sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

miércoles, 12 de mayo de 2027

Santos Nereo, Aquileo y Domitila Virgen, y Pancracio, Mártires

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Sap. 5, 1-5)

Léctio libri Sapiéntiæ Stabunt justi in magna constántia advérsus eos, qui se angustiavérunt et qui abstulérunt labóres eórum. Vidéntes turbabúntur timore horríbili, et mirabúntur in subitatióne insperátæ salútis, dicéntes intra se, pœniténtiam agéntes, et præ angústia spíritus geméntes: Hi sunt, quos habúimus aliquándo in derísum et in similitúdinem impropérii. Nos insensáti vitam illórum æstimabámus insániam, et finem illórum sine honóre: ecce, quómodo computáti sunt inter fílios Dei, et inter Sanctos sors illórum est.

Entonces los justos se presentarán con gran valor contra aquellos que los angustiaron y robaron el fruto de sus fatigas. A cuyo aspecto se apoderará de éstos la turbación y un temor horrendo; y se asombrarán de la repentina salvación de los justos, que ellos no esperaban ni creían; y arrepentidos, y arrojando gemidos de su angustiado corazón, dirán dentro de sí: Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios, y a quienes proponíamos como un ejemplar de oprobio. ¡Insensatos de nosotros! Su tenor de vida nos parecía una necedad, y su muerte una ignominia. Mirad cómo son contados en el número de los hijos de Dios, y cómo su suerte es estar con los santos. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 5 — Cornelio a Lápide

Vers. 1. «ENTONCES SE LEVANTARÁN LOS JUSTOS CON GRAN FIRMEZA CONTRA LOS QUE LOS ANGUSTIARON.» Entonces, es decir, en el día del juicio, cuando los impíos sean desolados y condenados, como dijo al fin del capítulo precedente. Se levantarán los justos con gran firmeza, esto es, con inmóvil seguridad e insuperable fortaleza, dice Dionisio. El griego tiene el singular: «entonces se levantará el justo» (cada uno, esto es, todos los justos: hay sinécdoque) «con mucha παῤῥησία», o sea, con libertad de hablar, confianza y audacia, contra el rostro de los que lo afligieron, contra los impíos que entonces estarán temerosos y temblorosos (como dijo en el cap. IV, 24); y por eso no se mantendrán erguidos, sino trémulos y encorvados, oprimidos como por el peso de sus crímenes, según aquello del Salmo I, 5: «No resucitarán los impíos en el juicio.» De donde San Agustín (libro II Contra Gaudentium, cap. XXXVII), respondiendo a los donatistas, que se jactaban de justos y abusaban de este lugar, dice: «Lejos, lejos esté que se mantengan con gran firmeza quienes se mantendrán con tan mala conciencia.» De ahí que el siríaco traduce: «se mantendrán los justos con gran confianza ante los que lo angustiaron», es decir, a Dios, de quien se venía hablando; y el árabe: «entonces se mantendrá el justo con gran confianza contra el rostro de los que lo contristaron.»

Esta confianza y firmeza, dice San Buenaventura, la dará a los justos la justicia de la causa, la prueba ya lista, Cristo por abogado, el Espíritu Santo, la Bienaventurada Virgen, la impotencia de los adversarios, la amistad y parentesco con el Juez, la benevolencia de los apóstoles asesores y la familiaridad con los ángeles, oficiales del Juez. Nota, en primer lugar, aquello de «se levantarán los justos», a saber, como soldados vencedores y triunfadores de los impíos: pues es propio de los que vencen mantenerse en pie, y de los vencidos yacer. «Al emperador conviene morir en pie», decía el emperador Vespasiano según Suetonio; mucho más conviene mantenerse en pie a los soldados de Cristo, esto es, a los justos y bienaventurados. Así San Esteban vio a Cristo en pie a la diestra del poder de Dios (Hech. VII, 55); Lázaro, entre otras miserias, yacía junto a la mesa del rico deseando saciarse de sus migajas como un perro (Luc. XVI, 21); pero en el cielo estará en pie, y el rico yacerá.

Nota, en segundo lugar, aquello de «contra ellos», o, como está en griego, «contra el rostro de ellos». Primero, es lo mismo que «en presencia de ellos»: los justos pondrán su gloria ante los ojos de los impíos que los afligieron y mataron, para que vean cuán distinto es el término y el fin de una vida y de la otra, y que no perecieron, sino que trocaron una vida miserable por otra bienaventurada y gloriosa, lo cual atormentará mucho a los impíos, como al rico epulón atormentaba la gloria de Lázaro, a la que desde el infierno no podía subir (Luc. XVI, 24). Segundo, propiamente «contra el rostro de ellos» significa que en el día del juicio los santos, sobre todo los mártires, se levantarán contra los tiranos que los atormentaron y mataron, y los acusarán ante Cristo y con Él los condenarán; de donde San Buenaventura y la Glosa: «Acusarán los justos a sus perseguidores, y los santos mártires a los tiranos que los llevaron a la angustia.» Así San Pedro y San Pablo argüirán y condenarán a Nerón; San Sebastián a Diocleciano; San Lorenzo a Valeriano; Santa Cecilia a Almaquio; San Vicente a Daciano, etc.; y los siete hermanos Macabeos, atormentados por el tirano Antíoco, le amenazaron con el juicio de Dios y los tormentos de la gehena (II Mac. VII, 35).

Nota, en tercer lugar: en lugar de «y que arrebataron sus trabajos», el griego dice «que despreciaron, vituperaron y se mofaron de sus trabajos»; lo cual no ha de tomarse sólo de los bienes y riquezas, sino propiamente de los trabajos, como si dijera: en el juicio los justos reprocharán a los impíos que despreciaran, oscurecieran, impidieran y frustraran sus trabajos saludables, con los que procuraban llevarse a sí mismos y a otros al culto de Dios y a la salvación eterna, negando y arrebatando así a Dios el honor, a los demás el ejemplo, y a sí la salvación, al burlarse y rechazar los piadosos avisos y las costumbres de los justos. Todo esto se lo echarán en cara los justos a los impíos, en su rostro, con gran libertad y fortaleza, diciendo: «¿No fuimos verdaderos profetas? Mira y cree, aunque tarde, para tu mayor confusión y condenación... Porque fuiste enemigo de Cristo, mataste a sus santos, combatiste a la Iglesia y destruiste la fe, vete, impío, vete, malvado, vete, maldito, al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles.»

Vers. 2. «VIÉNDOLOS, SE TURBARÁN CON HORRIBLE TEMOR.» Viéndolos, no los justos, sino los impíos que afligieron a los justos: pues pasa de los justos a los impíos. El griego es el aoristo ἰδόντες, como si dijera: cuando hayan visto, o después que hayan visto los impíos tan gran gloria y firmeza de los justos, serán heridos de extremo pavor y angustia; pues verán que ya está perdida y desesperada su salvación; verán que sus jueces son los que antes fueron sus reos, condenados por ellos a muerte atroz; por lo cual, esperando ya de ellos semejante, y aun más atroz, juicio y condenación, se estremecerán al extremo. «Allí será mirado siempre por los mártires el verdugo que a los mártires miró por un tiempo en los suplicios», dice San Cipriano (a Demetriano). Añade que verán la majestad e ira del Juez, la deformidad de sus propios cuerpos y las horrendas formas de espectros asumidas por los demonios; de donde, consternados, dirán «a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y escondednos del rostro del que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero» (Apoc. VI, 16).

«Y SE MARAVILLARÁN EN LO SÚBITO (esto es, en la súbita obtención, dicen San Buenaventura, Hugo, Dionisio y la Glosa) DE LA INESPERADA SALVACIÓN.» El griego dice ἐκστήσονται ἐπὶ τῷ παραδόξῳ τῆς σωτηρίας, esto es, quedarán estupefactos y como fuera de sí, arrebatados en éxtasis por lo paradójico de la salvación, es decir, por la admirable e inesperada salvación y gloria de los justos, a quienes ellos tenían por perdidos y por enteramente muertos en cuanto al alma y al cuerpo. Pues «paradójico» es lo nuevo, admirable, inesperado, insólito, contra la opinión de los hombres e increíble, como son las paradojas de Cicerón y de los filósofos: así la gloria de los justos sobrevendrá inesperada a los impíos, y les parecerá algo paradójico y como un milagro; por lo cual les infundirá admiración, estupor, pavor y como éxtasis. Así los hermanos de José, teniéndolo por muerto tras haberlo vendido, cuando lo vieron vivo y príncipe de Egipto, «no podían responderle, sobrecogidos de excesivo temor» (Gén. XLV, 3): pues nada aflige tanto como la súbita mudanza de suma felicidad y gloria en suma infelicidad y vileza; y nada punza tanto los ojos del enemigo como verse caer de lo alto a lo hondo, mientras el enemigo es levantado de lo hondo a lo alto, como sucedió a Mardoqueo con Amán.

Vers. 4. «NOSOTROS, INSENSATOS, ESTIMÁBAMOS SU VIDA LOCURA, Y SU FIN SIN HONOR.» Así los príncipes del rey Jehú dicen del profeta que le envió Eliseo: «¿A qué vino ese loco?» (IV Reg. IX, 11); y Festo a Pablo: «Estás loco, Pablo; las muchas letras te llevan a la locura» (Hech. XXVI, 24); y el mismo Pablo: «Nosotros somos necios por Cristo... hechos como la basura de este mundo, desecho de todos hasta ahora» (I Cor. IV, 10 y 13). Más aún, el mismo Cristo, por su cruz, fue para los gentiles necedad y para los judíos escándalo (I Cor. I, 23); y hasta sus parientes, teniéndolo por furioso, quisieron atarlo (Marc. III, 21). Finalmente, algunos santos, por afán de humildad y mortificación, se fingieron necios, como hizo Simón, por sobrenombre el Salo, esto es, el necio. Los mundanos, pues, estiman locura la vida de los santos, porque a los mundanos les parece cosa de locos domar la carne con ayunos, afligirla con cilicios y disciplinas, mortificar los sentidos y refrenar los apetitos.

Vers. 3. «HACIENDO PENITENCIA (tal fue la penitencia de Antíoco, II Mac. IX, 13, y de Esaú, Hebr. XII, 17, y de Judas el traidor, Mat. XXVII, 3: pues la penitencia de estos manó del odio y del temor, no de la culpa, sino de la pena) Y GIMIENDO POR LA ANGUSTIA DEL ESPÍRITU.» Porque, como dice Cantacuzeno, la causa del gemido y del suspiro es la angustia del espíritu y la dificultad de respirar: pues cuando las entrañas son comprimidas por el dolor, y con ello se intercepta la mayor fuerza del aliento, este, esforzándose luego por prorrumpir todo a la vez, rompe en gemido y suspiro; a esto se refiere aquello de Isaías LXV, 14: «Clamaréis por el dolor del corazón, y aullaréis por la contrición del espíritu.»

«ESTOS SON A QUIENES EN OTRO TIEMPO TUVIMOS POR ESCARNIO Y POR OBJETO DE OPROBIO.» San Cipriano y Lucífero leen «por risa y por semejanza de improperio». El griego, Lucífero y otros leen todo esto más enérgicamente en singular, de cualquier justo, de este modo: «este era aquel a quien tuvimos en otro tiempo por escarnio y por parábola de oprobio», esto es, por parábola afrentosa, por fábula ignominiosa, por proverbio injurioso, del que usan los hombres cuando quieren improperar o injuriar a alguno; pues dirán: «Vuélvete infame, seas escarnecido, seas fábula, ludibrio y oprobio de los hombres, como se hizo tal, que fingía ser justo.» Así en el Salmo XLIII, 15: «Nos pusiste por semejanza (griego: por parábola) entre las gentes, meneo de cabeza entre los pueblos»; y poco antes (vers. 14): «Nos pusiste por oprobio a nuestros vecinos.» Así se queja Job: «Me puso como por proverbio del vulgo, y soy un ejemplo ante ellos» (XVII, 6); «Ahora soy su cantar y me he vuelto su proverbio» (XXX, 9). Cantacuzeno refiere todo esto a Cristo, de quien está escrito (Apoc. I, 7): «He aquí que viene con las nubes, y lo verá todo ojo, y los que lo traspasaron.» Pero el Sabio habla de cualquier justo, como he dicho, si bien máximamente de Cristo, que es el justo por antonomasia, como Santo de los santos.

Vers. 5. «HE AQUÍ CÓMO HAN SIDO CONTADOS ENTRE LOS HIJOS DE DIOS, Y ENTRE LOS SANTOS ESTÁ SU SUERTE.» El griego no tiene el «he aquí», y lo demás lo trae en singular, de este modo: «¿cómo ha sido contado, o enumerado, (el justo) entre los hijos de Dios, y entre los santos está su suerte?» Los llama hijos de Dios no sólo por la gracia, sino por la gloria, a saber, a los que, como herederos de Cristo, poseen la herencia de la felicidad eterna: pues esta es la suerte hereditaria, tan bienaventurada y feliz, de los santos y bienaventurados. Cuán grande dignidad sea ser hijo de Dios lo mostré largamente en Oseas I, 10, al fin. Verdaderamente: «En exceso han sido honrados tus amigos, oh Dios; en gran manera se ha fortalecido su principado» (Salmo CXXXVIII, 17).

Comentario a la Sabiduría, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Joannes. 4, 46-53)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Erat quidam régulus, cujus fílius infirmabátur Caphárnaum. Hic cum audísset, quia Jesus adveníret a Judǽa in Galilǽam, ábiit ad eum, et rogábat eum, ut descénderet et sanáret fílium ejus: incipiébat enim mori. Dixit ergo Jesus ad eum: Nisi signa et prodígia vidéritis, non créditis. Dicit ad eum régulus: Dómine, descénde, priúsquam moriátur fílius meus. Dicit ei Jesus: Vade, fílius tuus vivit. Crédidit homo sermóni, quem dixit ei Jesus, et ibat. Jam autem eo descendénte, servi occurrérunt ei et nuntiavérunt, dicéntes, quia fílius ejus víveret. Interrogábat ergo horam ab eis, in qua mélius habúerit. Et dixérunt ei: Quia heri hora séptima relíquit eum febris. Cognóvit ergo pater, quia illa hora erat, in qua dixit ei Jesus: Fílius tuus vivit: et crédidit ipse et domus ejus tota.

Y fue Jesús nuevamente a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había en Cafarnaúm un señor de la corte que tenía un hijo enfermo. Este señor habiendo oído decir que Jesús venía de Judea a Galilea, fue a encontrarle, suplicándole que bajase desde Caná a Cafarnaúm a curar a su hijo, que estaba muriéndose. Pero Jesús le respondió: Vosotros, si no veis milagros y prodigios, no creéis. Le rogaba el de la corte: Ven, Señor, antes que muera mi hijo. Le dijo Jesús : Anda, que tu hijo está bueno. Creyó aquel hombre en la palabra que Jesús le dijo, y se puso en camino. Yendo ya hacia su casa, le salieron al encuentro los criados, con la nueva de que su hijo esta ya bueno. Les preguntó a qué hora había sentido la mejoría. Y le respondieron: Ayer a la una de la tarde le dejó la fiebre. Reflexionó el padre que aquella era la hora misma en que Jesús le dijo: Tu hijo está bueno; y así creyó él, y toda su familia. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Juan 4, 46-53 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Crisóstomo, In Ioannem hom., 34. En primer lugar, el Señor (como ya se ha dicho antes) había venido a Caná de Galilea llamado a unas bodas. Ahora va a esta ciudad por su propia voluntad, y dejando su patria, a fin de atraerlos más a la fe. Para que la fe, que ya había penetrado en ellos desde su primer milagro, se hiciese más fuerte con su presencia.

San Agustín, In Ioannem tract., 16. Allí, pues, creyeron en El sus discípulos cuando convirtió el agua en vino. Y estando la casa llena de invitados, y siendo el milagro tan grande, no creyeron en El sino los discípulos. Por esta causa retorna a aquella ciudad, a saber: para que ahora crean los que no creyeron por las razones primeras.

Teofilacto. Nos recuerda el evangelista el milagro realizado en Caná de Galilea, del agua convertida en vino, para dar más fuerza a la predicación de Cristo. Porque los galileos recibieron a Jesús, no sólo por los milagros hechos en Jerusalén, sino también por los llevados a cabo entre ellos, aduciendo al mismo tiempo la razón de que en El hubiese creído, sin conocer la dignidad de que Jesús estaba revestido, un cortesano. De donde prosigue: "Y había allí un cortesano cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm".

Orígenes, ut supra. Pensará acaso alguno que ese cortesano era uno de los generales de Herodes, o alguno de los de la familia del César que ejerciera por aquel tiempo un cargo en Judea; porque no se dice que fuera judío.

Crisóstomo. Llámase "cortesano", o porque fuese de familia real, o porque tuviese dignidad de príncipe, por lo que recibía tal denominación. Por ello creen algunos que éste fue el mismo centurión que se cita en San Mateo. Pero se manifiesta por otra parte que era distinto de aquel otro. Porque aquel otro, cuando Jesús quería ir a su casa, le ruega que no se moleste; pero éste no le ofrecía nada, y lo llevaba hacia su casa. Mas aquél salió al encuentro de Jesús bajando de un monte, y entró en Cafarnaúm; y éste se unió con Jesús cuando venía a Caná. El hijo de aquél estaba paralítico, mas el hijo de éste padecía fiebre. Acerca de este cortesano se dice: "Este, habiendo oído que Jesús venía de la Judea a la Galilea, fue a El y le rogaba", etc.

San Agustín, ut supra. El que rogaba, ¿aún no creía? ¿Qué esperas oír de mí? Pregunta al Salvador qué opinaba de él. Por esto sigue: "Y Jesús le dijo: si no viereis milagros y prodigios, no creéis". Reprende a aquel hombre como perezoso y frío en la fe, o de que no tenía fe alguna pero deseando probarle quién era Cristo, cuál era y cuánto podía, lo tienta por medio de la salud de su hijo. Se llamó prodigio como cosa dicha de lejos, porque "que se dice de lejos" significa la cosa con prioridad, y se extiende a lo futuro.

San Agustín, De cons. evang, 4, 10. Tanto desea el Señor ensalzar el alma del que cree sobre todas las cosas mudables, que no quiere que los fieles duden acerca de aquellos milagros que se hacen por el divino poder, en la mutabilidad de los cuerpos.

San Gregorio, In Evang. hom., 28. Pero acordaos también de lo que pide, y conoceréis claramente que dudó acerca de la fe. Porque pidió que bajase a sanar a su hijo. Por esto sigue: "Le dice el Cortesano: Señor, ven antes que muera mi hijo". Por lo tanto, no había creído en El, porque no creyó que podría darle la salud si no estaba presente de una manera material.

Crisóstomo, ut supra. Véase cómo aun trae a Jesucristo de una manera física, como si no pudiese resucitar a su hijo después de muerto. Mas que viniese aun cuando no creía y le rogase, nada tiene de particular, porque los padres acostumbran, efecto de su gran cariño, no sólo a hablar a los médicos en quienes confían, sino también en quienes desconfían, no queriendo callar nada de cuanto pueda contribuir a la salud de sus hijos. Pero si hubiese creído realmente en el poder de Jesucristo, no hubiese dejado de ir a Judea.

San Gregorio, ut supra. Pero como el Señor es rogado para que vaya, nos indica que no asiente a la invitación, y con sólo mandarlo, le devuelve la salud El que creó todas las cosas por su propia voluntad. Por esto sigue: "Y Jesús le dijo: ve, que tu hijo vive". Aquí se reprende nuestra soberbia; porque en tanto precio tenemos los honores y las riquezas los que cuidamos poco de nuestra verdadera naturaleza (en virtud de la cual hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios). Mas nuestro Redentor, para manifestar que las cosas más apreciables entre los hombres son despreciadas por los santos, no quiso ir a casa del hijo del Cortesano, siendo así que estaba dispuesto a ir a casa del siervo del centurión.

Crisóstomo, ut supra. Porque allí estaba la fe bien asegurada y, por lo tanto, ofreció ir para que conozcamos la piedad de aquel hombre; mas éste aun era imperfecto y, por lo tanto, aún no conocía claramente que podría curarle estando lejos; pero como Jesús no fue, añade esto. Prosigue: "Creyó el hombre a la palabra que le dijo Jesús y se fue". Sin embargo, no se iba muy contento ni tranquilo.

Orígenes, In Ioannem tom., 14. Se manifestó desde luego su alta posición y su cargo, porque salieron los criados a encontrarle. Por esto sigue: "Y cuando se volvía, salieron a él sus criados", etc.

Crisóstomo, ut supra. Los que le salieron al encuentro no vinieron sólo para anunciarle, sino porque creyeron que ya era inútil la presencia de Jesucristo, quien esperaban que vendría. Y que el cortesano no había creído perfectamente ni de buena fe, se conoce de un modo terminante por lo que sigue: "Y les preguntó la hora en que había comenzado a mejorar". Por lo tanto, quería saber si esta mejoría se debía a la casualidad o al precepto de Jesucristo. Sigue: "Y le dijeron: ayer, a las siete, le dejó la fiebre" 1. Véase aquí cómo se demuestra el milagro, porque no de una manera sencilla, ni como sucede con el que se libra del peligro, sino que de repente y a un mismo tiempo. Para que se vea que lo sucedido no era efecto de la naturaleza, sino del poder de Jesucristo. Por esto sigue: "Conoció, pues, el padre, que era la misma hora en que Jesús le dijo: Tu hijo vive, y creyó él y toda su casa".

San Agustín, In Ioannem tract., 16. Por tanto, si creyó porque se le dijo que su hijo había sido curado y comparó la hora de los que se lo decían con la del que se lo vaticinaba, cuando rogaba, no creía.

Beda. En esto se da a conocer que hay grados en la fe como en las demás virtudes, en las cuales hay principio, desarrollo y perfección. El principio de la fe de éste estuvo cuando pidió la salud de su hijo; su incremento, cuando creyó en la palabra del Salvador, que le dijo: "Tu hijo vive"; y obtuvo la perfección cuando se lo anunciaron sus criados.

San Agustín, ut supra. Con la sola palabra creyeron muchos samaritanos, mas con aquel milagro sólo creyó la casa donde tuvo lugar. Después añade el Evangelista: "Este segundo milagro hizo Jesús otra vez cuando vino de la Judea a la Galilea".

Crisóstomo, In Ioannem hom., 35. Y no añadió esto sin falta de misterio, sino dando a entender que, habiendo hecho este segundo milagro, todavía no habían llegado los judíos a la altura de los samaritanos, que no habían visto ninguna señal.

Orígenes, In Ioannem tom., 18. Esta frase encierra una anfibología 2, porque en primer término manifiesta que, cuando Jesús venía de Judea a Galilea hizo dos milagros, de los cuales el segundo fue el del hijo del cortesano. Y por otra parte, existiendo dos milagros que Jesús hizo en Galilea, hizo el segundo viniendo de Judea a Galilea, y éste es el verdadero sentido.

Orígenes, In Ioannem tom., 18. En sentido místico puede decirse como Jesús vino a Galilea dos veces, manifestando en ello las dos venidas del Salvador al mundo: la primera, llena de misericordia, como sucedió con el milagro del vino, para alegrar a los convidados; y la segunda, resucitando al hijo del cortesano, que ya estaba casi muerto, o lo que es lo mismo, al pueblo judío, el cual, después que hayan entrado todos los gentiles, vendrá a salvarse cuando el mundo esté próximo a su fin. Grande es el Rey de los reyes, que ha sido constituido por Dios en la cumbre de su monte santo de Sión ( Sal 2). Y los que vieron el día de Este y se alegraron son reconocidos como los de la corte ( Jn 8). Y nosotros creemos que el cortesano representaba a Abraham; que su hijo enfermo era la imagen del pueblo de Israel, debilitado respecto del culto divino, pero que se calentó tanto, quemadas las espigas de su enemigo, y que, por ello, se cree que empezó a enfervorizarse. Y también aparece que, estando los santos por delante después que dejaron el vestido de la carne, salvaron a su pueblo. Por esto se lee en el libro de los Macabeos, después de la muerte de Jeremías: "Este es Jeremías, el profeta de Dios, que ruega mucho por el pueblo" ( Mac 15,14). Luego, Abraham ruega que el pueblo enfermo sea favorecido por el Salvador. Y en verdad que la palabra del poder nació de Caná, en donde se dijo: "Tu hijo vive"; pero la realización de la palabra tuvo lugar en Cafarnaúm, porque allí fue donde el hijo del cortesano se curó, como si viviese en el campo del consuelo. Esto representa a cierto género de hombres débiles, no del todo privados, sin embargo, de acciones buenas. Y aquellas palabras: "si no veis milagros y prodigios no creéis", se le dijo a aquél, que se refieren a muchos de sus hijos, y a él mismo en cierto modo. Y así como San Juan esperaba que se realizase la señal que se le había dado, a saber: "Sobre aquél en que vieres que baja el Espíritu Santo" ( Jn 1,33), así los santos que ya habían muerto, esperaban que se daría a conocer la venida de Jesucristo en nuestra carne mortal por medio de milagros y de prodigios. Mas este cortesano tenía, no sólo aquel hijo, sino también criados, por medio de los que se significa cierta clase de personas que creen poco y con poca firmeza. Y no dejó la fiebre al hijo en la hora séptima por una casualidad, sino que este número siete representa el día del descanso 3.

Alcuino. También puede decirse que, por medio de los siete dones del Espíritu Santo se concede el perdón de los pecados. Y el número siete, partido en tres y en cuatro, significa la Santísima Trinidad y las cuatro estaciones del año, o las cuatro partes del mundo, los cuatro elementos.

Orígenes, ut supra. También pueden representar 4 las dos venidas de Jesucristo al alma. La primera, cuando hizo el vino del agua, dando esta alegría al alma del convite espiritual. Y la segunda, cuando destruya todas las consecuencias de las tristezas y de la muerte.

Teofilacto. Mas el cortesano es todo hombre, no sólo porque se acerca al Rey de todas las cosas, en cuanto al alma, sino porque él tiene el dominio de todo, cuyo hijo (esto es, la mente) tiene fiebre por todas las malas pasiones y deseos. Y se acerca a Jesús rogándole que baje, esto es, que use de la condescendencia de su misericordia y perdone los pecados, antes que sea muerto por la debilidad de sus pasiones. Pero el Señor le dice: "Ve", esto es: "manifiesta tu marcha continua en dirección del bien, porque entonces tu hijo vivirá; pero si cesas de andar, te mortificará tu conciencia acerca de la ejecución del bien".

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena