstolis.
Por aquellos días levantándose Pedro en medio de los hermanos (cuya junta era como de unas ciento veinte personas) les dijo: Hermanos míos, es preciso que se cumpla lo que tiene profetizado el Espíritu Santo por boca de David, acerca de Judas, que se hizo adalid de los que prendieron a Jesús , y el cual fue de nuestro número, y había sido llamado a las funciones de nuestro ministerio. Este adquirió un campo con el precio de su maldad, y habiéndose ahorcado reventó por medio; quedando esparcidas por tierra todas sus entrañas; cosa que es notoria a todos los habitantes de Jerusalén , por manera que aquel campo ha sido llamado en su lengua Hacéldama, esto es, Campo de sangre. Así es que está escrito en el libro de los Salmos: Quede su morada desierta, ni haya quien habite en ella, y ocupe otro su lugar en el episcopado. Es necesario, pues, que de estos sujetos que han estado en nuestra compañía, todo el tiempo que Jesús Señor nuestro conversó entre nosotros, empezando desde el bautismo de Juan, hasta el día en que apartándose de nosotros, se subió al cielo, se elija uno que sea, como nosotros, testigo de su resurrección . Con esto propusieron a dos: a José, llamado Barsabas, y por sobrenombre el Justo, y a Matías. Y haciendo oración dijeron: ¡Oh Señor!, tú que ves los corazones de todos, muéstranos cuál de estos dos has destinado a ocupar el puesto de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por su prevaricación, para irse a su lugar. Y echando suertes, cayó la suerte a Matías, con lo que fue agregado a los once apóstoles. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 3 sobre los Hechos de los Apóstoles — San Juan Crisóstomo
«Todos éstos perseveraban unánimes en la oración con las mujeres» (Hech 1,14). Porque ésta es un arma poderosa en las tentaciones, y a ella habían sido adiestrados. «Perseverando unánimes.» Bien. Además, la tentación presente los movía a esto, pues temían en gran manera a los judíos. «Con las mujeres», dice, porque había referido que ellas le habían seguido; «y con María, la madre de Jesús». ¿Cómo, pues, la tomó consigo aquel discípulo para su casa en aquel tiempo? Mas entonces el Señor los había reunido de nuevo, y así volvió Ella. «Y con sus hermanos.» También éstos antes eran incrédulos. «Y en aquellos días —dice— se levantó Pedro en medio de los discípulos y dijo» (Hech 1,15). Por ser ardiente, y por haberle confiado Cristo el rebaño, y por tener la precedencia en el honor, siempre comienza él el discurso. «Era el número de los reunidos como de ciento veinte.» «Varones hermanos —dice—, era menester que se cumpliese esta Escritura, que predijo el Espíritu Santo» (Hech 1,16). ¿Por qué no pidió a Cristo que le diese a alguno en lugar de Judas? Mejor está así. Porque, en primer lugar, estaban ocupados en otras cosas; en segundo, la mayor prueba que podía darse de la presencia de Cristo con ellos era ésta: que, como Él había elegido cuando estaba entre ellos, así elegía ahora estando ausente. Y no era esto pequeño consuelo para ellos. Mas observad cómo Pedro lo hace todo con el común consentimiento, nada imperiosamente. Y no habla así sin motivo. Observad cómo los consuela acerca de lo sucedido. Pues lo acaecido les había causado no pequeña consternación. Porque si aun ahora son muchos los que discuten este hecho, ¿qué no habrían de decir entonces?
«Varones hermanos», dice Pedro. Porque si el Señor los llamó hermanos, mucho más puede él. «Varones», dice, estando todos presentes. ¡Ved la dignidad de la Iglesia, la condición angélica! No hay allí distinción alguna, ni varón ni mujer. ¡Ojalá fueran así ahora las iglesias! Ninguno tenía allí el ánimo lleno de algún negocio mundano, ninguno andaba solícito pensando en los cuidados domésticos. ¡Tal es el provecho de las tentaciones, tal la ventaja de las tribulaciones!
«Era menester —dice— que se cumpliese esta Escritura, que predijo el Espíritu Santo.» Siempre los consuela con las profecías. Así lo hace Cristo en toda ocasión. Del mismo modo muestra aquí que nada extraño había sucedido, sino lo que ya había sido anunciado de antemano. «Era menester —dice— que se cumpliese esta Escritura, que el Espíritu Santo predijo por la boca de David.» No dice «David», sino «el Espíritu por medio de él». Ved qué género de doctrina tiene el escritor desde el mismo comienzo del libro. ¿Veis que no en vano dije al principio de esta obra que este libro es la República del Espíritu Santo? «Que el Espíritu Santo predijo por la boca de David.» Observad cómo lo hace suyo, y que era ventaja para ellos que esto lo hubiera dicho David, y no algún otro profeta. «Acerca de Judas —dice— que fue guía.» Notad de nuevo aquí el temple filosófico del varón: cómo no lo menciona con desprecio, ni dice «aquel miserable, aquel malvado», sino que simplemente refiere el hecho; y ni siquiera dice «el que le entregó», sino que hace cuanto puede por trasladar la culpa a otros; ni aun a éstos reprende con severidad. «Que fue guía —dice— de los que prendieron a Jesús.» Además, antes de declarar dónde había hablado David, relata lo que había sido de Judas, para que de las cosas presentes tome seguridad de las futuras, y muestre que este hombre ya había recibido su merecido. «Porque —dice— era contado con nosotros, y había obtenido parte en este ministerio. Adquirió, pues, este hombre un campo con el salario de la iniquidad» (Hech 1,17-18). Da a su discurso un giro moral, y encubiertamente menciona la causa de la maldad, porque llevaba consigo reprensión. Y no dice «los judíos», sino «este hombre lo adquirió». Pues como los ánimos de los flacos no atienden a las cosas futuras como a las presentes, discurre sobre el castigo inmediato que se le infligió. «Y cayendo de cabeza, reventó por medio.» Bien hace en dilatarse, no sobre el pecado, sino sobre el castigo. «Y —dice— todas sus entrañas se derramaron.» Esto les traía consuelo. «Y vino a ser conocido de todos los moradores de Jerusalén, de modo que aquel campo fue llamado en su propia lengua Acéldama, esto es, campo de sangre» (Hech 1,19). Ahora bien, los judíos le dieron este nombre no por esta razón, sino a causa de Judas; mas aquí Pedro hace que tenga esta referencia; y cuando presenta a los adversarios como testigos, tanto por el hecho de que ellos lo nombraron, como al decir «en su propia lengua», esto es lo que quiere significar.
Luego, tras el suceso, oportunamente aduce al Profeta, diciendo: «Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su morada, y no haya quien habite en ella» (Hech 1,20); esto se dice del campo y de la habitación. «Y tome otro su obispado»; esto es, su oficio, su sacerdocio. De suerte que —dice— esto no es consejo mío, sino de Aquel que predijo estas cosas. Pues, para no parecer que emprendía una cosa grande, y tal como la que Cristo había hecho, aduce al Profeta como testigo. «Conviene, pues, que de estos varones que han andado con nosotros todo el tiempo» (Hech 1,21). ¿Por qué lo hace asunto también de ellos? Para que la cosa no se convirtiese en objeto de contienda, y no cayesen en disputa sobre ella. Porque si los mismos Apóstoles una vez hicieron esto, mucho más aquéllos. Esto lo evita siempre. Por eso al comienzo dijo: «Varones hermanos.» «Conviene elegir de entre vosotros.» Difiere la decisión a todo el cuerpo, haciendo así a los elegidos dignos de reverencia y manteniéndose él mismo libre de toda envidia respecto de los demás. Porque tales ocasiones siempre dan origen a grandes males. Y como era menester que alguno fuese constituido, aduce al Profeta como testigo; mas ¿de entre qué personas? «De éstos —dice— que han andado con nosotros todo el tiempo.» Haber dicho «preséntense los dignos» habría sido injuriar a los demás; mas ahora remite el asunto a la duración del tiempo; pues no dice simplemente «éstos que han andado con nosotros», sino «todo el tiempo que el Señor Jesús entró y salió entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue de entre nosotros levantado a lo alto, conviene que uno sea ordenado testigo con nosotros de su resurrección» (Hech 1,22); para que su colegio no quedase mutilado. ¿Por qué, entonces, no quedó en manos de Pedro hacer él mismo la elección? ¿Cuál fue el motivo? Éste: que no pareciera otorgarla por favor. Y además, aún no estaba dotado del Espíritu. «Y señalaron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre el Justo, y a Matías» (Hech 1,23). No los señaló él, sino que fue él quien introdujo la propuesta a tal efecto, mostrando al mismo tiempo que ni aun esto era suyo, sino de antiguo por profecía; de modo que obró como expositor, no como preceptor. «José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre el Justo.» Acaso se dan ambos nombres porque había otros del mismo nombre, pues también entre los Apóstoles había varios nombres iguales, como Santiago, y Santiago el de Alfeo; Simón Pedro, y Simón el Zelotes; Judas el de Santiago, y Judas Iscariote. Mas el apelativo pudo también nacer de un cambio de vida, y muy probablemente también del carácter moral. «Señalaron a dos —dice—, a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre el Justo, y a Matías. Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos has elegido, para que tome parte en este ministerio y apostolado, del que por su transgresión cayó Judas, para irse a su propio lugar» (Hech 1,24-25). Bien hacen en mencionar el pecado de Judas, mostrando con ello que es un testigo lo que piden tener; no aumentando el número, sino no sufriendo que fuese disminuido. «Y echaron suertes (porque aún no había sido enviado el Espíritu), y cayó la suerte sobre Matías; y fue contado con los once Apóstoles» (Hech 1,26).
