sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 27 de febrero de 2027

San Gabriel de la Dolorosa, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (1 Joann. 2, 14-17)

Léctio Epístolæ beáti Joannis Apóstoli Caríssimi: Scribo vobis, júvenes, quóniam fortes estis, et verbum Dei manet in vobis, et vicístis malígnum. Nolíte dilígere mundum neque ea, quæ in mundo sunt. Si quis díligit mundum, non est cáritas Patris in eo: quóniam omne, quod est in mundo, concupiscéntia carnis est, et concupiscéntia oculórum, et supérbia vitæ: quæ non est ex Patre, sed ex mundo est. Et mundus transit et concupiscéntia ejus. Qui autem facit voluntátem Dei, manet in ætérnum.

Os escribo a vosotros, niños, porque habéis conocido al Padre. A vosotros, hijos míos, os escribo, porque sois valerosos, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y vencisteis al maligno espíritu. Ved, pues, lo que os escribo a todos: No queráis amar al mundo, ni las cosas mundanas. Si alguno ama al mundo, no habita en él la caridad o amor del Padre; porque todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia u orgullo de la vida, lo cual no nace del Padre, sino del mundo. El mundo pasa, y pasa también con él su concupiscencia. Mas el que hace la voluntad de Dios permanece eternamente. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Tratado 2 sobre la Primera Carta de San Juan — San Agustín

1 Joann. 2, 14-17

«Os escribo, hijos.» ¿Por qué hijos? Porque habéis conocido al Padre. «Os escribo, padres»: lo inculca y lo repite: «Porque habéis conocido a Aquel que es desde el principio.» Acordaos de que sois padres: si olvidáis a Aquel que es desde el principio, habéis perdido vuestra paternidad. «Os escribo, jóvenes.» Considerad una y otra vez que sois jóvenes: combatid, para que venzáis; venced, para que seáis coronados; sed humildes, para no caer en el combate. «Os escribo, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno.»

Todas estas cosas, hermanos míos —que hemos conocido a Aquel que es desde el principio, que somos fuertes, que hemos conocido al Padre—, todas ellas, aunque en cierto modo encomiendan el conocimiento, ¿no encomiendan la caridad? Si hemos conocido, amemos: pues el conocimiento sin caridad no salva. El conocimiento hincha, la caridad edifica. Si te propones confesar y no amar, comienzas a asemejarte a los demonios. Los demonios confesaron al Hijo de Dios y dijeron: «¿Qué tenemos nosotros que ver contigo?», y fueron rechazados. Confiesa y abraza. Porque aquéllos temían por sus iniquidades: amad vosotros a Aquel que os perdona vuestras iniquidades. Pero ¿cómo podemos amar a Dios, si amamos al mundo? Nos prepara, pues, para ser habitados por la caridad. Hay dos amores: el del mundo y el de Dios; si el amor del mundo habita, no hay por dónde entre el amor de Dios; deje paso el amor del mundo, y habite el amor de Dios; tenga lugar el mejor. Amaste al mundo: no ames al mundo; cuando hayas vaciado tu corazón del amor terreno, beberás el amor divino, y desde entonces comienza a habitar en ti la caridad, de la cual nada malo puede proceder. Escuchad, pues, sus palabras, cómo procede a manera de quien desmonta un campo. Llega a los corazones de los hombres como a un campo que quiere ocupar; pero ¿en qué estado lo halla? Si halla un bosque, lo arranca; si halla el campo limpio, lo planta. Quiere plantar allí un árbol, la caridad. ¿Y cuál es el bosque que quiere arrancar? El amor del mundo. Escuchadle a él, que arranca el bosque: «No améis al mundo, ni las cosas que hay en el mundo; si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre.»

