El obispo Bonny tiene candidatos elegidos, programa de formación y fecha, 2028; en junio se lo contó a dos cardenales de la Curia y nadie le ha dicho que no
En marzo era un anuncio; en septiembre es un plan en marcha. Johan Bonny, obispo de Amberes, ha confirmado a La Libre Belgique que varios hombres casados de su diócesis están ya seleccionados y en formación teológica y pastoral para ser ordenados sacerdotes en 2028. En junio viajó a Roma, expuso el proyecto al cardenal You Heung-sik, prefecto del Dicasterio para el Clero, y al cardenal Grech, secretario general del Sínodo, y ambos le dijeron que lo tratarían con Prevost. Tres meses después, la única respuesta de Roma es el silencio. Y el silencio, cuando un obispo fija fecha, es una respuesta.
«La necesidad me obliga»
El argumento de Bonny es aritmético. Amberes tiene menos de setenta sacerdotes por debajo de los setenta años, dos tercios de ellos extranjeros; ya no queda ninguno adscrito a un hospital, a un movimiento juvenil o a una escuela, y de las cinco prisiones de la provincia solo una conserva capellán. «La necesidad me obliga», dice. Los requisitos que ha fijado para sus candidatos son los del diaconado permanente: treinta y cinco años cumplidos, consentimiento de la esposa, vida familiar estable, sin hijos pequeños. El proceso, asegura, se lleva «de manera transparente, pero discreta, alejada del foco mediático». Es decir: no espera a que Roma conteste; forma a los hombres y presenta la cuenta.
Conviene no perder de vista quién habla. Bonny es el obispo que en 2015 pidió que la Iglesia reconociera las uniones homosexuales y el que en 2022 firmó, con los demás obispos flamencos, un rito para bendecirlas. Su diócesis se vacía de sacerdotes porque lleva medio siglo enseñando una religión en la que el sacerdocio no hace falta. Y la solución que propone a la escasez es la misma que produjo la escasez: rebajar el sacerdocio un poco más.
Lo que la Iglesia definió, y no revisa
El celibato no es una costumbre que Roma pueda dispensar en Flandes por falta de personal. El Concilio de Trento (sesión XXIV, canon 9) anatematiza a quien diga que los clérigos constituidos en órdenes sagradas pueden contraer matrimonio, y añade que quien no se sienta con el don de la castidad no debe recibir el orden, no que el orden deba acomodarse a él. Pío XI, en Ad catholici sacerdotii (1935), funda el celibato en la conformidad del sacerdote con Cristo, sacerdote y virgen, y llama a la Iglesia latina a no ceder ni un palmo. Pío XII, en Sacra virginitas (1954), condena expresamente a quienes «exaltan el matrimonio hasta anteponerlo a la virginidad» y ve en ello un error contra la fe. Esa es la doctrina: la del magisterio que llega hasta 1958.
Ni siquiera la estructura salida del Concilio se atrevió a tocarla por escrito. Montini, en Sacerdotalis caelibatus (1967), la llamó «ley» y la mantuvo, aunque por entonces ya estaba concediendo miles de dispensas que la vaciaban por dentro; Ratzinger la apuntilló después con los ordinariatos anglicanos, como se explicó aquí en De cómo Ratzinger apuntilló el celibato sacerdotal; Bergoglio la puso sobre la mesa en el sínodo de la Amazonía de 2019 y la aparcó sin condenarla. Lo que Bonny hace es dar el paso que todos ellos prepararon: convertir la excepción en programa diocesano.
El método importa más que el caso
Lo grave no es que un obispo belga quiera ordenar casados, que es previsible; es la forma. Bonny no pide permiso: informa, forma a los candidatos y espera. Y Roma, que en tres semanas ha cerrado a la Fraternidad San Pío X los santuarios de Lourdes, Mariazell y Asís y ha negado la basílica de San Pedro a la Misa de siempre, no encuentra tiempo para decirle a Amberes que no. La estructura conciliar sabe castigar con rapidez lo que huele a Tradición y sabe callar con paciencia lo que la disuelve. Esa asimetría es la prueba: no es una Iglesia que gobierna mal, es otra religión que gobierna bien según su fin.
Si en 2028 Bonny ordena a sus casados, no habrá ruptura con Roma, porque Roma la habrá consentido por omisión; y si no los ordena, los candidatos seguirán formados, esperando al siguiente obispo o al siguiente sínodo. En los dos casos el celibato queda convertido en lo que la secta ha hecho con todo lo demás: una norma que sigue escrita y ya nadie sostiene. Al católico le toca lo de siempre: rezar por los sacerdotes que quedan, pedir vocaciones a la Inmaculada y no confundir la escasez de curas de una diócesis apóstata con una crisis de la Iglesia, que no puede quedarse sin sacerdotes porque no puede fallar.
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Fuentes:
- La Libre Belgique, 14-IX-2026 — entrevista a Johan Bonny
- Infovaticana, 17-IX-2026
- La Libre, 19-III-2026 — el anuncio de marzo
- Cathobel — portal de la Iglesia belga
- Concilio de Trento, sesión XXIV (11-XI-1563), canon 9 sobre el matrimonio (Denz. 979)
- Pío XII, Sacra virginitas (1954)
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