lunes, 24 de enero de 2039
San Francisco de Sales, Obispo y Doctor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Francisco de Sales, ilustrísimo por su nacimiento, como hijo de una de las más nobles y más antiguas casas de Saboya, celebérrimo por su piedad y por su celo, apóstol de estos últimos tiempos, uno de los más bellos ornamentos de la dignidad episcopal, y uno de los mayores santos de la Iglesia, nació en el castillo de Sales, del ducado de Saboya, el día 21.
La condesa su madre, que era de la ilustre casa de Sionas, quiso encargarse por sí misma del cuidado de su primera educación, y de formarle en la virtud desde sus primeros años. Las buenas disposiciones del hijo hicieron desde luego eficaces los piadosos desvelos de la madre. En su niñez no gustaba de otros entretenimientos que de aquellas devociones serias que son propias de la edad más adelantada y más madura. La compasiva ternura con que miraba a los pobres en una edad tan poco sensible a las miserias ajenas, fue un presagio de la extraordinaria caridad que había de tener después. No se contentaba con repartir entre ellos cuanto le daban a él para sus inocentes juegos, sino que en no teniendo otra cosa que darles, se quitaba algo de su propia comida para socorrerlos.
Los progresos que hizo en las ciencias correspondieron a los que ya había hecho en la virtud. Era de ingenio vivo, sólido, penetrante, claro y naturalmente culto y despejado; poseía una elocuencia nada común, y estaba dotado de una memoria feliz. Estos grandes talentos le hicieron después uno de los más sabios y de los más santos prelados de la Iglesia. Enviáronle sus padres a París al colegio de los padres de la compañía de Jesús, que le recibieron manifestándole aquel buen concepto que se formaba de él en cualquiera parte donde se presentase. Estudió filosofía y teología, siendo su maestro el sabio padre Maldonato, y aprendió las lenguas hebrea y griega, enseñándoselas el famoso Genebrardo. Pero aunque adelantaba mucho en todas estas ciencias, adelantaba mucho más en la importantísima de la salvación. El único descanso que tenía para respirar de las tareas del estudio era entregarse a ejercicios de virtud; tanto, que ya desde entonces fue menester tirar de la rienda a su fervor.
Considerando los grandes medios que hay en las congregaciones de la santísima Virgen erigidas en los colegios de los padres jesuitas, no solo para conservar la inocencia, sino para hacer grandes progresos en la perfección, quiso entrar en una de ellas. Por su piedad fue en breve el primero entre aquella juventud edificativa; y no es fácil decir el mucho provecho que produjeron sus buenos ejemplos. Comulgaba cada ocho días; tres en la semana traía cilicio; y queriendo consagrarse a Dios más perfectamente, hizo voto de perpetua castidad delante de una imagen de la santísima Virgen en la iglesia de san Estévan.
No podía sufrir el enemigo común tanta inocencia y tanto fervor en un joven de tan tierna edad, y le acometió con una tentación que era la más capaz de trastornarle. Sugirióle con la mayor viveza que en vano se fatigaba, puesto que era del número de los precitos, y que así, hiciese lo que hiciese, infaliblemente se condenaría. El horror del infierno, el considerarse en el infeliz estado de los reprobos, el espanto y turbación que esto le causó, le llenó de una melancolía tan profunda, que poco a poco le iba consumiendo; hasta que fijando un día los ojos en un retrato de la santísima Virgen, la dijo con extraordinario fervor y ternura: Señora, si es tanta mi desdicha que he de ser condenado, y he de estar en la desgracia de mi Dios después de mi muerte, a lo menos quiero tener el consuelo de amarle con todo mi corazón por todos los días de mi vida. Esta oración tan devota y tan ajena de los sentimientos que suele tener una alma reproba, disipó las nubes, confundió al demonio y restituyó la tranquilidad a su corazón.
Habiendo acabado sus estudios en París, pasó de orden de sus padres a la ciudad de Padua a estudiar en aquella célebre universidad la jurisprudencia, bajo el magisterio del famoso Pancirola. Escogió luego por director de su conciencia al padre Posevino; y conociendo este insigne jesuita en aquel joven un corazón según el corazón de Dios, se aplicó con el mayor empeño a proporcionarle, disponerle y habilitarle para las grandes empresas a que concibió tenía Dios destinada aquella alma verdaderamente grande.
Envidiosos los condiscípulos del joven conde de la universal estimación que se había adquirido, probaron tentar su virtud, y armaron a su pureza un terrible lazo. Con cierto honrado pretexto que fingieron, le llevaron a casa de una dama cortesana, que a los principios se fingió muy virtuosa y muy devota, y le dejaron solo con ella. Lidió algún tiempo contra sus artificios y contra su desenvoltura, y fue tan violento el combate, que al fin no tuvo otro medio para salir del peligro, que tirarla a la cara un tizón que encontró a mano, y tomar la escalera con precipitada fuga. Hízole más circunspecto esta victoria; y renunciando desde luego las malas compañías de la gente joven, redobló sus penitencias.
Al volverse a Saboya quiso visitar la santa casa de Loreto, y en aquella celestial capilla recibió tales favores, y experimentó su alma tales consuelos en premio de la ternísima devoción que profesaba a la santísima Virgen, que no siendo fácil imaginarlos, lo es mucho menos referirlos. Renovó en ella el voto de perpetua castidad que había hecho en París, y la resolución que ya tenía tomada desde Padua de abrazar el estado eclesiástico, como lo ejecutó luego que llegó a Anecy. Vacó por entonces la dignidad de preboste en la iglesia catedral, y fue provisto a ella a pesar de su humilde repugnancia. Ordenado de sacerdote solo pensó en desempeñar con el mayor fervor las obligaciones de su dignidad y de su ministerio.
Era obispo de aquella iglesia Claudio Granier, que amaba tiernamente a Francisco, y le miraba ya como a su sucesor. Mandóle que predicase; y lo hizo con tanto espíritu y con tanta eficacia, que logró por fruto de su primer sermón trescientas conversiones grandes y ruidosas. No es ponderable el gusto con que le oían, ni el fervor y la eficacia con que predicaba. Era voz común que no había obstinación tan empedernida que pudiese resistir a su devoción en el altar, ni a su elocuencia en el pulpito. Andaba sin cesar de aldea en aldea y de choza en choza, instruyendo a innumerables pobres rústicos e ignorantes que vivían en el cristianismo casi sin conocerle; y sus primeras excursiones apostólicas ganaron tantas almas para Jesucristo, que así el obispo de Ginebra como el duque de Saboya le hicieron misionero del Chablais, no dudando que había de ser su apóstol.
Luego que Francisco recibió su misión, marchó a buscar al enemigo, y sin acobardarle estorbos, trabajos ni peligros, fue a atacar a la herejía hasta en sus mismas trincheras. A vista de las iglesias arruinadas, de los monasterios asolados y de las cruces echadas por tierra, se derritió su ternura, y se dobló el aliento de su celo. Lleno de aquella santa intrepidez, y de aquella confianza que hacen el carácter de los héroes cristianos, entró por Tonon despreciando generosamente las befas, las irrisiones y los insultos de los protestantes. La paciencia, la modestia y la dulzura fueron las únicas armas de que se valió para resistir a los escarnios y a la malignidad de aquel furioso pueblo. Con esta moderación y con los ejemplos de su vivísima virtud, se fueron domesticando aquellos ánimos feroces y aquellos corazones apóstatas. Habla, y convence, y mueve; óyenle, y se convierten.
Pónese en conmoción todo el partido protestante, y resuelven los ministros deshacerse de él. Avisado Francisco de sus intentos, no por eso se acobardó, antes bien se mostró mucho más celoso, y con sola su presencia desarmó a los asesinos que iban a matarle. Cerráronle las posadas, y fuese a dormir al campo. A las violencias sucedieron las calumnias; divulgaron de él que era mago, hechicero y brujo, adelantando que le habían visto en las juntas nocturnas que se dice celebran estos en el sábado, danzando alrededor del demonio; pero nuestro santo desarmó a todo el infierno con su confianza en Dios y con su paciencia.
