viernes, 24 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

martes, 25 de enero de 2039

Conversión de San Pablo, Apóstol

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Act. 9, 1-22)

Léctio Actuum Apostolórum In diébus illis: Saulus adhuc spirans minárum et cædis in discípulos Dómini, accés sit ad príncipem sacerdótum, et pétiit ab eo epístolas in Damáscum ad synagógas: ut, si quos invenísset hujus viæ viros ac mulíeres, vinctos perdúceret in Jerúsalem. Et cum iter fáceret, cóntigit, ut appropinquáret Damásco: et súbito circumfúlsit eum lux de cœlo. Et cadens in terram, audívit vocem dicéntem sibi: Saule, Saule, quid me perséqueris? Qui dixit: Quis es, Dómine? Et ille: Ego sum Jesus, quem tu perséqueris: durum est tibi contra stímulum calcitráre. Et tremens ac stupens, dixit: Dómine, quid me vis fácere? Et Dóminus ad eum: Surge et ingrédere civitátem, et ibi dicétur tibi, quid te opórteat fácere. Viri autem illi, qui comitabántur cum eo, stabant stupefácti, audiéntes quidem vocem, néminem autem vidéntes. Surréxit autem Saulus de terra, apertísque óculis nihil vidébat. Ad manus autem illum trahéntes, introduxérunt Damáscum. Et erat ibi tribus diébus non videns, et non manducávit neque bibit. Erat autem quidam discípulus Damásci, nómine Ananías: et dixit ad illum in visu Dóminus: Ananía. At ille ait: Ecce ego, Dómine. Et Dóminus ad eum: Surge et vade in vicum, qui vocátur Rectus: et quære in domo Judæ Saulum nómine Tarsénsem: ecce enim orat. Et vidit virum, Ananíam nómine, intrœúntem et imponéntem sibi manus, ut visum recipiat. Respóndit autem Ananías: Dómine, audívi a multis de viro hoc, quanta mala fécerit sanctis tuis in Jerúsalem: et hic habet potestátem a princípibus sacerdótum alligándi omnes, qui ínvocant nomen tuum. Dixit autem ad eum Dóminus: Vade, quóniam vas electiónis est mihi iste, ut portet nomen meum coram géntibus et régibus et fíliis Israël. Ego enim osténdam illi, quanta opórteat eum pro nómine meo pati. Et ábiit Ananías et introívit in domum: et impónens ei manus, dixit: Saule frater, Dóminus misit me Jesus, qui appáruit tibi in via, qua veniébas, ut vídeas et impleáris Spíritu Sancto. Ei conféstim cecidérunt ab óculis ejus tamquam squamæ, et visum recépit: et surgens baptizátus est. Et cum accepísset cibum, confortátus est. Fuit autem cum discípulis, qui erant Damásci, per dies áliquot. Et contínuo in synagógis prædicábat Jesum, quóniam hic est Fílius Dei. Stupébant autem omnes, qui audiébant, et dicébant: Nonne hic est, qui expugnábat in Jerúsalem eos, qui invocábant nomen istud: et huc ad hoc venit, ut vinctos illos dúcere ad príncipes sacerdótum? Saulus autem multo magis convalescébat, et confundébat Judæos, qui habitábant Damásci, affírmans, quóniam hic est Christus.

Mas Saulo, que todavía no respiraba sino amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al príncipe de los sacerdotes, y le pidió cartas para Damasco, dirigidas a las sinagogas, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase de esta profesión o escuela de Jesús . Caminando, pues, a Damasco, ya se acercaba a esta ciudad, cuando de repente le cercó de resplandor una luz del cielo. Y cayendo en tierra asombrado oyó una voz que le decía: ¡Saulo, Saulo!, ¿por qué me persigues? Y él respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y el Señor le dijo: Yo soy Jesús , a quien tú persigues: dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón. El entonces, temblando y despavorido, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga? Y el Señor le respondió: Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer. Los que venían acompañándole estaban asombrados, oyendo sonidos de voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo de la tierra, y aunque tenía abiertos los ojos, nada veía. Por lo cual llevándole de la mano le metieron en Damasco. Aquí se mantuvo tres días privado de la vista, y sin comer ni beber. Estaba a la sazón en Damasco un discípulo llamado Ananías, al cual dijo el Señor en una visión: ¡Ananías! Y él respondió: Aquí me tenéis, Señor. Levántate, le dijo el Señor, y ve a la calle llamada Recta; y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que ahora está en oración. (Y en este mismo tiempo, veía Saulo en una visión a un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para que recobrase la vista). Respondió Ananías: Señor, he oído decir a muchos que este hombre ha hecho grandes daños a tus santos en Jerusalén . Y aun aquí está con poderes de los príncipes de los sacerdotes para prender a todos los que invocan tu Nombre. Ve a encontrarlo, le dijo el Señor, que ese mismo es ya un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre y anunciarlo delante de todas las naciones, y de los reyes, y de los hijos de Israel. Y yo le haré ver cuántos trabajos tendrá que padecer por mi Nombre. Marchó, pues, Ananías, y entró en la casa, e imponiéndole las manos, le dijo: ¡Saulo, hermano mío!, el Señor Jesús , que se te apareció en el camino que traías, me ha enviado para que recobres la vista, y quedes lleno del Espíritu Santo. Al momento cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; y levantándose fue bautizado. Y habiendo tomado después alimento, recobró sus fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos que habitaban en Damasco; y desde luego empezó a predicar en las sinagogas a Jesús , afirmando que éste era el Hijo de Dios. Todos los que le oían estaban pasmados, y decían: ¿Pues no es éste aquel mismo que con tanto furor perseguía en Jerusalén a los que invocaban este Nombre, y que vino acá de propósito para conducirlos presos a los príncipes de los sacerdotes? Saulo cobraba cada día nuevo vigor y esfuerzo, y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrándoles que Jesús era el Cristo . [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 19 + Homilía 20 sobre los Hechos de los Apóstoles — San Juan Crisóstomo

Act. 9, 1-22

«Y Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se llegó al príncipe de los sacerdotes, y le pidió cartas para Damasco, a las sinagogas, para que, si hallaba algunos de este camino, hombres o mujeres, los trajese atados a Jerusalén» (Hech. 9, 1-2). Oportunamente menciona el celo de Pablo, y muestra que en medio mismo de su celo es arrebatado. «Respirando aún amenazas y muerte», y no saciado todavía con la muerte de Esteban, no estaba aún harto de perseguir a la Iglesia y de dispersarla. He aquí que se cumplió lo dicho por Cristo: que quienes os matan pensarán que ofrecen culto a Dios (Jn. 16, 2). Él, pues, obraba así, no como los judíos: ¡lejos de esto! Pues que lo hacía por celo, manifiesto es por su ir hasta ciudades extrañas; mientras que ellos ni siquiera se hubieran cuidado de los que estaban en Jerusalén: sólo una cosa buscaban, gozar de honra. Mas ¿por qué fue a Damasco? Era una ciudad grande, ciudad regia: temía que aquélla se le anticipase. Y observa su vehemente deseo y ardor, y cuán estrictamente conforme a la Ley procede: no va al gobernador, sino al sacerdote. «Si hallaba algunos de este camino»: pues así eran llamados los creyentes, probablemente por tomar el camino recto que lleva al cielo. ¿Y por qué no recibió autoridad para castigarlos allí, sino que los trae a Jerusalén? Aquí obraba con mayor autoridad. Y advierte a qué peligro se arroja. No temía sufrir daño alguno; y sin embargo llevó también a otros consigo, para que, si hallaba —dice— algunos de este camino, hombres o mujeres —¡oh crueldad!—, los trajese atados. Con este viaje suyo quería mostrarles a todos cómo obraría: tan lejos estaban ellos de poner empeño en este asunto. Obsérvale también echando gente en prisión antes de esto. Los demás, pues, no prevalecieron; mas este hombre sí prevaleció, por razón de su ánimo ardiente. «Y yendo de camino, se acercó a Damasco; y de repente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (v. 3-4). ¿Por qué no en Jerusalén? ¿Por qué no en Damasco? Para que no hubiese lugar a que diversas personas relatasen el suceso de diversas maneras, sino que él solo fuese el narrador fidedigno, él que iba para este fin. Y de hecho esto dice, tanto en su discurso sobre las gradas como al abogar ante Agripa. «Cayó en tierra»: porque el exceso de luz suele turbar, ya que los ojos tienen su medida; dícese también que el exceso de sonido deja a los hombres sordos y aturdidos. Mas a él sólo le cegó, y extinguió su pasión por el temor, para que oyese lo que se le decía. «Saulo, Saulo —dice—, ¿por qué me persigues?» Y nada le dice: no dice «Cree», ni cosa alguna semejante; sino que le arguye, como diciendo: ¿Qué agravio, grande o pequeño, has recibido de Mí, para que hagas estas cosas? «Y él dijo: ¿Quién eres, Señor?» (v. 5), confesándose así primeramente su siervo. «Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues»: no pienses que tu guerra es con hombres. «Y los que iban con él oían la voz» de Pablo, mas no veían persona alguna a quien respondiese —pues el Señor permitió que fuesen oidores de lo que era menos importante. Si hubieran oído la otra Voz, no habrían creído; mas percibiendo que Pablo respondía a alguien, se maravillaban. «Mas levántate, y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer» (v. 6). Observa cómo no añade en seguida todo, sino que primero ablanda su ánimo. Del mismo modo llamó también a los discípulos por segunda vez. «Se te dirá», etc.: le da buenas esperanzas, e insinúa que recobrará también la vista. «Y los hombres que le acompañaban en el camino se pararon atónitos, oyendo en verdad la voz, mas no viendo a nadie. Y Saulo se levantó de tierra; y abiertos los ojos, no veía a nadie; mas llevándole de la mano, le introdujeron en Damasco» (v. 7-8): despojos del demonio, sus bienes, como de alguna ciudad, más aún, de alguna metrópoli que ha sido tomada. Y lo admirable es que los mismos enemigos y adversarios le introdujeron, a la vista de todos. «Y por tres días estuvo sin ver, y no comió ni bebió» (v. 9). ¿Qué podría igualar a esto? Para compensar el desaliento en lo de Esteban, hay aquí aliento, en la conquista de Pablo. Mas ¿por qué sucedió esto no al principio mismo, sino después de estas cosas? Para que se mostrase que Cristo había verdaderamente resucitado. Este furioso agresor de Cristo, el hombre que no quería creer en su muerte y resurrección, el perseguidor de sus discípulos, ¿cómo se hubiera hecho creyente, si no hubiera sido en verdad grande el poder de su resurrección? Sea así que los otros Apóstoles favoreciesen sus pretensiones; pero cuando ves a Pablo, hombre que no le conoció, que jamás le oyó, que jamás estuvo bajo su enseñanza; hombre que aun después de su crucifixión le hace guerra, da muerte a los que creen en Él, todo lo trastorna y desordena; cuando le ves de súbito convertido, y en sus fatigas por el Evangelio aventajando a los amigos de Cristo: ¿qué pretexto tendrás entonces para tu desvergüenza, al no creer en la palabra de la Resurrección? ¿Por qué, pues, no inmediatamente después de su resurrección? Para que su hostilidad se mostrase más claramente como guerra abierta. El hombre que está tan frenético que aun derrama sangre y arroja hombres a las cárceles, ¡de pronto cree! No bastaba que jamás hubiera estado en compañía de Cristo: era menester que los creyentes fuesen guerreados por él con vehemente hostilidad; a ninguno dejó la posibilidad de sobrepujarle en furor. Mas cuando fue cegado, entonces vio las pruebas de su soberanía y benignidad; entonces responde: «Señor, ¿qué quieres que haga?», para que nadie diga que fingía, él que aun estaba ávido de sangre, e iba a los sacerdotes, y se arrojaba a tales peligros persiguiendo y llevando al castigo aun a los que estaban en tierras extrañas: en tales circunstancias reconoce ahora su soberanía.