Habéis oído que si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. No diga nadie en su corazón que esto es falso, hermanos: Dios lo dice; por el Apóstol ha hablado el Espíritu Santo; nada más verdadero: si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. ¿Quieres tener el amor del Padre, para ser coheredero con el Hijo? No ames al mundo. Excluye el mal amor del mundo, para que te llenes del amor de Dios. Eres un vaso; pero todavía estás lleno. Derrama lo que tienes, para que recibas lo que no tienes. Ciertamente, nuestros hermanos acaban de nacer de nuevo del agua y del Espíritu; también nosotros, hace algunos años, nacimos de nuevo del agua y del Espíritu. Bueno es para nosotros no amar al mundo, no sea que los sacramentos permanezcan en nosotros para condenación y no como refuerzo para la salvación. Lo que refuerza para la salvación es tener la raíz de la caridad, tener la fuerza de la piedad, no sólo su apariencia. Buena es la apariencia, santa es la apariencia; pero ¿de qué aprovecha la apariencia, si no sostiene la raíz? La rama cortada, ¿no es arrojada al fuego? Ten la apariencia, pero en la raíz. Mas ¿de qué modo estás arraigado para no ser arrancado? Guardando la caridad, como dice el Apóstol Pablo: «arraigados y fundados en la caridad». ¿Cómo se arraigará allí la caridad, en medio de la maleza crecida del amor del mundo? Haz limpia desyerba de los bosques. Vas a poner una simiente poderosa: no haya en el campo lo que ahogue la simiente. Éstas son las palabras que arrancan de raíz, las que ha dicho: «No améis al mundo, ni las cosas que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre.»

«Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida»: tres cosas ha dicho, que no son del Padre, sino del mundo. «Y el mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre», así como Él permanece para siempre. ¿Por qué no he de amar lo que Dios hizo? ¿Qué quieres? ¿Amar las cosas del tiempo y pasar con el tiempo, o no amar al mundo y vivir eternamente con Dios? El río de las cosas temporales arrastra consigo; pero como árbol nacido junto al río es nuestro Señor Jesucristo. Tomó carne, murió, resucitó, subió al cielo. Quiso plantarse, en cierto modo, junto al río de las cosas del tiempo. ¿Te precipitas corriente abajo hacia el abismo? Agárrate al árbol. ¿Te arrebata el amor del mundo? Agárrate a Cristo. Por ti se hizo temporal, para que tú te hicieras eterno; porque Él de tal modo se hizo temporal, que permaneció eterno. Algo se le añadió del tiempo, nada se le quitó de su eternidad. Pero tú naciste temporal, y por el pecado fuiste hecho temporal: temporal fuiste hecho por el pecado, temporal se hizo Él por misericordia, para perdonar los pecados. ¡Cuán grande es la diferencia, cuando dos están en una cárcel, entre el reo y el que va a visitarle! Pues alguna vez uno viene a su amigo y entra a visitarle, y ambos parecen estar en la cárcel; pero se diferencian por gran distancia. Al uno le abruma su causa; al otro le ha llevado allí la humanidad. Así, en este nuestro estado mortal, nosotros estábamos retenidos por nuestra culpa; Él, por misericordia, descendió: entró donde el cautivo, como Redentor, no como opresor. El Señor derramó por nosotros su sangre, nos redimió, cambió nuestra esperanza. Todavía llevamos la mortalidad de la carne, y tenemos por prenda la inmortalidad futura; y en el mar somos zarandeados por las olas, pero tenemos el ancla de la esperanza ya fijada en la tierra.

Mas no amemos al mundo, ni las cosas que hay en el mundo. Porque las cosas que hay en el mundo son la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida. Estas tres son; no sea que alguno diga: las cosas que hay en el mundo, Dios las hizo, esto es, el cielo y la tierra, el mar, el sol, la luna, las estrellas, todo el ornato de los cielos. ¿Cuál es el ornato del mar? Todos los reptiles. ¿Y el de la tierra? Los animales, los árboles, las aves. Éstas están «en el mundo», Dios las hizo. ¿Por qué, pues, no he de amar lo que Dios ha hecho? Esté en ti el Espíritu de Dios, para que veas que todas estas cosas son buenas; pero ¡ay de ti si amas las cosas hechas y abandonas a su Hacedor! Hermosas son para ti; pero ¡cuánto más hermoso Aquel que las formó! Atended bien, amados; pues por semejanzas podéis ser instruidos, no sea que Satanás se deslice sobre vosotros, diciendo lo que suele decir: «Goza de la criatura de Dios; ¿para qué hizo Él esas cosas, sino para tu gozo?» Y los hombres se embriagan y perecen y se olvidan de su Creador; y mientras usan de lo creado no con templanza, sino con codicia, se desprecia al Creador. De ellos dice el Apóstol: «Adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador, que es bendito por los siglos.» No te prohíbe Dios amar estas cosas, pero no que pongas en ellas tu afecto como en tu bienaventuranza, sino que las apruebes y alabes con este fin: para que ames a tu Creador. Del mismo modo, hermanos míos, como si un esposo hiciese un anillo para su esposa, y ella, recibido el anillo, lo amase más que al esposo que le hizo el anillo, ¿no se hallaría su alma culpable de adulterio en el mismo don del esposo, aunque no amase sino lo que el esposo le dio? Ame, sin duda, lo que el esposo le dio; pero si dijese: «Este anillo me basta, ya no quiero ver su rostro», ¿qué clase de mujer sería? ¿Quién no detestaría tal necedad? ¿Quién no la declararía culpable de ánimo adúltero? Amas el oro en lugar del hombre, amas el anillo en lugar del esposo; si esto hay en ti, que ames el anillo en lugar de tu esposo y no tengas deseo de ver a tu esposo, entonces la prenda que te dio no sirve para vincularte a él, sino para apartar de él tu corazón. Pues para esto da el esposo la prenda, para que en su prenda sea él mismo amado. Así pues, Dios te dio todas estas cosas: ama a Aquel que las hizo. Más hay que Él querría darte, a saber, a sí mismo, que hizo estas cosas. Pero si amas estas cosas —aunque Dios las haya hecho— y descuidas al Creador y amas al mundo, ¿no se tendrá por adúltero tu amor?

Porque con el nombre de «mundo» se designa no sólo esta fábrica que Dios hizo, el cielo y la tierra, el mar, las cosas visibles e invisibles, sino que también los habitantes del mundo son llamados «mundo», así como llamamos «casa» tanto a las paredes como a los que habitan en ella. Y a veces alabamos la casa y reprendemos a los habitantes. Pues decimos: «Buena casa», porque está enmarmolada y bellamente artesonada; y en otro sentido decimos: «Buena casa», porque nadie sufre allí agravio, no se cometen allí rapiñas ni opresiones. Ahora no alabamos el edificio, sino a los que moran dentro del edificio; y sin embargo lo llamamos «casa», tanto a lo uno como a lo otro. Así pues, todos los amadores del mundo, porque por el amor habitan en el mundo —como habitan en el cielo aquellos cuyo corazón está en lo alto mientras en la carne caminan sobre la tierra—, digo, pues, que todos los amadores del mundo son llamados «mundo». Éstos no tienen sino estas tres cosas: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y vanagloria de la vida. Pues codician comer, beber, unirse: gozar de estos placeres. No, ciertamente, porque no haya medida permitida en estas cosas, ni porque, cuando se dice «no améis estas cosas», signifique que no habéis de comer, ni beber, ni engendrar hijos. No es esto lo que se dice. Sólo que haya medida, por causa del Creador, para que estas cosas no te aten por tu amor a ellas; no sea que ames para gozarlo aquello que debías tener para usarlo. Pero no eres puesto a prueba sino cuando se te proponen dos cosas, ésta o aquélla: ¿quieres la justicia o las ganancias? «No tengo de qué vivir, no tengo qué comer, no tengo qué beber.» Pero ¿qué, si no puedes tener esto sino por la iniquidad? ¿No es mejor amar lo que no pierdes, que perderte a ti mismo por la iniquidad? Ves la ganancia del oro, la pérdida de la fe no la ves. Esto, pues, nos dice: es la concupiscencia de la carne, esto es, el codiciar aquellas cosas que pertenecen a la carne, como el alimento, la unión carnal y todas las demás semejantes.

«Y la concupiscencia de los ojos»: por la concupiscencia de los ojos entiende toda curiosidad. ¡Y cuán ancho es el campo de la curiosidad! Ésta es la que obra en los espectáculos, en los teatros, en los sacramentos del diablo, en las artes mágicas, en los tratos con las tinieblas: nada sino la curiosidad. A veces tienta aun a los siervos de Dios, de suerte que quieren como obrar un milagro, tentar a Dios a ver si les oye en la realización de milagros: es curiosidad; ésta es la concupiscencia de los ojos; no es del Padre. Si Dios te ha dado el poder, haz el milagro, pues Él te lo ha puesto a mano para que lo hagas; porque no penséis que aquellos que no han hecho milagros no pertenecerán al reino de Dios. Cuando los apóstoles se regocijaban de que los demonios se les sometían, ¿qué les dijo el Señor? «No os regocijéis de esto, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.» En eso quiso el Señor que se regocijasen los apóstoles, en lo cual tú también te regocijas. ¡Ay de ti verdaderamente si tu nombre no está escrito en los cielos! ¿Es ay para ti si no resucitas a los muertos? ¿Es ay para ti si no caminas sobre el mar? ¿Es ay para ti si no expulsas a los demonios? Si has recibido poder para hacerlo, úsalo con humildad, no con soberbia. Pues aun de ciertos falsos profetas dijo el Señor que harán señales y prodigios. No haya, pues, ambición del siglo: la ambición del siglo es la soberbia. El hombre quiere engrandecerse en sus honores; se cree grande, ya por las riquezas, ya por algún poder.

Estas tres cosas hay, y nada puedes hallar con que pueda ser tentada la codicia humana, sino por la concupiscencia de la carne, o la concupiscencia de los ojos, o la soberbia de la vida. Por estas tres fue tentado el Señor por el diablo. Por la concupiscencia de la carne fue tentado cuando se le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan», cuando tuvo hambre después de su ayuno. Pero ¿de qué modo rechazó al tentador y enseñó a su soldado a combatir? Mira lo que le dijo: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios.» Fue también tentado por la concupiscencia de los ojos acerca de un milagro, cuando le dijo: «Échate abajo, porque escrito está: A sus ángeles ha mandado acerca de ti, y en sus manos te llevarán, no sea que alguna vez tropiece tu pie contra una piedra.» Resistió al tentador, porque hacer el milagro sólo habría sido parecer o haber cedido, o haberlo hecho por curiosidad; pues obraba cuando quería, como Dios, aunque como quien sana a los débiles. Mas para que no lo pensasen así los hombres, mira lo que respondió; y cuando semejante tentación te sobrevenga, di también tú lo mismo: «Apártate, Satanás, porque escrito está: No tentarás al Señor tu Dios»; esto es: si hago esto, tentaré a Dios. Dijo lo que quiere que tú digas. Cuando el enemigo te sugiera: «¿Qué clase de hombre, qué clase de cristiano eres? ¿Has hecho hasta ahora algún milagro, o por tus oraciones han resucitado los muertos, o has sanado a los febricitantes? Si fueras verdaderamente de algún valor, harías algún milagro», responde y di: «Escrito está: No tentarás al Señor tu Dios»; por tanto, no tentaré a Dios, como si hubiera de pertenecer a Dios si hago un milagro y no perteneciera si no hago ninguno; y ¿qué se hace entonces de aquellas palabras suyas: «Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos»? Por la soberbia de la vida, ¿cómo fue tentado el Señor? Cuando lo subió a un lugar alto y le dijo: «Todo esto te daré, si postrándote me adorares.» Por la altura de un reino terreno quiso tentar al Rey de todos los mundos; pero el Señor, que hizo el cielo y la tierra, holló al diablo bajo sus pies. ¿Qué gran cosa era para el diablo ser vencido por el Señor? Entonces, ¿qué hizo en la respuesta que dio al diablo, sino enseñarte la respuesta que quiere que tú des? Es: «Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.» Guardando firmemente estas cosas, no tendrás la concupiscencia del mundo; al no tener concupiscencia del mundo, ni la concupiscencia de la carne, ni la concupiscencia de los ojos, ni la soberbia de la vida te subyugarán; y darás lugar a la Caridad cuando venga, para que ames a Dios. Porque si hay allí amor del mundo, no habrá amor de Dios. Retén más bien el amor de Dios, para que, como Dios es por los siglos de los siglos, así también tú permanezcas por los siglos de los siglos: porque cada uno es tal cual es su amor. Ama la tierra, serás tierra. Ama a Dios, ¿qué diré? ¿Serás dios? No me atrevo a decirlo por mí mismo; oigamos las Escrituras: «Yo dije: Dioses sois, e hijos todos del Altísimo.» Si, pues, queréis ser dioses e hijos del Altísimo, «no améis al mundo, ni las cosas que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida, lo cual no es del Padre, sino del mundo», esto es, de los hombres amadores del mundo. «Y el mundo pasa, y sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre», así como Dios permanece para siempre.

