lunes, 31 de agosto de 2026 San Raimundo Nonato, Confesor

El modernismo no niega a Cristo: lo vuelve innecesario

Toda herejía anterior atacó a Jesucristo de frente. Arrio negó que fuera Dios; Nestorio, que la que lo dio a luz fuera Madre de Dios; Pelagio, que su gracia hiciera falta para obrar el bien. Y todas cayeron igual: la Iglesia definió, y la definición dejó a la herejía sin sitio donde alojarse. Un anatema es una puerta que se cierra.

Detrás de esas herejías no hay ignorancia, hay una inteligencia, y lleva dos milenios tomando nota de sus derrotas. La lección es sencilla: mientras se ataque la persona de Cristo, la Iglesia definirá y el ataque morirá. Hay que dejarla intacta y atacar otra cosa. Eso es el modernismo. No niega que Jesucristo sea Dios: lo confiesa. No niega que muriera por nosotros: lo predica. Niega que haga falta.

El criterio: ¿es Cristo necesario?

Conviene fijar la prueba antes de aplicarla, porque es una sola pregunta. Ante cualquier doctrina o gesto: si Cristo no hubiera venido, ¿cambiaría algo para este hombre? Si la respuesta es que no, el que habla ya ha negado a Cristo, por muchos himnos que le dedique después.

Y la respuesta de la Iglesia nunca ha sido ambigua. «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí» (Jn 14, 6). Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Tim 2, 5). No se ha dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre por el que podamos salvarnos (Hech 4, 12). Ninguno de esos textos dice ordinariamente; ninguno admite una segunda puerta.

Florencia lo definió sin resquicio en la bula Cantate Domino (1442, Denz. 714): nadie fuera de la Iglesia católica, «no solo los paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos», puede hacerse partícipe de la vida eterna, y ni las limosnas ni la sangre derramada por el nombre de Cristo aprovechan a quien no permanezca en su seno.

Y no hubo excepción ni para los que vivieron antes de la Encarnación. Abraham no entró en la gloria por ser Abraham: esperó. Y con él Moisés, David, los profetas, el Bautista y San José, que tuvo a Dios en brazos y le enseñó un oficio. Ninguno entró: todos aguardaron a que Cristo descendiera a abrirles el cielo que ningún hombre había abierto. Si al padre de los creyentes y al esposo de la Virgen no les bastó su justicia, no hay justicia humana a la que le baste. Ni el amigo de Dios llegó al Padre sino por el Hijo.

Primer ejemplo: «el mismo Dios»

Lumen gentium 16 sitúa dentro del designio de salvación a los musulmanes, que «adoran con nosotros al Dios único y misericordioso»; Nostra aetate 3 lo repite, y su número 4 anuda la Iglesia a la descendencia de Abraham. El catecismo de 1992 lo recoge en el número 841; Wojtyła lo dijo en Casablanca en 1985, y en Abu Dabi, en 2019, la firma con el gran imán de Al-Azhar fundó en Dios mismo la fraternidad de todos los creyentes.

Nótese lo que en ninguno se ha hecho: negar la divinidad de Cristo. Se ha hecho algo más eficaz — establecer que hay un acceso al Padre que no pasa por el Hijo. Si el judío y el mahometano, que niegan expresamente la Trinidad, alcanzan sin embargo al Dios verdadero, entonces Jn 14, 6 es falso. Y la Escritura no deja la conclusión al lector: «¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Éste es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo» (1 Jn 2, 22).

El fallo está ya en la palabra. «Monoteísmo» es categoría de la historia de las religiones, no de la teología: cuenta dioses. Y contar dioses no distingue nada, porque así preguntado casi todo el mundo sale monoteísta — el hindú panteísta habla de un principio supremo y único del que todo procede y al que todo vuelve, con esa vara es tan monoteísta como el mahometano, y nadie diría que adora al Dios vivo. Lo que separa al Dios verdadero de todos esos unos no es el número: es el Hijo. No hay monoteísmo incompleto al que solo le falten matices trinitarios; quien niega al Hijo no tiene tampoco al Padre, y lo que le queda no es una versión reducida del Dios verdadero, sino un ídolo del entendimiento.

Pío XI había cerrado ya la cuestión en Mortalium animos (1928): quien sostiene que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, «se aparta totalmente de la religión revelada». No hacía falta esperar a 1965 para saberlo.

