En este diálogo:
- Cómo se le llama a un hombre
- Lo que se condenó en China
- La cultura sale del culto, y no al revés
- La mentira del 25 de diciembre
- El hacha de San Bonifacio y la carta de San Gregorio
- Qué es exactamente la Pachamama
- Lo que Dios hizo con la idolatría
- La ramera y el rey sabio
- Moloc, el Llullaillaco y los niños
- Los dioses de los paganos son demonios
- El disfraz: una mujer preñada de rodillas
- Cuando el ídolo entra en el rito
- Lo que la Iglesia ya tenía
- El delito y el oficio
[La Casa del Peregrino, un domingo de agosto por la tarde. Hace cinco semanas que no llueve. El valle está amarillo y el heno entró el jueves; huele a hierba seca, a piedra caliente y a la manzana partida que hay en un cubo junto a la chimenea. Las ventanas están abiertas de par en par y no entra aire. El fuego lleva apagado desde junio: en el hogar solo hay ceniza vieja. Está la reunión dominical entera — Miguel Mendoza en la cabecera con la navaja y una manzana, Elena con las mujeres, Tomás Mendoza sentado en el suelo con la espalda contra la piedra, la vieja Asunción al fondo con el rosario en la mano y los ojos medio cerrados. Blanca está junto a Ricardo. Los niños entran y salen; nadie los llama.
El visitante es Andrés Sarasola: sesenta y cuatro años, jesuita, doctor en misionología por la Gregoriana, once años entre Chiapas y el oriente ecuatoriano, ahora profesor. Subió ayer con Sebas en el Patrol, invitado por un primo de Elena que le oyó una conferencia en Santander. Es un hombre delgado, afeitado, con gafas de montura fina y una camisa gris de manga corta sin nada al cuello. Habla bien, sonríe mucho y escucha de verdad, que es lo que le hace peligroso. Sobre la mesa, delante de Ricardo, hay cuatro libros, un cuaderno cerrado y un vaso de agua.]
1. Cómo se le llama a un hombre
ANDRÉS. —Me dicen que escribes contra el Sínodo de la Amazonía.
RICARDO. —He escrito un informe largo sobre la Pachamama. El Sínodo sale dentro.
ANDRÉS. —Pues me alegro de haber subido. Yo vengo de allí. Y vengo dispuesto a que me convenzas o a convencerte, lo que salga. (sonríe) Aunque te aviso de que llevo cuarenta años en esto.
RICARDO. —Le agradezco el aviso.
ANDRÉS. —Una cosa, antes de empezar, porque llevo desde ayer notándolo y prefiero decirlo a que se enquiste. No me has llamado padre ni una vez.
[Silencio corto. Miguel deja de pelar la manzana.]
RICARDO. —No, y no se lo iba a decir yo primero porque no he venido a ofenderle en mi casa. Ya que lo saca: le llamo Andrés y le trato de usted, que es lo que le debo por la edad y porque es mi huésped. Lo otro no se lo puedo dar, porque ese título no es un cumplido: dice de dónde viene lo que usted administra, y yo sostengo que no viene de la Iglesia. Si le parece una grosería, lo entiendo y le pido disculpas por la incomodidad, no por el fondo.
ANDRÉS. —No me ofende. Me interesa. He tratado con muchos de los vuestros y casi todos me llamaban padre y me despreciaban por dentro. Prefiero al revés. (se sienta, cruza las piernas) Empiezo yo entonces, si me dejas, porque quiero poner sobre la mesa lo que de verdad discutimos, que no son unas tallas de madera en un jardín.
RICARDO. —Póngalo.
ANDRÉS. —Lo que discutimos es la aculturación. La idea de que el Evangelio no es una cultura, sino una levadura que fermenta cualquier masa. Cristo no vino a hacer del mundo entero una provincia romana. La fe no viaja envuelta en el latín, ni en la sotana, ni en la polifonía. Cuando se predica a un pueblo hay que predicarle en su lengua, con sus imágenes, dentro de su modo de estar en el mundo; si no, lo que se le impone no es Cristo, es Europa. Y eso, Ricardo, no lo inventó el Vaticano II. Lo hizo San Pablo circuncidando a Timoteo y no a Tito. Lo hicieron los Padres tomando el vocabulario de los filósofos. Lo hizo Mateo Ricci en Pekín vistiéndose de letrado, y Roberto de Nobili en Madurai vistiéndose de sannyasi. Eso es mi orden y de eso vengo yo.
RICARDO. —Ha nombrado usted a Ricci. Le agradezco que lo haya hecho tan pronto, porque nos ahorra dos horas.
ANDRÉS. —(divertido) Ya veo que sabes por dónde vas a entrar.
RICARDO. —Por donde entra el asunto. Usted ha llamado a esa doctrina aculturación y ha dicho que es apostólica. Yo le digo que tiene nombre, tiene fecha y tiene sentencia. Y que la sentencia no es de un cardenal de curia con manía a los jesuitas: es de dos Papas seguidos.
2. Lo que se condenó en China
RICARDO. —Diecinueve de marzo de 1715. Clemente XI, constitución Ex illa die. Condena los ritos chinos que la Compañía venía tolerando: prohíbe a los cristianos participar en los sacrificios a Confucio, prohíbe el culto a los antepasados con las tablillas del alma, y obliga a todo misionero que vaya a China a jurar sobre los Evangelios que cumplirá la prohibición.1 Veintisiete años después, en julio de 1742, Benedicto XIV, con la bula Ex quo singulari, confirma la condena, la agrava y prohíbe además que se siga discutiendo del asunto.2 Y dos años más tarde, en 1744, Omnium sollicitudinum hace lo mismo con los ritos malabares de Nobili.3 Ha citado usted a los dos hombres cuyo método fue condenado por su nombre.
ANDRÉS. —Los condenaron sus enemigos de orden. Eso lo sabe cualquiera que haya leído la historia de la controversia.
RICARDO. —Le voy a leer cómo resume esa controversia un diccionario eclesiástico español del siglo XIX, que no es sedevacantista ni tiene por qué querernos mal a ninguno de los dos. (pasa una hoja) Dice que hubo controversia «entre los jesuitas y otros misioneros, acerca de los ritos y ceremonias de los chinos para honrar a sus antepasados, que los primeros decían que podían ser permitidos como meramente civiles, al paso que los otros alegaban que eran supersticiosos e idolátricos». Y añade que Clemente XI condenó aquellos ritos por Ex illa die, y que los Pontífices posteriores confirmaron la determinación hasta Benedicto XIV, que puso totalmente fin a la controversia.4
ANDRÉS. —¿Y qué quieres que te diga de eso?
RICARDO. —Que se ha descrito usted a sí mismo con doscientos años de antelación. La tesis de la Compañía era exactamente la suya: esto es cultura, no es culto. Y perdió. No perdió una escaramuza de pasillo: perdió con dos constituciones apostólicas y con un juramento impuesto sobre los Evangelios. Y le voy a decir una cosa más, porque es la que remata. Ese juramento seguía vivo en el siglo veinte. Lo trae Ferreres en su manual de moral, en el tomo de los sacramentos, como derecho vigente: los misioneros pueden ejercer ciertas facultades «aun antes de haber prestado el juramento sobre los ritos chinos, prescrito por Benedicto XIV».5 Ferreres, Andrés. Un jesuita, escribiendo para curas, dando por supuesto que los misioneros de su Compañía siguen jurando eso. Aquello no era una vieja disputa cerrada: era la ley bajo la que se ordenaron sus maestros.
ANDRÉS. —Sabía que ibas a sacar eso, y me alegro de que lo saques bien y con fechas, porque casi nadie lo hace. Ahora déjame contestar. (se inclina hacia delante) Ocho de diciembre de 1939. Instrucción Plane compertum est, de Propaganda Fide, aprobada por Pío XII. Levanta la prohibición. Autoriza a los católicos chinos a asistir a las ceremonias ante la imagen de Confucio, a inclinarse ante las tablillas de los difuntos y a estar presentes en los ritos fúnebres.6 Pío XII, Ricardo. No Pablo VI, no Bergoglio: Pío XII, que es tu Papa. Y en 1951, en Evangelii praecones, el mismo Pío XII escribe que la Iglesia, cuando llega a un pueblo, no destruye ni desprecia lo que hay de bueno y de honesto en sus costumbres, sino que lo asume y lo perfecciona.7 O sea que la doctrina condenada en 1742 la rehabilita el último Papa que tú reconoces. Y con eso, el argumento de la condena se te viene abajo entero.
[Ricardo no contesta enseguida. Se sirve agua. Tomás, desde el suelo, ha levantado la cabeza.]
RICARDO. —Pío XII es un Papa legítimo por elección, pero que durante su pontificado cometió grandes errores. El principal fue cambiar el Misal católico, infringiendo Quo primum tempore. Y cometió otros: aceptar de facto el evolucionismo biológico, o aceptar, aunque solo fuera de palabra, el llamado «control natural» dentro del matrimonio.8 Y eso que me cuenta tampoco es de las mejores de sus intervenciones. Aun así, creo que hace usted del texto una lectura torticera. Me explico.
Le voy a contestar leyendo el documento que usted acaba de citar, porque usted me ha dado la fecha y el efecto, pero no me ha dado el motivo. Y todo está en el motivo. ¿Por qué levanta Roma la prohibición en 1939?
ANDRÉS. —Porque cambia el criterio pastoral.
RICARDO. —No. Porque cambia el hecho. El preámbulo de la instrucción lo dice con todas las letras: consta con claridad que aquellas ceremonias, con el paso del tiempo y el cambio de las costumbres y de las ideas, han quedado reducidas a un significado meramente civil y social; ya no son actos religiosos, sino modos de piedad filial y de respeto a los mayores.9 Ése es el fundamento entero del permiso. Roma no dice: aquello era un culto y ahora lo bautizamos. Roma dice: aquello ha dejado de ser un culto y por eso ya no está prohibido. Y ése es el argumento. Uno puede creerse el hecho o no creérselo —yo, por ejemplo, dudo mucho que esa clase de tradiciones lleguen a perder su significado—, pero la razón que se da es ésa y no otra.
ANDRÉS. —Es la misma cosa vista de dos maneras.
RICARDO. —No, Andrés, es exactamente lo contrario, y usted lo sabe porque ha dado clase de esto. La instrucción de 1939 confirma la doctrina de 1742 en vez de derogarla. Deja escrito, negro sobre blanco, cuál es el criterio: un rito se puede admitir si, y solo si, ha dejado de tener contenido religioso. Mientras lo tenga, no. Y ahora hágame usted el favor de aplicar ese criterio a lo que vamos a discutir esta tarde.
ANDRÉS. —Adelante.
RICARDO. —¿La ch’alla de agosto ha perdido su contenido religioso? ¿El hombre que abre el hoyo en la tierra y le echa comida y alcohol y coca está haciendo un acto de urbanidad, como el que se descubre al pasar por un cementerio? ¿O está pidiendo algo a alguien?
ANDRÉS. —Está pidiendo.
RICARDO. —Entonces el precedente que usted ha traído para defenderse le condena. Porque si en 1939 se permitió lo que ya era pura cortesía, lo que en 2019 se hizo en los Jardines Vaticanos cae bajo la regla de 1742, que sigue viva y que nadie ha derogado. Y le añado la vuelta de tuerca, porque hoy hay que darla. Lo que Ex quo singulari prohibió en China con nombre y apellido fue el culto a los antepasados. Reténgalo. Lo vamos a necesitar dentro de dos horas.
ANDRÉS. —(despacio) Ya sé adónde vas.
RICARDO. —Ya lo sabe. Vamos por partes, que aún estamos en el principio.
3. La cultura sale del culto, y no al revés
ANDRÉS. —Pues volvamos al principio, porque me has ganado un punto de derecho y no me has tocado el argumento de fondo. El argumento de fondo es antropológico. Un pueblo no es una lista de errores doctrinales: es una manera de vivir. Tiene una lengua, una música, un modo de casarse, de enterrar, de saludar, de contar el año. Cuando tú le arrancas eso, no le has quitado un error: le has quitado el suelo. Y entonces el hombre no se hace católico, se hace nada; se va a la ciudad y se muere de alcohol a los cuarenta. Yo lo he visto. La cultura es el vaso y la fe es el vino, y tú te empeñas en romper el vaso.
RICARDO. —Ahí está su error, y es tan limpio que casi da gusto verlo. Usted ha invertido la causa.
ANDRÉS. —Explícate.
RICARDO. —Usted trata la cultura como un continente y la religión como un contenido que se puede cambiar dejando el continente intacto. Y es al revés: la cultura nace de las creencias, y principalmente de las religiosas. No es el vaso: es lo que el vino ha ido dejando en la piedra durante mil años. Un pueblo no tiene primero una manera de casarse y luego, encima, unos dioses. Tiene unos dioses, y de ellos le sale la manera de casarse.
ANDRÉS. —Eso es una tesis discutible.
RICARDO. —Es una tesis, sí, y hay historiadores serios que la han defendido entera: Dawson escribió dos libros para sostener que las grandes religiones no son un producto secundario de las grandes civilizaciones, sino el cimiento sobre el que descansan.10 Pero no hace falta ir a un libro. Mire la palabra. Cultura y culto salen de la misma raíz latina, colere, que quiere decir a la vez cultivar el campo, habitar un lugar y honrar a un dios. No es una casualidad etimológica: es que el hombre labra donde habita y honra a quien cree que le da la cosecha, y de esas tres cosas juntas sale todo lo demás.
ANDRÉS. —Bonito. Y sin consecuencias.
RICARDO. —Con una consecuencia enorme, y es la que hunde su doctrina. Si la cultura sale del culto, entonces no existe eso que usted llama «el vaso»: no hay un residuo cultural neutro que se pueda conservar después de haberle quitado al pueblo su dios. Cuando usted dice «asumamos la cultura andina», está diciendo, sépalo o no, «asumamos la religión andina», porque la cultura andina es la forma visible de esa religión. Por eso el misionero de verdad nunca dijo «tomo la cultura»: dijo «tomo la lengua, la música y el arte, y le pongo dentro otro Dios». Y por eso el resultado no fue la cultura andina con un barniz, sino una cultura nueva.
ANDRÉS. —Una cultura nueva impuesta.
RICARDO. —Una cultura nueva, sí, y no me da ninguna vergüenza. Toda cultura cristiana es una cultura nueva. La española no es la de los celtíberos con un crucifijo encima; la irlandesa no es la de los druidas con tonsura. El pueblo sigue siendo el mismo, la lengua sigue siendo la suya y la música también, pero el centro se ha movido, y cuando el centro se mueve se mueve todo: el calendario, la ley, el matrimonio, el modo de enterrar, lo que se considera un crimen y lo que se considera una virtud. San Agustín lo dijo en una línea: dos amores han hecho dos ciudades.11 No dos culturas que después eligieron un amor. Dos amores que hicieron dos ciudades.
ANDRÉS. —Y a esos pueblos, según tú, había que quitarles el amor que tenían.
RICARDO. —Había que quitarles el ídolo, que no es lo mismo. Y sí: había que quitárselo. Eso es exactamente lo que la Iglesia entendió siempre por misión. Pío XI, en 1926, cuando escribe a los misioneros, no les dice que vayan a dialogar con los cultos de la tierra: les dice que vayan a arrancar a los paganos de las tinieblas y del culto impío de los falsos dioses.12 Ése es el vocabulario. Impío. Falsos. Tinieblas. No es mío: es el de un Papa hablando a los misioneros hace cien años.
4. La mentira del 25 de diciembre
ANDRÉS. —Muy bien. Pues te voy a demostrar con hechos que la Iglesia no hizo lo que tú dices que hizo. Y voy a usar el caso que sabe todo el mundo. La Navidad. El veinticinco de diciembre no es el cumpleaños de Cristo: es el Natalis Solis Invicti, la fiesta del Sol vencedor, el solsticio romano, las saturnales. La Iglesia le puso encima el nacimiento del Señor porque no podía arrancarle la fiesta al pueblo. Y el árbol de Navidad es un árbol sagrado germánico. Y las fuentes de los santos en Irlanda son las fuentes de las hadas, y los fuegos de San Juan son los fuegos del solsticio. La Iglesia no arrasó nada, Ricardo: la Iglesia negoció durante mil años. Yo no estoy inventando un método nuevo. Estoy nombrando el que se usó siempre y que vosotros preferís no mirar.
[Ricardo se ha quedado quieto un momento. Luego abre uno de los libros y no lee: lo deja abierto boca abajo.]
RICARDO. —Andrés, ¿usted sabe de dónde ha sacado eso que acaba de decir?
ANDRÉS. —De la historia de las religiones.
RICARDO. —De Alexander Hislop. Las dos Babilonias, 1853. Un pastor presbiteriano escocés que escribió ese libro para demostrar que la Iglesia católica es el paganismo babilónico disfrazado: que la Misa es un rito de Nimrod, que la Virgen es Semíramis y que la Navidad es la fiesta del sol. Y de Frazer, La rama dorada, 1890, que generalizó el procedimiento a todo. Ésa es la genealogía de su argumento.13 Lleva usted una hora defendiendo la inculturación con la munición que fabricaron los enemigos de la Iglesia para demostrar que la Iglesia es pagana. Y no se ha dado cuenta.
ANDRÉS. —El origen de un argumento no dice si es verdadero.
RICARDO. —Exacto, y por eso vamos al argumento. ¿Sabe usted cuál es el documento más antiguo que menciona una fiesta del Sol el veinticinco de diciembre?
ANDRÉS. —Aureliano instituyó el culto del Sol Invicto en el 274.
RICARDO. —Instituyó el culto. No consta que instituyera una fiesta ese día. El documento más antiguo que pone en el veinticinco de diciembre el natalis Invicti es el Cronógrafo del año 354, un almanaque romano. Y ese mismo almanaque, en otra de sus listas, es también el testimonio más antiguo del nacimiento de Cristo en esa fecha. Las dos noticias aparecen por primera vez en el mismo papel y en el mismo año. No hay ni un texto anterior que ponga la fiesta pagana ahí. Los historiadores que han trabajado el asunto con los documentos delante —Hijmans es el más citado— concluyen que no existe prueba alguna de que la fiesta solar del veinticinco de diciembre precediera a la cristiana, y que es perfectamente posible que ocurriera lo contrario: que el paganismo, ya en retirada, copiara la fecha de los cristianos para hacerle competencia.14
ANDRÉS. —«Es posible» no es «consta».
RICARDO. —Cierto. Por eso le doy también lo que sí consta, que es de dónde sale la fecha cristiana, y no sale de ningún sol. Sale de una cuenta. Los antiguos tenían la convicción de que los grandes hombres mueren el mismo día en que fueron concebidos. Tertuliano, a principios del siglo III, da la fecha de la Pasión: el octavo día de las calendas de abril, o sea el veinticinco de marzo.15 Y si el veinticinco de marzo es la Pasión, y la Pasión coincide con la Concepción, la Anunciación cae el veinticinco de marzo. Cuente usted nueve meses. Le sale el veinticinco de diciembre. Julio Africano ya está haciendo esa cuenta hacia el año 221, medio siglo antes de Aureliano.16 La fecha de la Navidad no está copiada de nadie: está calculada desde el Viernes Santo. Y por eso la Anunciación cae donde cae, que es la comprobación que a nadie se le ocurre hacer.
ANDRÉS. —Concédeme al menos el árbol.
RICARDO. —Tampoco. El árbol de Navidad no aparece en ninguna fuente germánica pagana. Aparece por primera vez en documentos cristianos del Rin y de Alsacia en el siglo XVI: un árbol en la catedral de Estrasburgo en 1539, y ordenanzas de esos mismos años prohibiendo cortar abetos porque la costumbre se estaba comiendo los montes. ¿Y de dónde sale? Del árbol del paraíso: el abeto que se colgaba de manzanas para representar el árbol del Edén en el auto de Adán y Eva, que se representaba el veinticuatro de diciembre, porque Adán y Eva eran santos de ese día en el calendario. De ahí las bolas rojas, que son manzanas.17 Lo de los germanos es una invención romántica del XIX, de la misma cocina que Hislop.
[Tomás se ha reído sin querer, en voz baja. Miguel le mira desde la cabecera y el chico se calla.]
ANDRÉS. —Estás muy seguro para un asunto donde los especialistas discuten.
RICARDO. —Estoy seguro de lo que consta y le he dicho dónde consta. Pero le concedo esto, que es lo único que hay que concederle: no sé de dónde salen todas las costumbres, y de algunas nadie lo sabe. Lo que le niego es el principio que usted quería sacar de ahí, y ése no depende de la fecha de la Navidad. Se lo voy a poner en forma de pregunta, y es la pregunta de toda la tarde.
5. El hacha de San Bonifacio y la carta de San Gregorio
RICARDO. —Deme un caso. Uno solo, con lugar y fecha. Un caso en que la Iglesia haya conservado el objeto del culto pagano. Que haya dicho: seguid honrando a esa potencia, seguid alimentándola, seguid pidiéndole, pero ahora con un sacerdote delante.
[Andrés tarda. Se quita las gafas, las limpia con el faldón de la camisa y se las vuelve a poner.]
ANDRÉS. —Te doy uno mejor que un caso: te doy una carta del Papa. San Gregorio Magno, a Melito, año 601, para los misioneros de Inglaterra. Y lo que dice es exactamente lo que yo sostengo: que no se destruyan los templos de los ídolos.
RICARDO. —Sígala leyendo, Andrés. La carta la conozco y la cita usted a medias, como cita todo el mundo. Gregorio escribe que los templos de los ídolos no deben destruirse en aquella nación, pero que se destruyan los ídolos mismos que hay dentro de ellos. Que se haga agua bendita, que se asperjan esos templos, que se levanten altares y se depositen reliquias; porque si el edificio está bien construido, es necesario que pase del culto de los demonios al servicio del Dios verdadero.18 Ésas son las palabras: a cultu daemonum in obsequium veri Dei. El edificio se queda. El ídolo se rompe. El destinatario cambia. Es mi tesis entera, escrita por un Papa en el año 601, y me la ha traído usted.
ANDRÉS. —(seco) Me la has devuelto.
RICARDO. —Y le doy la otra mitad, que es la que se ve en el campo. Año 723, Geismar, en Hesse. San Bonifacio llega a donde está el roble de Donar, que es el santuario mayor de aquella gente, y lo tala. No lo bendice: lo tala. Y con la madera manda hacer un oratorio a San Pedro.19 Ahí tiene usted el método en dos gestos: la madera se aprovecha, el dios se cae. Y ahí tiene, de paso, el parentesco del árbol de Navidad, que es un árbol talado y metido en una casa cristiana, no un árbol sagrado que se sigue venerando en el bosque.
ANDRÉS. —Eso es la Edad Media y con espada franca detrás.
RICARDO. —Pues vaya a América, que es lo suyo, y quíteme la espada, que ya sé que la había. Tercer Concilio de Lima, 1583, con Santo Toribio de Mogrovejo. Se imprime el primer libro de Sudamérica, que es un catecismo trilingüe en castellano, quechua y aimara — o sea, exactamente la inculturación de la que usted habla: la lengua del indio, con dinero de la Iglesia y a costa de un trabajo enorme. Y en el mismo concilio se manda extirpar las idolatrías: destruir las huacas, quemar los objetos de culto, perseguir los ritos.20 Las dos cosas a la vez y sin la menor contradicción, Andrés: su lengua, sí; su dios, no. Eso es la misión católica. Lo que usted llama aculturación es el segundo término del par sin el primero.
ANDRÉS. —Eso lo escribe usted desde Cantabria, y con quinientos años de distancia. Yo he estado allí. El misionero de campo no piensa así.
RICARDO. —El misionero de campo piensa peor que yo, Andrés, y le voy a enseñar a uno. Fray Toribio de Benavente, Motolinía, franciscano, uno de los doce primeros, el hombre que anduvo descalzo por Nueva España y al que los indios le pusieron ese nombre porque iba más pobre que ellos. El que le escribió al Emperador para pararle los pies a Las Casas defendiendo a los indios de las exageraciones. Ése. Le escribe a Carlos V y le cuenta lo que se encontró. (lee) «Cuando el Marqués del Valle entró en esta tierra, Dios nuestro Señor era muy ofendido, y los hombres padecían muy cruelísimas muertes, y el demonio nuestro adversario era muy servido con las mayores idolatrías y homicidios más crueles que jamás fueron». Y da la cifra de un solo sacrificio del antecesor de Moctezuma, que no le voy a leer porque no se la va a creer. Y sigue: «cada día y cada hora ofrecían a los demonios sangre humana por todas partes y pueblos de toda esta tierra».21
ANDRÉS. —Es un texto de propaganda de conquista.
RICARDO. —Es la carta de un fraile mendicante que se pasó la vida discutiendo con la Corona a favor de los indios. Y no le he leído lo de las cifras: le he leído el sustantivo. A los demonios. No dice «a sus dioses», con comillas de historiador comprensivo. El hombre que estuvo allí, que aprendió la lengua, que enterró a esa gente y que la defendió, sabía a quién le estaban ofreciendo la sangre. Y usted, que ha estado once años, ha vuelto diciéndome que aquello era una intuición sana.
ANDRÉS. —Y por eso hoy hay treinta millones de personas en los Andes que hacen la ch’alla en agosto. Vaya éxito el de las huacas quemadas.
RICARDO. —No, por eso no. Resulta que la presencia de España en el continente americano se acaba justamente hace dos siglos: en enero de 1826, cuando capitula el Callao.22 A partir de ahí toma el poder, básicamente, la masonería anglosajona. Y esos treinta millones de personas practicando ritos paganos son el producto de la reeducación masónica de la América hispana. Que, por cierto, tampoco es un gran éxito para dos siglos de poder. Es más: América seguiría siendo cristiana si la revolución del Vaticano II no hubiera actuado con su teología de la liberación y su antihispanismo.

6. Qué es exactamente la Pachamama
ANDRÉS. —Estás juzgando muy alegremente lo que no conoces. Eso es la recuperación de las raíces de un pueblo pobre y pisoteado.
RICARDO. —Estoy diciendo que unas raíces que desaparecieron hace casi medio milenio, y que ahora se «recuperan» gracias a la propaganda de la minoría que tiene el poder y el dinero, no son raíces: son carnaval. Pero vayamos a lo concreto, que hasta aquí hemos discutido de método y todavía no hemos dicho qué es la Pachamama. Dígalo usted primero, que ha vivido allí.
ANDRÉS. —La Pachamama es la tierra madre. Es el reconocimiento agradecido de que la tierra te da de comer y de que tú no eres su dueño sino su hijo. Es una intuición profundamente sana, y en un mundo que ha convertido la tierra en un almacén, es hasta profética. La gente devuelve un poco de lo que recibe. Eso es todo.
RICARDO. —Eso es lo que dicen los folletos. Le voy a leer la definición del devoto, que no es la mía. (coge un papel del cuaderno) La Gran Logia Regular Argentina publica cada primero de agosto una entrada sobre lo que llama el Día de la Pachamama Raymi. Dice que pacha, en quechua y aimara, no significa «tierra» a secas: significa a la vez la tierra, el tiempo, el mundo, el universo, el cosmos y el espacio. La totalidad de lo que hay. Y define a la Pachamama como «la Diosa o Deidad de la Fertilidad». Y explica el rito así: «la Pacha tiene hambre frecuente y si no se la nutre con ofrendas o si se la ofende, ella castiga». Y termina: «en la Masonería, desde nuestra Orden, realizamos una conmemoración», con ofrendas.23
ANDRÉS. —¿Y qué me prueba una logia argentina?
RICARDO. —Dos cosas y ninguna más. La primera: que la definición que yo manejo no es una caricatura de enemigo, sino la del que le hace la ofrenda. La segunda, que es la que a usted debería quitarle el sueño: que ese culto le sirve a la masonería, y le sirve porque es el único altar donde caben sin discutir el chamán, el ecologista, el funcionario de la ONU y el iniciado. Es el único dios que no exige creer en nada revelado. Léon XIII llamó a eso naturalismo y dijo que era el fundamento entero del sistema masónico.24
ANDRÉS. —Que unos masones se apunten a una fiesta popular no convierte la fiesta en masónica.
RICARDO. —Que un pueblo profundamente católico como el de la América hispana se vuelva hacia unos ritos paganos desaparecidos hace medio milenio hace sospechar, inevitablemente, que se los han introducido desde fuera, desde un poder anticristiano. Y la masonería lleva dos siglos siendo el poder, y desde luego es anticristiana.
Y vamos a lo que sí afirmo, que es la definición. Fíjese en las tres piezas, porque cada una es decisiva. Primera: pacha es la totalidad de lo real. Una divinidad que se identifica con el todo no admite un Creador por encima: es panteísmo antes de cualquier rito, y el panteísmo no está desaconsejado, está anatematizado por el Vaticano I.25 Segunda: es una diosa, no una metáfora; una deidad de la fertilidad. Tercera, y esta es el corazón: tiene hambre, hay que nutrirla, y si no se la nutre castiga.
ANDRÉS. —Eso lo dirá un texto.
RICARDO. —Lo dijo también la mujer que ofició la ceremonia en los Jardines Vaticanos. Se llama Ednamar de Oliveira Viana. Cuando le preguntaron después qué había hecho, contestó que aquello servía para «saciar el hambre de la creación de la Madre Tierra», y que «eso nos lleva a nuestro origen reconectando con la energía divina y nos muestra el camino de vuelta al Padre Creador».26 La misma palabra, Andrés. El hambre. En el altiplano y dentro de los muros del Vaticano, el mismo mes del año y con la misma explicación.
ANDRÉS. —Habló también del Padre Creador. Eso lo omites.
RICARDO. —No lo omito: es lo peor de la frase. Si hubiera dicho solo «Madre Tierra», sería paganismo puro y lo vería un niño. Lo que dijo fue «energía divina» y «vuelta al Padre Creador». Eso es sincretismo, que es más difícil de refutar y mucho más peligroso, porque el que lo oye no se siente pagano. Y ahora, con la definición ya puesta sobre la mesa, vamos a lo que llevo toda la tarde queriendo decirle. Porque hasta aquí hemos hablado como dos historiadores, y esto no es un asunto de historiadores.
7. Lo que Dios hizo con la idolatría
RICARDO. —Andrés, usted y yo hemos estado discutiendo si a esto se le puede llamar idolatría. Y yo he estado entrando en su juego, que consiste en tratar la palabra como una etiqueta técnica, discutible, que un pastor prudente aplica con cuidado. Ahora quiero que veamos qué es esa palabra en la Escritura, porque ahí no es una etiqueta.
ANDRÉS. —Sé lo que dice la Escritura.
RICARDO. —Entonces contésteme. En la ley de Dios, ¿qué pena lleva la idolatría?
[Silencio.]
ANDRÉS. —La muerte.
RICARDO. —La muerte. Éxodo veintidós: el que sacrifica a los dioses, y no solo al Señor, morirá.27 Deuteronomio trece, que es el pasaje que a nadie le gusta leer en voz alta: si tu hermano, o tu hijo, o la mujer que duerme en tu seno, o el amigo al que quieres como a tu alma, te dice en secreto «vamos a servir a otros dioses», no le escuches, no le perdones, no le encubras; tu mano será la primera sobre él y después la mano de todo el pueblo.28 La ley de Dios manda al padre denunciar al hijo y levantar él mismo la primera piedra. No hay en todo el Pentateuco un solo delito tratado con esa dureza.
ANDRÉS. —Es la ley antigua. Nosotros no lapidamos a nadie.
RICARDO. —La enseñanza de la Iglesia es que la autoridad legítima puede imponer la pena de muerte, y el método es accesorio. Lo definió Inocencio III en la profesión de fe que prescribió a los valdenses: de la potestad secular afirmamos que sin pecado mortal puede ejercer juicio de sangre, con tal que no proceda por odio, sino por juicio; y el Catecismo Romano lo enumera entre las excepciones legítimas al quinto mandamiento.29 Ya sé que los modernistas condenan la pena de muerte como bárbara, pero lo hacen por una única razón: porque en el Antiguo Testamento es Dios quien la impone a los delitos más graves. Atacando la pena atacan la revelación.
ANDRÉS. —Sigue.
RICARDO. —El becerro de oro. Fíjese en las circunstancias, que son las que enseñan. Aquella gente acababa de ver el mar abierto. Tenían la nube delante y el maná todas las mañanas. No eran paganos: eran el pueblo de Dios, cuarenta días después del Sinaí. Y Aarón, que es el sacerdote, hace el becerro. Y —esto es lo que hay que subrayar— no cambian de Dios: Aarón proclama que al día siguiente hay fiesta solemne del Señor, de Yahvé.30 Ellos creían estar celebrando al Dios verdadero bajo una imagen que les resultaba cercana, comprensible, culturalmente propia. Era Egipto lo que llevaban dentro y lo pusieron delante para poder ver algo. Era, Andrés, exactamente una inculturación.
[Andrés no se mueve.]
RICARDO. —¿Y qué hizo Dios con aquella inculturación? Moisés bajó, rompió las tablas —las tablas escritas por Dios, las rompió—, quemó el becerro, lo molió hasta hacerlo polvo, lo echó al agua y se lo dio a beber al pueblo. Y llamó a los hijos de Leví y les mandó pasar por el campamento con la espada. Aquel día cayeron tres mil hombres.31 Y los que mataron eran los levitas, y por eso fueron consagrados.
ANDRÉS. —Estás usando un texto tremendo para una discusión sobre unas ofrendas de coca.
RICARDO. —Estoy usando el texto que fija la gravedad. Y le pido que mire lo que el episodio deja demostrado, porque es la respuesta anticipada a todo lo que usted me ha dicho hoy. La buena intención no salvó a nadie. Aquella gente no estaba renegando de Dios; estaba honrándole del modo que sabía, con las imágenes de su cultura, en una fiesta que ellos mismos llamaron fiesta del Señor. Dios no aceptó la fiesta. Dios mandó la espada. Y no fue un exceso de un momento: cuando siglos después Jeroboam repite la operación —dos becerros, en Betel y en Dan, para que el pueblo no tenga que bajar a Jerusalén—, la Escritura llama a eso el pecado que arruina a Israel y con él mide a todos los reyes del norte, uno por uno, hasta la deportación.32
ANDRÉS. —Y los profetas.
RICARDO. —Y los profetas, que es donde usted esperaba encontrar el diálogo interreligioso. Elías en el Carmelo no propone una liturgia compartida: propone una prueba, gana la prueba, y hace bajar a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal al torrente Cisón, y allí se acaban.33 Gedeón empieza su vocación de noche, derribando el altar de Baal de su propio padre y cortando el bosque sagrado.34 Josías, en la reforma, saca los objetos de Baal del Templo y los quema, quita a los sacerdotes que quemaban incienso en los altos, y profana el Tofet del valle de los hijos de Ennón para que nadie más pueda pasar por el fuego a su hijo o a su hija en honor de Moloc.35 Los profetas no dialogan con el paganismo. Los profetas son la enfermedad del paganismo.
8. La ramera y el rey sabio
ANDRÉS. —Todo eso es una teología de guerra santa, Ricardo. Y a mí me pesa, porque yo he pasado media vida intentando que la gente no viera en la Iglesia una máquina de destruir.
RICARDO. —Ya. Y por eso quiero enseñarle ahora la otra manera que tiene la Escritura de hablar de esto, que no es de guerra: es de cama. Porque el nombre que Dios le da a la idolatría, cuando le habla a su pueblo en serio, no es «error». Es adulterio.
ANDRÉS. —Osee.
RICARDO. —Osee entero, que es un libro donde Dios manda a un profeta casarse con una prostituta para que el pueblo vea de qué se le está hablando. Y Ezequiel dieciséis y veintitrés, que son de los capítulos más brutales de la Biblia, con la mujer recogida en el campo el día que nació, lavada, vestida, coronada, y que después se prostituye con todos los que pasan. Y Jeremías tres. Y los Jueces, que resumen todo el libro con una fórmula que se repite como un martillo: fornicati sunt post deos alienos, se prostituyeron tras dioses ajenos.36 La idolatría no es equivocarse de opinión sobre Dios. Es engañar a Dios con otro.
ANDRÉS. —Es una metáfora.
RICARDO. —Es la metáfora que Dios eligió, y las metáforas que Dios elige enseñan. Piense qué significa. Si la idolatría fuera un error, la respuesta sería una explicación. Como es un adulterio, la respuesta son los celos: ego sum Deus tuus zelotes, yo soy tu Dios celoso, dice el primer mandamiento en el mismo versículo en que prohíbe postrarse ante las imágenes.37 Y por eso todo lo demás que usted me ha dicho hoy —que hay que ser prudentes, que hay que entender la cultura, que no hay que apresurarse— suena como suena. Imagínese a un hombre al que le dicen que su mujer se acuesta con otro y que contesta: no nos apresuremos a calificar eso de infidelidad; puede tener un sentido aprovechable.
[Blanca ha levantado la cabeza. Elena mira al suelo.]
ANDRÉS. —Eso ha sido un golpe bajo.
RICARDO. —Ha sido el argumento. Y le añado el caso que lo remata, que es el que a usted y a mí nos toca de cerca porque no habla de bárbaros, sino del hombre más inteligente que hubo en Israel. Salomón. El que construyó el Templo. El que pidió sabiduría y la obtuvo. Al final de su vida, el tercer libro de los Reyes lo cuenta sin ahorrar nada: amó a muchas mujeres extranjeras, y ellas le torcieron el corazón para que siguiera a dioses ajenos. Y edificó altares a Astarté de los sidonios, a Camós de Moab y a Moloc de los amonitas, en el monte que está enfrente de Jerusalén.38 Enfrente. Desde el Templo se veían.
ANDRÉS. —¿Y qué me quieres decir con eso?
RICARDO. —Le quiero decir cómo entra. No entró por un argumento: Salomón no se convenció de que Camós existiera. Entró por afecto. Entró por complacer a gente que quería, por no hacerles un feo, por no ser áspero con las mujeres de su casa. Entró exactamente por donde entran todas las inculturaciones: por la delicadeza. Y Dios le partió el reino por eso, y el reino no volvió a juntarse nunca. (pausa) Andrés, usted no es un mal hombre. Usted quiere a su gente y no quiere hacerles un feo. Salomón tampoco quería.
9. Moloc, el Llullaillaco y los niños
ANDRÉS. —Has nombrado a Moloc dos veces y sé lo que viene ahora. Los sacrificios humanos. Adelante, sácalos, pero te aviso de que ahí te vas a pasar de frenada.
RICARDO. —Sáqueme usted la corrección cuando me pase, que la voy a aceptar. En 1999 una expedición dirigida por Johan Reinhard encontró en la cumbre del volcán Llullaillaco, a casi seis mil setecientos metros, en Salta, los cuerpos de tres niños: un varón de unos siete años, una niña de unos seis y una joven de unos quince. Estaban tan bien conservados que los que subieron dijeron que parecían dormidos. Era una capacocha: los seleccionaban en las provincias sometidas, los subían andando durante semanas y cientos de kilómetros, les daban comida de prestigio, coca y chicha, y en la cumbre los ataban de pies y manos y los dejaban morir de frío.39 Hoy están en un museo de Salta y se pueden ver.
ANDRÉS. —Y ahora vas a decir que los que echan coca en un hoyo son los mismos que ataban niños en una cumbre. Y eso es falso, además de infame. La capacocha se ofrecía a los apus, a los cerros, y al Sol, que era el culto de Estado del Inca. No a la Pachamama. Te lo digo yo, que he leído a Ceruti y he estado en ese museo. Estás montando una cadena que no existe.
RICARDO. —Tiene usted razón en el dato y se la concedo entera, sin regatearle una coma: la capacocha se dirigía principalmente a los apus y al culto solar del Estado, y no consta ninguna rúbrica que diga que la Pachamama exigiera niños. Quien lo escriba está afirmando más de lo que puede probar y le está regalando la refutación al contrario. Yo no lo escribo.
ANDRÉS. —Entonces retíralo.
RICARDO. —No lo retiro: lo digo con exactitud, que es otra cosa. Lo que afirmo es que la Pachamama pertenece a ese mismo complejo cultual. El mismo panteón, los mismos sacerdotes, los mismos cerros, la misma lógica: alimentar a la potencia para que no castigue. Entre echar coca en un hoyo y atar a una criatura en una cumbre hay una diferencia de gravedad inmensa; lo que no hay es una diferencia de género. Es la misma religión pidiendo cosas de distinto tamaño. Cuando lo que se pide es la cosecha, se paga con coca y con alcohol. Cuando lo que se pedía era el imperio, se pagaba con lo que se pagó.
ANDRÉS. —Sigue siendo un salto.
RICARDO. —El salto no lo doy yo, y aquí es donde le pido que me escuche despacio, porque es lo más grave que voy a decir esta tarde. El salto está dado en la Escritura, y está dado tres veces. El Levítico prohíbe entregar la descendencia a Moloc, y manda que el que lo haga sea apedreado por el pueblo de la tierra.40 El salmo ciento cinco dice de los que entraron en Canaán que inmolaron sus hijos y sus hijas a los demonios y derramaron sangre inocente ante los ídolos de aquella tierra.41 Y el libro de la Sabiduría, cuando explica por qué Dios expulsó a los antiguos habitantes de la tierra santa, no dice que fueran politeístas: dice que eran despiadados sacrificadores de sus propios hijos y devoradores de entrañas en banquetes de carne y de sangre.42 Jeremías, dos veces, sitúa el lugar: el Tofet, en el valle de Ben Hinnón, donde quemaban a sus hijos e hijas en el fuego; y añade una frase que hay que leer entera: cosa que yo no mandé, ni me pasó por el pensamiento.43
ANDRÉS. —Los cananeos no son los incas.
RICARDO. —No lo son. Y sin embargo hicieron lo mismo, sin haberse conocido jamás, y lo hicieron también los cartagineses en el tofet, y los aztecas a otra escala. Y aquí está lo que quiero que mire, que no es una acusación contra un pueblo sino una constante que la Escritura enseña y la arqueología corrobora: cuando el culto se dirige a la potencia de la tierra y de la fecundidad, aparece el niño muerto. No siempre en el mismo siglo ni en la misma forma. Pero aparece. Y aparece con él la otra cosa.
ANDRÉS. —¿Qué otra cosa?
RICARDO. —La prostitución sagrada. En el Deuteronomio, en el mismo bloque de leyes, Dios prohíbe que haya ramera entre las hijas de Israel ni sodomita entre los hijos, y prohíbe que se meta en la casa del Señor el salario de la prostituta ni el precio del perro — que es el nombre que se le da al prostituto del templo.44 San Pablo lo explica en Romanos uno, y lo explica como una secuencia, no como una coincidencia: cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto a la criatura en lugar del Creador; por eso Dios los entregó a pasiones vergonzosas, y describe lo que sigue sin ahorrar detalle.45 Y el libro de la Sabiduría cierra el círculo: el principio de la fornicación es la invención de los ídolos; y el culto de los ídolos abominables es la causa, el principio y el fin de todo mal.46
ANDRÉS. —Estás construyendo una teoría general de la perversión.
RICARDO. —No, Andrés. Estoy leyendo. La teoría general la construyó San Pablo y le puso una conjunción causal en medio. Primero el ídolo; después el cuerpo del hombre, y en particular el cuerpo del niño. Y le voy a decir por qué es así, con Santo Tomás, que lo explica mejor que yo. Él se pregunta de dónde viene el politeísmo y responde que tiene dos causas: una disposición humana —el error, el afecto desordenado a los muertos, el gusto por la imagen— y una causa que lo consuma, que es la instigación de los demonios, que exigen para sí sacrificio y adoración.47 Si detrás del culto hay una voluntad, y esa voluntad odia al hombre, es lógico que lo que pida sea el hombre. Y que lo pida pequeño.
[Nadie habla. Fuera se oye un perro, lejos.]
BLANCA. —Los subían andando.
RICARDO. —¿Qué dices?
BLANCA. —Que los subían andando, semanas enteras. Eso es lo que no me quito de la cabeza desde que me lo contaste. No es que los mataran en un arrebato. Es que los prepararon. Los eligieron, los cebaron, les dieron de beber para que no tuvieran frío, y los llevaron de la mano hasta arriba, con los padres mirándolos irse y sabiéndolo. (a Andrés) Perdone. Yo de teología no sé. Pero eso lo entiende cualquier mujer que haya tenido un hijo, y no hace falta saber a qué dios se lo daban.
[Andrés se quita las gafas otra vez y esta vez no las limpia.]
ANDRÉS. —(en voz baja) Tiene razón la señora. Pero eso se acabó hace quinientos años.
RICARDO. —Se acabó lo de la cumbre. Se acabó porque vino la Iglesia con la espada de los reyes y con el catecismo de Lima, y lo cortó. No se acabó porque los incas evolucionaran ni porque nadie dialogara con ellos. Eso conviene decirlo delante de los niños de esta casa, porque hoy se enseña lo contrario en todas las escuelas del valle.
