sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 11 de junio de 2027

San Bernabé, Apóstol

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Bernabé fue judío, de la tribu de Leví y nació en Chipre, donde había mucho tiempo que se había establecido su familia; llamóse José ó Joseph hasta después de la Ascensión del Salvador, que los apóstoles le dieron el nombre de Bernabé, que quiere decir hijo de consolación, por el don particular que le había dado Dios para consolar á los afligidos, teniendo especial gracia para endulzar las pesadumbres y tranquilizar los corazones. En todo era muy grato, dice san Juan Crisóstomo; bella disposición, genio apacible, naturalmente liberal, recto, sincero, afable y bondadoso, de una fisonomía muy agradable, de bello aire, de modales atentos y cortesanos; en fin, de tanta modestia y compostura, que desde luego se llevaba los corazones.

Su casa era muy acomodada, y así no perdonó medio alguno para darle una buena educación. Prendados sus padres de su amabilidad, de su natural inclinación á la virtud y de los talentos que ya manifestaba para las letras, le enviaron á Jerusalén para que las aprendiese bajo el magisterio del célebre Gamaliel, con cuya ocasión conoció á Saulo, que era de su misma edad con corta diferencia y estudiaba también con el mismo maestro. Desde entonces estrecharon los dos aquella amistad que después contribuyó no poco á la conversión de los gentiles.

Al paso que el joven José iba creciendo en edad, crecía también en juicio y en prudencia; no había mozo mas virtuoso ni mas asentado. Como por su tribu había nacido destinado al ministerio del templo, todo su estudio era hacerse digno de él con la pureza de las costumbres, siendo toda su ocupación y todo su entretenimiento la oración y la lección de las santas Escrituras. Nunca se le hallaba sino en el templo ó con los doctores de la ley, y en todas partes era conocida y celebrada su virtud.

Hallábase Bernabé en esta gran reputación cuando el Salvador del mundo se comenzó á manifestar en público con sus milagros. Hallóse presente al que hizo con el paralítico, y como suspiraba tanto por el Mesías y no le tenían ofuscado las pasiones, conoció luego á Jesucristo; prevenido con la divina gracia se arrojó á los piés del Salvador y le suplicó le admitiese en el número de sus discípulos; recibióle entre ellos el Señor y colmóle de gracias con esta dichosa elección. Lleno ya Bernabé de caridad y de zelo, quiso desde luego dar parte á su familia del tesoro que había encontrado: tenía en Jerusalén una tía llamada María, hermana de Juan, por sobrenombre Marco; vase derecho á buscarla; anúnciala que había hallado al Mesías en la persona de Cristo; conviértese toda la familia, y desde entonces fué aquella casa el hospedaje de Cristo en Jerusalén, y después que subió á los cielos el asilo de sus apóstoles y de sus discípulos.

Admitido nuestro santo en el número de los setenta y dos, corría las villas y las aldeas anunciando al Salvador y autorizando con muchos milagros su predicación. Nunca desmintió el zelo y el amor que profesaba á su divino Maestro, ni le entibió su afrentosa muerte, antes sirvió para apretar mas el indisoluble lazo con que estaba unido al Salvador; de lo que dió presto grandes pruebas.

Era dueño de una posesión muy rica cerca de Jerusalén, vendióla después de la venida del Espíritu Santo y puso todo el precio á los piés de los apóstoles para que fuese distribuido entre los pobres. Sabiendo que su antiguo condiscípulo Saulo, movido de un falso zelo, era enemigo mortal de los discípulos de Cristo, tuvo muchas conferencias con él, probóle invenciblemente la divinidad del Salvador; convencióle, pero no le convirtió; porque Jesucristo se había reservado á sí mismo esta conquista. Vuelto san Pablo á Jerusalén después de su famosa conversión, buscó luego á Bernabé; y habiéndole referido todo lo que le sucedió en el camino de Damasco y con Ananías, le rogó que le presentase á los apóstoles, previniéndoles que de perseguidor de Jesucristo se había convertido en predicador de su nombre.

Cuatro ó cinco años después vinieron á Antioquía algunos fieles de la isla de Chipre y de la ciudad de Cyrene en Africa, los cuales convirtieron gran número de gentiles con sus palabras y con sus milagros. Llegó esto á noticia de los apóstoles, y al punto enviaron á Bernabé á Antioquía para que fortaleciese en la fe á aquellos nuevos creyentes. Como era hombre bueno, dice san Lucas, lleno del Espíritu Santo, poderoso en obras y palabras, en poco tiempo hizo prodigiosas conversiones. Creciendo cada día la mies, eran menester nuevos obreros; y sabiendo que san Pablo se había retirado á Tarso de Cilicia después de su viaje á Jerusalén, pasó á buscarle y le trajo consigo á Antioquía. Por espacio de un año trabajaron los dos en ella con tanta felicidad, que los que creían en Jesucristo comenzaron desde entonces á llamarse cristianos, no avergonzándose ya del Evangelio.

Por este tiempo vino á la misma ciudad de Antioquía el profeta Agabo, que fué uno de los evangélicos; y habiéndose pronunciado una hambre universal, rezelosos los cristianos antioquenos de la necesidad que habían de padecer los fieles que estaban en Judea, resolvieron socorrerlos, cada uno según su posibilidad, y rogaron á san Bernabé y á san Pablo que les llevase este socorro. A la vuelta se trajeron consigo á Antioquía á Juan, por sobrenombre Marco, primo de san Bernabé y discípulo suyo, como le llama san Jerónimo.

Mientras Bernabé y Pablo trabajaban en la viña del Señor en Antioquía con Simón, llamado el Negro, con Lucas el de Cyrene, y con Manahen, hermano de leche de Heródes, á los cuales llama la Escritura profetas y doctores, escogió Dios á Pablo y á Bernabé para apóstoles de los gentiles de un modo maravilloso. Estaban juntos un día los ministros del Señor para celebrar los divinos misterios, y el Espíritu Santo ordenó por la boca de los profetas que Pablo y Bernabé fuesen segregados para emplearse en el ministerio á que los tenía destinados, que era anunciar á los gentiles el Evangelio. Luego fueron consagrados por la imposición de las manos, que, elevándolos á la dignidad de apóstoles, los llenó de los dones del Espíritu Santo y les confirió la plenitud del sacerdocio. Este era entonces, dice san Crisóstomo, el modo de conferir los órdenes á los ministros públicos de la Iglesia, precedido frecuentemente de revelaciones y de un mandato expreso del Señor; pero siempre acompañado de ayunos, del santo sacrificio y de oraciones, confiriéndose siempre la gracia por la imposición de las manos.

Recibida la misión, partió san Bernabé con san Pablo para Seleucia; desde allí pasaron á la isla de Chipre, donde dieron principio á las funciones de su apostolado; predicaron la fe de Jesucristo en Salamina con un fruto nunca oído, corrieron lo restante de la isla y llegaron á Pafos, donde confundieron á un mago, judío de profesión, llamado Elimas, que se metía á profetizar lo que estaba por venir. De Chipre se encaminaron á Panfilia, y de allí á Perga, donde Juan Marco, no pudiendo ya con las fatigas del camino, se despidió de ellos y se volvió á Jerusalén. Afligió mucho á los dos apóstoles la ausencia de este querido discípulo, y mas cuando por no ser gravosos á ninguno se veían precisados á mantenerse con el trabajo de sus manos. Continuaron su viaje al Asia y llevaron el Evangelio á Antioquía de Pisidia, donde consintieron en ser apedreados. Algunas mujeres judías que hacían profesión de piadosas, animadas de sus falsos doctores, que no podían sufrir las muchas conversiones que hacían los apóstoles, los echaron de la ciudad;

y en esta ocasión fué cuando, volviéndose san Pablo y san Bernabé hacia aquellos endurecidos corazones, que no querían recibir el Evangelio, les dijeron en tono y con autoridad apostólica (Cor. 4): A vosotros primeramente debíamos anunciar la palabra de Dios; pero pues ciegos la despreciáis y os hacéis indignos de la vida eterna, veis aquí que la vamos á anunciar á los gentiles. Sacudieron el polvo de los zapatos, abandonaron aquel país y se encaminaron á Iconia, hoy Cogni, donde convirtieron algunos judíos y muchos idólatras. Pasaron á Listris ó Listria, ciudad de Licaonia, donde obraron tantas maravillas, que admirados los paganos tuvieron á Bernabé por el dios Júpiter, á causa de su bella presencia, y á Pablo por Mercurio, notando que siempre hablaba el primero; en cuya consideración condujeron algunas víctimas á sus pies para ofrecerles sacrificios. Compadecidos los apóstoles de su ceguedad, rasgaron sus vestiduras y les dijeron: ¿Qué hacéis, amigos, qué hacéis? ¿no veis que somos hombres mortales como vosotros, que venimos á exhortaros dejéis esas supersticiones y que reconozcáis al solo verdadero Dios, que crió el cielo y la tierra? Costóles mucho trabajo el hacérselo creer; pero llegando á la sazón algunos judíos de Iconia, persuadieron al pueblo que los dos extranjeros eran dos insignes impostores, y todos sus aparentes milagros efectos del arte mágica. En un instante pasaron los idólatras de un extremo á otro; arrojáronlos á pedradas de la ciudad, faltando poco para que san Pablo pereciese en ella; y al día siguiente tomaron los dos el camino de Derba.

En medio de todos estos trabajos se multiplicaba el número de los fieles; corrieron toda la Licaonia y la Pisidia; llegaron á Panfilia, predicaron en Perga y después en Atalia, haciendo en todas partes portentosas conversiones y fundando iglesias en todas; en fin, se restituyeron á Antioquía, donde contaron á los hermanos las maravillas y los prodigios que Dios había obrado para acreditar su ministerio entre los gentiles y en todos los lugares donde habían anunciado el Evangelio.

No fué menos laboriosa la estancia de san Bernabé en Antioquía, que lo habían sido sus viajes, no permitiéndole tomar algún descanso el ardiente zelo que tenía por la salvación de las almas. Hizo también algunas apostólicas excursiones en la Tracia y hasta Iliria, adelantando nuevas conquistas á Jesucristo. Algunos judíos recién convertidos, animados de un excesivo zelo por las ceremonias antiguas, pretendían que á todos los fieles se los debía sujetar al yugo de la ley y que la de Cristo no dispensaba la de Moisés. Esto puso en precisión á Pablo y á Bernabé de hacer un viaje de Antioquía á Jerusalén, donde asistieron al concilio de los apóstoles y fueron reconocidos los dos por apóstoles de los gentiles. En el mismo concilio hicieron públicamente los dos santos una puntual relación de los asombrosos progresos que hacía todos los días la fe entre los gentiles y de la felicidad con que se iba levantando la Iglesia sobre las ruinas de la idolatría.

Al oír tantas maravillas Juan Marco, primo de san Bernabé, arrepentido de su inconstancia y de su cobardía, protestó que ya nunca se apartaría de su lado, y desde entonces se hizo su discípulo. Volvieron los dos apóstoles á Antioquía y allí se separaron para ir cada uno á su misión: Pablo, tomando por compañero á Sylas, se dirigió al Asia; y Bernabé, en compañía de Juan Marco, partió á Chipre, donde muy en breve con su suavidad y con sus amabilísimos modales, tan propios para ganar los corazones, convirtió toda la isla á la fe de Jesucristo.

No podía encerrarse en los estrechos límites de ella un zelo tan fervoroso y tan activo; extendióse mucho mas allá, y aun se asegura que llegó á Italia el santo apóstol, gloriándose la célebre iglesia de Milán de haberle logrado por su primer apóstol. Vuelto á Chipre, confirmó en la fe á los cristianos, aumentó el número con nuevas conversiones é hizo muy floreciente aquella iglesia. No faltaba otra cosa á la gloria de nuestro santo, que coronar con el martirio los trabajos de su apostolado; pero no tardó mucho en conseguir esta gracia. Irritaron á los judíos las insignes conversiones que hacía y resolvieron librarse de él. Reveléselo Dios, como también el día de su muerte, y se preparó con nuevo fervor para ser víctima de aquel sacrificio. Llegado el dichoso día, muy de mañana ofreció á Dios el del altar, dando orden á Juan Marco de que se retirase y no volviese sino á dar sepultura á su cuerpo. Los ancianos de la sinagoga de Salamina representaron al pueblo que las conquistas que hacía Bernabé á Jesucristo arruinaban la religión de Moisés, y faltaba poco para que la sinagoga se convirtiese en un desierto. Excitóse una sedición popular, y echando mano del apóstol, le arrastraron hasta fuera de la ciudad, donde le quitaron la vida á pedradas el día 11 de junio, hacia el año 70 de Jesucristo; y con esta preciosa muerte terminó su gloriosa carrera nuestro gran santo. Quisieron después quemar su cuerpo; pero su querido discípulo Juan Marco acudió la noche siguiente con otros cristianos, y hallándole entero, le dió sepultura á ciento y veinte pasos de la ciudad.

Sobreviniendo poco tiempo después la persecución, se olvidó el lugar de la sepultura, hasta que, convertidos á la fe los emperadores, se hizo tan célebre con los milagros, que le llamaban el sitio de la salud. En fin, por los años 488, en tiempo del emperador Zenón, se descubrieron las preciosas reliquias por un sueño en que el mismo santo se las reveló á Antemo, obispo de Salamina. Formóse una procesión de todo el clero, seguido de toda la ciudad, que se encaminó al sitio que el santo había revelado; cavóse en él y se encontró el santo cuerpo en una especie de gruta, teniendo sobre el pecho el evangelio de san Mateo, escrito todo de mano del mismo san Bernabé. Envió Antemo este ejemplar al emperador Zenón, que le mandó guarnecer en láminas de oro y guardar respetuosamente en su palacio. Después hizo edificar una magnífica iglesia en honor de san Bernabé en el mismo sitio donde se había encontrado aquella preciosa reliquia, colocando el sepulcro del santo al lado derecho del altar, enriquecido con relieves de plata y con grandes columnas de mármol.

Asegura san Jerónimo que san Bernabé escribió una epístola llena de edificación para toda la iglesia, en la cual prueba la abolición de la ley por el Evangelio de Jesucristo, la inutilidad de las ceremonias legales y la necesidad de la encarnación y la muerte del Salvador, con otras instrucciones doctrinales muy provechosas. Dirigíase á los Hebreos, esto es, á los judíos que habían abrazado la religión cristiana, pero que todavía estaban muy pegados á las observancias ceremoniales de la ley; en ella se califica el santo á sí mismo el último y la escoria de los mismos á quienes escribe, encomendándose á sus oraciones. Aunque esta epístola no está recibida por canónica, la citan muchas veces san Clemente Alejandrino, Tertuliano y Orígenes, que la llama epístola católica, esto es, dirigida á toda una nación, y no á alguna iglesia ó persona particular.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.