miércoles, 12 de mayo de 2027
Santos Nereo, Aquileo y Domitila Virgen, y Pancracio, Mártires
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Es muy célebre en la Iglesia desde el segundo siglo la memoria de los santos mártires Nereo y Aquileo, siendo su culto de los más antiguos que se solemnizaron en ella. Eran dos hermanos, que habiendo entrado en el servicio de la princesa Domitila, sobrina del emperador Domiciano, siendo aun muy niños, tuvieron la dicha de ser instruidos en la fe, y bautizados por el mismo apóstol san Pedro, juntamente con toda aquella ilustre y santa familia, que derramó con el tiempo su sangre por Jesucristo. Distinguíanse tanto entre todos los criados de la princesa Nereo y Aquileo por sus costumbres y por su buen ejemplo, que esto mismo les mereció la particular estimación de su ama, quien los hizo gentileshombres de cámara, y les dispensó su confianza.
Refieren las actas más antiguas de estos dos santos, que viendo un día el cuidado y esmero con que la princesa se estaba adornando para recibir la visita del conde Aureliano, con quien estaba desposada, lo sintieron vivamente; y animados del zelo que tenían por la salvación de su alma, la representaron con cristiana libertad, pero con el mayor respeto, cuán indigno era aquel gran deseo de agradar a un hombre mortal, de una alma que ellos habían creído siempre destinada para ser esposa de Jesucristo, y para aumentar con esta augusta cualidad el número de las vírgenes. Esta reverente representación, efecto puro de un zelo prudente y desinteresado, hizo impresión en el corazón de la princesa: y advirtiéndolo los dos hermanos, aprovecharon la ocasión, y prosiguieron representándola con igual respeto que su religión y su virtud la prometían mayor fortuna; y trayendo a la memoria la boda que la proponían, la hablaron con tanta energía de la vanidad de todas las honras y bienes de este mundo; de cuán vacíos son todos los gustos, entretenimientos y placeres; de la brevedad de los días de la vida, y singularmente de los trabajos, amarguras y esclavitud del estado del matrimonio; y le hicieron una pintura tan eficaz y tan viva del valor y mérito de la virginidad, y de todas las ventajas que trae consigo esta amabilísima virtud, que Domitila protestó no tendría jamás otro esposo que a Jesucristo, a quien desde aquel instante únicamente quería y pretendía agradar; y volviéndose a los dos hermanos, les dijo: «Pues Dios se ha valido de vosotros para inspirarme el deseo de ser esposa suya, tratad de conseguir que logre cuanto antes la honra de traer la divisa que se acostumbra, y de obligarme solemnemente a no reconocer jamás otro esposo que a él.» Hablaba la santa de la bendición que recibían en aquel tiempo las vírgenes, y del velo que traían en la cabeza en señal de celibato.
Muy gozosos Nereo y Aquileo, y no menos consolados al ver la bendición que había echado el Señor a su zelo, se presentaron luego al papa san Clemente, sucesor inmediato de san Pedro, y le dieron cuenta de la resolución en que estaba la princesa Domitila de no perder jamás el precioso tesoro de la virginidad. Dió gracias el santo pontífice al Señor; y pasando luego al palacio de la princesa, a quien halló más determinada que nunca a no admitir otro esposo que a Jesucristo, la dijo: ¿Has considerado bien, hija mía, el fuerte combate que te espera? ¿y tendrás valor para prometerte victoria? Tu amante irritado del que reputa desaire, infaliblemente te acusará al emperador de que eres cristiana; y entonces, ¡ó buen Dios, a qué tentaciones tan furiosas no se verá expuesta tu fe y tu constancia! ¿Ni cómo podremos tú y yo evitar entonces el martirio? —¿Y qué mayor dicha nos podrá suceder? respondió la santa. Yo confío poco en mis fuerzas, pero todo lo espero y todo lo confío de la poderosa gracia de mi Esposo celestial, y la persecución no hará más que adelantar nuestra felicidad y nuestra gloria. Enternecido san Clemente al oír tan generosa respuesta, y mucho más edificado del ardiente deseo que mostraba Domitila de consagrarse al Señor, la dió su bendición con solemnidad, y la echó el velo sobre la cabeza.
No tardó mucho tiempo en cumplirse lo que había pronosticado el santo pontífice; porque informado Aureliano del partido que había abrazado Domitila, entró en una especie de furor, y después de haber empleado inútilmente promesas y amenazas, hizo asegurar a todos los que sospechó haber tenido parte en la mudanza de la princesa, y a todos los acusó de que eran cristianos, con resolución de emplear todo su crédito para que todos fuesen condenados al último suplicio. Los primeros de quienes se echó mano, fueron Nereo y Aquileo, confidentes de Domitila, persuadido el conde de que ganados estos, presto rendiría a la princesa. Valióse de cuantos medios pudo para sorprender su religión: de halagos lisonjeros, de esperanzas, de promesas tentadoras y de solicitaciones; pero nada fue bastante para conmover la fe de los siervos de Dios, e irritando su constancia a Aureliano, consiguió que fuesen al punto despojados de sus vestidos, y azotados con toda la crueldad imaginable. La alegría que mostraron los santos en este tormento, hizo perder al tirano toda esperanza de pervertirlos, y así fueron declarados cristianos, y consiguientemente enemigos del emperador y del estado.
Temiendo que su firmeza aumentase la de Domitila sirviéndola de ejemplo, fueron enviados a Terracina, para que el cónsul Minucio Rufo les formase causa. Esta se sustanció presto: mandóles que renunciasen a la fe de Jesucristo, y que en el mismo instante ofreciesen incienso a los ídolos. Respondieron con una intrepidez que asombró al mismo tirano: que habiendo sido bautizados por el apóstol san Pedro, y habiendo sido alumbrados con las luces de la fe, no reconocían otro Dios que el Dios de los cristianos; llorando la desgracia y la ceguedad de los gentiles, que se forjaban casi tantos dioses como hombres, siendo lo más deplorable que en sus falsas divinidades no adoraban más que sus propias pasiones. Enfurecióse el tirano al oír una respuesta tan breve como determinada, y mandó que al punto fuesen puestos en el potro. Era este una especie de tormento en que a las cuerdas que suspendían en el aire los cuerpos de los mártires, se las apretaba a torno hasta lograr que tuviesen toda la tirantez posible; y después de haberlos despedazado los costados, mandó que se aplicasen a ellos hachas encendidas. Los agudísimos dolores que sentían solo sirvieron para encenderlos más y más en el amor de Dios, saliendo al semblante el gozo que ocupaba el corazón; tanto, que temiendo el tirano que esta maravilla hiciese impresión en el ánimo de los paganos, les hizo cortar la cabeza el día 12 de mayo del año de 98. Sus cuerpos fueron ocultamente recogidos por su discípulo Auspicio, y enterrados en la vía Ardeatina a media legua de Roma, donde con el tiempo se edificó una iglesia para eterno monumento del triunfo de estos gloriosos mártires.
No vaciló con su muerte la fe de la ilustre virgen Domitila; pero atendiendo el emperador a su nacimiento, a su nombre, a su hermosura y a su mérito, no se resolvió a quitarla la vida, y se contentó con desterrarla a la isla de Poncia, cerca de Terracina, de donde Aureliano consiguió que se la levantase luego el destierro, y se fuese a vivir en Terracina, no desconfiando todavía de poderla reducir a su voluntad. Para lograrlo, halló medio de introducir en su casa dos jóvenes doncellas, hermanas de leche de la misma Domitila, que se llamaban Eufrosina y Teodora, cuerdas y honestas a la verdad, pero imbuidas en las máximas y espíritu del mundo, con grandes deseos de hacer fortuna en él. Prometiéronlas que a una y otra las colocarían ventajosamente como pudiesen determinar a la princesa a que se casase con el conde; esperanza que las movió a emplear a este fin cuantos medios pudo inventar el artificio y el ingenio.
Unas veces la preguntaban si podrían ellas abrazar su religión, y si para salvarse en la religión cristiana era necesario ser virgen; otras, si era lícito el matrimonio, y en suposición de serlo, qué motivo podía tener para negarse a un estado que no la estorbaba el ser cristiana, antes la abría camino para hacer algún día cristianos a su marido, a sus hijos y criados. Descubrió fácilmente Domitila el espíritu que las movía a hablar de aquella manera; y habiendo respondido a sus preguntas en tono que no admitía réplica, ella también quiso hacer las suyas. Preguntólas, pues, si estando las dos prometidas para casarse con dos señores ricos, oirían sin indignación que tuviesen valor para pretenderlas después dos viles esclavos. No por cierto, respondieron ellas; a menos de haber perdido enteramente el juicio, no se podría llevar con paciencia semejante proposición. ¿Pues por qué os admiráis, replicó la santa, de lo que yo hago? ¿por qué calificáis de menos prudente mi conducta? Habiendo consagrado mi virginidad a Dios, estoy desposada con su único hijo Jesucristo; este vínculo ha de durar por toda la eternidad; las conveniencias que trae consigo son infinitas. ¿Qué os parece? Hallándome ya honrada con este ilustre título, ¿deberé preferir a la mano del único hijo de Dios vivo, la de un hombre mortal? ¿podré oír sin disgusto que me hablen de otro matrimonio?
Dijo esto con tanta gracia y con tanta viveza, que movidas y aun convencidas con sus razones Eufrosina y Teodora, se mostraron como dudosas; pero no rindiéndose aun a los impulsos interiores de la gracia: Si lo que dices es verdad, la replicó Teodora, haz que tu divino esposo restituya la vista a un hermano ciego que yo tengo. Tu hermano, respondió la santa, está ausente, y se dilataría mucho el milagro: ahí tienes una muchacha muda que te sirve: hazla venir, y se manifestará más presto en ella el poder de Jesucristo, para que también quedes tú más presto convencida. Vino la muda, hizo oración por ella Domitila, desatósela la lengua, y las primeras palabras en que prorrumpió fueron publicar que no había otro Dios que el Dios de los cristianos. En vista de esta maravilla las dos hermanas se arrojaron a los pies de la princesa, declararon que eran cristianas, y que no querían otro esposo que a Jesucristo.
Llegando a noticia de Aureliano lo que había sucedido, resolvió llevar adelante su resentimiento, sin guardar más consideraciones; y habiendo ganado fácilmente la voluntad del cónsul, hombre cruel, y enemigo mortal de los cristianos, hizo poner fuego a la casa donde estaba Domitila con sus dos neófitas, y todas tres fueron inmoladas como puras víctimas del Dios vivo, consumando de esta manera su glorioso martirio. Al día siguiente acudió el diácono Cesáreo para recoger aquellas preciosas cenizas; pero se quedó admirado cuando encontró a las tres doncellas postradas, el semblante contra la tierra, como si estuvieran en oración, sin que el fuego que consumó su sacrificio hubiese ofendido ni uno de sus cabellos: tomó los santos cuerpos, y los enterró en un lugar donde con el tiempo se edificó una iglesia.
El mismo día se hace mención del santo joven Pancracio, originario de Sinada, ciudad de Frigia, que perdió a su madre pocos días después que nació, y el padre tampoco sobrevivió a su mujer mucho tiempo. Antes de morir dejó este encomendado el niño Pancracio a un hermano suyo, llamado Dionisio, que fué tutor y padre de su tierno sobrino. Llevóle consigo a Roma, donde pasó a residir, y dispuso la Providencia que tomase casa junto a una donde estaba retirado el papa san Marcelino, durante la persecución que Diocleciano y Maximiano habían encendido contra los cristianos. Con esta ocasión la tuvieron de tratar al santo pontífice, cuya dulce conversación, modestia, dulzura y piedad hechizaron tanto a los dos extranjeros, que ambos le pidieron el bautismo. Dionisio murió pocos días después de su conversión, y pocos después de su muerte fue preso por cristiano el niño Pancracio, el cual a la sazón no tenía más que quince años.
Refieren las actas antiguas de su martirio que el emperador Diocleciano, por haber conocido en otro tiempo a su padre, quiso verle, y no perdonó medio alguno para obligarle a volver al paganismo. Primero intentó ganarle con promesas, después pretendió atemorizarle con amenazas, y finalmente se valió del artificio; pero nada bastó para hacer vacilar su constancia. «Señor, le dijo el heroico mancebo, inútilmente te fatigas, si te persuades que me harás perder la fe amenazándome con que he de perder la vida; no saben los cristianos qué cosa es temer la muerte; toda su dicha es derramar su sangre por Jesucristo; los suplicios apresuran su eterna felicidad, y para ellos espirar en los tormentos es conseguir una gloriosa victoria.» Irritado el emperador, no quiso que hablase más, y mandó que al instante le cortasen la cabeza.
No es menos antiguo el culto de este santo, que el de los santos Nereo, Aquileo y Domitila, por lo que la santa Iglesia junta la fiesta de todos en un mismo oficio. Pronunciando san Gregorio una homilía delante de su sepulcro, dice estas palabras: «Los santos, delante de cuyo sepulcro estamos, miraron siempre al mundo con desprecio, aun cuando la paz, la fertilidad, la abundancia, lo florido y vigoroso de su edad parecían hacerlo digno de ser amado por ellos, o a lo menos les aumentaban las dificultades que hay para desprenderse de él.» Por haber sido título del cardenal Baronio la iglesia antigua de estos santos, la reedificó, y con autoridad de Clemente VIII restituyó a ella la estación de los fieles, que se había perdido con el tiempo. Honorio I reparó la iglesia de san Pancracio; León X instituyó en ella una de las estaciones de Roma; Inocencio X la volvió el título de iglesia abacial, y finalmente fue cedida a los padres carmelitas descalzos, que hoy día la poseen.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.