Segundo ejemplo: la grieta ya estaba dentro

Se objetará que todo esto empieza en el Concilio. No empieza ahí: ahí sale a la luz. Conviene verlo funcionar antes, en el sitio menos sospechoso. Réginald Garrigou-Lagrange, que enseñó tomismo en el Angelicum medio siglo y a quien todos citan como el gran antimodernista, escribió esto en La vida eterna y la profundidad del alma (cap. 32, «El número de los elegidos»):

Entre los no cristianos (judíos, musulmanes, paganos) hay almas elegidas. Judíos y musulmanes no solo profesan el monoteísmo, sino que conservan fragmentos de la revelación primitiva y de la revelación mosaica. Creen en un Dios que recompensa sobrenaturalmente y, por lo tanto, con la ayuda de la gracia, pueden realizar un acto de contrición.

Ahí está entera la doctrina de Lumen gentium 16, veinte años antes y firmada por el más condecorado de sus adversarios. La grieta no la abrieron los peritos de 1962: la encontraron abierta.

Pero el dato no atenúa el Concilio: lo explica. Lo que en 1962 no cambia es la doctrina, ya formulada; lo que cambia es el régimen en que vive. Antes trabajaba clandestinamente, preparando en secreto lo que había de venir: alcanzaba ya a la mayoría de los que enseñaban, pero viajaba en un capítulo de un libro de espiritualidad, sin promulgación y sin obligar a nadie, y aún podía contradecirla un catecismo de cuatro páginas en manos de un niño. En 1962 se pone bajo las bóvedas de San Pedro, se hace firmar por dos mil obispos y se hace pasar por católica — y alcanza ya no a una minoría de profesores, sino a la absoluta mayoría de los fieles, que la reciben como la fe de la Iglesia. Ese es el salto: de la conjura al magisterio aparente. Una herejía susurrada en un seminario daña un seminario; predicada con el nombre de la Iglesia, cambia la religión de un pueblo.

El pasaje se apoya en un párrafo de Pío IX (Quanto conficiamur moerore, 1863, Denz. 1677) sobre quienes, en ignorancia invencible de nuestra santísima religión, observan la ley natural y pueden alcanzar la vida eterna. Y admite dos lecturas. La benigna: que Dios, movido a misericordia por un hombre así, disponga los medios para traérselo — le pone un misionero en el camino, lo lleva a la Iglesia y al bautismo sin el cual nadie entra. Leído así no concede nada, porque la salvación sigue pasando entera por Cristo, y es la única lectura compatible con lo que el propio Pío IX escribe unas líneas más abajo. La otra es que ese hombre puede salvarse donde está, como está, sin Cristo y sin la Iglesia. Es la que se impuso, y contra ella hay tres cosas que decir.

La primera: la ignorancia invencible es categoría del tribunal humano, no del divino. Nosotros no podemos medir la culpa de quien nunca oyó el nombre de Cristo; Dios sí. Convertir nuestro límite en título de salvación es hacer de nuestra ignorancia la regla del juicio divino.

La segunda: el supuesto no se da. «No hay uno que sea justo; no hay quien sea cuerdo, no hay quien busque a Dios; todos se descarriaron» (Rom 3, 10-12), y el versículo anterior precisa a quiénes: «así judíos como gentiles, todos están sujetos al pecado». El hombre que observa cuidadosamente toda la ley natural no existe: la excepción se construye sobre un caso vacío.

Y la tercera, que decide: si ese hombre existiera y se salvara así, Cristo sobra — la Encarnación, la Cruz y los sacramentos serían un rodeo espléndido para llegar adonde ya se llegaba por el camino corto.

Queda la omisión, que es el mecanismo en estado puro: unas líneas después, en la misma encíclica, Pío IX recuerda que es igualmente conocido el dogma católico de que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia. Quien cita la primera mitad y calla la segunda no está citando: está talando. Así una salvedad dicha para no juzgar temerariamente a los hombres acaba gobernando la doctrina entera.

Por eso no es un concilio con errores

De ahí que la cuestión no se resuelva contando proposiciones discutibles, ni distinguiendo entre el Concilio y su aplicación. Si Cristo no es necesario para salvarse, lo demás es decoración: la liturgia puede reformarse porque no consagra nada indispensable, las religiones pueden dialogar porque ninguna posee lo único necesario, y la Iglesia puede definirse como fermento del mundo porque ya no es el arca fuera de la cual se perece.

Un concilio católico no puede enseñar eso. Lo que se inauguró en 1962 no es un concilio con defectos, sino el acto fundacional de otra religión, que conserva el nombre de Cristo y ha suprimido su necesidad. La Escritura tiene un término para eso, y no lo pusimos nosotros. La secta del Vaticano II es la Iglesia del Anticristo.

De la editorial
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