viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

miércoles, 26 de enero de 2039

San Policarpo, Obispo y Mártir

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (1 Joann. 3, 10-16)

Léctio Epístolæ beáti Joánnis Apóstoli Caríssimi: Omnis qui non est justus, non est ex Deo, et qui non díligit fratrem suum: quóniam hæc est annuntiátio, quam audístis ab inítio, ut diligátis altérutrum. Non sicut Cain, qui ex malígno erat, et occídit fratrem suum. Et propter quid occídit eum? Quóniam ópera ejus malígna erant: fratris autem ejus justa. Nolíte mirári fratres, si odit vos mundus. Nos scimus quóniam transláti sumus de morte ad vitam, quóniam dilígimus fratres. Qui non díligit, manet in morte: omnis qui odit fratrem suum, homicída est. Et scitis, quóniam omnis homicída non habet vitam ætérnam in semetípso manéntem. In hoc cognóvimus caritátem Dei, quóniam ille ánimam suam pro nobis pósuit: et nos debémus pro frátribus ánimas pónere.

Por aquí se distinguen los hijos de Dios de los hijos del diablo. Todo aquel que no practica la justicia, no es hijo de Dios, y así tampoco lo es el que no ama a su hermano. En verdad que ésta es la doctrina que aprendisteis desde el principio , que os améis unos a otros. No como Caín, el cual era hijo del maligno espíritu, y mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran malignas, y las de su hermano justas. No extrañéis, hermanos, si os aborrece el mundo. Nosotros conocemos haber sido trasladados de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no los ama, queda en la muerte, o está sin caridad. Cualquiera que tiene odio a su hermano, es un homicida. Y ya sabéis que en ningún homicida tiene su morada la vida eterna. En esto hemos conocido la caridad de Dios, en que dio el Señor su vida por nosotros; y así nosotros debemos estar prontos a dar la vida por la salvación de nuestros hermanos. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Tratado 5 sobre la Primera Carta de San Juan — San Agustín

«Todo el que no es justo, no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.» Porque éste es el mensaje: mirad cómo lo confirma: «Porque éste es el mensaje que oísteis desde el principio: que nos amemos los unos a los otros.» Nos ha manifestado que de esto habla: quien obra contra este mandamiento está en aquel pecado maldito en que caen los que no han nacido de Dios. «No como Caín, que era de aquel maligno, y mató a su hermano.» ¿Y por qué lo mató? «Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.» Por tanto, donde hay envidia, no puede haber amor fraterno. Mirad, amados míos: el que envidia, no ama. El pecado del diablo está en aquel hombre, porque el diablo por envidia derribó al hombre. Pues él cayó, y envidió al que estaba en pie. No quiso derribar al hombre para quedar él en pie, sino sólo para no caer solo. Retened en vuestra mente lo que a esto ha añadido: que la envidia no puede existir en la caridad. Lo tenéis abiertamente allí donde se alaba la caridad: «La caridad no envidia.» No había caridad en Caín; y si no hubiera habido caridad en Abel, Dios no habría aceptado su sacrificio. Pues cuando ambos hubieron ofrecido, el uno de los frutos de la tierra, el otro de las crías del ganado, ¿pensáis, hermanos, que Dios despreció los frutos de la tierra y amó las crías del ganado? Dios no atendió a las manos, sino que miró en el corazón: y a aquel que vio ofrecer con caridad, su sacrificio miró con agrado; a aquel que vio ofrecer con envidia, de su sacrificio apartó los ojos. Por las buenas obras de Abel, pues, entiende sólo la caridad; por las malas obras de Caín, entiende sólo el odio a su hermano. No le bastó odiar a su hermano y envidiar sus buenas obras: porque no quería imitarlo, quiso matarlo. Y de aquí se hizo manifiesto que era hijo del diablo, y de aquí también que el otro era el justo de Dios. Así, pues, se discierne a los hombres, hermanos míos. Que nadie atienda a la lengua, sino a las obras y al corazón. Si alguno no hace el bien a sus hermanos, muestra lo que hay en él. Por las tentaciones son probados los hombres.

«No os maravilléis, hermanos, si el mundo os aborrece.» ¿Habré de deciros a menudo qué significa el mundo? No el cielo, ni la tierra, ni estas obras visibles que Dios hizo, sino los amadores del mundo. Por decir estas cosas a menudo, a algunos les resulto pesado; pero tan lejos estoy de decirlo sin causa, que a algunos se les podría preguntar si lo he dicho, y no sabrían responder. Que quede, pues, aunque sea a fuerza de insistir, algo fijo en los corazones de los que oyen. ¿Qué es el mundo? El mundo, tomado en mal sentido, son los amadores del mundo; el mundo, cuando la palabra se usa en alabanza, es el cielo y la tierra, y las obras de Dios que hay en ellos; por lo cual se dice: «Y el mundo fue hecho por Él.» También es el mundo la plenitud de la tierra, como el mismo Juan ha dicho: «No sólo por nuestros pecados es Él la propiciación, sino también por los de todo el mundo»: quiere decir, del mundo, de todos los fieles esparcidos por toda la tierra. Pero el mundo en mal sentido son los amadores del mundo. Los que aman al mundo no pueden amar a su hermano.

Si el mundo nos aborrece, «nosotros sabemos»... ¿Qué sabemos?... «que hemos pasado de la muerte a la vida». ¿Cómo lo sabemos? «Porque amamos a los hermanos.» Que nadie pregunte al hombre; que cada uno vuelva a su propio corazón: si halla en él el amor fraterno, quede tranquilo, porque ha pasado de la muerte a la vida. Ya está a la derecha; no repare en que por ahora su gloria está oculta: cuando el Señor venga, entonces aparecerá en gloria. Pues tiene la vida en sí, mas todavía en invierno; la raíz está viva, pero las ramas, por así decir, están secas: dentro está la sustancia que tiene la vida, dentro están las hojas de los árboles, dentro están los frutos; pero aguardan el verano. Así, pues, sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. «El que no ama, permanece en la muerte.» Y para que no juzguéis cosa leve, hermanos, aborrecer, o no amar, oíd lo que sigue: «Todo el que aborrece a su hermano es homicida.» ¿Cómo, pues? Si alguno tuvo en poco aborrecer a su hermano, ¿tendrá también en su corazón en poco el homicidio? No mueve las manos para matar a un hombre, y sin embargo ya es tenido por Dios como homicida: el otro vive, y no obstante este hombre ya es juzgado como su matador. «Todo el que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene la vida eterna permaneciendo en él.»

«En esto hemos conocido el amor»: se refiere a la perfección del amor, aquella perfección que os hemos exhortado a grabar en el corazón: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar la vida por los hermanos.» He aquí de dónde vino aquello: «Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas.» Pues, para que sepáis que Él quería que sus ovejas fuesen así apacentadas por él, de modo que diese su vida por las ovejas, en seguida le dijo esto: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá, y te llevará a donde no quieras.» Esto dijo, afirma el evangelista, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios; para que a aquel a quien había dicho: «Apacienta mis ovejas», al mismo le enseñara a dar la vida por sus ovejas.

Tratado 5 sobre la Primera Carta de San Juan, San Agustín · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1888) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Matt. 10, 26-32)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Nihil est opértum, quod non revelábitur; et occúltum, quod non sciétur. Quod dico vobis in ténebris, dícite in lúmine: et quod in aure audítis, prædicáte super tecta. Et nolíte timére eos, qui occídunt corpus, ánimam autem non possunt occídere; sed pótius timéte eum, qui potest et ánimam et corpus pérdere in gehénnam. Nonne duo pásseres asse véneunt: et unus ex illis non cadet super terram sine Patre vestro? Vestri autem capílli cápitis omnes numeráti sunt. Nolíte ergo timére: multis passéribus melióres estis vos. Omnis ergo, qui confitébitur me coram homínibus, confitébor et ego eum coram Patre meo, qui in coelis est.

Pero por eso no les tengáis miedo, porque nada está encubierto que no se haya de descubrir, ni oculto que no se haya de saber. Lo que os digo de noche, decidlo a la luz del día; y lo que os digo al oído predicadlo desde los terrados. Nada temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Temed antes al que puede arrojar alma y cuerpo en el infierno. ¿No es así que dos pájaros se venden por un cuarto, y, no obstante, ni uno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga vuestro Padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No tenéis, pues, que temer; valéis vosotros más que muchos pájaros. En suma, a todo aquel que me reconociere y confesare por Mesías delante de los hombres, yo también le reconoceré y declararé por él delante de mi Padre que está en los cielos. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 10, 26-32 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Remigio. Luego de la anterior consolación, añade otra no menor, diciendo: "No les temáis"; es decir, a los perseguidores. Y les da la razón de por qué no les deben temer, a saber: "Porque nada hay oculto que no sea revelado".

San Jerónimo. ¿Cómo es posible que en el tiempo presente no se sepan las maldades de muchos? Aquí habla, pues, del tiempo futuro, cuando Dios juzgará los misterios de los hombres, iluminará los escondrijos de las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones de los corazones ( 1Cor 4,5): el sentido es éste: "No temáis la crueldad de los perseguidores y la rabia de los blasfemos, porque llegará el día del juicio y en él se verán bien a las claras vuestra virtud y su malicia".

San Hilario, in Matthaeum, 10. Les aconseja, pues, que no tengan miedo ni a las amenazas, ni a las afrentas, ni a las revoluciones, ni al poder de los perseguidores; porque ya verán en el día del juicio de cuán poco les valieron todas estas cosas.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,1. Parece, a primera vista, que tiene un sentido general lo que acaba de decir; sin embargo, no lo dijo de todos, sino solamente de aquellos de que habló antes. Es como si dijera: Si vosotros sufrís oyendo los ultrajes, tened presente que bien pronto quedaréis libres de toda sospecha: Os llamarán adivinos y magos y seductores; pero esperad un poco y veréis como, cuando la misma realidad de las cosas os declare bienhechores y atiendan ellos a la verdad de las cosas y no a las habladurías de los hombres, os proclaman ellos mismos salvadores de todo el género humano.

Remigio. Opinan algunos que prometió el Señor a sus discípulos por estas palabras que revelarían ellos todos los misterios ocultos por el velo de la letra de la Ley. Por eso dice el Apóstol: "Cuando se hubieren convertido al Señor, entonces se quitará el velo" ( 2Cor 3,16), cuyo sentido es: ¿por qué debéis temer a vuestros perseguidores, vosotros que habéis sido elevados tal dignidad, que por vosotros hayan sido puestos de manifiesto los misterios de la Ley y de los Profetas?

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Después que les quitó el miedo y les hizo superiores a los oprobios, les habla en tiempo oportuno de la libertad de la predicación, diciéndoles: "Lo que os digo en las tinieblas".

San Hilario, in Matthaeum, 10. No hemos oído que el Señor acostumbrase a predicar o a enseñar por la noche, sino que dice esto porque para los hombres carnales sus palabras eran tinieblas y para los infieles noche. Y así dijo que debía El ser anunciado con la libertad de la fe y de la predicación.

Remigio. El sentido, pues, es el siguiente: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, entre los judíos incrédulos, "decidlo vosotros a la luz", esto es, predicadlo a los fieles: "Y lo que habéis escuchado al oído", esto es, lo que os he dicho en secreto, "predicadlo sobre los techos", esto es, públicamente y delante de todos; solemos decir muchas veces: Le habla al oído, esto es: en secreto.

Rábano. Sin duda cuando dijo: "Predicad sobre los techos", habla según la costumbre de la provincia de Palestina, donde se habitan los techos, porque no están terminados en punta, sino en una superficie plana. Será, pues, predicado en los techos lo que deba decirse delante de todos los oyentes.

Glosa. O de otra manera: "Lo que os digo en las tinieblas", esto es, cuando aun estáis en el temor carnal, "decidlo en la luz", esto es, en la confianza de la verdad cuando fuereis iluminados por el Espíritu Santo. "Y lo que oísteis al oído", esto es, percibisteis con sólo el oído, "predicadlo" completándolo con vuestras obras, estando sobre los techos, esto es, en vuestros cuerpos, que son el domicilio de las almas.

San Jerónimo. O también: "Lo que os digo en las tinieblas decidlo a la luz", esto es, lo que oísteis en el misterio, predicadlo con más claridad: "Y lo que oísteis al oído predicadlo sobre los techos", esto es, lo que Yo os enseñé en una pequeña aldea de Judea, decidlo sin temor en todas las ciudades del mundo entero.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Así como cuando decía: "El que cree en Mí hará las obras que Yo hago y las hará mayores que éstas" ( Jn 14,12), también aquí muestra de que manera todo es obrado a través de ellos más que por sí mismos, como dice: "Yo di el principio; pero más aun, quiero culminarlo a través de vosotros"; pues esto no sólo concierne al que manda, sino también a los que enseñen y prediquen porque triunfarán sobre todo.

San Hilario, in Matthaeum, 10. Debemos sembrar constantemente el conocimiento de Dios y revelar con la luz de la predicación el secreto profundo de la doctrina del Evangelio, sin temor de aquellos que sólo tienen poder sobre los cuerpos, mas nada pueden sobre el espíritu; por eso se dice: "Y no temáis a aquellos que matan el cuerpo y al alma no pueden matar".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Mirad el modo de que se valió para hacerlos superiores a todos: aconsejándoles a despreciar por temor a Dios, no solamente las preocupaciones y las calumnias y los peligros, sino lo que es aun más terrible que todo esto, hasta a la misma muerte; por eso añade: "Sino temed más bien a aquel que puede arrojar al infierno vuestro cuerpo y vuestra alma".

San Jerónimo. No se encuentra en los libros antiguos la palabra gehenna y el Salvador es el primero que la emplea: indaguemos ahora a qué da motivo esta nueva palabra. Muchas veces hemos leído que el ídolo Baal estuvo cerca de Jerusalén, en la base del monte Moria, de donde brota la fuente Siloé. Este valle y pequeña planicie, regada y cubierta de árboles, era sumamente deliciosa y contenía un bosque consagrado al ídolo. El pueblo de Israel llegó a tal grado de locura, que abandonó los templos inmediatos para ofrecer en él los sacrificios, olvidar las ideas severas de la religión y quemar a sus hijos delante del demonio. Llamábase el bosque Gehennón, esto es, valle del hijo de Ennón. Este nombre está sumamente repetido en los libros de los Reyes, en las Crónicas y en Jeremías y Dios los amenaza con llenar ese lugar de cadáveres, para que no volviera a llamarse Tophet y Baal, sino Polyandrium, esto es, tumba de los muertos. Con este nombre son designados los futuros suplicios y las penas eternas de los pecadores.

San Agustín, de civitate Dei, 13,2. No se verificará esto antes que el alma esté unida al cuerpo con una unión de que jamás se separará y sin embargo, aun entonces se llama propiamente muerte del alma, porque no vive de Dios y muerte del cuerpo, porque aunque no deja de sentir el hombre en su última condenación, sin embargo, como este sentimiento no le proporciona ninguna dulzura ni tranquilidad alguna, sino el dolor de la pena, merece con muchísima razón que se le dé el nombre de muerte.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Observad además que no les promete librarlos de la muerte, sino que les aconseja el despreciarla, que es mucho más que el librarlos de la muerte y que les insinúa el dogma de la inmortalidad.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Después de haberles quitado el miedo a la muerte, a fin de que no creyeran los Apóstoles, si morían, que Dios les había abandonado, insiste de nuevo en su sermón sobre la providencia de Dios, diciendo: "¿Por ventura no son vendidos dos pájaros en un cuarto y ninguno de ellos cae sin el consentimiento de vuestro Padre?"

San Jerónimo. El sentido es éste: si los pequeños animales no perecen sin el consentimiento de su Autor, que es Dios y la Providencia se extiende a todos y si lo que es en sí perecedero no perece sin la voluntad de Dios, vosotros, que sois eternos, no debéis temer que Dios abandone vuestra vida.

San Hilario, in Matthaeum, 10. En sentido místico lo que se vende es el alma y el cuerpo y a quien se vende es al pecado. Los dos pájaros que se venden por un cuarto son aquellos que, nacidos para volar y remontarse al cielo en las alas de la gracia, se venden ellos mismos por un miserable pecado. Presos ellos por el placer de las cosas presentes y vendidos a la vanidad del siglo, quedan prostituidos con semejante proceder. Es voluntad de Dios que el uno vuele más que el otro; pero la ley que Dios ha dado al otro le hace caer en tierra. Si los dos volaran igualmente, los dos serían uno solo y los dos formarían un solo cuerpo espiritual; pero vendidos el uno y el otro al pecado, el alma se hace terrenal al contacto del mal y entonces es cuando uno de ellos es arrojado en tierra.

San Jerónimo. Las palabras: "Y vuestros cabellos están contados", nos manifiestan la inmensa providencia de Dios para con el hombre y nos marcan el inefable amor para con él, puesto que tan perfectamente sabe todas nuestras cosas.

San Hilario, in Matthaeum, 10. Pues es diligente el considerar en algo el número.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,2. Dijo esto, no porque El hubiese contado los cabellos, sino para expresar su exquisito conocimiento y su mucha providencia sobre todas las cosas.

San Jerónimo. Los que niegan la resurrección se burlan de la interpretación que da la Iglesia a este pasaje, como si nosotros dijéramos que todos los cabellos están contados y que todos los que hubieren sido cortados por la tijera tenían que resucitar, siendo así que no dijo el Salvador: "Todos vuestros cabellos serán salvados", sino "están contados". El número da a entender solamente que Dios conoce el número de nuestros cabellos, mas no que El los conservará todos.

San Agustín, ult., de civitate Dei, 22,19. Aunque se pueda preguntar si efectivamente los cabellos que se cortan vuelven otra vez al mismo sujeto; si esto fuera así, ¿quién no se espantaría de semejante monstruosidad? Entiendo que nada del cuerpo ha de perderse hasta el punto de quedar en él algo deforme. Se comprende también que lo que había de añadirse a su volumen, ocasionando enorme deformidad, no se añadirá en aquellos lugares en que con ellos se afeara la belleza de los miembros. Como si se hiciera un vaso de barro y reducido de nuevo al mismo barro, se hiciera de nuevo otro igual; no sería necesario que la parte del polvo que había estado en el asa tornara al asa y la que había formado el fodo tornara a formar el fondo, con tal de que todo volviera al todo, es decir, que todo aquel barro, sin pérdida de parte alguna, tornara a todo el vaso. Por eso los cabellos, tantas veces cortados, no volverán a sus lugares respectivos si hubieran de volver produciendo alguna deformidad; aunque no se perderán para nadie en la resurrección, porque serán cambiados con la mutabilidad de la materia en la misma carne. Tendrán en ella el lugar del cuerpo, conservando siempre la conveniencia de las partes. Y esto contando con lo que dice el Señor: "No perecerá un cabello de vuestra cabeza" ( Lc 21,18), puede entenderse con más propiedad de la longitud que del número de los cabellos. Así también se dice: "Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados".

San Hilario, in Matthaeum, 10. No parece digno de Dios el contar lo que ha de perecer; pero para que supiéramos que nada en nosotros ha de perecer, nos dice que nuestros mismos cabellos cortados están contados. No debemos tener miedo a las desgracias de nuestros cuerpos, según aquellas palabras: "No temáis, pues sois vosotros mejores que muchos pájaros".

San Jerónimo. El sentido de lo que precede está más manifiesto en estas palabras: "No debéis temer a los que matan al cuerpo", porque ¿si hasta los animales más pequeños no mueren sin la previsión de Dios, cuánto más el hombre que haya sido revestido de la dignidad apostólica?

San Hilario. Cuando dice que El los prefiere a muchos pájaros, da a entender que prefiere a los elegidos a la multitud de infieles, porque éstos han caído sobre la tierra y aquellos volarán al cielo.

Remigio. En sentido místico Cristo es la cabeza y los Apóstoles los cabellos y por eso se dice con razón que están contados, porque están escritos sus nombres en el cielo.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,3. Después de disipar el Señor el temor que tanto angustiaba el alma de sus discípulos, vuelve de nuevo a darles fuerzas con las cosas que han de conseguir; no solamente les desvanece todo temor, sino que los eleva, con la seguridad de mayores recompensas, en la libertad de predicar la verdad, diciendo: "A todo el que me confesare delante de los hombres, confesaré Yo también delante de mi Padre, que está en los cielos".

San Hilario, in Matthaeum, 10. Esta es la conclusión de lo que precede: el que estuviere firme en esta doctrina debe tener la constancia de confesar libremente a Dios.

Remigio. Esta confesión es aquella de que habla el Apóstol: "Se cree con el corazón para la justicia y se confiesa con la boca para la salvación" ( Rom 10,10). A fin, pues, de que nadie tenga la idea de que sin la confesión de boca puede uno salvarse, no solamente dice: "El que me confesare", sino que añade: "Delante de los hombres" y vuelve a insistir: "Y al que me negare delante de los hombres, también negaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos".

San Hilario, in Matthaeum, 10. En estas palabras nos declara que de la manera que nosotros fuéremos testigos de su nombre delante de los hombres, de esa misma manera nos servirá su testimonio delante de Dios Padre.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,3. Debe considerarse aquí que la pena sobreabunda en el castigo y el bien en la recompensa, que es como si dijera: "¿Sobreabundasteis primero confesándome o negándome aquí?" También Yo sobreabundo infaliblemente dándoos mayores bienes, porque Yo os confesaré o negaré allí. Por esta razón no os debéis preocupar si hiciéreis algún bien y no recibiéreis la recompensa, porque esta recompensa os espera con creces en el tiempo venidero y no despreciéis el castigo si hiciéreis alguna cosa mala y no fuéreis castigados aquí, porque os espera allí el castigo, a no ser que mudéis de conducta y os hagáis mejores.

Rábano. Es preciso saber que hasta los mismos paganos no pueden negar la existencia de Dios; pero pueden los infieles negar que Dios sea Padre e Hijo. Luego el Hijo confesará a alguno delante del Padre, porque por el mismo Hijo tendrá entrada al Padre y porque el Hijo dice: "Venid los bendecidos de mi Padre" ( Mt 25,34).

Remigio. Y negará al que le niegue a El, porque no tendrá por El mismo entrada para con el Padre y será rechazado de la presencia de su divinidad y de la del Padre.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 34,3. Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles.

Rábano. O bien: confiesa a Jesús con aquella fe que viene del amor, todo el que observa sus mandamientos y la niega el que no obedece sus preceptos.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena