sábado, 27 de febrero de 2027
San Gabriel de la Dolorosa, Confesor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
San Gabriel de la Dolorosa, llamado en el siglo Francisco Possenti, ilustre por su cuna y más ilustre aún por la alegría con que supo darlo todo al Señor, nació en Asís, patria del Seráfico Padre, el día primero de marzo del año de 1838, cuando aquella noble ciudad formaba parte todavía de los Estados de la Iglesia. Fué el undécimo de trece hermanos, y en la misma jornada de su nacimiento le lavaron en las aguas del santo bautismo, como si el Cielo tuviese prisa por señalar para sí un corazón que había de rendirle una obediencia tan perfecta.
Sus padres fueron tan distinguidos por la sangre como por la piedad. El padre, Santiago Possenti, abogado de gran nombre, sirvió al gobierno pontificio en cargos de honra y llegó á ser asesor y gobernador de Espoleta; y la madre, doña Inés Frisciotti, mujer de mucha virtud, dió á su hijo los primeros rudimentos de la fe antes de que Dios la llamase para sí, siendo Francisco de sólo cuatro años. Á esta pérdida temprana siguió más tarde la de una hermana muy amada, arrebatada por el cólera; y no fueron sin fruto tales golpes, porque de ellos aprendió el niño, y después el mozo, cuán poco pesa el mundo en la balanza de la eternidad.
No place á la verdad fingir en este siervo de Dios prodigios de cuna que no tuvo. Su niñez, según lo advierten los más graves historiadores, fué la de un niño ordinario, aunque criado en el santo temor de Dios y sin que haya razón para creer que perdiese jamás la inocencia bautismal. Recibió las primeras letras de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y cursó luego los estudios mayores en el colegio de la Compañía de Jesús de Espoleta, donde vivía ya la familia. Era mozo de talento superior y de memoria portentosa, aventajado sobre todo en las letras latinas, y por su ingenio y buen natural el más celebrado de sus condiscípulos.
Mas el común enemigo, que arma sus lazos con lo mismo que el mundo tiene por inocente, procuraba enredarle en las vanidades de la edad. Cuidábase Francisco en demasía del vestido y de la gala, y era tenido por el mejor ataviado y el más airoso danzarín del pueblo; gustaba de comedias, de novelas y de reuniones bulliciosas, y no había festejo en que no fuese la vida y la alegría de sus amigos, que por burla le llamaban «el enamoradizo». Con todo, quiso la Providencia guardar de mayores caídas á quien reservaba para sí, y aun en medio de aquellas livianidades conservó el corazón limpio de culpa grave.
Dos veces le llamó el Señor por el camino de la enfermedad, y dos veces halló resistencia en la flaqueza humana. Postrado siendo estudiante en un mal peligroso, prometió entrar en religión si sanaba; sanó, y no cumplió lo prometido. Andando el tiempo, un ataque de garganta le puso á las puertas de la muerte; renovó entonces su voto y se encomendó con fervor al bienaventurado mártir Andrés Bóbola, de la Compañía de Jesús, y por su intercesión recobró milagrosamente la salud. ¿Quién no ve aquí la mano de Aquel que hiere para sanar, y que sabe apoderarse de un alma por los mismos caminos por donde ella huía?
Aceptado ya entre los jesuitas, dilataba sin embargo el mozo la ejecución, dudando si le querría Dios en estado de mayor penitencia; y fué la muerte de su hermana predilecta la que, mostrándole cuán quebradiza es la vida, acabó de resolverle. Con parecer de su confesor abrazó la Congregación de la Pasión, y entrando en el noviciado de Morrovalle en el mes de septiembre de 1856, tomó el hábito el día veintiuno y profesó al año siguiente, trocando el nombre del siglo por el de Gabriel de la Dolorosa, para vivir y morir bajo el amparo de la Madre de los Dolores.