«Y había en Damasco cierto discípulo llamado Ananías; y el Señor le dijo en visión: Ananías. Y él dijo: Heme aquí, Señor. Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Recta, y busca en casa de Judas a uno de Tarso llamado Saulo; porque, he aquí, está orando, y ha visto en visión a un varón llamado Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista» (v. 10-12).

¿Cuál puede ser la razón de que no atrajese a persona alguna de gran autoridad e importancia, ni la trajese para instruir a Pablo? Fue porque no convenía que fuese inducido por hombres, sino sólo por Cristo mismo: como en efecto este hombre nada le enseñó, sino que sólo le bautizó; pues, apenas bautizado, había de atraer sobre sí la gracia del Espíritu por su celo y sobreabundante empeño. Y que Ananías no era persona muy distinguida, es claro. Pues, «el Señor —dice— le habló en visión, y Ananías respondió y dijo: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén» (v. 13). Porque si así habla objetando al Señor, mucho más lo hubiera hecho si le hubiera enviado un Ángel. Y por esto, en el caso anterior, tampoco a Felipe se le dice de qué se trata; sino que ve al Ángel, y luego el Espíritu le manda acercarse al carro. Mas observa aquí cómo el Señor le libra de su temor: «Está ciego —dice—, y ora, ¿y temes?» Del mismo modo también Moisés teme: de suerte que las palabras denotaban que temía, y rehuía la tarea, no que no creyese. Dijo: «He oído de muchos acerca de este hombre.» ¿Qué dices? Dios habla, ¿y tú vacilas? Aún no conocían bien el poder de Cristo. «Y aquí tiene autoridad de los príncipes de los sacerdotes para atar a todos los que invocan tu nombre» (v. 14). ¿Cómo se supo esto? Es probable que ellos, estando temerosos, hiciesen minuciosas averiguaciones. No dice esto pensando que Cristo ignora el hecho, sino: siendo así el caso, ¿cómo —dice— pueden ser estas cosas? Como en efecto aquéllos, en el Evangelio, dicen: ¿Quién podrá salvarse? (Mc. 10, 26). Esto se hace para que Pablo crea al que ha de venir a él: le ha visto en visión, se lo ha mostrado de antemano; «ora —dice el Señor—; no temas». Y observa: no le habla del éxito alcanzado, enseñándonos a no hablar de nuestras hazañas. Y, aunque le vio temeroso, con todo no se lo dijo. No serás desmentido: «ha visto —dice— en visión a un varón llamado Ananías»: pues por esto fue en visión, a saber, porque estaba ciego. Mas ni siquiera la sobreabundante maravilla de la cosa se apoderó del ánimo del discípulo, tan grande era su temor. Pero observa: estando Pablo ciego, de este modo le devolvió la vista. «Mas el Señor le dijo: Ve; porque vaso de elección es éste para Mí, para llevar mi nombre ante las gentes, y los reyes, y los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuántas cosas debe padecer por mi nombre» (v. 15-16). No sólo —dice— será creyente, sino aun maestro, y grande denuedo mostrará: «ante gentes y reyes» —¡tal será la difusión de la doctrina!—, para que, así como le pasmó con lo primero, así le pasme aún más con lo segundo. «Y Ananías fue, y entró en la casa; y poniéndole las manos encima, dijo: Hermano Saulo» —al punto le llama amigo con ese nombre—, «Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías» —y con todo Cristo no le había dicho esto, sino que lo aprendió del Espíritu—, «me ha enviado a ti para que recobres la vista, y seas lleno del Espíritu Santo» (v. 17). Al decir esto, le impuso las manos. «Y al instante cayeron de sus ojos como unas escamas» (v. 18). Algunos dicen que esto era señal de su ceguera. ¿Por qué no cegó del todo sus ojos? Esto era más maravilloso, que, con los ojos abiertos, no viese (v. 8): lo cual era precisamente su caso respecto de la Ley, hasta que el Nombre de Jesús fue puesto sobre él. «Y recobró al instante la vista, y se levantó, y fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, cobró fuerzas» (v. 19). Estaba, pues, desfallecido, tanto por su viaje como por su temor; tanto por el hambre como por el abatimiento del ánimo. Queriendo, pues, ahondar su abatimiento, hizo al hombre ciego hasta la venida de Ananías; y, para que no imaginase que la ceguera era sólo fantasía, ésta es la razón de las escamas. De ninguna otra enseñanza tuvo necesidad: lo que le había acontecido se le hizo enseñanza. «Y estuvo con los discípulos que había en Damasco algunos días. Y en seguida predicaba en las sinagogas a Jesús, que Éste es el Hijo de Dios» (v. 20). Mira, en seguida fue maestro en las sinagogas. No se avergonzó del cambio, no temió, mientras destruía aquello mismo en que antes se gloriaba. Aun desde su primera aparición en la escena era aquí un hombre sanguinario, dispuesto a obras de sangre: ¿ves qué manifiesta señal? Y con esto mismo puso a todos en temor: pues, decían, también aquí ha venido para esto mismo. «Mas todos los que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que destruía en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a esto ha venido aquí, para llevarlos atados a los príncipes de los sacerdotes? Mas Saulo cobraba cada vez más fuerza, y confundía a los judíos que moraban en Damasco, probando que Éste es el Cristo» (v. 21-22). Como docto en la Ley, les cerraba la boca, y no les permitía hablar. Pensaban haberse librado de la disputa en tales materias librándose de Esteban, y hallaron a otro más vehemente que Esteban.

(Recapitulación.) Mas miremos lo que toca a Ananías. No le dijo el Señor: Conversa con él, y catequízale. Pues si, al decir «Ora, y ha visto a un varón que le impone las manos» (v. 11-12), no le persuadió, mucho menos lo hubiera hecho diciéndole aquello. De suerte que, para que no te descrea, «ha visto en visión». Observa cómo en el caso anterior tampoco a Felipe se le dice todo de una vez. «No temas —dice—: porque vaso escogido es para Mí este hombre» (v. 15). Más que suficientemente le libró de su temor, si el caso es que este hombre ha de ser tan celoso en nuestra causa, que aun padezca muchas cosas. Y con razón es llamado vaso, o instrumento —pues la razón muestra que el mal no es cualidad física—: «vaso de elección», dice; porque escogemos lo que está probado. Y no imagine nadie que Ananías habla con incredulidad de lo que se le decía, como pensando que Cristo era engañado: ¡lejos de esto! Sino que, atemorizado y tembloroso, ni siquiera atendía a lo que se le decía, al oír el nombre de Pablo. Además, el Señor no le dice que le ha cegado: a la mención de su nombre el temor se había apoderado de su alma: «Mira —dice— a quién me entregas; y aquí para este mismo fin ha venido, para atar a todos los que invocan tu Nombre. Temo que me lleve a Jerusalén: ¿por qué me arrojas a la boca del león?» Está aterrado, aun mientras habla estas palabras; para que por todas partes aprendamos el carácter enérgico del varón. Pues que estas cosas fuesen dichas por judíos, nada tendría de admirable; mas que éstos, los creyentes, se aterren tanto, es poderosísima prueba del poder de Dios. Muéstrase tanto el temor como la obediencia mayor tras el temor. Pues había en verdad necesidad de fortaleza. Y ya que dice «vaso de elección», para que no imagines que Dios lo ha de hacer todo, añade: «para llevar mi Nombre ante gentes y reyes, y los hijos de Israel». Ha oído Ananías lo que más deseaba —que también contra los judíos tomará posición—: esto sobre todo le dio ánimo. «Porque yo —dice— le mostraré cuántas cosas debe padecer por mi Nombre.» Al mismo tiempo esto se dice también para avergonzar a Ananías: Si aquél, que estaba tan frenético, ha de padecer todas las cosas, ¿y tú no quieres siquiera bautizarle? «Bien está —dice—: quede ciego» (por esto dice estas palabras): «está ciego; ¿por qué me mandas abrirle los ojos, para que ate de nuevo a los hombres? No temas lo por venir: pues esa apertura de sus ojos la usará no contra ti, sino en favor tuyo»: pues no sólo no te hará daño alguno, sino que padecerá muchas cosas. Y lo verdaderamente admirable es que primero sabrá cuántas cosas ha de padecer, y luego saldrá a campaña contra los peligros. «Hermano Saulo, el Señor Jesús» —no dice: el que te cegó, sino: «el que se te apareció en el camino, me ha enviado a ti para que recobres la vista» (v. 17): observa también a este hombre, cómo nada dice jactancioso, sino, así como Pedro dijo en el caso del cojo: «¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro propio poder o santidad le hubiéramos hecho andar?» (Hech. 3, 12), así también aquí dice: «Jesús, que se te apareció.» O bien lo dice para que el otro crea; y no dice: El que fue crucificado, el Hijo de Dios, el que hace prodigios; sino ¿qué? «El que se te apareció»: hablando de lo que el otro conocía; como también Cristo nada más añadió, ni dijo: Yo soy Jesús, el Crucificado, el Resucitado; sino ¿qué? «A quien tú persigues.» Ananías no dijo: El perseguido, para que no pareciese como que se mofaba de él: «El que se te apareció en el camino»; y con todo no se apareció visiblemente, sino que fue conocido por las cosas hechas. Y al instante añadió, queriendo echar un velo sobre la acusación: «Para que recobres la vista.» No he venido a reprender lo pasado, sino a otorgar el don: «que recobres la vista, y seas lleno del Espíritu Santo». Con las manos impuestas dijo estas palabras. «Y al instante cayeron de sus ojos», etc. (v. 18): una doble ceguera es quitada. Y ¿por qué dice: «Habiendo tomado alimento, cobró fuerzas» (v. 19)? Porque los que están en tal estado quedan debilitados: no tuvo ánimo de tomar alimento antes, hasta obtener los grandes dones. Paréceme que tanto Pablo como Cornelio, en el instante mismo en que se decían las palabras, recibieron el Espíritu. Y con todo, el que lo daba no era un gran personaje. Tan cierto es que nada había de hombre en las cosas hechas, ni cosa alguna fue hecha por hombre, sino que Dios estaba presente, autor de estas cosas. Y al mismo tiempo el Señor le enseña a pensar humildemente de sí, en que no le lleva a los Apóstoles tan admirados, y muestra que nada hay de hombre aquí. No fue lleno, sin embargo, del Espíritu que obra señales: para que también de este modo se mostrase su fe; pues no obró ningún milagro. «Y en seguida —dice— predicaba en las sinagogas a Jesús» (v. 20) —no que ha resucitado, no esto; ni que vive: sino ¿qué? En seguida expuso rigurosamente la doctrina: que Éste es el Hijo de Dios. «Y todos los que le oían estaban atónitos», etc. (v. 21). Quedaron reducidos a total incredulidad. Y con todo no debían sólo maravillarse, sino adorar y reverenciar. «¿No es éste», etc. No sólo había sido perseguidor, sino que destruía a los que invocaban este Nombre —no dijeron: a Jesús; pues, por odio, no podían soportar ni oír su nombre—; y lo que es más admirable todavía, «y a esto ha venido aquí», etc. No podemos decir que se hubiera asociado antes con los Apóstoles. ¡Mira por cuántos testigos se confiesa que había sido del número de los enemigos! Mas Pablo no sólo no se turbó por estas cosas, ni cubrió su rostro de vergüenza, sino que «cobraba cada vez más fuerza, y confundía a los judíos» (v. 22), esto es, los reducía a silencio, no les dejaba nada que decir en su favor, probando que Éste es el Cristo. «Enseñando», dice: porque este hombre era maestro.

Homilía 19 + Homilía 20 sobre los Hechos de los Apóstoles, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Luc. 12, 35-40)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Sint lumbi vestri præcíncti, et lucernæ ardéntes in mánibus vestris, et vos símiles homínibus exspectántibus dóminum suum, quando revertátur a núptiis: ut, cum vénerit et pulsáverit, conféstim apériant ei. Beáti servi illi, quos, cum vénerit dóminus, invénerit vigilántes: amen, dico vobis, quod præcínget se, et fáciet illos discúmbere, et tránsiens ministrábit illis. Et si vénerit in secúnda vigília, et si in tértia vigília vénerit, et ita invénerit, beáti sunt servi illi. Hoc autem scitóte, quóniam, si sciret paterfamílias, qua hora fur veníret, vigiláret útique, et non síneret pérfodi domum suam. Et vos estóte paráti, quia, qua hora non putátis, Fílius hóminis véniet.

Estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura, y tened en vuestras manos las luces ya encendidas. Sed semejantes a los criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, a fin de abrirle prontamente, luego que llegue, y llame a la puerta. Dichosos aquellos siervos a los cuales el amo al venir encuentra así velando; en verdad os digo, que recogiéndose él su vestido, los hará sentar a la mesa, y se pondrá a servirles. Y si viene a la segunda vela, o viene a la tercera, y los halla así prontos, dichosos son tales criados. Tened esto por cierto, que si el padre de familia supiera a qué hora había de venir el ladrón, estará ciertamente velando, y ni dejaría que le robasen su casa. Así vosotros estad siempre prevenidos; porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del hombre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 12, 35-40 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Teofilato. Después que el Señor estableció a su discípulo en la moderación despojándolo de todo cuidado de la vida y del orgullo, lo induce ahora a servir diciendo: "Tened ceñidos vuestros lomos" -es decir estad siempre dispuestos a imitar a vuestro Dios-. "Y antorchas encendidas", esto es, no viváis entre tinieblas, sino que la luz de la razón os alumbre siempre dándoos a conocer lo que habéis de evitar. Este mundo es una noche, pero tienen ceñidos sus lomos los que llevan una vida práctica o activa. Porque tal es costumbre de los que trabajan, a quienes convienen antorchas ardientes, esto es el don de la discreción, para que puedan conocer en la práctica, no sólo lo que conviene hacer, sino cómo debe hacerse. De otra manera, los hombres caen en el precipicio de la soberbia. Y debe observarse que primero manda ceñir los lomos y después encender las antorchas, porque primero es la acción y después la reflexión, que es la luz del espíritu. Por tanto, estudiemos el modo de ejercer nuestras facultades y entonces tendremos dos antorchas ardientes, a saber: la inhabitación del Espíritu -que nos ilumina brillando en nuestra mente- y la doctrina con la que ilustramos a los demás.

San Máximo, in Cat. graec. Patr. O también nos enseña a tener encendidas las antorchas por la oración, la contemplación y el afecto espiritual.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr. O bien el ceñirse los lomos significa la agilidad y prontitud con que debemos sufrir todos los males por el amor de Dios, y la antorcha encendida significa que no debemos permitir el que algunos vivan en las tinieblas de la ignorancia.

San Gregorio, in homil. 13, in Evang. De otro modo: ceñimos nuestros lomos cuando reprimimos la lujuria de la carne por la continencia. Porque la lujuria del hombre se encuentra en sus riñones y la de la mujer en el ombligo, aunque se designa por los riñones a la lujuria, por ser el sexo masculino el principal. Pero como no basta no obrar mal, sino que cada cual debe esforzarse por practicar buenas obras, añade: "Y antorchas encendidas en vuestras manos". Nosotros tenemos las antorchas encendidas en nuestras manos cuando con las buenas obras damos a nuestros prójimos ejemplos brillantes.

San Agustín, De quaest. Evang., lib. 2, cap. 25. O también, nos enseña a tener ceñidos los lomos por la continencia del amor de las cosas terrenas y a tener encendidas las antorchas. Esto es, para que todo ello lo hagamos con buen fin y recta intención.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Pero aun cuando todo lo hagamos así, falta todavía que pongamos toda nuestra esperanza en la venida de nuestro Redentor. Por esto añade: "Y sed vosotros semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando vuelva de las bodas", etc. El Señor marchó a las bodas, porque cuando subió al cielo, se incorporó el hombre nuevo a la multitud de los ángeles.

Teofilato. Todos los días desposa en los cielos las almas de los santos, las que San Pablo u otro santo le ofrece como una casta virgen. Y vuelve de las bodas celebradas en los cielos, quizás de una manera universal, cuando al fin del mundo venga del cielo en la gloria del Padre, o quizás particularmente, apareciendo de repente en la hora de la muerte de cada uno de nosotros.

San Cirilo, ubi sup. Considera también que vuelve de las bodas como de una solemnidad en la que siempre existe la divinidad, porque nada puede causar tristeza a su naturaleza incorruptible.

San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr., ex illius orat., vel. hom. 11, in cant. O de otro modo: terminadas las bodas y habiéndose desposado con la Iglesia y admitiéndola en el tálamo de sus misterios, se regocijarán los ángeles por la vuelta del rey a su natural beatitud. Con ellos conviene que esté conforme nuestra vida, porque así como ellos, exentos de malicia, están siempre preparados a celebrar el regreso de su Señor, así nosotros, vigilando a su puerta, debemos estar prontos a obedecer cuando venga llamando. Sigue pues: "Para que cuando viniere y llamare a la puerta luego le abran".

San Gregorio, in Evang hom, 13. Viene cuando nos llama a juicio, pero llama cuando da a conocer por la fuerza de la enfermedad que la muerte está próxima. Y le abrimos inmediatamente si lo recibimos con amor. No quiere abrir al juez que llama el que teme la muerte del cuerpo y se horroriza de ver a aquel juez a quien se acuerda que despreció. Pero aquel que está seguro por su esperanza y buenas obras, abre inmediatamente al que llama porque cuando conoce que se aproxima el tiempo de la muerte, se alegra por la gloria del premio. Por esto añade: "Bienaventurados aquellos siervos, que hallare velando el Señor, cuando viniere". Vigila aquel que tiene los ojos de su inteligencia abiertos al aspecto de la luz verdadera, el que obra conforme a lo que cree y el que rechaza de sí las tinieblas de la pereza y de la negligencia.

San Gregorio Niceno, ubi sup. Por esta vigilancia que, como queda dicho, nos mandó tener el Señor, dice que ciñamos nuestros lomos, teniendo encendidas las antorchas. Porque la luz puesta delante de nuestra vista rechaza el sueño, y cuando nuestros lomos están ceñidos con un cíngulo nuestro cuerpo no se duerme fácilmente. Porque el que está ceñido por la castidad e ilustrado por una conciencia limpia, vela siempre.

San Cirilo, ubi sup. Así pues, cuando venga el Señor y encuentre a los suyos despiertos y ceñidos, teniendo la luz en su corazón, entonces los llamará bienaventurados. Prosigue pues: "En verdad os digo que se ceñirá". En lo que comprendemos que nos retribuirá con lo mismo, porque se ceñirá El mismo con los que están ceñidos.

Orígenes, in Cat. graec. Patr. Estará ceñido por la justicia alrededor de sus lomos, según lo que dijo Isaías ( Is 11).

San Gregorio, ut sup. Se ciñe por la justicia, es decir, se prepara para la retribución.

Teofilato. O también: Se ceñirá en el sentido de que no dispensará toda la abundancia de sus bienes, sino que la retendrá en una cierta medida. Porque, ¿quién puede recibir a Dios en toda su grandeza? Por esto se dice que los mismos serafines velan sus rostros a causa de la excelencia del resplandor divino ( Is 6). Prosigue: "Y los hará sentar a la mesa", etc. Así como el que se sienta hace descansar todo su cuerpo, así a su futura venida los santos descansarán totalmente. Aquí no tuvieron descanso corporal, pero allí, hechos sus cuerpos espirituales e incorruptibles, gozarán con sus almas de eterno descanso.

San Cirilo, ubi sup. Hará que se sienten como queriendo desahogarlos del cansancio, ofreciéndoles satisfacciones espirituales y poniéndoles delante la mesa espléndida (u opípara) de sus dones.

San Dionisio, in epist. 9 ad Titum. Por el acto de sentarse creen algunos que debe entenderse el descanso de muchos trabajos, la vida sin molestias y el trato con Dios en la claridad y en la región de los vivos, cumplido con todo santo afecto y abundante donación de todas sus gracias, lo cual será el complemento de la alegría. Esto es lo que Jesús hará con los que haga sentarse, dándoles el descanso eterno y distribuyéndoles multitud de beneficios. Por esto sigue: "Y pasando los servirá".

Teofilato. Lo mismo hará cuando vuelva; porque así como ellos lo sirvieron, El los servirá.

San Gregorio, , in Evang hom. 13, ut sup. Se dice que pasando cuando vuelva del juicio a su reino. O bien, el Señor pasa a nosotros después del juicio porque nos eleva de la forma de la humanidad a la contemplación de su divinidad.

San Cirilo, ut sup. El Señor conoce, pues, la fragilidad humana para caer en el pecado. Pero como es bueno, no nos deja desesperar, sino que más bien se compadece y nos da la penitencia como remedio saludable. Por tanto añade: "Y si viniese en la segunda vela", etc. Los que velan en las murallas de las ciudades dividen, pues, en tres o cuatro vigilias la noche para que observen las acometidas de los enemigos.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. La primera vela es el primer tiempo de nuestra vida, esto es, la infancia. La segunda, la adolescencia o la juventud. La tercera, la ancianidad. Por tanto, el que no quiso vigilar en la primera vela, vigile en la segunda y el que no quiso vigilar en la segunda, no pierda el remedio de la tercera, para que aquellos que no se hayan convertido en la infancia se conviertan al menos en la juventud o en la ancianidad.

San Cirilo, ubi sup. No hace mención de la primera vigilia porque la niñez no es castigada por Dios, sino que merece perdón. Pero la segunda y la tercera edad deben obedecer a Dios y llevar una vida honesta para complacerlo.

Griego, id est, Servus Antiochenus, in Cat. graec. Patr. O bien pertenecen a la primera vigilia los que por su virtuosa vida han llegado al primer rango, a la segunda los que no son tan virtuosos y a la tercera los inferiores a éstos. Lo mismo debe pensarse de la cuarta y de la quinta, si la hubiera, porque son diversos los grados de la virtud y el buen remunerador mide a cada uno la recompensa que merece.

Teofilato. O bien, porque las vigilias son las horas de la noche que provocan el sueño, hemos de entender también que en nuestras vidas hay algunas horas que nos hacen bienaventurados si se nos halla vigilantes. ¿Te ha quitado alguno lo que es tuyo? ¿Se te han muerto tus hijos? ¿Has sido acusado? Pues si en todas estas ocasiones no haces nada en contra de lo que Dios tiene mandado, te encontrará despierto en la segunda y en la tercera vigilia, es decir en el tiempo de la desgracia que sume a las almas débiles en un sueño pernicioso.

San Gregorio, in homil. 13, ut sup. Para sacudir la pereza de nuestro espíritu, el Señor también nos da a conocer los daños exteriores con una comparación. Por esto añade: "Mas esto sabed, que si el padre de familia supiere la hora en que vendría el ladrón", etc.

Teofilato. Algunos creen que este ladrón es el diablo, la casa el alma y el padre de familia el hombre, pero esta opinión no parece conforme con lo que sigue. La venida del Señor se compara con este ladrón porque viene cuando menos se espera, según lo que dice el Apóstol ( 1Tes 5,2): "El día del Señor vendrá como el ladrón en la noche". Por esto se añade aquí: "Vosotros, pues, estad apercibidos, porque a la hora que no pensáis", etc.

San Gregorio, in Evang hom. 13. No sabiéndolo el padre de familia, el ladrón entra en la casa. Porque mientras el espíritu duerme abandonando la custodia, llega la muerte de manera imprevista e irrumpe en nuestro interior. Resistiría al ladrón si estuviese despierta. Porque precaviendo la venida del juez, que en secreto arrebata el alma, le saldría al encuentro con el arrepentimiento para no sucumbir impenitente. Quiso el Señor, por tanto, que nos fuese desconocida la última hora, para que no pudiendo preverla, estemos siempre preparándonos para ella.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena