lunes, 24 de enero de 2039
San Francisco de Sales, Obispo y Doctor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Tim. 6, 11-16)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Sectáre justítiam, pietátem, fidem, caritátem, patiéntiam, mansuetúdinem. Certa bonum certámen fídei, apprehénde vitam ætérnam, in qua vocátus es, et conféssus bonam confessionem coram multis téstibus. Præcípio tibi coram Deo, qui vivíficat ómnia, et Christo Jesu, qui testimónium réddidit sub Póntio Piláto, bonam confessiónem: ut serves mandátum sine mácula, irreprehensíbile usque in advéntum Dómini nostri Jesu Christi, quem suis tempóribus osténdet beátus et solus potens, Rex regum et Dóminus dominántium: qui solus habet immortalitátem, et lucem inhábitat inaccessíbilem: quem nullus hóminum vidit, sed nec vidére potest: cui honor et impérium sempitérnum. Amen.
Pero tú, ¡oh varón de Dios!, huye de estas cosas, y sigue en todo la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre. Pelea valerosamente por la fe, y victorioso arrebata y asegura bien la vida eterna, para la cual fuiste llamado, y diste un buen testimonio, confesando la fe delante de muchos testigos. Yo te ordeno en presencia de Dios, que vivifica todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilatos dio testimonio, confesando generosamente la verdad, que guardes lo mandado, conservándote sin mancha, sin ofensión, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo, venida que hará manifiesta a su tiempo el bienaventurado y solo poderoso, el Rey de los reyes y Señor de los señores, el solo que es inmortal por esencia, y que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto, ni tampoco puede ver, suyo es el honor y el imperio sempiterno. Amén. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 17 + Homilía 18 sobre 1 Timoteo — San Juan Crisóstomo
«Mas tú, oh hombre de Dios» (v. 11). Éste es un título de gran dignidad. Porque todos somos hombres de Dios, pero los justos lo son de un modo particular, no sólo por derecho de creación, sino por el de pertenencia. Si, pues, eres hombre de Dios, no busques las cosas superfluas, que no te conducen a Dios, sino:
«Huye de estas cosas y sigue la justicia» (v. 11). Ambas expresiones son enfáticas: no dice apártate de una y acércate a la otra, sino huye de estas cosas y persigue la justicia, de suerte que no seas codicioso. «La piedad», esto es, la firmeza en la doctrina. «La fe», que se opone a las cuestiones. «La caridad, la paciencia, la mansedumbre.»
«Pelea el buen combate de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual fuiste llamado, habiendo confesado la buena confesión delante de muchos testigos» (v. 12). Aquí alaba su valentía y su hombría, porque delante de todos confesó con confianza, y le recuerda su primera instrucción.
No sólo hace falta la confesión, sino también la paciencia para perseverar en ella, y una lucha vehemente, y trabajos sin número, para que no seas derribado. Porque muchos son los tropiezos y los estorbos; por eso el camino es estrecho y angosto. Es necesario, pues, estar recogido en sí mismo y bien ceñido por todas partes. Por doquiera se presentan los placeres, atrayendo los ojos del alma: los de la belleza, los de la riqueza, los del lujo, los de la molicie, los de la gloria, los de la venganza, los del poder, los del dominio; y todos ellos son hermosos y amables en apariencia, y capaces de cautivar a los inconstantes y a los que no aman la verdad. Porque la verdad tiene un rostro severo y poco atractivo. ¿Y por qué? Porque los deleites que ella promete son todos futuros, mientras que los otros ofrecen honores y delicias presentes, y descanso, aunque todos falsos y engañosos. A éstos, pues, se adhieren las almas groseras, afeminadas y sin hombría, indispuestas para los trabajos de la virtud. Como en los juegos de los gentiles, el que no codicia ardientemente la corona puede desde el principio entregarse a las francachelas y a la embriaguez —y así lo hacen de hecho los combatientes cobardes y sin brío—, mientras que los que miran fijamente a la corona soportan golpes sin cuento; pues los sostiene y alienta a la acción la esperanza de la recompensa futura.
«Te mando delante de Dios, que vivifica todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio buen testimonio bajo Poncio Pilato» (v. 13). De nuevo pone a Dios por testigo, como poco antes había hecho, para acrecentar a un tiempo el temor reverencial de su discípulo y asegurar su firmeza, y para mostrar que estos mandamientos no eran humanos; a fin de que, recibiendo el mandato como del Señor mismo, y teniendo siempre presente al Testigo delante del cual lo oyó, lo tenga más temerosamente grabado en su alma.
«Que vivifica todas las cosas.» Hay aquí a la vez consuelo en los peligros que le aguardaban, y el recuerdo de la resurrección despertado en él.
«Que dio buen testimonio bajo Poncio Pilato.» De nuevo saca la exhortación del ejemplo de su Maestro, y lo que quiere decir es esto: como Él hizo, así debes hacer tú; pues por esto dio Él testimonio, para que sigamos sus huellas.
¿Mas a qué buena confesión alude? A la que hizo cuando Pilato le preguntó: «¿Eres tú rey?» «Para esto —dijo— he nacido»; y de nuevo: «He venido para dar testimonio de la verdad. He aquí que éstos han oído mis palabras.» O bien quiere decir aquello: cuando, preguntado «¿Eres tú el Hijo de Dios?», respondió: «Vosotros lo decís, que yo soy el Hijo de Dios.» Y otros muchos testimonios y confesiones dio.
«Que guardes el mandamiento sin mácula, irreprensible, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (v. 14). Esto es, hasta tu fin, tu partida de aquí; aunque no lo expresa así, sino que, para excitarle más, dice «hasta su venida». ¿Y qué es guardar el mandamiento sin mácula? No contraer mancha alguna, ni en la doctrina ni en la vida.
«La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Poderoso, el Rey de los reyes y Señor de los señores» (v. 15). ¿De quién se dicen estas cosas? ¿Del Padre o del Hijo? Del Hijo, sin duda; y se dice para consuelo de Timoteo, a fin de que no tema ni se acobarde ante los reyes de la tierra. «A su tiempo», esto es, en el tiempo debido y conveniente, para que no se impaciente porque aún no ha llegado. ¿Y de dónde consta que Él lo mostrará? De que es el Poderoso, el solo Poderoso. Lo mostrará, pues, Aquel que es bienaventurado, más aún, la bienaventuranza misma; y esto se dice para mostrar que en aquella aparición no hay nada penoso ni desapacible.
«El único que posee la inmortalidad» (v. 16). ¿Qué, pues? ¿No tiene el Hijo la inmortalidad? ¿No es Él la inmortalidad misma? ¿Cómo no la había de tener quien es de la misma sustancia que el Padre? «Que habita una luz inaccesible.» ¿Es acaso Él mismo una luz, y hay otra en la que habita? ¿Está acaso circunscrito por un lugar? No lo penséis. Con esta expresión se representa la incomprensibilidad de la naturaleza divina. Así habla de Dios del mejor modo que puede. Ved cómo, cuando la lengua quiere proferir algo grande, desfallece su fuerza.
«A quien ningún hombre ha visto ni puede ver.» Como tampoco nadie ha visto al Hijo, ni puede verle. «A quien el honor y el imperio sempiterno. Amén.» Con propiedad y muy a propósito ha hablado así de Dios. Pues, como le había puesto por testigo, habla mucho de aquel Testigo, para que su discípulo esté en mayor temor reverencial. Con estas palabras le atribuye la gloria, y esto es todo cuanto podemos hacer o decir. No hemos de inquirir con demasiada curiosidad quién es Él. Si suyo es el imperio sempiterno, no temas. Pues aunque ahora no tenga lugar, suyo es el honor, suyo es el poder para siempre.
Homilía 17 + Homilía 18 sobre 1 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org