No brilló este santo por hazañas ruidosas ni por austeridades espantosas, sino por aquella perfección callada que consiste en hacer con esmero las cosas pequeñas. Fué observantísimo de su Regla hasta en lo mínimo, obedientísimo á sus superiores, caritativo con los pobres, dado á la oración y deseoso siempre de mortificarse, aunque sujetando en todo su voluntad al juicio de quien le gobernaba. Y lo que más admira en él es la alegría heroica, la serena sonrisa con que consumó su sacrificio; que por eso le llamó después la devoción de los fieles «el santo de la sonrisa».
Testigo es de esta guerra interior una carta suya á un amigo del siglo, en que le escribía con santa llaneza: «Querido Felipe, si de veras amas tu alma, huye de las malas compañías y no frecuentes el teatro. Yo sé por experiencia cuán difícil es salir de él en estado de gracia. ¿No te parece que me divertí bastante? Pues bien: el fruto de todo aquello no fué más que amargura y temor.» Palabras que, si acusan á un mozo de vida por lo demás inocente, muestran bien la delicadeza de conciencia que había cobrado en el noviciado.
Buen retrato de su humildad da otro suceso. Pedía Gabriel con insistencia licencia para ceñirse un áspero cilicio de hierro, y respondíale su director: «Á toda costa quieres traer una pobre cadenilla, cuando lo que has menester es encadenar tu voluntad; vete, y no me hables más de ello.» Cedió al fin el maestro, mas con esta condición: «Pues tanto lo deseas, llévalo; pero encima del hábito y á la vista de todos, para que sepa el mundo cuán mortificado eres.» Obedeció el santo sin réplica, y sufrió en silencio las risas de sus compañeros, sin pedir dispensa; que sabía muy bien ser mayor cilicio el de la humillación que el del metal.
Refiérese asímismo, según piadosa tradición que las fuentes más severas no recogen, que hallándose aún en el siglo y pasando una procesión ante una gran imagen de Nuestra Señora, sintió que los ojos de la Virgen se clavaban en él y oyó una voz que le decía: «Cumple tu promesa»; y que, herido en lo vivo, mudó desde entonces de vida. Cuéntase también que, saqueado por soldados el pueblo de su retiro, plantó cara á los bandoleros y los ahuyentó, defendiendo á los vecinos con singular denuedo; mas de esto no consta con firmeza, y la prudencia manda referirlo como voz del pueblo devoto y no como historia averiguada.
Quiso el Señor coronar presto tanta virtud. Á los pocos años de religión le acometió la tisis, y hubieron los superiores de dispensarle, muy contra su gusto, de la vida común; lo cual llevó con paciencia y sumisión admirables. Poco antes de morir, celoso de que su humildad no padeciese, quemó cuantos apuntes había escrito de las gracias que Dios le hacía, por no llamar sobre sí la atención de los hombres. Y así, apaciblemente, en la madrugada del veintisiete de febrero de 1862, en Isola del Gran Sasso, en los Abruzos, entregó su alma al Criador á los veinticuatro años no cumplidos, teniendo—según refieren las relaciones devotas—una imagen de la Virgen Dolorosa entre las manos y en el rostro aquella sonrisa que fué el sello de su vida.
Confirmó Dios la santidad de su siervo con muchos milagros, y la Iglesia le levantó sobre los altares: beatificóle el papa San Pío X el año de 1908, y le canonizó Benedicto XV en 1920, declarándole patrono de la juventud, de los estudiantes y de cuantos se disponen al sacerdocio, á la manera de San Luis Gonzaga. Aprendan de él los mozos que no está reñida la santidad con la alegría, ni la grandeza con las cosas pequeñas hechas por Dios; y quien contemple á este ángel de veintitrés años, muerto abrazado á la Dolorosa, entienda que no hay corta la vida que se emplea toda en amar. Á imitación suya, meditemos los Dolores de la santísima Virgen, y pidámosle que nos alcance, si no la sonrisa de Gabriel, á lo menos su fidelidad hasta la muerte.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).