Tratado 2 sobre la Primera Carta de San Juan, San Agustín · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1888) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Marc. 10, 13-21)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Marcum In illo témpore: Offerébant Jesu parvulos, ut tángeret illos. Discípuli autem comminabántur offeréntibus. Quos cum vidéret Jesus, indígne tulit et ait illis: Sinite párvulos veníre ad me, et ne prohibuéritis eos: tálium enim est regnum Dei. Amen, dico vobis: Quisquis non recéperit regnum Dei velut párvulus, non intrábit in illud. Et compléxans eos et impónens manus super illos, benedicébat eos. Et cum egréssus esset in viam, procúrrens quidam genu flexo ante eum, rogábat eum: Magíster bone, quid fáciam, ut vitam ætérnam percípiam? Jesus autem dixit ei: Quid me dicis bonum? Nemo bonus, nisi unus Deus. Præcépta nosti: Ne adúlteris, Ne occídas, Ne furóris, Ne falsum testimónium díxeris, Ne fraudem féceris, Hónora patrem tuum et matrem. At ille respóndens, ait illi: Magíster, hæc ómnia observávi a juventúte mea. Jesus autem intúitus eum, diléxit eum et dixit ei: Unum tibi deest: vade, quæcúmque habes, vende et da paupéribus, et habébis thesáurum in cœlo: et veni, séquere me.

Como le presentasen unos niños para que los tocase, los discípulos reñían a los que venían a presentárselos. Lo que advirtiendo Jesús , lo llevó muy a mal y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo estorbéis; porque de los que se asemejan a ellos es el reino de Dios. En verdad os digo, que quien no recibiere, como niño el reino de Dios no entrará en él. Y estrechándolos entre sus brazos, y poniendo sobre ellos las manos los bendecía. Así que salió para ponerse en camino, vino corriendo uno, y arrodillado a sus pies, le preguntó: ¡Oh buen Maestro!, ¿qué debo yo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No cometer adulterio, no matar, no hurtar, no decir falso testimonio, no hacer mal a nadie, honrar a padre y madre. A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad. Y Jesús mirándole de hito en hito, mostró quedar prendado de él, y le dijo: Una cosa te falta aún, anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo; y ven después y sígueme. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Marcos 10, 13-21 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Teofilacto. Después de habernos mostrado la malicia de los fariseos que tentaban a Cristo, nos muestra la mucha fe de las gentes, que creían que sólo con poner sus manos sobre los niños que le ofrecían, Cristo los bendecía. "Como le presentasen unos niños para que los tocase".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 62, 4. Pero los discípulos en atención a la dignidad de Cristo, querían impedir que se los ofreciesen. "Los discípulos reñían a los que venían a presentárselos". El Señor, sin embargo, les enseña a tener cordura y reprimir el orgullo humano, y tomando a los niños les ofrece el reino de Dios.

Orígenes, in Matthaeum, 7. Si cualquiera de los que profesan la doctrina de la Iglesia ve que alguien ofrece al Señor a los que el mundo considera insensatos, innobles y enfermos, por lo cual son llamados niños, no le prohiba que lo haga como si careciera de juicio al ofrecérselos al Salvador. Seguidamente, exhorta a sus discípulos, como hombres maduros que ya eran, a condescender con el bien de los niños, de modo que se hagan niños con ellos para captarse su voluntad: ya que El mismo, siendo Dios, se abajó haciéndose niño. "Porque de los que se asemejan a ellos es el reino de Dios".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 62, 4. Porque el corazón del niño está limpio de toda pasión, y así conviene que hagamos nosotros por la voluntad lo que ellos hacen por naturaleza.

Teofilacto. Por esto no dice de éstos es el reino de Dios, sino de los que se asemejan a ellos, es decir, de los que por su estudio y trabajo tienen la inocencia y sencillez que tienen los niños por naturaleza. El niño no odia, ni hace nada maliciosamente, no aborrece a su madre porque le corrija, y aunque le pongan vestidos humildes, los prefiere a los más ricos. Así el que vive según la virtud de su madre la Iglesia, no le antepone nada, ni aun la voluntad, que es la reina de todos. De aquí que dice el Señor: "En verdad, os digo que quien no recibiere, como niño, el reino de Dios, no encontrará en él".

Beda, in Marcum, 3, 40. Es decir, no podréis entrar en el reino de los cielos, si no tenéis la inocencia y pureza de ánimo del niño. O bien: debemos recibir el reino de Dios, esto es, la doctrina del Evangelio como el niño; porque el niño, cuando aprende, no contradice ni se opone con discursos al que le enseña, sino que recibe con fe lo que le enseña, obedeciendo con temor. Así nosotros debemos recibir la palabra de Dios obedeciendo sencillamente y sin ninguna contradicción.

Beda, in Marcum, 3, 40. "Y estrechándolos entre sus brazos, y poniendo sobre ellos las manos, los bendecía".

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum. Los abraza para bendecirlos, como alzando benignamente hasta su seno a su creatura, que se había apartado de El cayendo desde el principio. Pone sobre ellos las manos, expresando así la obra de su virtud divina, porque obra como Dios, aunque pone las manos conforme a las costumbres humanas, pues se había hecho hombre permaneciendo Dios.

Beda, in Marcum, 3, 40. Bendijo a los niños abrazándolos para significar que los humildes de espíritu son dignos de su bendición, de su gracia y de su amor.

Beda, in Marcum, 3, 40. Un hombre, que había oído decir al Señor que los que quieren ser semejantes a los niños son dignos de entrar en el reino de los cielos, le pide que se lo explique claramente y no con parábolas, y que le diga qué méritos tiene que hacer para conseguir la vida eterna. "Así que salió para ponerse en camino, vino corriendo un joven, y arrodillado a sus pies, le preguntó: Oh buen Maestro: ¿qué debo hacer yo para conseguir la vida eterna?".

Teofilacto. Causa admiración ese joven que, cuando los demás se acercan al Señor a causa de sus enfermedades, él pide la posesión de la vida eterna, a pesar de la maligna pasión de la avaricia por la cual se vio afligido después.

San Juan Crisóstomo, in Matthaeum, 63, 1. Porque se acercó verdaderamente al Señor como un hombre a otro y como a uno de los doctores de los judíos, le contestó como hombre. "Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios". Sin embargo, aunque dice esto, no niega la bondad de los hombres, sino en comparación a la bondad divina.

Beda, in Marcum, 3, 40. Este único Dios bueno no es solamente el Padre, sino el Hijo, que dice: "Yo soy el buen Pastor" ( Jn 10,11), y el Espíritu Santo, de quien se dice: "Vuestro Padre, que está en los cielos, dará el Espíritu bueno a los que se lo piden" ( Lc 11,13); que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, forman una sola e indivisible Trinidad y un solo y buen Dios. No niega el Señor que sea bueno, pero da a entender que es Dios. No dice que no sea buen Maestro, sino que no puede serlo ninguno sin Dios.

Teofilacto. Quiso, pues, el Señor elevar con estas palabras el espíritu de aquel joven para que lo reconociese como a Dios. Nos insinúa además con esto, que cuando hayamos de tratar con una persona, no lo hagamos adulándola, sino teniendo fija la atención en Dios, raíz y fuente de toda bondad, y rindiéndole honor.

Beda, in Marcum, 3, 40. Es de advertir que la observancia de la ley daba a sus discípulos, no sólo los bienes de la tierra, sino los eternos, por lo que dice al que le preguntaba sobre los medios de conseguir la vida eterna: "Ya sabes los mandamientos. No cometer adulterio, no matar", etc. Esta es la inocencia infantil que nos propone para que la sigamos, si queremos entrar en el reino de Dios. "A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad". No debemos pensar que este hombre preguntó así al Señor para tentarlo, como creen algunos, ni que mintió en lo que dijo de su vida, sino que dijo sencillamente la verdad, lo que se demuestra en lo que sigue: "Y Jesús, poniendo en él los ojos, le mostró agrado", etc. Y es claro que si hubiera sido reo de mentira o disimulo no le hubiese amado quien penetra lo más secreto de los corazones.

Orígenes, homiliae in Matthaeum, hom. 8. En el hecho de amarlo o de abrazarlo, se ve que aprobó Jesús la verdad con que afirmó haber cumplido los mandamientos. Penetrando en su interior, vio en él al hombre de verdad y su buena conciencia.

Pseudo-Crisóstomo, Cat in Marc. Oxon. Pero se preguntará alguien cómo puede amar el Señor a quien no había de seguirle. A esto se puede responder diciendo que en un primer momento el joven fue digno del amor del Señor porque había observado la ley desde su juventud. Ya cerca al final del encuentro no hubo ninguna disminución del amor manifestado inicialmente. El joven por su parte no optó por la perfección. Pero si bien no había superado la medida humana, al no seguir la perfección que le proponía el Señor, sin embargo no había cometido ningún crimen al observar la ley según la medida humana. Es por esta observancia por la que lo amó el Señor.

Beda, in Marcum, 3, 40. Ama el Señor a los que guardan los mandamientos de la ley aunque son menores que los que buscan la perfección. Pero no por eso deja de manifestar que no es suficiente la observancia de la ley para los que desean ser perfectos, puesto que no vino para abolir la ley sino para darle plenitud. "Una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo, y ven después, y sígueme". Por tanto el que está llamado a ser así perfecto debe vender lo que tiene, no sólo parte de ello, como hicieron Ananías y Safira, sino todo.

Teofilacto. Y luego que lo hubiere vendido, dar su importe a los pobres, no a los canallas y disolutos.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. No sin motivo hizo mención del tesoro del cielo y no de la vida eterna, diciendo: "Que así tendrás un tesoro en el cielo", porque, hablando de riquezas y de la renuncia de todo, manifiesta que da a quienes ordena que renuncien a todo, tanto más, cuanto mayor es el cielo que la tierra.

Teofilacto. Pero, dado que muchos pobres en vez de ser humildes tienen el vicio de la embriaguez o cualquier otro, dice: "Y ven después, y sígueme".

Beda, in Marcum, 3, 40. Sigue al Señor aquél que le imita y marcha sobre sus huellas.

Beda, in Marcum, 3, 40. "A esta propuesta, entristecido el joven, fuese muy afligido".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. Y el Evangelista nos refiere la causa de su tristeza, diciendo: "Pues tenía muchos bienes": que no se afligen de igual modo los que tienen poco que los que tienen mucho, puesto que el aumentar las riquezas ya adquiridas hace mayor la llama de la codicia.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. "Y echando una ojeada alrededor de sí, dijo Jesús a sus discípulos: Oh, cuán difícilmente los ricos entrarán en el reino de Dios".

Teofilacto. No dice esto porque las riquezas sean malas, sino que lo son los que las tienen para guardarlas; por consiguiente, es preciso no atesorar, sino usar de las riquezas en lo que es necesario y útil.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. Se dirigió el Señor con estas palabras a los discípulos pobres y que no poseían nada, enseñándoles a no avergonzarse de su pobreza y como excusándose de haberles dejado sin poseer nada. "Los discípulos, continúa, quedaron pasmados al oír tales palabras", ya que, como no poseían nada, es claro que su dolor era por la salvación de los demás.

Beda, in Marcum, 3, 40. Pero es mucha la diferencia que hay entre tener riquezas y amarlas, y es por ello que no dijo Salomón "que el que tiene las riquezas, no saca fruto de ellas, sino el que las ama" ( Ecle 5,9). Expone el Señor a sus asombrados discípulos el sentido de las palabras antedichas de este modo: "Pero Jesús, volviendo a hablar, les añadió: ¡Ay, hijitos míos, cuán difícil cosa es que los que ponen su confianza en las riquezas entren en el reino de Dios!" En donde es de notar que no dice: ¡Cuán imposible es! sino ¡cuán difícil es! Porque lo que es imposible no se puede hacer de ningún modo, mientras que lo difícil sí, aunque cueste mucho trabajo.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. O bien: con la palabra difícil quiere significar lo imposible. Y esto no sencillamente, sino con cierta intención. "Más fácil es, dice, pasar un camello por el ojo de una aguja que no entrar un rico en el reino de Dios".

Teofilacto. Se debe entender por camello el animal de este nombre o el cable que usan los marineros.

Beda, in Marcum, 3, 40. ¿Cómo, pues, vemos en el Evangelio a Mateo, a Zaqueo, a José de Arimatea, y en el antiguo Testamento, a tantos ricos que entran en el reino de Dios, sino es porque tuvieron en nada sus riquezas, o las abandonaron del todo por inspiración del Señor? En un sentido más elevado, esto significa que ha sido más fácil a Cristo padecer por los que aman, que convertirse a El quienes aman lo mundano. Y se nos ofrece bajo la figura de camello, porque llevó la carga de nuestros pecados. La aguja significa las punzadas o dolores sufridos en la pasión, y el ojo de ella sus trabajos, con las que se dignó el Señor renovar en cierto modo los gastados vestidos de nuestra naturaleza. "Con esto subía de punto su asombro y se decían unos a otros: ¿Quién podrá, pues, salvarse?" Y como el número de los pobres es incomparablemente mayor que el de los ricos, estas palabras expresan que contaba en el número de los ricos a todos los que aman las riquezas, aunque no hayan podido adquirirlas. "Pero Jesús, fijando en ellos la vista, les dijo: "A los hombres es esto imposible, mas no a Dios"; porque no se debe entender que pueden entrar en el reino de los cielos los avaros y soberbios con su avaricia y soberbia, sino que es posible para Dios convertirlos de la codicia y soberbia a la caridad y humildad.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. Esta es, por tanto, obra de Dios, y así se nos manifiesta cuánta necesidad de la gracia tiene el que haya de obrar así, y que será grande la recompensa que recibirán los ricos que sigan la filosofía de Cristo.

Teofilacto. O bien debemos entender que dice: "A los hombres es esto imposible, mas no a Dios", porque esto es posible cuando oímos a Dios, y es imposible cuando oímos a la sabiduría humana. "Pues para Dios todas las cosas son posibles", dice; y al decir todo, debe entenderse todo ente, porque el pecado es nada, como cosa sin esencia y sustancia incomunicable. O bien: el pecado no es cosa de virtud, sino de enfermedad, y por tanto, como enfermedad, es imposible para Dios. ¿Pero acaso puede hacer Dios que lo que es no sea? Dios es la verdad, y hacer que lo que ha sido hecho no haya sido hecho, es falso; ¿cómo, pues, la verdad podría hacer lo falso? Sería preciso, como dicen algunos, que destruyese su propia naturaleza. ¿Y puede Dios no ser Dios? Esto es ridículo.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena