Según el calendario católico, esta semana celebramos las témporas de septiembre, que preparaban a los católicos para abordar la tercera estación del año. Pero esto hay que explicarlo, pues las cuatro témporas del año fueron suprimidas por la secta del Vaticano II y hoy los bautizados desconocen casi completamente qué son tales celebraciones.
Cuatro veces al año, al cambiar las estaciones, la Iglesia latina dedicaba tres días (miércoles, viernes y sábado) al ayuno, la abstinencia y la oración. Son las Cuatro Témporas, del latín Quatuor Tempora, «los cuatro tiempos», que se relacionaban con el inicio de las cuatro estaciones.
Pero en la tradición católica eran como el armazón en torno al cual se organizaba el año católico, dándole un sentido global.
Este artículo recorre su historia, su significado y su espiritualidad a partir de autores anteriores al Concilio Vaticano II: San León Magno (siglo V), Dom Prosper Guéranger (siglo XIX) y la Enciclopedia Católica de 1909.
Un origen muy antiguo
Dom Guéranger, en El Año Litúrgico, ve en las témporas una de las prácticas que la Iglesia heredó de la tradición de Israel, pues el profeta Zacarías menciona los ayunos del cuarto, quinto, séptimo y décimo mes (Za 8,19). Recuerda también que San León, San Isidoro de Sevilla y Rabano Mauro las remontaban a los tiempos apostólicos, y señala que los cristianos orientales nunca las adoptaron.
Pero, en realidad, todas las culturas antiguas, y especialmente las del Mediterráneo, tenían celebraciones para las cuatro estaciones que marcaban el ciclo anual del tiempo. Y la Iglesia lo que hizo fue darle un sentido cristiano a lo que ya se celebraba de una forma natural.
El Liber Pontificalis atribuye al papa Calixto I (217-222) una ley sobre este ayuno. En un principio Roma ayunaba en junio, septiembre y diciembre. Por eso muchos testimonios antiguos hablan de «tres témporas»: las de primavera, como explica Guéranger, quedaban absorbidas por la Cuaresma. Más tarde el papa Gelasio I estableció que las ordenaciones sagradas se confirieran el sábado de témporas. Finalmente San Gregorio VII (1073-1085) fijó las fechas para toda la Iglesia latina. Los clérigos las memorizaban con un antiguo verso latino: Dant Crux, Lucia, Cineres, Charismata Dia. Es decir, las témporas caen tras la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), Santa Lucía (13 de diciembre), el Miércoles de Ceniza y Pentecostés.
¿Qué significan?
Guéranger lo resume así: la finalidad de las témporas es santificar por la penitencia cada una de las estaciones del año. La Enciclopedia Católica concreta ese propósito en tres puntos: dar gracias a Dios por los dones de la naturaleza, enseñar a usarlos con moderación y socorrer a los necesitados.
San León Magno lo explicaba a los romanos del siglo V con una lógica sencilla. Una vez recogidos los frutos de la tierra, conviene que el cristiano muestre su gratitud al Creador con un «sacrificio de abstinencia». Quien sabe renunciar a las criaturas se acerca más a Dios. Pero el Papa no se conformaba con el ayuno solo. Para él, el ayuno ha sido siempre alimento de la virtud, y debe completarse con la misericordia, de modo que la abstinencia del que ayuna sirva de alimento al pobre.
A este sentido original se sumó una segunda intención, que Guéranger subraya: la oración por los ministros de la Iglesia. Como las ordenaciones se celebraban el sábado de témporas, los fieles ofrecían sus ayunos para obtener de Dios sacerdotes dignos y verdaderos pastores.
Contenido litúrgico
Cada serie de témporas tenía misas propias para los tres días, celebradas en Roma en iglesias estacionales fijas. El miércoles la estación era en Santa María la Mayor, el viernes en los Santos Apóstoles y el sábado en San Pedro. El miércoles, según observa Guéranger, la misa tenía dos lecturas del Antiguo Testamento en lugar de una. El sábado era una larga vigilia con numerosas lecturas, durante la cual se conferían las órdenes sagradas. Los antiguos libros litúrgicos lo llaman «sábado de las doce lecciones».
La vida es un camino que nos trae a Dios. Pero, en ese camino, constantemente nos dis-traemos: ponemos la atención en las criaturas, y nos olvidamos del Creador. Las cuatro témporas son cuatro oportunidades que Dios nos da de volver a lo que realmente importa. De volver nuestra atención a Dios. Es más, es Él el que nos viene a buscar, como hace el Buen Pastor con la oveja perdida. Porque Dios no es para nosotros algo lejano y abstracto, es algo cercano y humano: Dios es Jesucristo. Y es lo que nos recuerda cada témpora: el miércoles es el día en que el Señor fue entregado en manos de sus enemigos. El viernes es el día en que murió en la Cruz. El sábado, el día en que el Señor yació en el sepulcro. Y nosotros le queremos acompañar con la oración, el ayuno y la misericordia.
Espiritualidad: el tiempo pertenece a Dios
Las témporas encierran una idea profunda: el tiempo no es neutro. Al comienzo de cada estación el cristiano pone en manos de Dios los meses que empiezan y le agradece los que terminan. La trilogía de San León (oración, ayuno y limosna) da forma concreta a esa ofrenda. Guéranger insiste además en que la preparación interior no es auténtica si no se manifiesta por fuera, en obras de religión y penitencia.
Hay un segundo rasgo, quizá el más olvidado: su carácter comunitario. No se trata de una devoción privada, sino de un acto de toda la Iglesia a la vez. Sobre este punto San León habló con especial fuerza precisamente en sus sermones sobre las témporas de septiembre.
Las témporas de septiembre
En la antigüedad se llamaban «ayuno del séptimo mes», porque el año romano primitivo comenzaba en marzo. Llegan cuando la cosecha y la vendimia ya se han recogido.
Guéranger las presenta con una imagen hermosa. El grano de trigo se sembró entre las heladas y brotó con los primeros días buenos. Hacia la Pascua cubrió los campos de verde, y creció bajo el sol en el tiempo de Pentecostés, como deberían crecer nuestras almas. Ahora la espiga dorada ya está en el granero, y septiembre invita al hombre a volver el corazón hacia Dios, que le ha dado todo. Guéranger advierte contra la actitud del rico necio del Evangelio, que tras una gran cosecha solo pensaba en descansar, comer y beber (Lc 12,16-21). Quien quiera ser rico ante Dios, dice, debe pedir su bendición no solo sobre la producción de los frutos, sino también sobre su conservación.
La fuerza del ayuno común. Guéranger cita largamente a San León, que en estos días predicaba sobre la superioridad de la penitencia hecha con toda la Iglesia. Cada uno puede mortificarse por su cuenta, decía el Papa, pero el soldado de la Iglesia lucha con más seguridad en la batalla común, bajo un Rey invencible y al lado de sus compañeros. En su tercer sermón sobre este ayuno lo expresa así:
«El pueblo de Dios nunca es tan poderoso como cuando los corazones de todos los fieles se unen en una misma santa obediencia.»
Y añade que si el Señor promete conceder lo que pidan dos o tres reunidos en su nombre, nada podrá negar a un pueblo de miles que ora y ayuna con un mismo espíritu. En ese pueblo, los hambrientos son alimentados, los desnudos vestidos y los enfermos visitados. Incluso quien recibe la limosna y no puede devolverla participa del mismo mérito por la caridad que comparte.
Las lecturas. La liturgia de estos días recoge bien el ambiente de cosecha y conversión. El miércoles se lee a Amós, que anuncia una abundancia tal que el que ara alcanzará al que siega (Am 9,13). Le sigue el pasaje de Nehemías en que Esdras proclama la Ley ante el pueblo y le recuerda que la alegría del Señor es su fortaleza (Ne 8,10). El Evangelio es el del niño endemoniado, cuya clase de demonio solo sale con oración y ayuno (Mc 9,28). El viernes resuena la llamada de Oseas, «Conviértete, Israel» (Os 14,2), junto con el Evangelio de la pecadora perdonada en casa de Simón (Lc 7,36-50). El sábado, entre otras lecturas, el Levítico describe el Día de la Expiación y la fiesta de los Tabernáculos, ambos del séptimo mes judío. Zacarías promete que el ayuno del séptimo mes se convertirá en gozo, y el Evangelio presenta la higuera estéril y la mujer encorvada a la que Cristo endereza (Lc 13,6-17).
El otoño del mundo. Guéranger termina con una meditación muy propia de su tiempo. El año «cae», el sol pierde fuerza y los días se acortan, y en ello ve una imagen de un mundo en el que la caridad se enfría (Mt 24,12). Por eso pide no olvidar en estos días a los que serán ordenados el sábado. Invita a rezar para que Cristo les conceda prudencia, celo por las almas y perseverancia en custodiar íntegra la verdad. Y anima a los fieles, aunque sean pocos, a no desalentarse y a estrechar filas en torno a la Iglesia.
Para vivirlas hoy
La secta del Vaticano II ha borrado hasta la memoria de las témporas del corazón de los bautizados. Esa secta enseña que Dios es solo misericordia permisiva y que no hace justicia. Enseña, blasfemamente, un Dios injusto. Y en ese marco un tiempo de penitencia y arrepentimiento no tiene sentido. Por eso, más que nunca, los escasos bautizados que intentan vivir en la Iglesia católica y no en la secta apóstata del Vaticano II deben esforzarse por mantener contra todos los obstáculos las tradiciones verdaderas, y hacer penitencia por todos aquellos que no la hacen y pecan día y noche en el seno de la secta apóstata, para que, cuando próximamente llegue el Señor, sí encuentre aún fe en la tierra.
«Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» (Lc 18,8)
Fuentes
- San León Magno, Sermones sobre el ayuno del décimo mes y del séptimo mes (las citas del ayuno común proceden de los sermones III y IV sobre el ayuno del séptimo mes).
- Dom Prosper Guéranger, El Año Litúrgico: «Miércoles de las Cuatro Témporas de Adviento», «Miércoles de las Témporas de Cuaresma» y «Las Cuatro Témporas de septiembre».
- Frederick Holweck, «Cuatro témporas» («Ember Days»), Enciclopedia Católica, vol. 5 (1909).
Piedrasanta
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