Considerad de nuevo la modestia de Santiago. Él fue quien recibió el obispado de Jerusalén, y aquí nada dice. Notad también la gran modestia de los demás Apóstoles, cómo le conceden el trono y ya no disputan entre sí. Porque aquella Iglesia era como si estuviera en el cielo: sin nada que ver con los asuntos de este mundo, y resplandeciente no con muros, no, ni con números, sino con el celo de los que formaban la asamblea. «Eran como ciento veinte», dice. Acaso los setenta que el mismo Cristo había elegido, y otros de los discípulos más fervorosos, como José y Matías. «Había mujeres —dice— muchas, que le seguían.» «El número de los reunidos.» Juntos estaban en toda ocasión.
«Varones hermanos», etc. He aquí la providencia por proveer de un maestro; he aquí al primero que ordenó un maestro. No dijo: «Nosotros bastamos.» Tan por encima estaba de toda vanagloria, y a una sola cosa miraba. Y sin embargo, tenía él el mismo poder de ordenar que todos ellos en conjunto. Mas bien pudieron hacerse así estas cosas, por el noble espíritu del varón, y porque la prelacía entonces no era asunto de dignidad, sino de providente cuidado de los gobernados. Esto ni hacía engreírse a los elegidos, pues a peligros eran llamados, ni daba a los no elegidos motivo de queja, como si hubiesen sido deshonrados. Mas no se hacen así las cosas ahora; antes bien, todo lo contrario. Porque, mirad, eran ciento veinte, y pide él a uno de entre todo el cuerpo; con pleno derecho, como quien había sido puesto al cuidado de ellos, pues a él había dicho Cristo: «Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos.»
«Porque era contado con nosotros», dice Pedro. Por esta razón conviene proponer a otro, para que sea testigo en su lugar. Y ved cómo imita a su Maestro, discurriendo siempre a partir de las Escrituras, y no diciendo aún nada acerca de Cristo, a saber, que Él mismo había predicho esto frecuentemente. Ni menciona dónde habla la Escritura de la traición de Judas —por ejemplo: «La boca del impío y la boca del engañoso se han abierto contra mí»—, sino donde habla solamente de su castigo; pues esto era lo más provechoso para ellos. Muestra otra vez la benevolencia del Señor: «Porque era contado con nosotros —dice—, y obtuvo su suerte en este ministerio.» Lo llama en todas partes «suerte», mostrando que el todo proviene de la gracia y elección de Dios, y recordándoles los tiempos antiguos, por cuanto Dios lo escogió para su propia suerte o porción, como de antiguo tomó a los levitas. Se detiene también en las circunstancias tocantes a Judas, mostrando que la recompensa de la traición se hizo ella misma heraldo del castigo. «Porque adquirió —dice— un campo con el salario de la iniquidad.» Observad la economía divina en el suceso. «De la iniquidad», dice. Porque hay muchas iniquidades, pero nunca hubo nada más inicuo que ésta; de suerte que el hecho fue de iniquidad. Y no sólo a los que estaban presentes vino a ser conocido el suceso, sino a todos los venideros, de modo que, sin proponérselo ni saber lo que hacían, le dieron un nombre; así como Caifás había profetizado sin saberlo. Dios los forzó a llamar al campo en hebreo Acéldama. Con esto también se declaraban los males que habían de venir sobre los judíos; y Pedro muestra que la profecía se había cumplido hasta aquí en parte, la que dice: «Bueno le fuera a aquel hombre no haber nacido.» Con propiedad podemos aplicar esto mismo también a los judíos; porque si el que fue guía padeció así, mucho más ellos. Hasta aquí, sin embargo, Pedro nada dice de esto. Luego, mostrando que el término Acéldama bien podía aplicarse a su suerte, introduce al profeta, diciendo: «Sea hecha desierta su morada.» Porque ¿qué desolación peor que venir a ser lugar de sepultura? Y bien puede llamarse suyo el campo. Pues el que arrojó el precio, aunque otros fueran los compradores, tiene derecho a ser reputado él mismo dueño de una gran desolación. Esta desolación fue el preludio de la de los judíos, como aparecerá al considerar de cerca los hechos. Porque en verdad se destruyeron a sí mismos por el hambre, y mataron a muchos, y la ciudad vino a ser lugar de sepultura de extranjeros, de soldados; pues, en cuanto a aquéllos, ni siquiera les habrían permitido ser sepultados, ya que de hecho no eran juzgados dignos de sepultura.
«Conviene, pues, que de estos varones que han andado con nosotros», prosigue Pedro. Observad cuán deseoso está de que sean testigos oculares. Verdad es, ciertamente, que el Espíritu había de venir en breve; y con todo, gran cuidado se muestra respecto de esta circunstancia. «De estos varones —dice— que han andado con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entró y salió entre nosotros.» Muestra que habían convivido con Cristo, no simplemente estado presentes como discípulos. En efecto, desde el mismo principio hubo muchos que entonces le siguieron. Observad, por ejemplo, cómo esto aparece en estas palabras: «Uno de los dos que habían oído hablar a Juan, y habían seguido a Jesús.» «Todo el tiempo —dice— que el Señor Jesús entró y salió entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan.» ¡Verdad! Porque nadie conocía lo que precedió a aquel suceso, aunque lo aprendieron por el Espíritu. «Hasta el día en que fue de entre nosotros levantado a lo alto, conviene que uno sea ordenado testigo con nosotros de su resurrección.» No dijo «testigo del resto de sus obras», sino «testigo de la resurrección solamente». Porque, en verdad, mayor derecho a ser creído tenía aquel testigo que podía declarar que el mismo que comió y bebió, y fue crucificado, ése resucitó. Por lo cual era menester que fuese testigo, no sólo del tiempo que precedió a este suceso, ni sólo de lo que le siguió y de los milagros; lo que se requería era la resurrección. Porque las demás cosas eran manifiestas y reconocidas, pero la resurrección se realizó en secreto, y a sólo éstos fue manifiesta. Y no dicen: «Los ángeles nos lo han dicho», sino: «Nosotros lo hemos visto.» Porque esto era lo más necesario en aquel tiempo: que fuesen hombres con derecho a ser creídos, porque habían visto.
«Y señalaron a dos», dice. ¿Por qué no a muchos? Para que el sentimiento de desengaño no llegase más lejos, extendiéndose a muchos. Además, no sin razón pone a Matías el último; quería mostrar que frecuentemente el que es honorable entre los hombres es inferior delante de Dios. Y todos oran en común, diciendo: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra.» «Tú», no «nosotros». Y muy oportunamente usan el epíteto «conocedor de los corazones»; porque por Aquel que es esto debía hacerse la elección. Tan confiados estaban de que ciertamente uno de ellos había de ser designado. No dijeron «Elige», sino «Muestra al elegido»; sabiendo que todas las cosas estaban de antemano ordenadas por Dios. «Al que Tú elegiste»: «a uno de estos dos —dicen— para que tenga su suerte en este ministerio y apostolado.» Porque había además otro ministerio. «Y les dieron sus suertes.» Pues aún no se consideraban dignos de ser informados por alguna señal. Y además, si en un caso en que ni se hizo oración ni fueron los agentes varones de mérito, el echar suertes tanto valió, porque se hizo con recta intención —me refiero al caso de Jonás—, mucho más aquí. Así, el designado llenó la compañía, completó el orden; mas el otro candidato no se molestó; porque los escritores apostólicos no habrían ocultado ésta ni ninguna otra falta propia, viendo que han referido de los mismos príncipes de los Apóstoles que en otras ocasiones tuvieron indignación, y esto no una sola vez, sino repetidamente.
Homilía 3 sobre los Hechos de los Apóstoles, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 11, 25-30)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Respóndens Jesus, dixit: Confíteor tibi, Pater, Dómine coeli et terræ, quia abscondísti hæc a sapiéntibus et prudéntibus, et revelásti ea párvulis. Ita, Pater: quóniam sic fuit plácitum ante te. Omnia mihi trádita sunt a Patre meo. Et nemo novit Fílium nisi Pater: neque Patrem quis novit nisi Fílius, et cui volúerit Fílius reveláre. Veníte ad me, omnes, qui laborátis et oneráti estis, et ego refíciam vos. Tóllite jugum meum super vos, et díscite a me, quia mitis sum et húmilis corde: et inveniétis réquiem animábus vestris. Jugum enim meum suáve est et onus meum leve.
Por aquel tiempo exclamó Jesús , diciendo: Yo te glorifico, Padre mío, Señor del cielo y de la tierra, porque has tenido encubiertas estas cosas, a los sabios y prudentes del siglo, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre mío, alabado seas, por haber sido de tu agrado que fuese así. Todas las cosas las ha puesto mi Padre en mis manos. Pero nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni conoce ninguno al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo haya querido revelarlo. Venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas. Porque suave es mi yugo y ligero el peso mío. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 11, 25-30 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 28. Como sabía el Señor que muchos habían de poner en duda la verdad anterior, es decir, el por qué los judíos no le quisieron recibir y los gentiles sí lo recibieron con prontitud, contesta a las opiniones de todos diciendo: "Yo te confieso, Padre", etc.
Glosa. Esto es, a ti, que haces los cielos y gobiernas en la tierra.
San Agustín, sermones, 67,1. Si Cristo, que está muy lejos de todo pecado, dijo: "Yo confieso", la confesión consiguientemente no es de sólo el que peca, sino alguna vez también del que alaba. Confesamos, pues, ya alabando a Dios, ya acusándonos a nosotros mismos. Luego cuando dijo: "Yo te confieso", quiso decir, yo te alabo y no, yo me acuso.
San Jerónimo. Los que calumnian al Salvador diciendo que no había nacido, sino que había sido creado, apoyan su calumnia en que el Señor llama a su Padre Señor del cielo y de la tierra; pero si El es una creatura y la creatura puede llamar a su autor padre suyo, fue una necedad el que no le llamara también igualmente Señor del cielo y de la tierra o padre. El da las gracias a Dios de haber revelado su venida a los Apóstoles, cosa que no supieron los escribas y los fariseos, que se tenían por sagaces y prudentes. Por eso sigue: "porque ocultaste a los sabios, etc".
San Agustín, sermones, 67,8. Bajo el nombre de sabios y prudentes, se entiende los soberbios, según manifiesta el Señor por las palabras: "Revelaste estas cosas a los pequeñuelos". ¿Y quiénes son los pequeñuelos, sino los humildes?
San Gregorio Magno, Moralia, 27. Y no añade: Revelaste estas cosas a los necios, sino a los pequeñuelos, en cuya exclusión da a entender que no condenó la penetración de espíritu, sino el orgullo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1. Al decir "a los sabios", no se refiere a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos. Y por eso no dijo: "Revelaste estas cosas a los necios", sino a los pequeñuelos, esto es, a los sencillos o rústicos. En esto nos enseña el cuidado que debemos tener de huir del orgullo y de amar la humildad.
San Hilario, in Matthaeum, 11. Están ocultos a los sabios los secretos y las virtudes de las palabras de Dios y para los pequeñuelos están abiertos: a los que son pequeños en malicia, mas no en inteligencia; a los que son sabios a los ojos de la presunción, mas no a los de la prudencia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1. Debemos alegrarnos de que se haya hecho la revelación a éstos y debemos lamentar el que se haya debido ocultar a aquellos.
San Hilario, in Matthaeum, 11. El Señor confirma, según el juicio de la voluntad del Padre la equidad del hecho de que todos aquellos que no han querido hacerse pequeños delante de Dios se queden hechos unos necios en su propia sabiduría. Así dice: "Así es, Padre, porque de esta manera te agradó".
San Gregorio Magno, Moralia, 25. Estas palabras nos dan una lección de humildad, a fin de que no intentemos discutir temerariamente los juicios divinos sobre la vocación de unos y la desaprobación de otros, manifestándonos al mismo tiempo que no puede haber injusticia en aquel a quien tanto complace lo justo.
San Jerónimo. También en estas palabras dice el Señor con mucha ternura a su Padre, que culmine la obra comenzada en los Apóstoles.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1-2. Todo lo que el Señor dijo a los Apóstoles en este pasaje, tiene por objeto el hacerlos más precavidos, porque era natural que tuviesen un concepto elevado de sí mismos, aquellos que lanzaban los demonios. De aquí el reprimir este concepto, porque cuanto se había hecho en su favor no era resultado de su celo, sino de la revelación divina. Por eso los escribas y los fariseos, teniéndose por sabios y prudentes, cayeron por efecto de su orgullo. De donde resulta que si por su orgullo no les fue revelado nada, también nosotros debemos tener miedo y ser siempre pequeños: pues esto hizo que vosotros gozaseis de la revelación. Y como dice San Pablo: "Los entregó Dios a su réprobo sentido" ( Rom 1,26). No dice esto para afirmar que Dios es el que produce ese efecto, pues Dios no hace mal, sino que aquellos fueron causa inmediata de ello. Por esta razón dice: "Ocultaste estas cosas a los sabios y a los prudentes". ¿Y por qué razón se las ocultó? San Pablo expone la razón en estos términos: "Porque queriendo establecer su propia justicia, no estuvieron sometidos a la justicia de Dios" ( Rom 10,3).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Después de haber dicho antes el Señor: "Yo te alabo, oh Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios". A fin de que nadie creyera que da las gracias al Padre, porque El está privado de ese poder, añade: "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre". Cuando escuchares que "todo me ha sido entregado por mi Padre", no debéis entender nada humano. Pues, este modo de expresarse que tiene el Señor, es para darnos a entender que no son dos los dioses engendrados, porque desde el momento en que El fue engendrado, fue hecho Señor de todas las cosas.
San Jerónimo. Porque de otra manera, si interpretamos este pasaje según nuestra frágil manera de ver las cosas, deberíamos admitir que desde el momento en que aquel que recibe empieza a tener, principiará a no tener aquel que ha dado. O también: por "todas las cosas me fueron entregadas" puede entenderse no el cielo, la tierra, los elementos y todo lo demás que hizo y creó Dios, sino todos aquellos que mediante el Hijo tienen entrada a donde está el Padre.
San Hilario, in Matthaeum, 11. O también: se expresó de esa manera, para que nadie juzgase que en el Padre había cosas que no las había en el Hijo.
San Agustín, contra Maximinum, 3,12. Porque si tiene menos poder que el Padre, no tiene todas las cosas que tiene el Padre. Y en el acto de ser engendrado por el Padre, este dio a su Hijo el poder, porque El ha dado lo que hay en su naturaleza a aquel que fue engendrado en su naturaleza.
San Hilario, in Matthaeum, 12. En seguida nos demuestra, que en el conocimiento del Padre y del Hijo, no hay en el Hijo cosa distinta y que sea completamente desconocida del Padre: "Y ninguno conoce al Hijo, sino el Padre y ninguno conoce al Padre, sino el Hijo".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. En el mismo hecho de no conocer nadie al Padre, sino el Hijo, nos prueba de una manera bien clara que es de la misma naturaleza. Como si dijera: ¿por qué ha de admirarse nadie de que yo sea Señor de todas las cosas, teniendo yo una cosa superior a todas ellas, a saber: el conocer al Padre y ser de su misma naturaleza?
San Hilario, in Matthaeum, 11. Nos enseña el mismo Salvador, que la sustancia del Padre y del Hijo está contenida en el conocimiento mutuo del uno y del otro. De manera, que el que conoce al Hijo, conoce también, en el Hijo, al Padre, puesto que éste entregó al Hijo todas las cosas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Cuando dice que nadie conoce al Padre, sino el Hijo, no quiere decir que todos le desconozcan completamente, sino que nadie tiene el conocimiento que el Hijo tiene del Padre. Lo mismo debe entenderse con respecto al Hijo. Porque no habla aquí de un Dios desconocido, como decía Marción.
San Agustín, de Trinitate, 1,8. Finalmente, como la naturaleza divina es inseparable, basta algunas veces nombrar o las dos personas o el Hijo sólo, o sólo el Padre, no separándose por esto el Espíritu de los dos, Espíritu que con toda propiedad es llamado Espíritu de verdad.
San Jerónimo. Avergüéncese el hereje Eunomio de expresar su idea del Padre y del Hijo, diciendo que el Padre engendra al Hijo y el Hijo al Padre. Porque si tomara por base de semejante insensatez las palabras: "Y a quien el Hijo lo quisiera revelar", le contestaríamos: una cosa es conocer por igualdad de naturaleza y otra por gracia de revelación.
San Agustín, de Trinitate, 7,3. El Padre es revelado por su Hijo, esto es, por su Verbo. Pues así como las palabras que proferimos nos revelan de un modo temporal y transitorio a nosotros mismos y aquello de que hablamos, ¿cuánto más la Palabra de Dios por la que se hicieron todas las cosas? Esta Palabra nos dice lo que es el Padre, en el concepto de Padre y así mismo qué es lo que es el Padre.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 2,1. Cuando dijo: "Ninguno conoce al Hijo, sino el Padre", no dijo: y a quien el Padre quisiere revelar. Pero esto no quiere decir que el Hijo no puede ser conocido más que sólo por el Padre. El Padre puede ser conocido, no sólo por el Hijo, sino por todos aquellos a quienes lo revelare el Hijo. Así decimos, que por revelación del Hijo conocemos al Padre y al Hijo, porque el Hijo es la luz de nuestra inteligencia. Y en lo que sigue: "Y a quien el Hijo lo quisiere revelar" comprendemos no sólo al Padre, sino también al Hijo, porque estas palabras están relacionadas con las anteriores. Porque es expresado el Padre por su Verbo y el Verbo, no sólo revela lo que El expresa, sino también se revela a sí mismo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Luego si revela al Padre, se revela a sí mismo. Dejó de poner esto último por ser evidente y puso lo primero, por si alguno lo ponía en duda. Nos demuestra también que está El tan identificado con el Padre, que es imposible llegar al Padre, sino mediante el Hijo y esto era lo que principalmente escandalizaba a los judíos, porque lo creían contrario a la idea de Dios y esta creencia es la que trató de destruir por todos los medios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. El había encendido el deseo de sus discípulos por todo lo que precede, que no es más que la expresión de su inefable virtud y ahora los llama a sí por las palabras: "Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados".
San Agustín, sermones 69,1. ¿Por qué nos cansamos todos, sino porque somos mortales, que llevamos vasos de barro que nos ponen en tantas angustias? Pero si los vasos frágiles de la carne nos angustian, nos desplegamos en los espacios de la caridad. ¿A qué dice: "Venid a mí todos los que trabajáis", sino para que no nos cansemos?
San Hilario, in Matthaeum, 11. Llama a sí a todos los que trabajan por las dificultades de la ley y la carga del pecado.
San Jerónimo. Asegura el profeta Zacarías, que es carga muy pesada la del pecado, diciendo: "que la iniquidad está sentada sobre una masa de plomo" ( Zac 5,7) y el Salmista completó esta verdad con las palabras: "mis iniquidades están pesando sobre mí" ( Sal 37,5).
San Gregorio Magno, Moralia, 30. Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Y no dice: Venid éste y aquel, sino todos los que estáis en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados; no para castigaros, sino para perdonaros los pecados. Venid, no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice: "Y yo os aligeraré". No dijo: Yo os salvaré solamente, sino (lo que es mucho más) os aliviaré, esto es, os colocaré en una completa paz.
Rábano. No sólo os aliviaré, sino que os saciaré con un manjar interior.
Remigio. Venid, dice, no con los pies, sino con las costumbres; no con el cuerpo, sino con la fe, porque ésta es la entrada espiritual que nos aproxima a Dios. Por eso dice: "Tomad mi yugo sobre vosotros".
Rábano. El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio que une y asocia en una sola unidad a los judíos y a los gentiles. Este yugo es el que se nos manda que pongamos sobre nosotros mismos, esto es, que tengamos como gran honor el llevarlo, no vaya ser que poniéndolo debajo de nosotros, esto es despreciándolo, lo pisoteemos con los pies enlodados de los vicios. Por eso añade: "Aprended de mí".
San Agustín, sermones, 69,2. No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprended de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios.
Rábano. Mandándonos nuestro Salvador que seamos sobrios en las costumbres y humildes en nuestros sentimientos, nos manda también que no ofendamos a nadie, que no despreciemos a nadie y que tengamos dentro de nuestro corazón todas las virtudes que manifestamos en nuestras obras exteriores.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Por eso El desde el principio comienza la exposición de las leyes divinas por la humildad y propone la recompensa en las palabras: "Y encontraréis la tranquilidad en vuestras almas". Esta es la mayor recompensa, porque con ello no sólo se hace uno útil para los demás, sino que encuentra en sí mismo la tranquilidad y concede esta recompensa antes de la que ha de dar en el tiempo venidero, ya que en ese tiempo se gozará de una tranquilidad eterna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,3. Y para que no se llenaran de temor al oír las palabras, carga y yugo, añade: "Porque mi yugo, etc".
San Hilario, in Matthaeum, 11. Y nos propone la idea consoladora del yugo suave y de la carga ligera, a fin de dar a los que creen en El unos indicios del bien que sólo El ha visto en el Padre.
San Gregorio Magno, Moralia, 4,39. ¿Qué carga pesada impone a nuestras almas el que nos manda evitar todo deseo que nos pueda perturbar? ¿Qué cosa más ligera que el abstenerse de la maldad, querer el bien, no querer el mal, amar a todos, no aborrecer a nadie, alcanzar lo eterno, no engolfarse en lo presente y el no hacer a otro lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros?
San Hilario, in Matthaeum, 11. ¿Y cuál es este yugo más suave y cuál esta carga más ligera? Buscar ser más considerado, abstenerse demaldades, querer el bien, odiar el mal, amar a todos, no odiar a nadie, perseguir lo eterno, no aferrarse a las cosas presentes, no querer hacer a otro lo que no se quiere para sí.
Rábano. Pero cómo se entiende que es suave el yugo de Cristo, cuando se dice más arriba: "¿Es estrecha la senda que conduce a la vida?" ( Mt 7,14). Porque lo que al principio se nos hace dificultoso, pasado algún tiempo, mediante la dulzura inefable del amor, se nos hace sumamente fácil.
San Agustín, sermones,70,1. Los que llevaron intrépidamente sobre sus cabezas el yugo del Señor, han afrontado peligros tan difíciles, que parece como que son llamados, no del trabajo al descanso, sino de la inacción al trabajo, como dice el Apóstol de sí mismo ( 2Cor 6): El Espíritu Santo es ciertamente el que renueva de día en día al hombre interior en medio de las ruinas del hombre exterior y una vez que ha gustado la tranquilidad espiritual, en esta afluencia de las delicias de Dios, en la esperanza de los bienes eternos, todo lo presente pierde su aspereza y todo lo pesado se aligera. Sufren los hombres el ser despedazados y quemados, no solamente a fin de no sufrir los dolores eternos, sino aún para evitar mediante un dolor muy vivo pero momentáneo, otros sufrimientos prolongados. ¿Qué tormentas e inclemencias no sufren los comerciantes, a fin de conseguir riquezas banales? Las mismas penas experimentan los que no buscan esas riquezas como los que las buscan. Pero en éstos no son tan terribles, porque el amor suaviza y hace fáciles las cosas más inclemente y difíciles. ¿Con cuánta más razón hará más fácil todo lo difícil, la caridad que tiene por objeto la verdadera felicidad, que no la pasión, que en cuanto está de su parte tiende a un fin miserable?
San Jerónimo. ¿Cómo el Evangelio es más suave que la ley, puesto que ésta sólo castiga el homicidio y el adulterio y el Evangelio hasta la ira y la concupiscencia? ( Mt 5). Hay en la ley muchos preceptos, que según enseña con toda erudición el Apóstol ( Hch 15) son impracticables. En la ley se exige la obra, en el Evangelio la intención, con la que puede obtenerse la recompensa sin que se haya realizado la obra. El Evangelio nos manda lo que nos es posible, esto es, el no desear y esto queda dentro de nuestras facultades. La ley, al castigar al adulterio, no castiga la intención, sino el hecho. Figuraos que en una persecución ha sido violada una virgen, el Evangelio la recibe como virgen porque no ha pecado por su voluntad, pero la ley la repudia porque ha sido violada.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena