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miércoles, 26 de enero de 2039

San Policarpo, Obispo y Mártir

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Policarpo, discípulo de san Juan Evangelista, obispo de Esmirna, y mártir, nació por los años de Cristo de 70 en tiempo del emperador Vespasiano, y fué convertido á la religión cristiana en su niñez cuando imperaba ya Tito. Hízose no solo querer sino estimar aun de los mismos apóstoles por la inocencia de sus costumbres, por el fervor de su piedad y por el ardiente celo que mostraba en todo lo que pertenecía á la religión. Tuvo la fortuna de conocer y de conversar con muchos que habían tratado al Salvador cuando vivía en el mundo: fueron sus maestros los apóstoles, y san Juan Evangelista tomó especialmente á su cargo el cuidado de enseñarle. En tal escuela, y con las buenas disposiciones que había recibido del cielo, ¿cuántos progresos haría?

«Policarpo (dice san Ireneo en el libro de las herejías) no solo fué enseñado por apóstoles y conversó con muchos que habían conocido en vida á Jesucristo, sino que los mismos apóstoles, en el Asia, le eligieron por obispo de Esmirna. Yo le alcancé en mis juveniles años; porque vivió mucho tiempo, y de un gloriosísimo y muy ilustre martirio. Enseñó siempre aquella misma doctrina que había aprendido de los apóstoles: la que enseña la Iglesia y la que es únicamente doctrina verdadera. Todas las iglesias de Asia, y todos los que hasta ahora han sido sucesores de Policarpo en la silla episcopal, dan testimonio de que fué inviolable predicador de la verdad, mas digno de fe que Valentino, Marcion y los demás descaminados que se han dejado llevar de la mentira y del error. En tiempo de Aniceto vino á Roma, convirtió á la fe y reconcilió con la Iglesia de Dios á muchos secuaces de los herejes, publicando que la doctrina que él había aprendido de los apóstoles era únicamente la que la Iglesia enseñaba.» Hasta aquí son palabras de san Ireneo.

Como era san Juan el que tenía á su cargo todas las iglesias de Asia, él fué quien le encomendó la iglesia de Esmirna, consagrándole por obispo de ella por medio de la imposición de las manos, poco tiempo antes que saliese á su destierro de la isla de Patmos. Tiénese por cierto que los elogios que el santo Evangelista da en su Apocalipsi al ángel, esto es, al obispo de Esmirna, se dirigían á san Policarpo, el único de los siete obispos que fué declarado por irreprensible de boca del mismo Cristo, por estas palabras: Yo sé que padeces, y que eres muy pobre: con todo eso eres muy rico, porque eres objeto de la murmuración de aquellos que se llaman judíos, y no lo son, porque componen la sinagoga de Satanás. No temas por lo que te resta de padecer; ves aquí que el demonio va á meter en la cárcel á muchos de vosotros, para que todos seáis probados, y vuestra tribulación será de diez días. Sé fiel hasta la muerte, que yo te daré la corona debida.

Con efecto, tuvo Policarpo gran necesidad de mucho valor y de mucha paciencia para sufrir las persecuciones que se levantaron contra él, no solo de parte de los paganos, sino también de los herejes y de los falsos hermanos que por largo tiempo ejercitaron su virtud y sufrimiento. Habiendo muerto su amado maestro san Juan, quedó Policarpo privado de un gran socorro y de un dulcísimo consuelo; pero conservó siempre sus máximas y su espíritu, tanto, que parecía hablaba Juan por boca de Policarpo.

Fué condenado á muerte su grande amigo san Ignacio, obispo de Antioquía, por el emperador Trajano, que se hallaba á la sazón en Siria; y se dió orden de que fuese conducido á Roma, donde había de ser echado á las fieras, por la fe de Jesucristo, en el anfiteatro público. Tuvo gran consuelo san Ignacio de pasar por Esmirna y dar un abrazo antes de morir á su amigo Policarpo. Llenóse de gozo cuando vió la iglesia de Esmirna tan fervorosa y tan florida, y dió mil gracias á Dios por haberle concedido un pastor tan santo, tan vigilante y tan prudente. Ambos habían sido discípulos del sagrado Evangelista, y desde entonces habían contraído una estrechísima amistad.

Antes de llegar á Roma san Ignacio escribió á san Policarpo, á quien no solo tenía por amigo, sino que en cierta manera le trataba como á hijo, por ser mucho mas anciano que él. Con esta licencia, le da en la carta unos consejos semejantes á los que san Pablo daba á su discípulo Timoteo. «Cumple (le dice) con las obligaciones de tu cargo, dando á él toda la aplicación de tu cuerpo y de tu espíritu. Sufre á los demás, como el Señor te sufre á ti. Si todos te diesen que padecer, padece de todos con caridad, como lo haces. Pide á Dios la sabiduría aun en mayor abundancia que la tienes. Vela, puesto que posees un espíritu que no duerme. Habla á cada uno en particular, según lo que el Señor te diere á entender. Lleva en paciencia las flaquezas de otros como perfecto atleta. Cuando el trabajo es mayor, también es mayor el provecho. El que ames á los buenos, ni dado ni gracias. Aplícate á ganar á los mas perversos por la dulzura. No todas las llagas se curan con un mismo remedio. Las inflamaciones se supuran bañándolas y rociándolas. No te dejes aturdir de los que parecen dignos de fe y enseñan errores. Mantente firme, como se mantiene el yunque por mas que le golpeen. Es propio de un grande atleta ser despedazado y vencer.»

Hallándose san Ignacio en Filipos de Macedonia, escribió otra segunda carta á san Policarpo, en toda la cual le habla con la licencia de anciano, con la autoridad de obispo, con la cordialidad de amigo y con el fervor de mártir que estaba ya casi tocando con la mano la corona en el fin de su gloriosa carrera. San Ireneo, su amigo antiguo y su discípulo ilustre, dice que fué testigo ocular de la santidad de toda su vida, de la gravedad de todas sus operaciones, de la majestad de su semblante y de su porte, de su inmensa caridad y de la maravillosa estimación que se ganó en el concepto de todos.

Habiendo sido discípulo de san Juan Evangelista, no es de extrañar se le hubiese pegado un ardentísimo amor á Jesucristo y una devoción muy tierna á la santísima Virgen María. Se ha hecho la prudente y especial observación que todas las iglesias que lograron la dicha de tener por obispos á los santos apóstoles ó á sus discípulos, han conservado siempre una devoción muy particular á la Madre de Dios y Reina de los ángeles.

Hallándose ya san Policarpo en los ochenta años de su edad, pasó á Roma para consultar con el papa Aniceto algunos puntos sobre la disciplina eclesiástica: especialmente el que entonces era muy controvertido acerca del día en que los cristianos habían de celebrar la Pascua. Fué útilísima la mansión que hizo en Roma nuestro santo para algunos fieles que estaban algo tocados del veneno de las nuevas herejías. Quedó confundido el error con la presencia y con la doctrina de un discípulo tan ilustre de san Juan Evangelista. Encontrando un día en la calle al heresiarca Marcion, preguntó este al santo si le conocía, y Policarpo le respondió: Sí, ya te conozco, y ya sé que eres el hijo primogénito de Satanás.

Vuelto al Asia nuestro obispo, no gozó por mucho tiempo de la paz en que había dejado á su iglesia al tiempo de partir á Roma. El emperador Marco Aurelio, que había sucedido á Antonino, teniendo á los cristianos por enemigos de sus dioses, hizo punto de honra y de religión el exterminarlos del mundo. Esto dió lugar á la sexta persecución, que fué una de las mas crueles; y la iglesia de Esmirna fué uno de los primeros teatros de ella. El procónsul Cuadrato dió principio á la persecución, mandando echar á las fieras doce cristianos traídos de Filadelfia. Era como capitán de esta tropa san Germánico, cuya constancia irritó tanto á los gentiles contra los cristianos, que el pueblo comenzó á clamar por su muerte, pidiendo ante todo la de Policarpo, cuya presencia hacía invencibles á los fieles, inspirándoles el menosprecio de la muerte y de todos los tormentos.

Quiso el santo mantenerse en la ciudad sin hacer caso de estos clamores, y continuar sin novedad en sus visitas pastorales; pero se vió precisado á ceder á las ardientes instancias de los cristianos, que le obligaron á retirarse y esconderse en una casa de campo, donde no estuvo muchos días; y los pocos que estuvo los pasó en continua oración día y noche. Tres días antes que le prendiesen tuvo una visión en sueños, pareciéndole que ardía la almohada sobre que reclinaba su cabeza. Luego que despertó juntó á los fieles, y les dijo: Tened por cierto que dentro de pocos días he de ser quemado vivo: demos por siempre gracias á nuestro dulcísimo Jesús, que me quiere hacer merecedor de la corona del martirio.

Al día siguiente se halló la casa cercada de soldados y de guardas. Hallábase el santo en oración en el desván de la casa; y oyendo el ruido, se ofreció por víctima al Señor, suplicándole se dignase de aceptar el sacrificio de su vida; y lleno de extraordinaria alegría, bajó donde estaban los soldados y saludó cortésmente al oficial que los mandaba; declaróle quién era; rogóle que entrase con su gente á descansar un poco; mandó que les dispusiesen de comer, y él se retiró á continuar su oración. Quedaron atónitos el oficial y los soldados al ver tanta serenidad, tanta dulzura y tanta mansedumbre; llenándolos también de veneración y de respeto la majestuosa presencia de aquel venerable anciano; pero al fin eran mandados y no podían dejar de cumplir su comisión, aunque ya con general dolor de todos.

Al amanecer hicieron montar al santo en un humilde jumento para ir á Esmirna. Poco antes de entrar en la ciudad encontró al corregidor y á su padre Nicetas que iban de paseo; obligáronle á que se metiese en su coche, y comenzaron á persuadirle con las razones mas vivas y mas blandas que pudieron, á que se rindiese al emperador y sacrificase á los dioses. Indignado el santo obispo de que tuviesen valor para hablarle en aquella materia, les respondió con tanta resolución y con tanto brío, que le arrojaron violentamente del coche, quedando no poco maltratado del golpe que recibió en la caída.

Al entrar en el anfiteatro oyó una voz del cielo que le decía: Buen ánimo, Policarpo, y está firme. Fué luego presentado ante el tribunal del procónsul, que le exhortó mucho á que obedeciese, y considerase que ni sus años ni su gran debilidad podrían tolerar el rigor de los tormentos á que irremisiblemente le condenaría si al instante no maldecía á Jesucristo. Entonces el santo viejo, como recogiendo todos los espíritus de su celo, y cobrando un vigor y un tono de voz muy superior á su avanzada edad, le respondió de esta manera: Ochenta y seis años ha que sirvo á mi Señor Jesucristo; nunca me ha hecho ningún mal, y siempre me ha hecho mucho bien, recibiendo cada día de su mano nuevos favores; pues ¿cómo quieres que maldiga á aquel que me dió la vida, que es mi Criador, mi Salvador y mi Padre, árbitro de mi suerte eterna, que ha de juzgar á todos los hombres, y finalmente mi Dios, á quien debo todo mi amor, todo mi reconocimiento y todo mi respeto?

Irritado el procónsul con una respuesta que no esperaba, le amenazó que le echaría á las fieras. Confiado en mi Señor Jesucristo, respondió el santo, no temo ni á las fieras, ni al fuego, ni al acero. Cuando oyó el pueblo estas palabras, comenzó á gritar enfurecido: Pues dice que no teme al fuego, que sea quemado vivo. Diciendo y haciendo, encendieron luego tumultuariamente una hoguera, arrojaron en ella á Policarpo, que, con semblante alegre y los ojos puestos en el cielo, se estaba ofreciendo á Dios en holocausto; pero respetándole las llamas, le rodearon blandamente, y elevándose sobre la cabeza á modo de pabellón, le cubrían sin hacerle daño. Mas irritados los paganos con este prodigio, le atravesaron una espada por el cuerpo, y la sangre que derramaba el santo mártir apagó el fuego.

De esta manera acabó su gloriosa carrera Policarpo; y desde entonces celebró toda la Iglesia su ilustre martirio. Venérale la Francia y le ha venerado siempre por uno de sus apóstoles, por haberle debido á san Ireneo, obispo de León, á san Benigno, obispo de Langres, á san Andoco, á san Tirso y san Andéolo, que todos fueron discípulos de nuestro santo. Sucedió su glorioso martirio cerca del año 160 de nuestro Señor Jesucristo.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.