10. Los dioses de los paganos son demonios
ANDRÉS. —Vamos a lo que de verdad nos separa, porque llevas media hora hablando de demonios y yo no puedo seguirte ahí. Ricardo, cuando un hombre de Chiapas o del Ucayali reza a lo que él llama la madre tierra, no está adorando a un demonio. Está buscando a Dios como puede, con lo que tiene y con la luz que le han dado. Y esa búsqueda merece respeto, y el respeto no es blasfemo: es lo mínimo que se le debe a un hombre. Tú conviertes en satanismo lo que es ceguera.
RICARDO. —Aquí sí que no le puedo conceder nada, y es la parte donde los míos suelen ablandarse porque suena feo. Le voy a leer un versículo. Salmo noventa y cinco: quoniam omnes dii gentium daemonia; Dominus autem caelos fecit. Todos los dioses de los gentiles son demonios; el Señor, en cambio, hizo los cielos.48 No dice «son ficciones». No dice «son intuiciones imperfectas». Dice demonios. Y no es un versículo aislado: el Deuteronomio dice que inmolaron a los demonios y no a Dios, a dioses que no conocían.49 Y San Pablo lo repite en el capítulo décimo de la primera a los Corintios haciendo justamente la distinción que usted me va a pedir: ¿qué digo, que el ídolo sea algo? No; sino que lo que los gentiles inmolan, a los demonios lo inmolan y no a Dios; y no quiero que entréis en comunión con los demonios. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios.50
ANDRÉS. —Es lenguaje de época.
RICARDO. —Es la doctrina de los Padres, uno detrás de otro. Tertuliano abre su tratado sobre la idolatría diciendo que es el crimen principal del género humano, la culpa suprema del siglo, la causa entera del juicio.51 San Justino explica que los demonios, apareciendo de mil formas, se hicieron llamar dioses con el nombre que cada uno se adjudicó.52 San Agustín, en la Ciudad de Dios, dedica un libro entero a demostrar que esos dioses no son intermediarios benignos, sino espíritus inmundos a los que agrada sobremanera ser tenidos por dioses mediante los simulacros y los ritos.53 Y Santo Tomás pone la idolatría como el mayor de los pecados contra la religión, porque en ella se subvierte el orden del honor debido a Dios; la compara con el crimen de lesa majestad.54
ANDRÉS. —¿Y el pobre hombre que echa la coca? ¿Ese es un traidor a la majestad divina?
RICARDO. —Ese hombre puede ser inocente, y probablemente lo es en gran parte, porque no sabe lo que hace. Yo no juzgo al indio del altiplano, ni tengo con qué. Y no lo digo yo de mi cosecha: lo dice el mismo Ferreres, tres párrafos después del que le he leído. Hay idolatría material, dice, cuando procede de error invencible, y ésa no es pecado ninguno. Y de la vana observancia —que es rendir a una criatura lo que solo de Dios se espera— dice dos cosas que hay que leer juntas: que es pecado grave, porque se funda en un pacto explícito o implícito con el demonio; y que sin embargo con frecuencia no pasa de venial por simplicidad o por ignorancia, «como acontece sobre todo entre la gente sencilla».55
ANDRÉS. —Ahí me acabas de dar la razón entera.
RICARDO. —Le acabo de dar la razón sobre el campesino y le acabo de quitar la suya. Fíjese en qué mano le doy y qué mano le quito. El acto es objetivamente idolátrico, esté quien esté delante, y por debajo hay un pacto con el demonio aunque el que lo hace no lo sepa; eso es lo que dice el manual y por eso el manual manda quitar el rito. Y la culpa del que lo hace depende de lo que sepa: al campesino le falta luz y por eso es venial. Ahora bien, Andrés: esa luz se la tenía que haber dado usted, que sí sabe, y que en lugar de dársela ha subido a Cantabria a explicarme que aquello es una intuición profética. La atenuante es del que no sabe. Usted no está debajo de ella.
ANDRÉS. —(se levanta, va a la ventana, vuelve) Lo que tú llamas quitar la luz yo lo llamo respetar la conciencia. Y hay una diferencia entre despreciar una religión y adorar a su dios.
RICARDO. —Ésa es exactamente la pregunta y me alegro de que la haya puesto. ¿Qué es respetar una religión? Respetar a la persona, sí, siempre, y sin condiciones: eso lo tenemos mandado y hay que hacerlo mejor de lo que lo hacemos. Pero una religión no es una persona. Una religión es un culto, y un culto tiene un destinatario. Respetar una religión, en cuanto religión, es respetar a su dios. Y si el dios de los gentiles es un demonio, entonces el respeto a todas las religiones —el respeto al culto, no al hombre— es un respeto blasfemo, y no se queda en respeto: acaba en el altar. Y acabó. En octubre de 2019 acabó en el altar. Porque no hay manera de honrar durante cincuenta años a todas las religiones del mundo como caminos y no terminar poniendo una de ellas en el suelo del Vaticano con un obispo mirando.
ANDRÉS. —Eso es una pendiente resbaladiza.
RICARDO. —Es una pendiente recorrida, con fechas. Y el remate no lo pongo yo: lo puso San Pablo cuando escribió a los de Corinto que no se unieran en yugo desigual con los infieles, y lo argumentó con cuatro preguntas seguidas: ¿qué participación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿qué concordia entre Cristo y Belial? ¿qué acuerdo entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo de Dios vivo.56 Ésa última pregunta es una descripción literal de lo que pasó en la iglesia de la Traspontina, y está escrita hace veinte siglos.
11. El disfraz: una mujer preñada de rodillas
ANDRÉS. —Pues hablemos de las tallas de una vez, que llevamos toda la tarde rodeándolas.
RICARDO. —Hablemos, pero mirándolas. ¿Usted las ha visto?
ANDRÉS. —En fotografía, como todo el mundo.
RICARDO. —Descríbamelas.
ANDRÉS. —Una figura de madera oscura. Una mujer arrodillada, desnuda, embarazada, con las manos en el vientre.
RICARDO. —Una mujer preñada, desnuda y de rodillas. Reténgalo, porque el disfraz empieza ahí. Los primeros días, la sala de prensa dijo que representaba «la vida». Después hubo quien dijo que era Nuestra Señora de la Amazonía. Después se dijo que era un símbolo de la fecundidad sin más. Tres semanas de explicaciones sucesivas y ninguna de ellas la misma.
ANDRÉS. —Eso pasa siempre con un asunto que estalla.
RICARDO. —Eso pasa siempre con un disfraz. Y la discusión la cerró la única persona que podía cerrarla, en contra de todos los que la estaban defendiendo. El veinticinco de octubre, hablando al Sínodo, Bergoglio dijo que pedía perdón a las personas que se habían sentido ofendidas por el gesto, y se refirió a las «estatuas de la pachamama (madre tierra)» que fueron tomadas de la iglesia de la Traspontina, y que estaban allí «sin intención idólatra».57 Fue él quien le puso al objeto su nombre pagano. Después de esa frase ya no se puede discutir de qué se trataba.
ANDRÉS. —Y dijo «sin intención idólatra», que es justamente mi tesis.
RICARDO. —Y ahora le doy el criterio que a esa tesis le falta, y no es mío: es de la teología moral que usted estudió antes de irse a América. (abre el libro) Ferreres, Compendio de Teología Moral, número trescientos cincuenta y uno. Idolatría es tributar a una criatura un culto que solo se debe a Dios; y eso sucede no solo con el sacrificio, sino también por cualquier señal con la que uno pretenda someterse a la criatura como si fuese Dios, verbigracia con una genuflexión. Y distingue después dos clases de idolatría formal. Primera: adorar a una criatura juzgando falsamente que es Dios; esta se llama perfecta. Segunda: rendir culto al demonio o a otra criatura como a Dios, no por error, sino por odio a Dios, o al menos con el fin de obtener algo de ella; entonces se llama imperfecta. Y añade: ambas formas infieren grave injuria a Dios.58
[Andrés se ha quedado con las gafas en la mano.]
RICARDO. —¿Ve lo que dice? Para que haya idolatría formal no hace falta creer que la criatura es Dios. Basta rendirle culto con el fin de obtener algo de ella. De modo que la pregunta correcta no es la que usted lleva toda la tarde haciéndome —«¿creían aquellos que era una diosa?»—, porque ésa no la puede contestar nadie más que Dios. La pregunta correcta es: ¿le rindieron culto para obtener algo? Y a esa la contestó la oficiante: para saciar el hambre de la Madre Tierra.
ANDRÉS. —Es muy fino.
RICARDO. —Es la definición del manual con el que se examinaron los curas de este país durante medio siglo. Y le pongo encima dos cosas menores para cerrar. La primera: el canon mil doscientos cincuenta y ocho del Código de 1917 no gradúa por intención; dice que no es lícito a los fieles asistir activamente o tomar parte de cualquier modo que sea en las funciones sagradas de los acatólicos. De cualquier modo que sea.59 La segunda: aunque nadie hubiera adorado nada, el Catecismo de San Pío X define superstición como atribuir a alguna acción u objeto una virtud sobrenatural que no tiene, y eso solo ya es pecado contra el primer mandamiento.60
ANDRÉS. —Entonces gano el punto de la rodilla y pierdo la cuestión.
RICARDO. —Exactamente eso. Y ahora déjeme cerrar el disfraz, porque falta el último paso y es el peor. Año 2021, Zapopan, en Guadalajara. En una parroquia se fotografió una custodia con la forma de la figura de la Pachamama —la mujer desnuda embarazada— con la Sagrada Forma alojada en el vientre. El párroco declaró que se hizo estando él de vacaciones, sin su conocimiento y sin su permiso, y que fue un disgusto enorme para él. La archidiócesis no dijo nada.61
ANDRÉS. —Eso es un desalmado, no una doctrina. En cualquier época ha habido curas locos.
RICARDO. —Estoy de acuerdo, y lo dejo escrito como abuso de particulares y no como rito aprobado; sería deshonesto usarlo de otra manera. Su valor es otro y es suficiente: mide lo que la permisión general vuelve pensable. Alguien pensó que el ídolo podía sostener a Dios en el vientre y a nadie de los que estaban le pareció un salto. Ahí está el disfraz completo, Andrés: la mujer preñada de rodillas, con el Santísimo dentro, para que el que entre en la iglesia y se arrodille no sepa ante qué se arrodilla. Y para eso no hace falta ninguna teoría de la conspiración, basta con un versículo: el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz.62 Un demonio que se presentara como demonio no tendría clientela. Se presenta de madre.
12. Cuando el ídolo entra en el rito
ANDRÉS. —Y ahora vas a decirme que todo esto es la Iglesia. Ricardo, una ceremonia desafortunada en unos jardines no es la Iglesia. Los papas han hecho barbaridades. Han tenido hijos, han vendido obispados, han huido de Roma. Y la Iglesia siguió siendo la Iglesia.
RICARDO. —Estoy de acuerdo, y por eso no baso nada en la ceremonia. Nada. Una escena admite matiz, contexto y buena fe, y si mi caso dependiera de una fotografía usted lo ganaría esta tarde. Mi caso empieza cuatro meses después.
ANDRÉS. —Querida Amazonia.
RICARDO. —Dos de febrero de 2020, y la cito como objeto de examen, no como autoridad, porque para mí no la tiene. Número setenta y ocho: «No nos apresuremos en calificar de superstición o de paganismo algunas expresiones religiosas que surgen espontáneamente de la vida de los pueblos». Número setenta y nueve: «Es posible recoger de alguna manera un símbolo indígena sin calificarlo necesariamente de idolatría. Un mito cargado de sentido espiritual puede ser aprovechado, y no siempre considerado un error pagano».63
ANDRÉS. —Y eso es prudencia pastoral elemental. Yo he visto a curas recién ordenados llamar brujería a una procesión de Semana Santa porque llevaba plumas.
RICARDO. —Ahí está el nudo, y quiero que lo miremos despacio. ¿Está usted de acuerdo en que un pastor tiene que poder decir, cuando toca: esto es idolatría?
ANDRÉS. —Claro que sí.
RICARDO. —¿Y con qué criterio lo dice, si la norma le manda no apresurarse, no calificarlo necesariamente de idolatría, y le advierte que un mito puede ser aprovechado y no siempre es un error pagano? Deme el caso. Deme un solo rito indígena al que, con esa regla en la mano, se le pueda llamar idolatría sin infringirla.
ANDRÉS. —Uno en el que se adore expresamente a un ídolo.
RICARDO. —Y le contestarán que es un símbolo, que no se apresure, que hay un sentido espiritual aprovechable. Le dirán exactamente lo que se les dijo a los que preguntaron por las tallas del Tíber. No le estoy diciendo que ese texto mande adorar a la Pachamama; no lo dice, y no lo afirmo. Le estoy diciendo algo peor: que deja el primer mandamiento sin instrumento de aplicación. Un mandamiento que no se puede aplicar a ningún caso concreto no es un mandamiento: es un adorno.
ANDRÉS. —Es tu interpretación.
RICARDO. —Es una interpretación, sí, y por eso no me quedo en ella. Una norma que no se ejecuta se puede discutir eternamente. Vamos a ver cómo se ejecuta, y aquí quiero que se ponga usted el sombrero de jesuita, porque esto le toca a su casa.
ANDRÉS. —Dilo.
RICARDO. —Treinta de abril de 1988. La Congregación para el Culto Divino aprueba el Misal Romano para las diócesis del entonces Zaire. Entrada del sacerdote escoltado por jóvenes con lanzas. Gloria cantado y danzado alrededor del altar. Y en el lugar del acto penitencial —en el lugar del acto penitencial— una invocación de los santos y de los antepasados, con este canto: «Vosotros, nuestros antepasados de corazón recto, que nos enseñasteis la hospitalidad, estad con nosotros cuando Cristo venga a salvarnos». Y el sacerdote besa el altar cuatro veces en honor de los antepasados que no tuvieron ocasión de conocer el cristianismo.64
ANDRÉS. —Conozco el rito. He concelebrado en él dos veces.
RICARDO. —Entonces dígame quiénes son esos antepasados.
ANDRÉS. —Los que vivieron rectamente sin haber conocido el Evangelio.
RICARDO. —Es decir: difuntos no cristianos, de los que no consta que estén con Dios, invocados dentro de la Misa; y el beso al altar, que en el rito romano se hace por las reliquias de los mártires que están dentro de la piedra, repetido cuatro veces en su honor. (pausa) Andrés, ¿se acuerda de lo que le pedí que retuviera hace tres horas?
[Andrés no contesta. Ha vuelto a ponerse las gafas.]
RICARDO. —El culto a los antepasados es exactamente lo que Benedicto XIV condenó en China en 1742. Con nombre. Y a la Compañía de Jesús, por hacerlo. Roma le prohibió a su orden inclinarse ante las tablillas de los antepasados chinos bajo juramento sobre los Evangelios, y doscientos cuarenta y seis años después Roma aprueba invocar a los antepasados africanos dentro del canon penitencial de la Misa. El mismo acto. La misma materia. Veredictos opuestos. Y no me diga que en el intervalo cambió la significación, porque el criterio para eso lo fijó Plane compertum est y usted mismo me lo trajo: se permite lo que ha dejado de ser religioso. Esto no ha dejado de ser religioso. Esto es el acto religioso: está dentro de la Misa y ocupa el lugar de la confesión de los pecados.
ANDRÉS. —(despacio) Es la primera vez que oigo puestas esas dos fechas juntas.
RICARDO. —Le hago una pregunta más y es sencilla. Usted, cuando dice misa, ¿reza por sus difuntos?
ANDRÉS. —Todos los días. Por mis padres y por dos hermanos.
RICARDO. —Reza por ellos: pide a Dios por sus almas. ¿Y les reza a ellos, pidiéndoles que estén con usted cuando Cristo venga?
ANDRÉS. —(muy despacio) No.
RICARDO. —Ahí está la raya entera. Los mismos muertos, el mismo cariño, y la preposición cambiada. La Iglesia reza por los difuntos e invoca a los santos, que sabe dónde están porque ella misma lo ha declarado. Invocar a los que no sabe dónde están, y hacerlo en el sitio donde iba el acto penitencial, no es una adaptación de forma: es un cambio en el destinatario del acto. Y no lo hizo un cura loco de Zapopan: lo aprobó Roma. Y en diciembre de 2020 Bergoglio lo presentó como camino prometedor para el futuro rito amazónico.65
ANDRÉS. —¿Y qué quieres, que en África no se acuerden de sus abuelos?
RICARDO. —Quiero que se acuerden como nos acordamos todos: rezando por ellos. Es lo que la Iglesia le enseñó a media Europa que también tenía culto a los muertos, y a la que no se lo dejó dentro de la Misa. (cierra el libro) Y le pongo lo que falta, para que vea que no es un caso aislado. Ocho de noviembre de 2024: el Dicasterio para el Culto Divino, con aprobación papal, autoriza adaptaciones litúrgicas para la Misa entre tseltales, tsotsiles, ch’oles, tojolabales y zoques, en la diócesis de San Cristóbal de Las Casas: danzas rituales dentro de la celebración, mujeres inciensando el altar, y la figura de un laico, el «Principal», que invita a la asamblea a orar en voz alta.66 Y aviso de que la Conferencia del Episcopado Mexicano precisó después que no se ha aprobado un «rito maya» sino adaptaciones concretas; la precisión es correcta y la respeto. A la vez está en marcha el rito amazónico: lo pidió el número ciento diecisiete del Documento final del Sínodo, la CEAMA montó trece comisiones y a finales de 2024 entró en fase experimental de tres años.67
ANDRÉS. —Todo eso son adaptaciones de forma.
RICARDO. —Y a la vez, el rito romano que se usó sin interrupción desde 1570 está sometido a restricción creciente: hace falta permiso para celebrarlo, permiso para el sitio, permiso hasta para una capilla. Se monta un procedimiento de años con trece comisiones para meter en el rito el material simbólico de unos pueblos, y se le pone candado al que había. Un hombre razonable, sin saber una palabra de teología, saca de ahí una conclusión sobre qué es lo que se quiere conservar.
13. Lo que la Iglesia ya tenía
ANDRÉS. —Muy bien. Supongamos que te concedo todo. Ahora contéstame tú a mí. Mi gente necesita un rito para la tierra. Necesita pedir por el agua, por la siembra, por que no se le muera el ganado. Eso es humano y es antiquísimo, y no lo inventó ningún demonio. Si tú le quitas la ch’alla, ¿qué le das a cambio? Porque el hombre que ha sembrado va a pedir por lo sembrado, y si tú no le das dónde, lo va a pedir donde pueda.
RICARDO. —Ésa es la pregunta buena y me alegro de que la haya guardado para el final, porque la respuesta es la más fácil de todo el día. La Iglesia lo tenía. Lo tenía y desarrollado, y se lo quitó a su gente sin darle nada.
ANDRÉS. —Dímelo.
RICARDO. —Las Letanías Mayores del veinticinco de abril. Las Rogaciones de los tres días antes de la Ascensión, con la procesión por los campos. Las Témporas, atadas a las cuatro estaciones del año agrícola. Y en el Ritual Romano, la bendición de los campos, la de las semillas, la de los frutos nuevos, la del ganado y la que se dice contra la tempestad. La Iglesia no fue nunca una religión de ciudad que despreciara la tierra: tenía un rito para cada cosa que hace un labrador y para casi todas las que le pueden salir mal.
[La vieja Asunción, que llevaba media tarde con los ojos cerrados, ha levantado la cabeza.]
ASUNCIÓN. —Yo he ido en ésas.
RICARDO. —Cuente, Asunción.
ASUNCIÓN. —Con mi padre, de cría. Salía don Emilio con la cruz alzada y se daba la vuelta al pueblo por las tierras, y se paraba en cada linde y bendecía. Y llovía o no llovía, pero se iba.
RICARDO. —¿Y qué se pedía?
ASUNCIÓN. —Agua. (pausa) Agua, y que no apedreara.
RICARDO. —¿A quién?
ASUNCIÓN. —(le mira como si la pregunta fuera rara) A Dios, hijo. ¿A quién se le va a pedir?
[Andrés baja la cabeza. Se ríe por lo bajo, sin ninguna alegría.]
RICARDO. —Ahí tiene la diferencia entera, Andrés, y la ha dicho en dos frases una mujer de ochenta y un años que no ha leído a Ferreres. En la rogación, el hombre le pide a Dios los frutos de la tierra y el sacerdote bendice la tierra en nombre de Dios. En la ch’alla, el hombre le da de comer a la tierra para que la tierra le dé. Misma materia y orden invertido. El que injerta lo segundo donde estaba lo primero no ha enriquecido nada: ha cambiado de dios. Y no le ha dado a su gente un rito que no tenía. Le ha quitado el que tenía y le ha devuelto el que la Iglesia le había quitado a sus bisabuelos a costa de mucho trabajo y de algunos mártires.
14. El delito y el oficio
ANDRÉS. —Queda lo último, y es donde no te voy a seguir aunque me hayas movido cosas esta tarde. De todo lo que has dicho a decir que en Roma no hay Papa hay un abismo. Los hombres se equivocan. Los papas se equivocan. Y una equivocación, por grave que sea, no vacía una silla.
RICARDO. —Aquí quiero ser más exacto que en ninguna otra parte, porque los míos suelen atropellar este paso. Le voy a dar dos argumentos, no uno, y le voy a decir cuál de los dos es el débil.
ANDRÉS. —Empieza por el débil, entonces.
RICARDO. —Empiezo por el débil, que además es el más ruidoso. Es el penal. Usted tiene razón en que un pecado interno no toca el oficio: por eso un papa pecador sigue siendo papa, y eso lo sostengo yo igual que usted. Pero la idolatría, el sacrilegio y la blasfemia públicas no son solo pecados: son delitos, y la Iglesia les tiene señaladas penas que actúan solas. Canon 2314, párrafo primero: los apóstatas de la fe y todos los herejes o cismáticos incurren ipso facto en excomunión reservada de modo especial a la Sede Apostólica; y si, repetida la admonición, no se enmiendan, han de ser privados de beneficio, dignidad y oficio, y depuestos si son clérigos.68 Y el canon 188, número cuarto, que es el que decide: por renuncia tácita admitida por el mismo derecho vacan ipso facto y sin ninguna declaración cualesquiera oficios, si el clérigo a fide catholica publice defecerit, si públicamente apostata de la fe católica.69 No hace falta que nadie sentencie: lo hace la ley.
ANDRÉS. —Y ahí es donde te digo que no. Probar la defección pública de la fe de un hombre en el fuero externo no es cosa tuya ni mía. Hay obispos que llevan cincuenta años estudiando esto y no se atreven.
RICARDO. —Y le concedo la objeción, porque es la buena. El argumento penal exige probar el delito, y ahí usted tiene por dónde discutir toda la vida: puede decirme que no hubo adoración, que la intención era recta, que la rodilla no prueba nada. Por eso el penal no es mi argumento fuerte.
ANDRÉS. —¿Y cuál es?
RICARDO. —El segundo, que no necesita probar la intención de nadie. Concédame por hipótesis todo lo que quiera en el orden de los hechos: que nadie adoró nada en los Jardines, que todos los presentes eran hombres santos, que las tallas eran un adorno etnográfico. Concedido, entero, sin regatear. Queda en pie una cosa que no es un hecho: una norma escrita y publicada que hace prácticamente imposible calificar de idolatría cualquier rito, y una ejecución de esa norma dentro del rito sagrado, con aprobación romana, en 1988, en 2024 y en lo que se está experimentando ahora.
ANDRÉS. —¿Y de ahí a la silla vacía?
RICARDO. —De ahí, por un solo paso, y es un paso de fe, no de historia. La Iglesia es indefectible. No puede enseñar el error ni dar a los fieles una disciplina universal que los dañe: eso no es una opinión mía, es lo que hay que creer para ser católico. Luego quien promulga esa regla y después la ejecuta en el altar no está hablando con la autoridad de la Iglesia. No digo que sea un mal Papa, Andrés; eso es lo que dice todo el mundo y no significa nada. Digo que eso no lo puede hacer la Iglesia, y que por tanto eso no es la Iglesia.
[Largo silencio. Elena ha sacado a dos niños con un gesto. Miguel sigue con la navaja abierta y la manzana sin pelar en la otra mano. Tomás no ha movido la espalda de la piedra en toda la tarde.]
ANDRÉS. —¿Tú sabes lo que me estás pidiendo?
RICARDO. —Creo que sí.
ANDRÉS. —No lo creas tanto. Me estás pidiendo que acepte que once años de Chiapas y del Napo fueron once años de darle a la gente lo contrario de lo que había subido a darle. Que los catequistas que formé, que eran mejores que yo, están formados en una cosa que no es la fe. Eso no es un argumento, Ricardo: eso es una amputación, y a mi edad.
RICARDO. —No le pido eso, y no se lo pido por dos razones. La primera es que no me toca y no lo sé: yo no sé lo que Dios ha hecho con sus once años ni con sus catequistas, y quien le diga que lo sabe le está mintiendo. La segunda es que no lo necesito. Lo que le pido es mucho menos y es mucho más difícil. Que lea usted mismo, este mes, cuatro cosas: Ex quo singulari de 1742. El preámbulo de Plane compertum est de 1939, entero, sin saltarse el motivo. El número setenta y nueve de Querida Amazonia. Y el canto de los antepasados del misal del Zaire, que se lo sabe de memoria. Y que las ponga las cuatro en una hoja, por orden de fecha, y se pregunte si eso lo puede firmar la misma Iglesia.
[Andrés se queda mirando el hogar apagado. Tarda mucho en hablar.]
ANDRÉS. —No te voy a dar la razón esta noche, y creo que no te la voy a dar nunca. Has forzado cosas. Lo del Llullaillaco lo has forzado.
RICARDO. —Lo he corregido delante de usted.
ANDRÉS. —Lo has corregido, sí. (pausa) Eso es lo que me fastidia, si quieres que te diga la verdad. Que corriges. (se levanta, recoge las gafas de la mesa y se las guarda en el bolsillo de la camisa) Lo de 1742 y lo de 1988 juntos no lo había mirado nunca. Cuarenta años en esto, dos concelebraciones en ese rito, y no lo había mirado. Eso me lo llevo, y no me lo llevo agradecido.
RICARDO. —No se lo he dado para que me lo agradezca.
ANDRÉS. —Ya lo sé. (desde la puerta, sin volverse del todo) Una cosa. Mañana bajo con Sebas, si la pista aguanta. No me has llamado padre en toda la tarde y no me ha molestado. Lo que me ha molestado es que no te ha costado ningún trabajo.
RICARDO. —Me ha costado, Andrés. Toda la tarde.
[Andrés sale. Se le oye subir la escalera de madera, despacio, y pararse una vez a mitad. Miguel Mendoza cierra por fin la navaja sin haber pelado la manzana, se levanta y va a la chimenea, y se queda mirando la ceniza vieja del verano sin decir nada. Asunción ha vuelto al rosario. Por la ventana abierta entra, por fin, un poco de aire con olor a hierba seca. Ricardo no ha abierto el cuaderno en toda la tarde.]
Notas
Piedrasanta
La novela y los diálogos
La novela de la comunidad católica en tiempos de apostasía. — Miguel Echeverría
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