Teniendo noticia el barón de Hermance de las conspiraciones que se fraguaban contra su vida, quiso darle una escolta para su defensa; pero Francisco no la admitió, diciendo que había entrado en el Chablais como misionero, y como tal se había de mantener en él. No pocas veces se veía en medio de la ciudad tan solo como si estuviera en el desierto, por las rigurosas penas con que los protestantes habían prohibido acompañarle, recogerle ni escucharle; pero no por eso dejaba de venir todos los días a Tonon desde Alinges. Ni las lluvias, ni las nieves, ni los yelos, ni los vientos más furiosos fueron nunca bastantes para estorbarle que se pusiese en camino. Algunas veces le pasaba el frío de manera, que se quedaba casi inmoble, y se veía en peligro de morir; pero nada de esto era capaz de reprimir ni aun de moderar su celo.
Pasa noches enteras expuesto a la lluvia y al rigor de todos los temporales. Atraviesa arrastrando por un estrecho madero todo cubierto de yelo, para ir a enseñar a unos pobres paisanos recién convertidos que estaban de la otra parte de un arroyo bastante profundo. Ningún peligro le detiene, ningún riesgo le acobarda, todos los arrostra por la salvación de aquel obstinado pueblo.
De esta manera fueron excesivos sus trabajos; pero también fueron inmensas sus conquistas. Volvieron a entrar en el seno de la Iglesia los bailiages de Gex, de Ternier y de Gaillard; todo el Chablais se convirtió, porque no había resistencia ni a la fuerza de sus discursos, ni a la virtud de sus ejemplos. Y, por un milagro evidente en que andaba visible el dedo poderoso de Dios, aquel cordero rodeado de lobos, en manifiesto peligro de ser despedazado por ellos, con su prudencia, con su mansedumbre y con su piedad, convirtió a los mismos lobos en corderos.
Tuvo varias controversias; ocho o diez veces ofreció disputar o conferenciar con los sacerdotes protestantes sobre los puntos contestados: pero estuvieron tan lejos de aceptar la conferencia, que buscaron nuevos asesinos para quitarle la vida. Extendióse por todas las cortes la fama de estas maravillas. Escribióle el papa un breve en que después de haberse congratulado con él por los éxitos felices que lograba, le daba orden que pasase a Ginebra a conferenciar con Teodoro Beza. Recibióle aquel famoso apóstata con grande honra, oyóle con gusto: confesóse convencido de sus razones, fue conmovido hasta derramar lágrimas; pero no se convirtió, porque dilató demasiado el convertirse: y después de haber hecho a nuestro santo las más bellas promesas, Beza murió apóstata en Ginebra.
Había solo dos o tres años que predicaba en el Chablais, y todo el Chablais estaba convertido. Volviéronse a levantar las cruces en todo el país, reedificáronse las iglesias, restablecióse el culto divino, y todo esto era fruto de los trabajos apostólicos de nuestro Francisco. Cuando entró el santo en Tonon no había más que siete católicos en toda la ciudad, y ya pasaban de seis mil los nuevamente convertidos dentro de ella. En los bailiages de Ternier, de Gaillard y de Gex se contaban más de sesenta y dos mil. Esto hizo decir al célebre cardenal del Perron que, como no le pidiesen más que convencer a los hugonotes, él se obligaba a hacerlo; pero que si se trataba de convertirlos, era menester enviarles a Francisco de Sales.
Ciertamente apenas se puede comprender cómo un hombre solo y en tan poco tiempo pudo hacer tantas maravillas, sin rendirse al peso de tantos trabajos. Predicaba muchas veces al día, daba instrucciones particulares, tenía conferencias públicas, visitaba a los enfermos, buscaba a la gente más pobre y más desamparada en sus cabañas y en sus chozas, oía confesiones hasta muy entrada la noche, administraba los sacramentos a los moribundos, asistía a los entierros; en fin, a ningún oficio perdonaba su cuidado, a todo se extendía su celo; y medía su caridad con las necesidades, y no con la calidad de las personas, haciéndose todo a todos para ganarlos a todos.
Tal era san Francisco de Sales cuando el obispo de Ginebra le deseó y le pidió para su coadjutor. Lo único que hubo que vencer fue la resistencia del santo; pero al fin le obligaron a obedecer, y se vio precisado a ir a Roma. Recibióle el papa Clemente VIII como apóstol del Chablais; admiróle como a uno de los prelados más sabios de su tiempo, y le honró como a uno de los mayores santos que había entonces en la Iglesia. Asistió el mismo pontífice a su examen; y habiendo sido testigo de sus extraordinarios talentos, se levantó de su silla, abrazóle tiernamente, y le dijo estas misteriosas palabras de la sagrada escritura: Bebe, hijo mío, de las aguas de tu cisterna, y de la fuente de tu corazón; y haz que la abundancia de tus aguas se derrame por todas las plazas públicas, para que todos puedan beber y saciar su sed. Declaróle después el papa por obispo de Nicópolis, coadjutor y sucesor del obispo de Ginebra.
Apenas volvió Francisco a Saboya, cuando los negocios de la Religión le precisaron a pasar a París. Allí fue recibido de Enrique IV y de toda la corte, con aquel respeto y con aquella veneración que sigue a la virtud, y acompaña siempre a la santidad. La estimación y la confianza con que el rey le trató, y los públicos testimonios que dio de ella, fueron ocasión de que le levantasen una calumnia. Pretendieron hacerle sospechoso con el rey; pero presto se justificó plenamente, y la malignidad de los envidiosos solo sirvió para que creciese el amor y el concepto que ya tenía aquel monarca de san Francisco de Sales. Ofrecióle el rey beneficios y pensiones, y llegó a brindarle con el obispado de París; pero todo lo agradeció cortesanamente, y todo lo renunció con noble desinterés. Esta generosa prenda, su piedad, su dulzura, y sus gratísimas modales encantaron a toda la corte. Predicó delante de ella; pero ¡con qué felicidad, con qué éxito! Las maravillosas conversiones que logró fueron fruto de los asombrosos ejemplos que dio en todo. Consiguió decreto del rey para que se volviese a establecer la religión católica en el bailiage de Gex, cuya solicitud había sido el principal motivo de su viaje a la corte.
Cuando volvía a su iglesia recibió en el camino la noticia de la muerte de su predecesor. Preparóse para su consagración con algunos días de retiro, y en aquella augusta ceremonia recibió con la plenitud del sacerdocio la plenitud del espíritu de Dios. El nuevo carácter añadió nuevo lustre a su virtud. Quiso visitar desde luego su obispado, e hizo a pie toda la visita. No hubo choza, ni tan escondida en los valles, ni tan elevada en los riscos, que se huyese a las fervorosas fatigas de su celo. Pasó por medio de la ciudad de Ginebra a cara descubierta, sin esconderse ni disimularse. Fue árbitro de todas las contiendas. ¡Con qué prudencia, con qué felicidad manejó los importantísimos negocios que le encomendaron los sumos pontífices! Como ángel de paz, ajustó las disensiones que había entre el archiduque y el clero del Franco Condado; como legado de la santa sede, reformó las abadías de Taloires, de Abundancia, de Puitdorbe, de santa Catalina y de Six; como buen pastor, apacentó sus ovejas con el pan de la divina palabra, y expuso cien y cien veces su vida por su salvación, mereciendo mil bendiciones del cielo para toda su diócesis.
Crecía por instantes su fama. Los príncipes se competían unos a otros en darle los más ilustres testimonios de su alta estimación. No quiso admitir muchas ricas abadías con que le brindó Enrique IV, y renunció el capelo de cardenal que le ofreció León XI. Paulo V le mandó que dijese su sentir sobre la famosa controversia de Auxiliis. De todas partes le consultan, como a oráculo de su siglo; y lo que parecería increíble, si la experiencia no hubiera mostrado lo contrario, esta multitud de ocupaciones tan graves, que las menores bastarían para rendir el celo de los más infatigables prelados, no le estorbaron predicar muchas cuaresmas en Anecy, en Grenoble, en Chamberí, ni retirarse todos los años a ejercicios al colegio de la compañía de Jesús.
Al mismo tiempo que el santo obispo comunicaba a todas partes los ardores de su celo, tuvo noticia de que le habían acusado ante su santidad de poco vigilante en desterrar de su obispado los libros heréticos o de doctrina sospechosa, suponiendo que eran buscados con solicitud y leídos con perniciosa curiosidad por los católicos nuevamente convertidos. Y aquel santo, todo mansedumbre, que hasta entonces no había manejado más armas que las de una invicta paciencia para rebatir los golpes de la calumnia, que ciertamente en nada le perdonó, mostró en aquella ocasión por la vivacidad vigorosa con que se justificó, el horror con que miraba tan perniciosa negligencia.
Su celo por la salvación de las almas era inmenso; pero quiso en cierta manera hacerle eterno, componiendo aquel excelente libro de la Introducción a la vida devota, que él solo, en sentir de los mayores hombres, vale por cuantos libros espirituales se han escrito, habiendo merecido los más significativos elogios de las naciones, de los monarcas, y de los mismos vicarios de Jesucristo. Apenas salió a luz esta admirable obra que llevaba la reformación general de las costumbres y la devoción en todos los estados, cuando cierto predicador violento, indiscreto y precipitado, comenzó a declamar furiosamente contra ella, calificándola de relajada, y llegando a tanto exceso su pasión, que la quemó públicamente en el pulpito. Contaron al santo este suceso; y todo su resentimiento se redujo a decir: que deseaba tan abrasado en el fuego del amor de Dios el corazón de aquel padre, como su libro lo había sido en las llamas.
Pero ninguna empresa fue más digna de aquella grande alma, ninguna pudo ser más útil a toda la Iglesia, que la fundación del orden de la Visitación, que se puede llamar una de las más nobles porciones del rebaño de Jesucristo, y uno de los más bellos ornamentos de su Iglesia. El día seis de junio del año 1610, en que se celebraba la fiesta de la santísima Trinidad, la célebre señora Chantal, hija del señor Fremiot, presidente de sala en el parlamento de Dijon, juntamente con la señorita Faure, hija del primer presidente de Saboya, y con la virtuosa señora de Brechar del Nivernois, dieron principio, bajo la dirección de san Francisco de Sales, a este nuevo instituto, que parece encerrar en sí lo más perfecto y lo más sobresaliente que contienen todos los demás, y florece hoy en la universal Iglesia con tanta edificación como admiración de los fieles.
Después que el santo fundador confesó y dio la comunión a aquellas sus nuevas hijas, las dio también unas reglas llenas de prudencia, discreción y dulzura, en las cuales toda la perfección cristiana, como reducida a arte, viene a ser el fruto de una vida tranquila y suave. Es este santo orden, obra grande de nuestro santo, que se halla hoy día difundido con tanto esplendor por todo el mundo, y que después de un siglo conserva todo el fervor de su primitivo espíritu, contando más de seis mil y seiscientas esposas de Jesucristo, que edifican a la Iglesia con sus ejemplos, y son digno objeto de la admiración de los pueblos con sus religiosas virtudes.
Poco tiempo después compuso aquel admirable libro de la Práctica del amor de Dios, que el papa Alejandro VII llamaba libro de oro, y del cual han hecho elevadísimos elogios los más ilustres prelados. En la Introducción a la vida devota (dice el célebre obispo de Vence, el señor Godeau), Francisco es un ángel que guía los Tobías pequeñuelos por el camino y por la peregrinación de esta vida; en el tratado del Amor de Dios es un abrasado serafín que pega el fuego del amor celestial al corazón de los perfectos. Este enseña a volar; aquel, a caminar por las sendas del Evangelio con modo sencillo, pero sólido y seguro: el uno da el pan de los fuertes a las almas fuertes; el otro nutre con suavísima leche a los que no son capaces de alimento más robusto.
Otras muchas obras devotas dio a luz san Francisco de Sales, llenas todas de igual solidez y de aquella divina unción que solo el Espíritu Santo es capaz de derramar. Por eso el papa Alejandro VII, en la bula de su canonización, declara que los saludables escritos de este santo son hachas encendidas que introducen la luz y pegan fuego a todos los miembros del cuerpo místico de la Iglesia.
El año de 1622 recibió Francisco orden de su soberano el duque de Saboya, para pasar a Aviñón a unirse con el príncipe y la princesa de Piamonte. Desde Aviñón pasó a León de Francia, donde a la sazón se hallaba el rey cristianísimo Luis XIII, con toda la corte, de quien recibió singulares honras, y especiales demostraciones de aprecio y de veneración. Por su parte correspondió también con nuevas pruebas de celo y de respeto. Aunque se hallaba con la salud bastante quebrantada, predicó en la iglesia del colegio de la compañía de Jesús, y se dedicó a todo género de buenas obras, hallándole pronto cuantos le buscaban para su consuelo y para su alivio en las necesidades espirituales.
El día de navidad dio el hábito de la Visitación a dos doncellas, predicó sobre el misterio del día, y tuvo varias piadosísimas conferencias con la comunidad. Al amanecer del día de san Juan sintió que se le debilitaba la vista, y se le iban disminuyendo las fuerzas, mas no por eso dejó de celebrar aquel día. Luego que dio gracias, fue a visitar al duque de Nemurs para interceder por aquellos mismos oficiales del ducado de Ginebra que tanto le habían dado en qué merecer; y no se retiró hasta que les consiguió el perdón. Por la noche cayó en una especie de deliquio, que presto se declaró en apoplejía.
Apenas se divulgó en la ciudad su peligro, cuando todos concurrieron a visitarle. Los primeros que llegaron fueron los jesuitas del colegio de san José; y luego que los vio el santo, les dijo con el mayor agrado: Padres míos, ya ven que en el estado en que me hallo solo tengo necesidad de la misericordia de mi Dios. Implórenla por mí, y para mí, que yo todo lo espero de su bondad. Mucho tiempo ha que tengo hecho al Señor sacrificio de mi vida.
En fin, el día 28 de diciembre del año de 1622, fiesta de los santos Inocentes, este insigne prelado, reverenciado de los pueblos, honrado de los príncipes, amado de los vicarios de Jesucristo, y lo que es más admirable, respetado hasta de los mismos herejes, de quienes era el mayor azote, rindió a Dios su espíritu inocente y puro, con aquella misma tranquilidad con que había vivido. Murió a las ocho de la noche en el cuarto del hortelano de la Visitación a los cincuenta y seis años de su edad, y a los veinte de su obispado.
Abrieron el santo cuerpo para embalsamarle, y con esta ocasión se reconoció que aquella grande dulzura, que tanto admiraron todos, no era natural a su genio, pues que se le encontró la hiel endurecida y petrificada, dividida en muchos y muy consistentes pedacillos, por la continua violencia que se había hecho para reprimir la cólera a que naturalmente estaba sujeto.
Luego que se esparció la noticia de su muerte, fue extraordinaria la conmoción y el concurso de todo el pueblo. Condújose el santo cadáver a Anecy con pompa digna del mérito del santo, y correspondiente a la celosa veneración con que todos le miraban. Diósele sepultura en la iglesia del primer convento de la Visitación; y su corazón, que hoy día se venera entero engastado entre dos corazones de oro, quedó en León de Francia en el célebre convento de la Visitación, que está en Bello Cour, y fue fundación del mismo santo y de la ilustre madre Chantal, el año de 1640, poco tiempo después que se fundó el de Anecy: disponiendo la divina Providencia que después de muerto se quedase su corazón con aquellas hijas a quienes había tenido más dentro de sí cuando vivo.
Hallándose en León el rey Luis XIII, el año de 1630, y habiendo caído enfermo, deseó su majestad ver el corazón de san Francisco de Sales, el cual le trajo su confesor. La curación pronta y milagrosa del rey contribuyó mucho para que creciese la devoción que ya se tenía al santo. Aquel grande y piadoso monarca mandó hacer, en testimonio de su reconocimiento, una urna de oro, donde se reservase aquella preciosa reliquia. Algunos años antes de su canonización, habiendo recibido por medio de ella semejante favor el duque de Mercur, su madre la duquesa de Vandoma mandó fabricar otra grande caja de oro, donde estuviese cerrado todo el relicario.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.